ANDANZAS RUMANAS XIII: TELEFÉRICO Y REALEZA EN SINAIA

Me voy a pasar el día a Sinaia, una localidad de montaña a unos 50 kilómetros de Brașov —mi cuartel general durante la segunda parte de este viaje por Rumanía— que me recomiendan muy mucho visitar porque allí está el castillo de Peleș, una obra maestra de la arquitectura palaciega, a saber. En principio tenía pensado ir a otra fortaleza, la de Bran, que fue en tiempos la residencia de Vlad Tepes, el personaje histórico y héroe nacional en el que se inspiró Bram Stoker para crear a su Drácula. (Esto lo he contado ya cuarenta mil veces en relatos anteriores, no me extiendo).  El caso es que tengo dos castillos en dos pueblos distintos y un solo día. Hay que elegir. Me he inclinado por Peleș porque varias personas me lo han recomendado: tiene más que ver y es más bonito… Veremos.

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A todo esto, vuelvo a tener problemas con el transporte público rumano. Pretendía marcharme en el autobús que sale de Brașov de las 10, pero el señor de la taquilla me ha hartado y me he comprado al final un billete de tren por casi el mismo precio. Sale media hora más tarde, pero así me da tiempo a beberme mi capuccino rico en Pralllini, la pastelería bonita de al lado de la estación. Además, el tren tarda lo mismo: una hora. Llevo enchufe para cargar el móvil y me ahorro posibles atascos. El taquillero me decía todo el tiempo que volviese pasados cinco minutos porque tenía reservas antes. Bueno, hijo, pues mira cuántas plazas libres quedan restando las reservadas y véndelas, me he dicho. Qué inútil.

Actualización: acaban de anunciar que el tren llega unos 55 minutos tarde. ¡Maldita sea mi suerte!

UN PALACIO DE CUENTO

Son las tres y pico de la tarde, a mi móvil le queda un 9% de batería, yo estoy casi desmayada y solo he visto el castillo de Peleș. Menuda manera de malgastar el tiempo, jo. El tren ha llegado, efectivamente, una hora tarde, con lo que me he plantado en Sinaia a las 12.30 pasadas. Para 40 o 50 kilómetros, hay que ver lo que tarda, dios.

Al llegar, me he sorprendido con la preciosidad de este pueblo, enclavado entre montañas abarrotadas de árboles; todo es bosque tupido.  Todas las casitas (y casazas) son de cuento, muy vistosas y coloridas, señoriales, elegantes… Casi barrocas, diría. Con su tejados a dos aguas, molduras, balaustradas, jardines con flores… He pedido a Google Maps que me indicara el camino hacia el palacio, he ido al baño (menos mal), me he pedido un café para llevar (el tercero hoy) y me he puesto en marcha. Y, por dios, ¡vaya caminata! No recomendada para cuando haga mucho frío, o mucho calor, o para quien no quiera subir cuestas o escaleras. La ruta lleva una media hora montaña arriba, por las calles del pueblo. Sin un mapa, no habría sabido encontrar el mi destino. Y he llegado con la lengua fuera por el calor y la inesperada subida empinada. Cuando me ha adelantado un trenecito lleno de turistas que los transportaba desde abajo hasta la cima, me he arrepentido un poco de no haberlo cogido pero, a cambio, hoy ya he hecho ejercicio.

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Una vez a las puertas de la fortaleza, me he encontrado con la parafernalia típica de un destino viajero popular: restaurantes con terrazas, tiendas de recuerdos, carteles en inglés y, cómo no, miles de turistas de todos los colores. Qué agobio me ha entrado. Encima había una buena cola para comprar la entrada, que además es cara (60 lei o algo más de 15 euros) y más aún si pagas por utilizar tu cámara de fotos en el interior: otros 30 lei, como ocho euros). Y aquí hace un calor de mil demonios.

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En otras circunstancias me habría marchado, pero en vez de eso me he puesto en la cola. ¿Por qué? Porque el puñetero castillo, ya solo por fuera, es lo más brutal que y espectacular que he visto en todo este viaje. Y en su estilo, el mejor en toda mi vida, creo. Ya he contado que fui advertida de cuánto merecía la pena verlo, y vaya que sí.

