ANDANZAS RUMANAS I: CLUJ NAPOCA ES IMBATIBLE

He sobrevivido a la peor noche de mi vida. El tipo guapete del hostal de Bratislava resultó ser un maldito borracho. Llegó a las cuatro de la madrugada completamente alcoholizado y me despertó con el ruido que iba armando con y la linterna del móvil. Lo peor es que, cuando se subió a su cama, la litera encima de mí, vomitó en la papelera y la tiró desde arriba justo a mi lado, junto a mi cabeza. Y al caer casi se vuelca. Todo esto a oscuras, claro, yo intuyendo lo que pasaba por los ruidos. Y el olor, que era tan insufrible que al final tuve que levantarme, ir a recepción y chivarme. La pobre chavala que estaba de guardia lo recogió, muy abrumada, como si fuera culpa suya… Me dio mucha lástima que esa chica que está ahí ganándose el pan tenga que dedicarse a recoger la pota de un cliente gilipollas. Y mira que no suelo usar palabras así de vulgares cuando escribo, pero con este tío no me sale otra cosa. Me cabreo cada vez que recuerdo el episodio.

Esa noche ya no me dormí más. Estaba desvelada por todo el jaleo desde un buen rato antes de que él entrara en la habitación porque antes, el susodicho había estado pegando voces en la calle con sus amigos, bajo la ventana de mi dormitorio, que está en una planta baja que da a la calle. Y me despertó incluso llevando yo tapones. Antes, el musulmán que rezaba estuvo hablando por teléfono en voz muy alta, a eso de la una. Le solté una bordería y se marchó fuera. Vamos, en resumen: he dormido entre nada y menos. Y claro, he llegado a Rumanía totalmente sonámbula, quedándome frita por las esquinas: primero en el aeropuerto y luego en el avión, donde he cerrado los ojos antes de despegar y me he despertado cuando los pasajeros ya estaban de pie en el pasillo para bajarse.

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Y por fín llegué a Rumanía. Menuda primera imagen… / © Lola Hierro

Pero, pelillos a la mar. Que ya, por fin, he entrado en Rumanía, donde me esperan 20 días de exploración solitaria por este país centroeuropeo tan grande (el noveno de la UE por área y séptimo por habitantes, con 19 millones) y del que no sé casi nada. Lo primero que aprendo es que el país es un crisol infinito de culturas: Por aquí han pasado dacios, indoeuropeos, romanos (con muchísima influencia), godos y hunos. Se han anexionado parte de su territorio los búlgaros, los alemanes de Sajonia, los húngaros y luego los otomanos. Han tenido una gran influencia bizantina, han sido cristianos católicos, protestantes y ortodoxos. Los primeros atisbos de algo parecido a la Rumanía de hoy se vislumbran en el siglo XVIII, cuando tres principados (Moldavia pero no el país, sino una región, Valaquia y Transilvania) se unen y echan a los otomanos. Ya en el siglo XX, Rumanía sufre muchos cambios con las dos guerras mundiales y el periodo de entreguerras, a vueltas entre un sentimiento nacionalista por una parte, la influencia de la Unión Soviética por otro…

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La influencia bizantina: en la catedral ortodoxa de Cluj Napoca se ve muy bien. / © Lola Hierro

Su gobernante reciente más famoso es el sanguinario Nicolae Ceaușescu, cuya vida y mandato acabaron con la Revolución de 1989. Este año acabó su nefasta república socialista y el mundo se encontró a un país sumido en la más absoluta miseria. Hoy, Rumanía está mejor: es una república democrática parlamentaria con su presidente y su parlamento; se pasó a una economía de mercado que hoy sigue vigente, entró en la UE y su tasa de desempleo, alrededor del 6,4%, es menor que el de otros países europeos. Queda mucho por hacer, pero ahí va.

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Stencils que molan en Cluj Napoca. / © Lola Hierro

Mi primera parada es Cluj Napoca, la tercera ciudad más poblada del país (325.000 habitantes), antigua capital de Transilvania (sí, la tierra de Drácula, pero ya hablaremos de esto…), que existe desde el siglo 2 antes de Cristo y que hoy es un destino muy apreciado entre los estudiantes españoles de Erasmus. De hecho, con seis universidades públicas y 80.000 estudiantes, es la segunda mayor ciudad universitaria de Rumanía. Desde que empecé a contar entre mis círculos que venía aquí de vacaciones y que iba a pasar por esta ciudad, unos y otras me dijeron que, o bien habían venido de intercambio, o bien iban a venir, o tenían algún amigo o familiar en esta situación. Creo que tras una primera inmersión puedo entender las razones. Reflexiono sobre ello desde donde escribo estas líneas, una cafetería de las que me gustan, rústica y hipster, tomando un café decente y una tarta de zanahoria que me he ganado.

