AUSCHWITZ, LECCIÓN NO APRENDIDA

Cuando llegas al campo de concentración de Auschwitz, a 43 kilómeros de Cracovia en autobús, y compras tu entrada, lo primero que hacen es ponerte en la solapa una pegatina con tu horario de entrada y el idioma del grupo en el que vas. Nosotros vamos en uno inglés, pues estos tienen visitas cada hora. Los que son en español se limitan a un par de circuitos al día, así que no cuadran tan bien. Merece la pena llevar guía porque te enteras de muchísimos detalles sobre este lugar, el mayor y más letal campo de concentración y exterminio de los nazis. Aquí enviaron a alrededor de un millón trescientas mil personas, sobre todo judíos, dirigentes polacos contrarios a su ideología, personas desplazadas, pero también prisioneros de guerra soviéticos, gitanos romaníes. El primer transporte se realizó el 14 de junio de 1940 desde la cárcel de Tarnów, desde donde trasladaron a 728 presos políticos. A partir de 1942 también fueron incluidos los judíos seleccionados para servir como conejillos de indias en experimentos médicos.

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Caminos de grava entre los barracones del campo de concentración y exterminio de Auschwitz. / Lola Hierro

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Paredón de fusilamiento en Auschwitz. / Lola Hierro

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Mazmorras. Auschwitz. / Lola Hierro

De ese millón trescientos mil enviados a Auschwitz, fueron asesinados un millón cien mil. Otros 400.000 fueron registradas e internados y más del 50% de ellos murió de hambre, o por las lamentables condiciones de vida, por exceso de trabajo, enfermedades, torturas, ejecuciones o experimentos médicos. Cuando los soviéticos llegaron y liberaron el campo, el 27 de enero de 1945, quedaban 7.500 supervivientes, y unos 500 eran niños.

El párrafo introductorio del informe en español que está disponible en el Museo Memorial Auschwithz-Birkenau resume tan bien el contexto del campo de concentración del mismo nombre, que lo voy a citar textualmente:

Los elementos fundamentales de la ideología nazi eran: odio al comunismo, a los judíos y la democracia, así como la convicción de la superioridad del pueblo alemán sobre los demás. Con vistas a crear una sociedad “racialmente pura”, los nazis alemanes planearon el exterminio de los judíos, al igual que el de los eslavos, romaníes (gitanos) y otros. Uno de los motivos de la agresión alemana y del inicio de la Segunda Guerra Mundial fue la aspiración de la Alemania nazi de conseguir nuevos territorios en los que se pretendía asentar a población alemana. En noviembre de 1937 Adolf Hitler, caudillo del Reich alemán y creador del partido nazi (NS-DAP), que subió al poder en Alemania en 1933, describió sus planes del siguiente modo: “En nuestro caso no se trata de la conquista de pueblos, sino simplemente de la conquista de territorios aptos para la agricultura”.

Auschwitz-Birkenau fue el lugar donde se materializó esa voluntad exterminadora del no ario. O del que pensaba diferente. Y cuando entras atraviesas el portón con la famosa frase “El trabajo os hará libres”, sientes un poco esa maldad. El lugar suele estar lleno de grupos de visitantes que entran y salen de los barracones, caminan de un lado para otro por las avenidas de grava… Pero hay algo que suscita un sentimiento de tristeza, de miedo, de abandono, de desesperanza, de desolación. Muchas veces lo he comentado con otras personas que han visitado campos de exterminio u otros lugares donde sucedieron masacres, y solemos coincidir en esa sensación que, supongo, es totalmente sugestionada y auto inducida. Nos ponemos en modo triste, y no es para menos.

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Entrada principal al campo de Auschwitz con el lema “El trabajo os hará libres”. / Lola Hierro

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Advertencia de vallas electrificadas. / Lola Hierro

Este lugar en medio de la nada se ha convertido en la advertencia más directa de las consecuencias que acarrean el racismo y la intolerancia… Desde su apertura, hasta su liberación, fue un lugar de pesadilla. Gracias a su transformación en lo que hoy es el Museo estatal Auschwitz-Birkenau, un homenaje a las víctimas polacas de los crímenes de guerra, hoy podemos conocer muchos detalles sobre las atrocidades que aquí se cometieron. Todas las exposiciones y colecciones están en el primer campo, en Auschwitz. En Birkenau no se ha instalado nada, se ha dejado tal cual fue encontrado, intacto, en consideración a que la mayoría de las personas deportadas fueron asesinadas allí.

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Caminos de grava en Auschwitz. Ocupa 191 hectáreas. / Lola Hierro

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Birkenau, donde la mayoría de prisioneros fueron gaseados y cremados en los hornos. / Lola Hierro

Cuando entras en Auschwitz, tienes que asumir que no vas a poder entretenerte todo lo que quieras. Es muy valiosa la información del guía, pues sintetiza muy bien todas las historias y datos importantes. La pega es que en ocasiones el grupo marcha demasiado rápido para mi gusto, y es posible que una se quede con ganas de leer todos los carteles y detenerse a hacer más fotos, a asimilar lo que estás viendo… Tampoco me encanta sentir que el rebaño en el que estoy metida me va a aplastar, pero es el impuesto revolucionario que toca si quieres acceder al recinto, pues ir por libre no está permitido.