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Cuando he entrado, después de una hora y media de cola para comprar la entrada primero, para acceder al interior del recinto después y para ponerme unas bolsas de plástico obligatorias en los pies como último paso, me he quedado boquiabierta.

El vestíbulo, la escalinata principal, las distintas estancias… ¡Qué lujo! Pero lo mejor es que, a diferencia de otros palacios donde ves salas varias y algún espejo o silla como mucho, este tiene todos sus muebles y decoraciones originales. Cristales de Murano, cuero de Córdoba, tapices antiquísimos, alfombras, muebles de caoba, marfil y piedra preciosas o semipreciosas, mármol de Carrara, los instrumentos de música originales de la sala de entretenimiento de la reina…

Romania-1621 - Turkish Room

cc Dennis Jarvis

Romania-1603 - Throne Room

cc Dennis Jarvis

Romania-1592 - Music Room

cc Dennis Jarvis

Este palacio fue construido entre 1873 y 1914 por el arquitecto Karel Liman por orden del rey Carlos I. Cuentan que el monarca y su esposa, la reina Isabel, visitaron Sinaia en 1866, el mismo año en que habían sido coronados, y les gustó tanto que decidieron establecer aquí su residencia de verano. Para su época fue una modernidad, pues tenía incluso tuberías en los baños y radiadores, estos desde finales del siglo XIX. Fue el primer edificio de Europa en disponer de electricidad y ascensor, y por él pasaron importantísimas personalidades del mundo de la política, la cultura, las humanidades y la música. Y reyes y reinas, por supuesto. La visita más importante fue la del emperador austro húngaro Francisco José I, el esposo de la famosa Sissí. Aquí también nació el rey rumano Carlos II, primero en ser bautizado en el cristianismo ortodoxo. Este palacio fue residencia real hasta 1948, cuando el régimen comunista dispuso de él. En 1953 se convirtió en museo, pero no se abrió al público hasta 1990. Hoy en día recibe más de 300.000 visitas anuales.

Romania-1643 - Theatre

cc Dennis Jarvis

Me han fascinado la sala de teatro chiquitilla, la sala arabesca, decorada imitando a La Alhambra, la turca, forrada de alfombras del suelo al techo, las habitaciones de la reina Isabel, —sobre todo la del esparcimiento porque los frescos de las paredes que representan mujeres hermosas vestidas con túnicas son una delicia—, y la de armas por una vitrina llena de dagas, puñales y espadas con incrustaciones de piedras preciosas. Es que todo era bellísimo, riquísimo, cuidado al detalle, lujoso… No tengo palabras. Hasta los grifos del baño. No he cerrado la boca en toda la visita.

Romania-1625 - Moorish Room

cc Dennis Jarvis

Sin embargo, no me he quedado mucho porque había tantos grupos de turistas que he empezado a agobiarme cosa mala. Se apiñaban en cada esquina y pasillos, y no me dejaban pasar, y yo no quería quedarme en el rebaño escuchando a guías que hablaban en rumano. Me ha empezado a dar un mareo, me faltaba el aire, necesitaba alimento. Creo que ha sido una bajada de tensión porque he salido de ahí apresuradamente con una necesidad imperiosa de comer pizza o pan o algo así, con bien de hidratos. De dentro apenas me he llevado tres fotos hechas con el móvil a escondidas. De los jardines he sacado alguna que otra, pero muy deprisa. El calor me mareaba aún más.

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En seguida he llegado a un bar y, sin pensarlo, me he pedido una porción de pizza. Cuando le he hincado el diente me he sentido como si fuera un móvil al 1% de batería y me pusieran a cargar.  Aunque la pizza me ha levantado las fuerzas, necesitaba más alimento, así que me he cambiado al restaurante de enfrente, de cocina alemana. Ya más tranquila, he pedido pollo con patatas y limonada. No me he cambiado por maniática, es que en el primero solo daban pizzas y necesitaba algo más.