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Cafetería Meron en Cluj Napoca. Recomendadísima. / © Lola Hierro

Ya nada más llegar he entrado en contacto con el espíritu de Cluj, representado en la figura de Claudia, una chica muy joven con purpurina en la cara, turbante y septum. Ella está a cargo del hostal You Think, monísimo y acogedor, y se muestra muy dispuesta a ayudarme con todas mis dudas y peticiones. El alojamiento está en una casa campestre grande con jardín, hamacas, árboles… Es muy bonita y está bien acondicionada, y siento que aquí sí que estoy descansando, por fin. Me quedaría más días en Cluj solo por pasar tiempo entre esta pequeña comunidad. Nada más llegar conozco a un señor sin piernas que va en silla de ruedas, también a un chino anciano que está viajando por el país y luego a chicos y chicas que sí cumplen más con el perfil de mochileros. También me he amigado con otra Claudia: es algo mayor que yo, milanesa, periodista y ahora viajera. Perdió el curro y desde entonces está freelanceando y contando sus peripecias en el blog Pronte che si viaggia. Es muy agradable y en seguida conectamos.

Soy consciente de que voy a pasar poco tiempo en Cluj porque mi tren hacia el norte de Rumanía sale a las cinco y media de la mañana del día siguiente a mi llegada, así que decido que no me voy a venir arriba. Mi plan es dar un paseo por el centro sin más aspiración que observar y, si acaso, hacer alguna foto. Comer en un sitio chulo, típico a poder ser. Comprar algunos utensilios de aseo que me faltan y un yogur para cenar, y volverme a disfrutar del hostal acogedor a eso de las cinco o las seis.

Sumida en estos pensamientos mientras miro la calle a través de la cristalera de la cafetería, me fijo en un niño jipi, mochilero y de pelo largo que va con dos mujeres de las mismas características. Antes, también he saludado a una gitana que me ha ofrecido romero. Pienso, eso sí, que por ahora Cluj Napoca me está pareciendo un poco cutre y fea, pero no cuenta, acabo de llegar. Y algo debe tener esta ciudad para que todo lo que leo sea tan positivo y atraiga a tantos estudiantes y turistas de todo pelo.

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Buzones de un portal cualquiera. / © Lola Hierro

Un día después…

Ya voy entendiendo. Pero, primero, haré acto de contricción. Reconozco que durante mis primeras horas en Cluj Napoca no entendía nada a quiénes dicen que es una maravilla; no me parecía nada del otro mundo. Tras un primer paseo por el centro, me pareció viejo, destartalado y feote. Cluj tiene varios edificios elegantísimos desperdigados por aquí y por allá: palacios, iglesias, teatros, la ópera y cosas así, pero la tónica general es que parece una mezcla sin pies ni cabeza de esas construcciones con calles del estilo del pueblo de mis abuelos, que no tienen ninguna gracia, he de decir.

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Cluj Napoca tiene edificios así de elegantes. / © Lola Hierro

Luego, no encontraba tiendas bonitas en las que comprar algún recuerdo, alguna postal… (Recordatorio. Soy la loca de los cuadernos, quería uno rumano y lo quería el primer día). Todo me parecía hortera. Entré en un centro comercial y ¡válgame dios! Más bien parecía un mercadillo: ropa horrenda y cantosa, vestidos de colores chillones, llenos de lentejuelas, brilli brilli, escotes imposibles… Todo muy kitsch y, en medio… ¡Una tienda de Desigual! No sé qué pensar. Y aquí, mientras escribo, una se da cuenta de lo fácil que es caer en tópicos y en juzgar algo tan grande como una ciudad y un país cuando apenas conoces el 1% de su esencia. O ni eso. Muy mal, Lola, muy mal.

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También iglesias católicas y ortodoxas. / © Lola Hierro

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Y los mosaicos son preciosos. / © Lola Hierro

Cluj Napoca es, así con un poco de distancia, una ciudad provocadora y contradictoria, muy heterogénea. Aviso: estoy hablando desde la escasa experiencia de un día de exploración por el centro. Esta visión sesgada me ha dejado, al menos, las ganas de volver a explorar más. Porque aquí hay tanto de todo que no puedes colgarle una etiqueta así con tanta facilidad.