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Turistas aguardando su turno para entrar. El Museo Memorial Auschwitz-Birkenau ha sido visitado por millones de personas. / Lola Hierro

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Grupos de visitantes en los barracones de Auschwitz. / Lola Hierro

La visita dura varias horas, así que es mejor reservarse una mañana entera para que dé tiempo a ir en autobús, hacer la cola correspondiente, luego el circuito y volverse por donde uno ha venido. En ese tiempo se aprenden detalles que no salen en los libros de texto.

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Visitantes fotografiando las maletas de los prisioneros. / Lola Hierro

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Dos mujeres leen la documentación expuesta en una de las salas del museo. / Lola Hierro

Auschwitz encierra historias y recuerdos para no dormir, como en la galería que contiene pelo natural de mujeres que pasaron por allí. Se usaba para elaborar textiles. También los objetos personales que llevaban consigo todos los judíos que llegaron allá ignorando su suerte, pensando que iban a vivir ahí una temporada, no a ser gaseados según se bajaron del tren. Gafas, utensilios de cocina, maletas, zapatos… Y luego, las fotos que ponen rostros, nombres y apellidos a la masacre; la documentación, los testimonios de los supervivientes, los barracones inmundos, los crematorios…

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Miles de gafas de los prisioneros encontradas, junto con otros miles de objetos, tras la liberación del campo en 1945. / Lola Hierro

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Objetos de uso doméstico que los prisioneros llevaron consigo, pensando que iban a vivir largo tiempo en Auschwitz. / Lola Hierro

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Montañas de zapatos de las víctimas. / Lola Hierro

Por dar una idea de la magnitud de este crimen contra la humanidad, ahí van algunos números sobre los utensilios encontrados tras la liberación del campo y que hoy forman parte de la colección actual del Museo: hay cerca de 110.000 zapatos, unas 3.800 maletas de las que 2.100 están firmadas, más de 12.000 ollas, 470 prótesis, 375 uniformes de rayas de los que llevaban los internados en el campo, 246 chales de oración judíos, 40 metros cúbicos de objetos metálicos fundidos provenientes de los almacenes donde se guardaban los enseres personales de las personas que mataron en las cámaras de gas, 4.500 objetos de colecciones artísticas, y casi la mitad, realizados por los prisioneros dentro del campo, 39.000 negativos de fotos tomadas a los prisioneros antes de instaurar el tatuaje como medio de identificación, 12.000 cartas y postales enviadas desde el campo por los presos, más de 3.500 relatos de estos mismos sobre su infravida allí… Y dos toneladas de pelo cortado a las mujeres deportadas.

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Dos visitantes contemplan los retratos de personas que murieron en el campo por hambre, enfermedades, etc. / Lola Hierro

Lamentable todo. Es muy triste que el ser humano sea tan sádico y malvado.

A partir de 1942, Auschwitz no fue solo un campo de trabajos forzados. Se convirtió en el lugar de exterminio que le ha dado su vergonzosa fama. En el campo de Auschwitz aún se puede ver un horno crematorio, pero en el vecino Birkenau, que es donde fueron asesinados la mayoría de judíos europeos allí trasladados, solo quedan ruinas. La razón es que cuando los alemanes se dieron cuenta de que el Ejército Rojo se acercaba y no iban a poder defender su plaza, volaron por los aires todos los crematorios en un intento de que no se supiera lo que habían estado haciendo allí. Aún así, se intuyen los hornos entre las ruinas. Peor es el caso de Auschwitz, donde queda uno en pie, así como la cámara donde gaseaban a la gente. El procedimiento era sádico a más no poder. Metían en trenes de mercancías a hombres, mujeres, niños, ancianos… Los transportaban hacinados, durante días, derechitos hasta Birkenau. Tan directos iban que las propias vías del tren llegan hasta la mitad del campo, pasada la puerta de acceso.

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Este vagón es un vestigio de los trenes que llevaban a los prisioneros hasta Birkenau para ser gaseados. / Lola Hierro

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Entrada para los ferrocarriles en Birkenau. / Lola Hierro

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Un fotografía de judíos polacos llegando a Auschwitz, en la pared de uno de los barracones. / Lola Hierro

Las víctimas, inocentes ellas, pensaban que iban allí a trabajar. Llegaban cargados de maletas y enseres varios, y se les pedía que dejaran todo un momento porque tenían que pasar a darse una ducha desinfectante antes de ingresar en el campo. Vamos, que iban del tren a la cámara de gas y ahí se metían por voluntad propia, sin saber que estaban firmando su sentencia de muerte. Una vez dentro, desnudos, les dejaban a oscuras y les gaseaban. Lo más terrorífico para mí es que en las paredes de una de estas cámaras, la única que sigue en pie, aún se distinguen los arañazos de quienes se asfixiaron luchando a la desesperada por salir de ahí, como si pensaran que las podían derribar…

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En esta sala se gaseaban personas. En las paredes se distinguen las marcas de las uñas. / Lola Hierro

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Ruinas de los antiguos crematorios de Birkenau, intactas desde que los nazis los volaron por los aires para evitar que se supiera lo que habían estado haciendo aquí. / Lola Hierro

Luego había que retirar los cuerpos, y como iban siendo demasiados, se decidió que lo mejor era quemarlos. Cuentan que se veían enormes columnas de humo en muchos kilómetros a la redonda, y nadie allá afuera, en los pueblos circundantes, podía imaginarse que allí se estaban incinerando cadáveres por miles.

