WROCLAW EN TRES ACTOS

Preludio: Los enanos

No he estado haciendo amistades con personas pequeñas, no. Es que Wroclaw, o Breslavia, la ciudad marchosa de Polonia por excelencia, está llenita de enanos. Pero no son de carne y hueso, son de metal o de piedra, y son muy majos. Pequeños, escondidos en cualquier rincón inesperado, y esculpidos realizando las más variopintas tareas: viendo la tele, sacando dinero de un cajero automático, paseando un cubo de basura… La leyenda cuenta que llegaron a esta ciudad para ayudar a los vecinos a cazar al llamado diablillo de Odra, un bichejo que les hacía faenas. La realidad es más prosaica, pero igualmente interesante: la primera figura —el Papa enano— fue puesta en 2001 para conmemorar el movimiento social Alternativa Naranja, surgido en 1981 para protestar contra el régimen comunista.  Pasaron los años y se han ido añadiendo otros nuevos: hoy hay más de 160 y se pueden ir encontrando gracias a este mapa. Ellos han sido de las primeras atracciones turísticas, si se pueden llamar así, que me he encontrado en esta ciudad polaca en la que comienzo unas vacaciones muy inesperadas y exóticas para mí: un mes entero por tres países centroeuropeos: Polonia, Eslovaquia y Rumanía. En el primero estaré diez días con mi fiel escudero, J., y en los otros dos más sola que la una, y tan a gusto, la verdad. Hace tiempo que no viajo a mi bola y tengo ganas de volverme ermitaña y silenciosa durante unas semanas.

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El enano de la papelera, uno de los primeros que encontré en Wroclaw. /© Lola Hierro

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Un enano vigilante, pero durmiendo la siesta, cerca de la iglesia de Santa Isabel. /© Lola Hierro

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Un enano viendo la tele en mitad de la calle. /© Lola Hierro

Así que aquí estoy, en Wroclaw o Breslavia, ciudad universitaria al Oeste del país, cada vez más de moda entre los Erasmus. Fiestera, pero con fuerte presencia religiosa -no olvidemos que el Papa Juan Pablo II era polaco-. Menos de un millón de habitantes, casco histórico de cuento de hadas, cafés y restaurantes y comercios bonitos, todo muy cuqui, muy del centro de Europa. Un dato para hacerse una idea de lo molona que es: en 2016 fue Capital Europea de la Cultura junto con Bilbao. Así que es, por lo menos, tan estupenda como la capital vasca. Una, acostumbrada a África y a ciertas limitaciones y ciertos paisajes y ciertas realidades, aquí se siente un poco perdida. Todo es muy fácil, muy como en casa, pero creo que podré disfrutar igual que si estuviera vagando por Tanzania o Malí. Me acostumbro rápido a la buena vida.

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Wroclaw desde la Torre de las Matemáticas, un día desapacible. /© Lola Hierro

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El río Óder y la catedral. /© Lola Hierro

ACTO I. La noche, la avenida fantasmal, la lluvia, los tatuajes

Mi amiga Llanos tenía razón: en Polonia parece que todos los lugares son cuquis y monos. Vamos a desayunar a una cafetería llamada Etno Café y nuestro menú ha sido tan chic como el establecimiento en cuestión: café, obvio, muy muy delicioso, con baggels de aguacate con hierbabuena y cierto queso que no sé identificar, y huevos con bacon, como en casa. Manjares para empezar el día con fuerza después de una llegada agotadora la noche anterior porque aterrizamos con hora y media de retraso. Solo nos dio tiempo a pasear tímidamente, así sin alejarnos mucho, por Rynek o Plaza del Mercado. Y sus alrededores.

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Diría que esto es la iglesia de Santa Isabel. /© Lola Hierro

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Una bailarina cuyo tutú es una bola del mundo, recuerdo de la celebración del festival World Music Days, simboliza la unidad del mundo. /© Lola Hierro

El hostal está lejos del centro, a casi dos kilómetros, pero vamos y venimos caminando. Se llega a él atravesando una amplia avenida un poco desangelada y anodina a primera vista. Eso sí, cuando levantas la vista y te fijas en los solemnes edificios que la flanquean, la cosa cambia. Son de piedra, viejísimos, diría que parecen decimonónicos. Las fachadas están muy recargadas de florituras y relieves, todos ellos disponen de grandes ventanales o balcones estrechitos, de los que van del suelo al techo y tienen ventanas de doble hoja. En algunas de ellas se ven colgando cortinas de hilo, algunas bordadas… Otros parecen abandonados, casi fantasmales. Me imagino que quienes todavía moren aquí tendrán las mismas costumbres que hace 200 años. En mi cabeza loca veo a sus habitantes alumbrándose con candelabros durante la noche y vistiendo de chaqué y con monóculo ellos, con faldones hasta el suelo y corsés ellas. Todo eso pienso cada vez que voy y vengo del hotel al centro, y al revés.

