ANDANZAS RUMANAS VIII: BUCAREST ALTERNATIVO

En mi afán por conocer esta Bucarest que me tiene fascinada, esta mañana decidí darle una vuelta de tuerca a los planes e intentar conocer facetas de la ciudad que no salen tanto en las guías de viaje. Como solo tengo un día y muy poca idea, me he puesto en manos de una gente joven que anuncia una excursión por la capital alternativa. Ellos deben saber del asunto, me he dicho.

La aventura ha comenzado de una manera un poco extraña: cuando he llegado al punto de encuentro, en una céntrica plaza, no estaba allí ni el Tato. Al cabo de unos diez minutos ha llegado un chico vestido con camiseta naranja, el guía. Se llama Stefan y tiene mi edad. Me dice que hace dos días cambiaron el tour de pago por uno gratuito que se llama From Little Paris to New Berlin, (del pequeño París a la nueva Berlín) y que ahora la gente se reúne en otro lugar. Que me devuelve el dinero y luego yo dono la cantidad que quiera. Como todo me parece bien, nos dirigimos a la nueva ubicación y… Oh, sorpresa, no hay nadie. Así que la excursión ha sido personalizada para mí: dos horas y media dando vueltas a placer.

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Sugiere Stefan que comencemos por el Teatro Nacional, que tenemos justo a nuestras espaldas. Ahora está diseñado de una manera más sobria y clásica, parecida a la original, de hace 160 años. Desde 1973 lució una segunda fachada de arcos feísima, pero los quitaron tras la caída del régimen de Ceaușescu. Hoy, renovado por dentro y por fuera, acoge a más de 170.000 espectadores anuales. El teatro no solo es importante por las funciones que se representan en él; en sus jardines reposan una par de esculturas de grandes dimensiones en honor al más importante dramaturgo de Rumanía, Ion Luca Caragiale. Una de ellas, en concreto, es muy loca: se llama Căruța cu paiațe, fue esculpida por Ioan Bolborea en 2010 y muestra a varios de los personajes más famosos de sus obras en actitudes y gestos un poco rocambolescos.

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El teatro se encuentra en la Plaza de la Universidad o Piața Universității, un punto muy importante porque ahí está marcado el kilómetro cero de la actual democracia rumana. Aquí se produjeron cuatro muertos y más de mil heridos durante una protesta pacífica organizada por estudiantes el 13 de junio de 1990 contra el régimen comunista que acababa de caer el diciembre anterior. El presidente Ion Illiescu espoleó a  asociaciones de mineros para que contuvieran a los manifestantes y eso acabó como un baño de sangre. Por estos hechos violentos, en 2015 la fiscalía acusó de crímenes contra la humanidad a Illiescu, que en esta fecha tenía 85 años.

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Ahora, en recuerdo a las víctimas quedan unas cruces diseminadas que fueron puestas de manera espontánea por ciudadanos anónimos y que nadie ha quitado desde entonces. Y no son nuevas, las cogieron de iglesias como la de Stavropoulos que vi ayer. La más grande, dicen, fue la de la tumba de un príncipe que vivió y murió allá por el 1.700. En esta plaza también se desarrollaron en 2015 las protestas de 25.000 civiles contra el Gobierno por la muerte de 27 personas en una discoteca que se incendió, pues nadie quiso hacerse responsable y la población e cabreó mucho. Collectif se llamaba el club y también resultaron heridos otros 184 asistentes, entre ellos dos españoles.

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Son curiosas también las pintadas como la que dice “Casa de editores de Javala”. Javala es una prisión y la pintura es una crítica a una ley que reducía considerablemente las condenas de los presos por escribir libros. Los Mario Conde, Blesa, etc. de Rumanía empezaron a publicar un libro por semana o así… Obras que no escribían ellos, claro, si no curritos a su servicio. Esta ley se ha endurecido (un libro por año, creo que me ha dicho mi guía) porque era un canteo.

