ANDANZAS RUMANAS V: LA CHICA DEL AUTOBÚS

Hoy empecé a viajar a las diez y media de la mañana. y, saliendo tan temprano, me parecía demasiada tela viajar hasta las ocho de la tarde… Quería creer que llegaríamos antes. Pero son la ocho y, según Google Maps, me quedan otras tres horas de ruta en este autobús tartana en el que al menos tengo aire acondicionado y voy fresca. Hay un tráfico interminable y no sabemos de dónde viene. ¿Serán  así los 200 kilómetros que faltan hasta Bucarest? Solo quiero llegar y apalancarme en cualquier sofá.

También he tenido (o estoy teniendo) otras dos ventajas: que el paisaje es precioso y esto es como hacer un poco de turismo a través de Rumanía. La otra es que mi compañera de asiento es muy simpática, habla por los codos  y me entretiene, aunque la pobre ya no puede más de cansancio. Tiene dos años menos que yo y es rubia y menuda, pero aparenta 40 por lo menos. Trabaja como policía y su marido cultiva cebollas. Le conoció a los 17 y dos años después se casaron, y hoy tienen dos hijos  de ocho y cinco años: Jorge y David.

Al cabo de un rato hablando ya me ha soltado que está cansada y harta, porque además es que en su casa vive su suegra, que está hemipléjica desde hace unos meses. Ella trabaja, cuida de los niños, de la casa y de la anciana; soporta el negocio de su marido y le ayuda con él aunque no le guste. Dice que tiene el patio de casa lleno de cebollas, que las huele por todas partes y que si cierra los ojos, las ve.

Con todo lo que lleva, la mujer se ha subido a este autocar en Dej, igual que yo, y se está metiendo un viaje de 12 horas para hacer mañana un test psicotécnico en Bucarest porque anda preparándose unas pruebas de acceso a un puesto mejor en la policía. Lo hará por la mañana.

Maramures-293

Al cabo de nueve horas de viaje, me revela su nombre, pero le voy a bautizar con un pseudónimo porque no le pregunté si me dejaba publicar su historia. Cristina, pongamos. Me recuerda a tantas y tantas mujeres de India, de Tanzania, de Etiopía, de Colombia o de España, totalmente exhaustas y sobrecargadas de responsabilidades y de tareas. A Cristina le gustaría rendirse, dice, pero simplemente no puede. Solo ha salido una vez de su país, con 10 años, para viajar a Budapest con su equipo de natación de por entonces. Me siento mal cuando me pregunta cuántos países he visitado. Es una gran mujer, se la ve espabilada, inteligente y trabajadora;  seguro que podría estar haciendo lo que quisiera y está atrapada en una vida que eligió demasiado joven. Ahora habla como si solo tuviera cargas.

Transcurre el viaje salpicado por atascos intermitentes y animado por la conversación de Cristina, que pese a que su proyecto final de carrera fue sobre refugiados, demuestra ciertos prejuicios basados en lo que yo creo que es pura desinformación. Como tanta gente. Que no es bueno que vengan porque pueden entrar terroristas, que todos los niños africanos, pobrecitos, le dan pena… Para desmontar sus argumentos le pongo el ejemplo de los gitanos romaníes de su país, y parece entender. No le gustan a ella los gitanos, aunque tampoco habla mal de ellos. Se justifica diciendo que es que el 90% de su trabajo se lo dan ellos con robos, peleas y agresiones, asegura, y la tienen hastiada. Le cuento que en España hay gente que confunde a rumanos con romaníes y se creen que todos son mala gente, y eso le sorprende e indigna, que no todos los rumanos son gitanos. Y no todos los gitanos dan problemas. “Pues lo mismo con los refugiados de otros países”, le digo.

Sin título

También me asegura que no hay dinero para acogerlos y se lo desmonto. Le recuerdo cuántos paisanos suyos vinieron a España, cuántos de los míos se fueron a Francia y Suiza antes… Pero, aunque no se lo digo, entiendo un poco esta mentalidad en un país que sufrió tantas estrecheces durante el comunismo, que duró hasta hace nada (1989) y que ahora tiene un sueldo medio de 300 euros. De hecho, recuerdo que me flipó que para María, mi amiga de Maramures, pagar 10 lei (2,5 euros) por una sopa era muy caro, una barbaridad. Y eso que es funcionaria en el Ayuntamiento de su ciudad.

Bueno, entre pitos y flautas hemos llegado a Bucarest a las doce de la noche, yo convenciendo a Cristina de que mañana no se coja el primer autobús a casa cuando acabe el examen. Que se dé una tarde para ella, para disfrutar, y que tome el tren nocturno. No sé si se lanzará, pero noto que le gusta la idea. Al llegar he tenido mucha suerte porque, ante la ausencia de taxis, sus tíos me han acercado al hotel, que nos ha costado bastante encontrar, por cierto. Se llama Antique Hostel y está a 20 minutos en coche de la estación, en todo el centro de la ciudad, así que es genial. Me he despedido de ella con la certeza casi absoluta de que no la volveré a ver. Espero de corazón que le vaya bien.

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