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El transporte público funciona muy bien. /© Lola Hierro

En la plaza del Mercado se puede hacer mucho sin gastar demasiado, pero eso lo supe al día siguiente. En nuestra primera noche cenamos en The Grill, pijo y caro para los estandares polacos. Razonable para el bolsillo de un español de clase media. Pruebo por primera vez la sopa de melón, porque este lugar es así muy creativo y sofisticado y ofrecen este tipo de platos extraños. Qué delicia, madre mía. Pero el solomillo de después… Ese sí que es como para entrar en la cocina y darle un beso al cocinero. Después del festín paseamos y yo descubro mis primeros enanitos. Es el principio de un juego que me llevará todo el tiempo en esta ciudad. Hace buen tiempo, el cielo está despejado, la gente pasea por la plaza del mercado, con niños y sin ellos. Casi todos a pie, algunos extravagantes en calesa de caballos, como en Sevilla, pero más adornados, barrocos diría yo. A todos nos vigila el edificio del Ayuntamiento y su reloj astronómico precioso del siglo XVI.

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La plaza de la Sal, una tarde desapacible. /© Lola Hierro

Nos adentramos un poco en las calles aledañas, donde se intuye la juerga nocturna, y descubrimos un estudio de tatuajes: Kos Tattoo. “¿Nos hacemos uno mañana, J.?”, reto a mi compañero.  Con el “no hay huevos” y “si los hay, y ovarios también”, nos pasamos un rato. Y al final buscamos el estudio en Instagram y enviamos un correo preguntando si sería posible dibujarse algo pequeño y sencillo de un día para otro porque somos dos turistas de paso encaprichados con los dibujos que acabamos de ver. Inmediatamente después, se borra de mi mente el asunto del tatuaje. Nos comemos la mejor tarta del mundo y nos bebemos el peor mojito del ídem en una terraza a reventar de gente dándole rienda suelta a la fiebre del viernes noche. Y después volvemos a nuestro hostal por la ancha avenida de las casas fantasmales, y no sé por qué a mí me viene a la mente la canción Boulevard of broken dreams mientras camino por ella.

ACTO II. El diluvio universal, la exploración

Para cualquier persona medianamente razonable, no es de buen gusto empezar unas vacaciones sumergida en lluvias torrenciales y un frío paralizador. Pero si vienes de España, donde la temperatura ronda casi los 40 grados, tienes un buen chubasquero y eres de los que le encuentra guasa a todo, pues no resulta tan mala la cuestión.

Un día antes de salir de viaje, J. y yo debatíamos sobre la necesidad de llevarnos chubasquero. Él quería, yo no lo veía necesario. Él no tenía, yo sí. Fuimos a una tienda de deportes, vimos uno y otro y otro, al final no se decidió, se dejó convencer. Al día siguiente, unas horas antes de coger el vuelo, cambió de idea y tuvimos que volver a toda prisa a la tienda. Y al final salimos de viaje cargados con sendos chubasqueros bien grandes, bien cantosos… Y bien útiles. Menos mal que J. cambió de opinión: nos ha caído la mundial.

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Enanitos bomberos. /© Lola Hierro

Y sigue cayendo ahí afuera, en la calle. Refugiados en una cervecería checa esperamos a que amaine el temporal. Justo antes de comenzar la subida (interminable y mareante subida) a la torre de la Iglesia castrense de Santa Isabel, hemos leído un cartel que advertía de que esta cerraría en caso de tormenta o lluvia.  El tiempo se notaba desapacible pero… Bah, la puerta está abierta de par en par, ¿no? Pues p’alante. Hemos comenzado a subir, subir y más subir los 92 metros de altura o 220 peldaños de una escalera de caracol y, cuando por fin hemos llegado arriba, con la lengua fuera, el espectáculo ante nuestros ojos ha sido espeluznante: una inmensa bola de nubes negras que tapaba todo el cielo se nos venía encima. Con ella, rayos, truenos. relámpagos, granizo y un viento huracanado con el que al principio nos hemos divertido mucho. Hasta que casi nos volamos. Literal. Yo ni siquiera he podido completar la vuelta al perímetro de la torre por la terraza que hay en su parte más alta. El aire era tan fuerte que me tiraba a pesar de que yo me agarraba muy fuerte a los barrotes de hierro y a los salientes del muro de piedra.