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Paseamos luego por varias calles en las que he encontrado grafitis, aunque la escena de Bucarest es mucho más humilde —desde mi ignorancia— que las que he visto en otras ciudades. Los dibujos son pequeños, están escondidos y casi siempre tapados por otras pintadas de las feas. Durante el recorrido he visto varios ejemplos, y el más importante es uno que esta en la puerta de un antiguo teatro, el Capitol, en el que antes se hacían muchas actividades alternativas, pero en los noventa cerró. Es una pena que en Bucarest haya tantos edificios preciosos en desuso, y en muy mal estado muchos de ellos por las guerras, la revolución y hasta los terremotos. La ciudad sufre un seísmo grave cada 30 años más o menos. En el del 77 murieron más de 1.500 personas y se derrumbaron 33 edificios.

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En numerosos edificios se ha colgado un letrero rojo y circular que advierte de que hay riesgo alto de derrumbe, pero la gente sigue viviendo en ellos porque suelen ser pobres y no tienen otro lugar al que ir. El Estado va rehabilitando muy despacio y no ofrece alternativas de realojamiento, según Stefan.

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Con el teatro Capitol hemos tenido mucha suerte porque hemos coincidido con los de un colectivo, Save or Cancel, que ha publicado un manifiesto y tiene un plan para arreglarlo y devolverlo a la vida. Y… ¡Lo han abierto para nosotros! Stefan estaba más emocionado que yo. Lo de dentro ha sido mágico, como una pequeña jungla en pleno centro de Bucarest: un espacio sin techo, pequeño, con un muro para proyectar pelis al fondo, sobre el escenario. Encima, esculturas de máscaras teatrales: una cabecera preciosa.

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Hemos subido por unas escaleras ruinosas de metal a unas gradas y lo hemos visto mejor. Espero que consigan arreglarlo; está totalmente destrozado ahora, pero por suerte los relieves se conservan bien. Creo que no importa que una ciudad sea rica, pobre, fea o bonita, grande o pequeña si tiene una ciudadanía comprometida con ella que quiera mejorarla. Esto le ocurre a Bucarest, y por eso me gusta tanto. Sus vecinos consiguen hacer cosas. La quieren. Un ejemplo: los letreros explicativos que figuran en la mayoría de edificios históricos son obra y gracia de una ONG de guías turísticos. Resultan muy útiles, vienen en tres idiomas.

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Por fin llegamos a la Plaza de la Revolución, el lugar donde cayó el comunismo, y donde aún quedan disparos de aquellas navidades del 89 en las que los rumanos se hartaron de su presidente Ceaușescu, que había aislado el país y lo había sumido en la pobreza. En el 89 el muro de Berlín caía, la URSS era carne de libro de historia, pero este hombre parecía no enterarse.

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Del balcón principal del Comité Central, la sede de su partido, que es el edificio más grande que preside la plaza, tuvo que salir por piernas con su esposa. Porque fue en medio de su discurso para condenar unas protestas contra él en la ciudad de Timisoara, cuya represión causó varios muertos, cuando ocurrió lo que para él sería impensable: que la gente, en vez de aplaudirle, empezara a protestar y a abuchearlo. Y de allí se marcharon marido y esposa en helicóptero, abochornados, quizá, y temerosos de las masas que llenaban la plaza y se les echaban encima. Cuatro días después fueron ejecutados por genocidio en Targoviste después de un juicio sumarísimo.

Stefan tenía 16 años y recuerda mucha incertidumbre. Además de hablarme un momento tan trascendental para la historia de su país, me ha explicado el significado de las esculturas que hay desperdigadas por la plaza. El hombre sentado es Ion Gigurtu, el que fue primer ministro antes del comunismo y murió en la prisión de Siguetu que yo he visitado hace solo unos días. Se le ve roto y flaco porque así murió. El árbol seco y sin hojas al lado es Rumanía durante el comunismo. Las otras esculturas son restos de festivales de arte contemporáneo recientes que se han quedado allí.

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El suelo de maderos cortados en los alrededores del obelisco representan las vidas segadas de los muertos durante el levantamiento ciudadano del 89. El obelisco blanco y reluciente que atraviesa una cosa fea, negra y enmarañada que en broma llaman la patata, es la democracia. La patata fea es el comunismo. La democracia creció y la atravesó, mató y venció.