Cuentan también que a menudo había demasiada gente a la que matar, así que las víctimas tenían que esperar su turno para “ducharse” —su turno para ser asesinadas en realidad— en unas barracas apestosas, de literas de tres pisos, sin colchón ni nada; solo listones de madera y suelo de tierra. Sin luz ni apenas ventilación. He encontrado una rosa blanca posada en uno de aquellos catres.

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Barraca inmunda en Birkenau donde hacían esperar a los recién llegados en tren para gasearlos. Ellos lo ignoraban. Este barracón era para mujeres. / Lola Hierro

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Una rosa blanca sobre uno de los catres del barracón de mujeres de Birkenau. / Lola Hierro

Ignorante de mí, daba por hecho que el museo que hoy ocupa la superficie de los campos fue inaugurado mucho más tarde, pero qué va: a los pocos meses de la liberación, algunos supervivientes polacos se reunieron para pensar en cómo honrar la memoria de las víctimas. Organizaron un grupo llamado Defensa Permanente del Campo de Oświęcim (así se llama el pueblo donde se emplazó Auschwitz) y lo custodiaron gracias al apoyo de miles de víctimas y familiares que peregrinaron hasta allí para buscar pistas de sus seres queridos desaparecidos.

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Uno de los barracones de Auschwitz, donde estaban las dependencias de los nazis, entre otras cosas. / Lola Hierro

En 1947, tan solo dos años después de la liberación, estos antiguos presos organizaron la primera exposición y acudieron unas 50.000 personas, desde víctimas y familiares hasta autoridades polacas y embajadores. “El 2 de julio de 1947 el Parlamento polaco declaró la ley de mantenimiento a eternidad de los terrenos y edificios del antiguo campo e inauguró el Museo Estatal de Oświęcim – Brzezinka. Este nombre fue cambiado en 1999 por el de Museo Estatal de Auschwitz-Birkenau en Oświęcim”, cuentan en la web del museo. En total, quedaron protegidas 191 hectáreas con centenares de barracones, dependencias de las SS, letrinas, torres de guardia, una fosa común, las vías del ferrocarril que entran en Birkenau y también la llamada Casita Roja”, que era donde estuvo la primera cámara de gas de este segundo campo.

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Dependencias de los primeros prisioneros que llegaron al campo de Auschwitz para hacer trabajos forzados. / Lola Hierro

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Más dependencias, y el famoso uniforme de rayas colgado de un biombo. / Lola Hierro

Una vez acabada la visita, he de reconocer que tanto Auschwitz como Birkenau —el otro campo— son lo que me esperaba. Me han recordado al que visité en el norte de Berlín allá por 2002, con 19 años. Ahora no me ha impresionado tanto como la vez anterior, creo que es porque ya estoy bastante traumatizada con las cosas que pasan hoy en día, cada dos por tres, y que sí se podrían evitar y no se evitan.

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Torres de vigilancia en Auschwitz. / Lola Hierro

Auschwitz y el Holocausto ya no tienen remedio, pero todas las muertes que se producen a diario en Siria, en Irak, en RCA, en el Mediterráneo, en Sudán del Sur, en Yemen, etc., sí que podrían evitarse. Aunque la Humanidad sigue sin hacer nada. No entiendo por qué nos sobrecogemos por lo que ocurrió hace medio siglo y no nos inmutamos por lo que está pasando ahora. Dijimos que algo como el Holocausto no se podía repetir, pero eso se ha quedado en palabras de las que se lleva el viento.

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Cartel prohibiendo el paso a las dependencias de uno de los jefes del campo, que vivía ahí con su familia. / Lola Hierro

NO HACE MUCHO, NO MUY LEJOS…
Después de leer este relato tan desagradable, es posible que más de uno y una no quiera saber nada más del asunto. Y también es posible que otros quieran saber más. Es lo que me gustaría, de hecho. No podemos olvidar semejante genocidio. Para estos últimos tengo una buena noticia. Siempre y cuando vivan en Madrid o alrededores: Entre el 1 de diciembre y 3el 17 de junio, el Centro de Exposiciones Arte Canal de Madrid acoge una muestra itinerante con más de mil objetos traídos de Auschwitz-Birkenau. Se titula Auschwitz. No hace mucho. No muy lejos y, como dice mi compañero Guillermo Altares en este artículo, nace con la misión de reivindicar nuestro deber de recordar. Son más de 2.500 metros cuadrados destinados a este fin, la mayor que se ha realizado hasta ahora.

 

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