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Ahora estoy un poco preocupada porque ha empezado a llover y no sé cómo apañarme. ¿Sigo de visitas al monasterio y al otro castillo? ¿Bajo corriendo al pueblo y me piro en tren? ¿Intento coger aquí arriba un taxi?

LA META ERA EL TELEFÉRICO

Misión cumplida. Estoy en el tren de vuelta a Brașov, desde Sinaia. El de las 19.10, que tarda una hora. Me viene muy bien este. Ni muy temprano ni muy tarde. Al final hoy ha cundido. Tras acabarme el pollo (como Andreíta) me he acercado al castillo de Pelișor, que es como Peleș pero en pequeño, y está a dos pasos del restaurante. No he entrado porque a) lista de mí, ya había pegado la entrada a mi cuaderno de notas con celo y no había manera de recuperarla sin romperla (la de Peleș valía para este) y b) yo creo que ya estaba cerrado. Pero tampoco me apetecía mucho, después del mareo en el otro. Voy servida de sitios cerrados con muchos turistas dentro.

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Así que me he puesto a explorar y ha ocurrido esto:

Sinaia es muy bonita, creo que ya lo he dicho antes. Está dispuesta a lo alto y ancho de una montaña enorme llena de pinos y para ir y venir tienes que andar mucho cuesta arriba y cuesta abajo por vías cuajadas de árboles y mansiones elegantísimas, muchas de ellas hostales.

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Cuando he salido del restaurante ya no llovía, pero estaba refrescando más y, además, se oía tormenta a lo lejos. Esto me ha hecho dudar del plan que se me había ocurrido mientras almorzaba: subir en teleférico a lo alto de una montaña de 1.400 metros de altura. Hay que decir que este lugar es un destino popular para quienes les gusta practicar deportes de montaña como esquí y snowboard en invierno, y senderismo o alpinismo cuando hace mejor tiempo. De ahí que halla funiculares que te suben por los aires hasta lo más alto, donde están las bases de las estaciones de esquí.

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Me he animado y he emprendido la marcha monte arriba, pero en dos ocasiones he estado a punto de darme la vuelta. De hecho, la he dado y luego he rectificado y he vuelto a subir. Me estaba poniendo nerviosa la idea de hacer todo el recorrido para nada porque, según Google, iba a llegar a mi destino cinco minutos después del cierre del funicular. Y, además, no me apetecía que se me viniese la tormenta encima y seguir en medio del bosque, a kilómetros de la civilización y perdida como Caperucita.

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Pero qué sé yo, me he liado la manta a la cabeza y he ascendido. Y menos mal. Primero porque el funicular cerraba a las seis y media y no a las cinco, así que he tenido tiempo de sobra. Y segundo, porque el día se ha arreglado. Total, que he comprado mi entrada y me he dado un paseazo de subida y otro de bajada. Y otro más en lo alto, donde se pueden iniciar varias rutas a pie de distinta dificultad porque ahora en agosto no hay nieve que valga para esquiar y los telesillas están cerrados. Yo solo he asomado la patita en una porque ya era tarde para el senderismo y porque me dan miedo los osos que dicen que hay por allí. Lo mejor han sido las vistas. He tomado fotos desde todos los ángulos del mar de pinos que había a mis pies. De quitar el aliento.

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Mi última parada antes de coger el tren ha sido el Monasterio de Sinaia, llamado así en homenaje al monasterio de Santa Catalina del monte Sinaí. La ciudad, de hecho, se bautizó como Sinaia por este edificio religioso, este ya estaba antes que ella. Lo mandó hacer el príncipe Mihail Cantacuzino en 1695, cuando regresó de su peregrinaje a la famosa montaña bíblica. Debió llegar extasiado, el hombre.

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La construcción es de estilo bizantino y consagrado al cristianismo ortodoxo. Es muy parecido por dentro y fuera a los ocho mil que ya he visto en este viaje, así que no me he entretenido mucho en su interior. Tras un par de vueltas, me he marchado con la música a otra parte. En concreto, a la estación de tren, donde he tomado puntualmente (por una vez) el ferrocarril desde el que escribo ahora y que me lleva de vuelta a Brașov. Prueba superada.

 

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EXTRA

 

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