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Del Ateneo, la más importante sala de conciertos de Bucarest, de 1888, me ha contado que se hizo con dinero de la gente. Se pidió “un leu por el Ateneum” y los rumanos donaron. Por eso están muy orgullosos de él, un edificio abovedado precioso. Aunque quien más puso fue el rey de entonces, Carlos I. Pero él también es gente, a fin de cuentas. Los medallones de la fachada representan los bustos de el rey y otros personajes ilustres de la historia rumana que no destacaron tanto por ganar guerras sino por proteger la cultura.

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De la calle Victoria, esa avenida a la francesa tan elegante, he sabido que el Hotel Royal París está totalmente reformado, pero no abre ni abrirá por ahora porque tras él hay una mole de edificio ruinoso que amenaza con colapsar en cualquier momento. El hotel Capsa tuvo en sus bajos la primera tienda de dulces franceses de Bucarest y el dueño se forró con ella. A Stefan se los sigue pidiendo su abuelo.

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He visto el paisaje de los paraguas, con un beer garden genial al fondo; el hotel de los ingleses, una calle estrecha con casas tipo corrala que acabó como nicho de putas hasta que el régimen comunista lo cerró. Y el que fue un bonito teatro del que hoy solo queda una réplica —nueva— de la fachada, y todo lo demás es de cristal. Es un hotel de lujo ahora. Al lado hay un edificio, el de la telefónica en su día. Blanco, muy simple, con ventanas azules y motivos geométricos en la fachada. Los ciudadanos lo odian, según Stefan, pero a mí me ha gustado.

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Otra de las mejores historias es la del Hotel Intercontinental. En sus mejores años estuvo lleno de agentes secretos porque por circunstancias, tanto Estados Unidos como la antigua Unión Soviética usaban Bucarest para espiarse unos a otros, y los agentes secretos de uno y otro bando se alojaban en el mismo hotel. Hablo de la guerra fría. Stefan me contó que su madre es arquitecta y que durante la rehabilitación del inmueble (en la que ella participó) encontraron miles de cables y micros ocultos por todas partes. Allí se vivieron muchas historias de espías.

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Stefan me ha contado muchas más cosas pero no recuerdo todas. Acabamos la visita en otro antiguo teatro precioso, con cariátides, pero cerrado y deteriorado. Las apariencias engañan porque resulta que detrás se ha montado un garito al aire libre muy grande, entre la maleza, con hamacas colgadas de los árboles, lucecitas en las ramas, una barra con techo de paja… Es genial. Y resulta que el Gobierno lo quiere tirar para abrir en su lugar un centro comercial. ¡Anda que no habrá sitios y casas vacías en Bucarest para hacerlo!

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Relatos sobre Polonia, Eslovaquia y Rumanía

POLONIA

  1. Andanzas polacas I: Wroclaw en tres actos
  2. Andanzas polacas II: Las tres tentaciones de Cracovia
  3. Andanzas polacas III: Auschwitz, lección no aprendida
  4. Andanzas polacas IV: Varsovia renace, pero no olvida
  5. Andanzas polacas V: Praga, aquel peligroso barrio de hipsters

ESLOVAQUIA

  1. Andanzas eslovacas: Bratislava en alegre soledad

RUMANÍA

  1. Andanzas rumanas I: Cluj Napoca es imbatible
  2. Andanzas rumanas II: Maramureș, la última tierra campesina
  3. Andanzas rumanas III: Prisiones tristes, cementerios alegres
  4. Andanzas rumanas IV: No vayas sola a Dej Calatori
  5. Andanzas rumanas V: La chica del autobús
  6. Andanzas rumanas VI: ¡Por fin Bucarest!
  7. Andanzas rumanas VII: Bomba de humo en Bucarest
  8. Andanzas rumanas VIII: Bucarest alternativo
  9. Andanzas rumanas IX: Vama Veche y los sentimientos encontrados
  10. Andanzas rumanas X: Brașov a pedazos
  11. Andanzas rumanas XI: En Sighișoara se me fue Paco Salvador
  12. Andanzas rumanas XII: Lluvia y pandilleros en Sibiu
  13. Andanzas rumanas XIII: Teleférico y realeza en Sinaia
  14. Andanzas rumanas XIV: Sospechosa de explosivos

EXTRA

 

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