ANDANZAS RUMANAS IV: NO VAYAS SOLA A DEJ CALATORI

Estoy escribiendo encima de mi maleta, subida a un autobús con destino a Cluj Napoca. OTRA VEZ.. He cambiado de  planes de nuevo por una mezcla de seguridad y despropósitos varios. He aquí la aventura:

La cosa es que yo ayer me iba en tren de Baia Mare a Suceava y tenía que hacer una escala en la estación de Dej Calatori. Ya ayer cuando escribía expresaba mis dudas. No sabía si sería un buen plan llegar allí de noche y quedarme esperando sola. Tras un infernal viaje en tren sin aire acondicionado, llego a Dej, que viene a ser un apeadero en medio de la nada, sin cafetería ni baño. Tan solo hay un par de tiendas de ultramarinos en las que compro fruta como si no hubiera un mañana. En la puerta, una familia muy numerosa compuesta por hombres, mujeres y niños que, de primeras, me escama. No llevan equipaje de ningún tipo y hablan muy alto. Pero me digo que soy mala gente por tener prejuicios y decido tomármelo con calma. Me siento a esperar el tren en el interior, apenas una sala con sendas puertas de acceso a la calle y a las vías, una máquina de café y una garita con una taquillera borde que se niega a imprimir el ticket que llevo en el móvil. No me hace ni caso y es que yo no sé si me lo van a pedir en papel cuando me suba al tren.

Estación de Dej./ CFR Calatori

Ceno fruta y un yogur ahí mismo y me pongo a leer. Al poco rato, viene un niño vestido con harapos y sucio, y no sé qué me dice, no comprendo el rumano. Se va y vuelve con otro un poco mayor, con un gorrito rojo y un frasco de colonia de Hugo Boss que me quiere vender. Les digo que no estoy interesada con gestos y, en seguida, vienen con otro, ya adolescente y grandecito, y me intentan rociar con el perfume por encima. Yo ya me pongo de los nervios y les espanto con cuatro voces y un gran cabreo. Ellos me insultan con algo sobre los españoles que no entiendo del todo.

Me siento mosca y se lo digo a la taquillera, y le pregunto que si me puedo meter con ella ahí dentro, pero no me deja, la impía. Le insisto en que voy sola y tengo miedo, así con unos pocos pucheros exagerados… Y nada. Entonces, por no estar sola, me planto donde los taxistas. Uno cree que quiere ir a algún sitio y me pone al teléfono con una mujer que habla inglés, y le explico qué me pasa. El taxista me acompaña a hablar con la taquillera otra vez y discuten, pero no entiendo qué pasa. Creo que él quiere que llame a la policía y ella pasa del tema, pero al final coge el teléfono y en pocos minutos dos agentes muy apuestos hacen acto de aparición. Uno sí habla inglés y me dice que chicos y sus padres no suelen causar problemas, pero que va a hablar con ellos para que no vuelvan, y que el sitio donde estoy, la sala de espera del apeadero, es el más seguro para mí.  Y que ellos están a 50 metros y van a estar pendientes.

Yo me vuelvo a sentar y a la media hora me vienen a incordiar otra vez los chicos, pero no me hacen nada más que decirme cosas que no entiendo en un plan socarrón, y ganas me dan de soltarles a cada uno un tortazo con toda la mano abierta, cosa que por supuesto, no hago. Vuelven los polis y se quedan frustrados cuando les digo que los chavales no les han hecho ni puñetero caso. No creo que les tengan mucho respeto. A todo esto, la taquillera les llama para pedirles que me digan que mi tren, ese que tenía que esperar durante casi dos horas,  viene con dos horas más de retraso, es decir, que tengo que estar hasta las tres de la madrugada allí. Los agentes me sugieren que duerma allí, en los bancos del apeadero, pero que vigile mis cosas.

05.11.14 Dej Călători 40.0826

La estación de Dej, por Phil Richards.

En este punto, con tanto cansancio físico y hartura, ya no sé qué hacer con mi vida, pero asumo que debo cambiar de planes y gastarme dinero extra. Y que renuncio a ver los monasterios de Bucovina. En realidad, no me importa tanto, estoy harta de iglesias. Primero pregunto a la taquillera estúpida por otros trenes a otros lugares, pero en todos los casos hay que hacer un transbordo de hora y media a las tres de la madrugada en otro pueblo perdido. No lo veo. No me la juego. Cuando estoy barajando opciones, llega a la estación otro tío, un hombre muy gordo con la camiseta sucia que se sienta a mi lado y comienza a hablarme. Tras muchos esfuerzos consigo comprender algo de su torpe inglés y resulta que lo que me está sugiriendo es irme a una pensión con él. Y aquí es donde decido irme a un hotel, pero yo sola. Hay un cuatro estrellas cerca, así que no me lo pienso y llamo: tienen habitaciones y puedo ir ya mismo.

Agarro al mismo taxista que había intentado ayudarme y en  cinco minutos estoy en una recepción fina y moderna. Me siento segura. Me recibe una recepcionista amabilísima, que en un minuto arregla mi registro de entrada. En dos estoy en un cuarto grande, limpio, moderno, con aire acondicionado, con baño estupendo y una cama maravillosa. Me pego la ducha más reparadora de mi vida, era lo que más necesitaba tras un día entero sudando de excursión por Maramures, una tarde de tren sin aire acondicionado y todas esas horas en el maldito apeadero de Dej. Por último, me meto en la cama y hasta me tapo con la colcha. Qué placer. He dormido soñando mil cosas y por la mañana, fortalecida por un opíparo desayuno, he comprobado mis opciones y concluido con que la mejor era coger el bus en el que estoy ahora para regresar a Cluj y de ahí irme a Bucarest, pasar dos días y seguir con mi viaje como estaba planeado.

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