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El cielo va a caer sobre nuestras cabezas. Vistas desde la torre de 92 metros de altura de Santa Isabel. /© Lola Hierro

Ahora estamos tan felices porque ya hemos amortizado los chubasqueros de la discordia. De hecho, al bajarnos había un  buen grupo de gente taponando la salida porque llovía tanto que nadie se atrevía a poner un pie fuera. Nosotros, tan chulos, hemos salido a la calle y solo nos hemos mojado de rodillas para abajo. A mediodía, y pese a la parada obligatoria por el chaparrón, ya hemos visto por dentro la iglesia de Santa Isabel, tan elegante, que es gótica y del siglo XIV pero yo la veo más en plan imperio austrohúngaro de Sissí. He encontrado más enanitos y hemos recorrido unas cuantas calles y plazas, como la de la Sal, que era donde antiguamente se comerciaba con esta roca y donde hoy en día se venden flores. Cerca de ella están las casas de Hansel y Gretel. Medievales, unidas por un arco, y antiguamente pertenecientes a las dependencias de Santa Isabel, a su espalda.

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Las casas comunmente conocidas como Hansel & Gretel. /© Lola Hierro

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Flores de la plaza de la Sal. /© Lola Hierro

El resto del día cunde en cuanto el agua nos deja salir. Hemos callejeado, nos hemos almorzado un gulash de carne dentro de un pan redondo que estaba para morirse de bueno (esto es lo más parecido a comerse hasta el plato) y hemos comprado recuerdos (imanes de enanos, lapiceros de floripondios…) y algo de artesanía a una mujer artista maravillosa que hemos encontrado en la plaza del Mercado. Sobre tablillas de madera pinta retratos de animales humanizados, con ropa y demás, y un poco siniestrillos.

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Las obras de esta pintora me encantaron. /© Lola Hierro

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Un niño observa a un hobre estatua en la plaza del Mercado o Rynek. /© Lola Hierro

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Tarde de fin de semana en la plaza del Mercado. /© Lola Hierro

También me he colado en la catedral de San Juan Bautista de la isla de Ostrów Tumski a pesar de que J. no es muy amigo de visitar lugares santos. Es muy pomposa y elegante, impregnada de orgullo imperial, como todo por estos barrios. Aunque de original le queda muy poco porque fue bombardeada a discrección durante la II Guerra Mundial y posteriormente restaurada hasta dejarla nuevita. Como casi todo por aquí, qué tristeza… Mejores son los jardines, canales del río Oder y puentes que la rodean, y que me hacen entender por qué a esta ciudad se le conoce como la Venecia del Este. El último puente que hay que cruzar para alcanzarla es de un azul oscuro brillante y está cargado de candados de esos que ponen los enamorados. No cabe uno más.

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El mejor candado en el puente que lleva a la catedral de San Juan Bautista. /© Lola Hierro

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Una familia cotilleando lo que pone en los candados. /© Lola Hierro

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Hay enanos hasta en las farolas. /© Lola Hierro

Me gusta el ambiente de la plaza del Mercado, que hoy por fin puedo ver a plena luz del día y apreciar con toda su gracia y bullicio. Es la segunda más grande del país, y está flanqueada por estrechas casitas de colores de tres o cuatro plantas y tejados a dos aguas. Pero, sobre todo, parece que Rynek fuera el centro del mundo, repleta de músicos callejeros, pintores, adultos y niños que juegan a hacer pompas gigantes con una cuerda atada a dos palos y un cubo lleno de agua jabonosa… Los chavales son los que más se divierten; me gustaría tener su edad e irme a jugar.

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Un pianista en pleno centro. /© Lola Hierro

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Últimas horas de luz en Wroclaw. /© Lola Hierro

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Paseo con los perros por Rynek. /© Lola Hierro

Hablando de niños: he encontrado a tres chicos de no más de 10 años tocando música, cada uno con una trompeta. Lo hacían fatal, la canción era imposible y llevaban sombreritos de paja que daban un aspecto ciertamente ridículo. El padre, frente a ellos, era quien había organizado el tinglao. Si el mío hubiera intentado hacer lo mismo conmigo, le habría mandado a pastar. Los niños tenían un cartel ante ellos que indicaba que querían dinero para pizza. Les he dado unas monedas por pena.

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Un malabarista con su perrete haciendo virguerías. /© Lola Hierro

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El hombre de las pompas y los niños extasiados. /© Lola Hierro

ACTO III. El arte, la universidad, los mercados

Y ya no llovió más. Así que hemos podido patear y patear hasta desgastarnos las suelas de las zapatillas. Tenemos un desacuerdo ahora mismo: yo digo que lo que más me ha gustado ha sido el Panorama de Raclawice y J. dice que no es para tanto. Esto es un cuadro de 120 metros de largo y cinco de alto en forma de círculo, de manera que no tiene ni principio ni fin. La entrada es cara (30 zlotis o siete euros), pero yo la he pagado muy a gusto porque me ha flipado lo que he visto. La pintura narra una famosísima batalla entre rusos y polacos, mayormente campesinos furiosos, ocurrida a finales del siglo XVIII. Estos últimos perdieron, pero la contienda sirvió para inflamar un sentimiento nacionalista que más tarde conduciría a Polonia hasta su anhelada independencia. La visita es un poco agobiante porque tienes que hacerla en grupos de bastantes personas y todas quieren ponerse en primera fila. ¡Es que este cuadrito es visitado nada menos que por 1.600 personas al día! Por eso, mejor ir en temporada baja, si es posible. Una vez allí te dan unos casos y un walkie talkie para escuchar toda la historia de la pintura, que es muy extensa y entretenida: desde los pormenores de la batalla, fielmente retratados en el lienzo, hasta todos los sucesos que ocurrieron hasta que, por fin hoy, se puede ver y disfrutar el cuadro en su emplazamiento actual.

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Detalle del cuadro La batalla de Raclawice. /© Lola Hierro

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Otro detalle del cuadro. Las fotos no le hacen justicia. /© Lola Hierro

El resto de nuestro tiempo en esta monísima Wroclaw ha transcurrido muy apaciblemente. Tan pronto llegamos a Raclawice que no había abierto aún, así que reservamos entradas y nos fuimos hasta otro punto cercano de la ciudad desde el que se ven los canales y la isla de la catedral, al pie del río Óder. A las nueve de la mañana de un domingo, todo es paz y silencio.

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Mañana de sol al borde del Óder. /© Lola Hierro

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Turistas madrugadores en los alrededores de la Catedral. /© Lola Hierro

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Una feligresa rezando en una de las capillas de la catedral. /© Lola Hierro

Nuestra última incursión ha sido a la Universidad de Wroclaw jesuita, y, en concreto, a su famosa Aula Leopoldina, que es como la capilla sixtina pero en Polonia. Era una antigua sala ceremonial de estilo barroco y erece la pena visitarla para quedarse un buen rato mirando los frescos del techo (cuidado con los cuellos sensibles o lesionados), en el que se distinguen angelitos, nubes, santos y, por supuesto, los retratos de los sacerdotes fundadores del centro. En este mismo edificio está la Torre Matemática, que es un antiguo observatorio astronómico desde el que se puede ver una panorámica del casco antiguo de la ciudad.

Y antes de marchar, cómo no, ha sido en un mercado, el de Hala Targowa. Siempre hay que visitar los mercados de los países que visitamos por primera vez, te dan una idea bastante precisa de cómo es la gente. Qué comen, cómo se relacionan, qué les gusta, qué es típico… En este que hemos encontrado hay puestos de todo: carnes, verdura, fruta, café, especias, chuches, pan, flores, coronas funerarias (verídico)... Todo ello regado por un buen puñado de viejecitas y marujas de toda la vida haciendo su compra. Como en cualquier mercado a la vieja usanza de Madrid, vamos.

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Compradora en el mercado central. /© Lola Hierro

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Tendera y clienta charlando sobre fruta, quizá. /© Lola Hierro

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Jamones y carnes variadas en el mercado. /© Lola Hierro

Nos hemos despedido de Wroclaw poniéndonos hasta las orejas de comida india en un restaurante llamado Masala. Luego nos ha tocado caminar, mochilas a cuestas, por las avenidas fantasmales hasta la estación de autobuses, desde donde escribo estas líneas. Estoy sentada en una franquicia de Costa Cafe en la que me siento indignada porque he pedido eso, café, y me han puesto un pozo de leche manchada. ¡Qué ruina! No se le puede hacer esto a alguien que necesita cafeína para sobrevivir. Pero bueno, en una hora cojo el autobús a Cracovia y, aunque prefiero no dormirme para ver todo por la ventanilla, creo que me acabaré echando una buena cabezada. Adios, Wroclaw, gracias por ser tan mona. Y adiós, tatuador del estudio del primer día, que al final no nos has contestado al correo y nos has dejado sin el capricho del tatuaje. Habrá que volver, aunque solo sea para pintarse.

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Última hora en un cruce de tranvías de Wroclaw. /© Lola Hierro

11 Replies to “WROCLAW EN TRES ACTOS”

  1. Pingback: Las tres tentaciones de Cracovia | Reportera nómada

  2. Ama d casa

    Cómo siempre me han gustado mucho las fotos y tú narración de los sitios q visitas ….sigue así un besazo

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  3. Su

    Justo ayer entré en tu blog pensando que hacía mucho que no escribías y por la noche me llegó la notificación 😉 Precioso relato y ganas de ir a buscar enanos…enanas tb había?? abrazo Lola!!

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    • Lola Hierro Post author

      Pues no había enanas, o por lo menos yo no vi ninguna pero claro, de las más de 160 figuras yo igual encontré solamente 20, así que seguramente algunas habrá!. Mira, si vuelvo a Wroclaw las buscaré expresamente 🙂

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