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Un fiel reza en la catedral ortodoxa. / © Lola Hierro

Una localiza la plaza central de la zona antigua de la ciudad, Piata Uniiri y la iglesia de San Miguel. La primera, inmensa, está rodeada de edificios palaciegos de los siglos XVIII  y XIX y de estilos barroco, gótico, renacentista y neoclásico. Acoge la estatua de bronce de Matías Corvino, un famoso rey húngaro del siglo XV, rodeado de algunos de sus hombres de confianza. Esta escultura fue realizada en 1.902 por el artista János Fadrusz y fue pagada con suscripción pública. La segunda, en rumano Biserica Sfântul Mihail, es el templo más importante de Cluj y uno de los más bellos de estilo gótico de toda Transilvania. Inicialmente fue una capilla dedicada a San Jacobo, pero a partir de 1.350 se comenzó a construir esta. Su mejor atributo es una torre altísima, de 80 metros, que está rematada por una cruz. Esta es relativamente nueva: fue erigida en 1.860, después de un incendio que arrasó con la construcción. Hoy en día es católica, aunque en el pasado perteneció a otras religiones. Su interior es majestuoso y muy luminoso gracias a las vidrieras que la rodean.

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Una capilla antiquísima en la iglesia de San Miguel. / © Lola Hierro

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Interior de la iglesia de San Miguel. / © Lola Hierro

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Frescos antiquísimos en la iglesia de San Miguel. / © Lola Hierro

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Iglesia de San Miguel y estatua de Corvino. / © Lola Hierro

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Mi almuerzo, en la plaza central, demasiado caro para lo que era. / © Lola Hierro

Al otro lado de la plaza se alinean varios restaurantes con terraza para comer al fresco, todos modernos y bien decorados. De los que dan ganas de entrar, vaya. Los otros dos costados son calles por las que pueden circular coches y se mezclan edificios de no más de una o dos plantas, bastante viejos y con comercios en los bajos. El de mayor tamaño se trata del bulevar Eroilor, que discurre hasta otra plaza llamada Avram Lancu, y siempre que lo atravieso está ocupado por un tráfico fluido pero incesante y conductores que aprietan el claxon sin demasiada paciencia… Por en medio se mezclan los turistas —a paso de tortuga, mirando todo y haciendo fotos a todo— con los residentes en la ciudad, que caminan a más velocidad y sin prestar mucha atención a su entorno. Claro, lo tienen muy visto.

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Calles despejadas a primera hora de la mañana. / © Lola Hierro

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Transeunts en el bulevar Eroilor. / © Lola Hierro

La arquitectura del centro de la ciudad es desconcertante: como decía, lo viejo y un poco pueblerino se enreda con edificios impresionantes que, claro, destacan mucho más en este entorno. Por ejemplo el Palacio Bánffy, de influencia húngara y totalmente barroco. En su interior está el Museo de Bellas Artes, al que no entro porque, recuerdo, mi tiempo es muy limitado y prefiero patear. Llama la atención también la tremenda catedral  ortodoxa de Nuestra Señora de la Asunción, en rumano: Catedrala Adormirea Maicii Domnului. A esta entro un poco por casualidad, por ver algo, y sus mosaicos brillantes y los frescos me dejan sin aliento. Ni siquiera la afean los andamios que sostienen la cúpula, que está en reparación. Me recuerda a la de Santa Sofía de Estambul. Una maravilla.  Justo enfrente se esconde el colorido Teatro Nacional, de 1906 y totalmente rococó, no hay más que ver la sobrecarga de adornos que luce. Aquí tienen lugar eventos de toda índole.

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Fieles rezando en la catedral ortodoxa. / © Lola Hierro

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No dejo de alucinar con los mosaicos de la catedral ortodoxa. / © Lola Hierro

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La catedral ortodoxa, desde otro sitio. / © Lola Hierro

Un poco más lejos, casi escondida, se encuentra la plaza de Miguel el Valiente o Mihai Viteazul en rumano, que tiene en el medio un monumento ecuestre a este príncipe, el primero que consiguió la unión de los principados de Transilvania, Valaquia y Moldavia en el siglo XVI, que son las tres mayores de las ocho regiones que hoy forman Rumanía. Esta primigenia alianza duró seis meses y él fue asesinado muy pronto. Pero bueno, por algo se empieza. Hoy él es considerado el precursor de la Rumanía moderna y un héroe nacional.

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El recargado Teatro Nacional. / © Lola Hierro

Voy por Cluj como quien va por el tablero del juego de la oca, pero con edificios suntuosos: de catedral a iglesia, de iglesia a palacio… Y las rutas que tomo entre una otra me muestran calles cuajadas de casas nobles, de colores pastel, reflejo de una burguesía opulenta de antaño. Hoy revelan una decadencia muy romántica, casi engullidas por la industrialización y por los coches aparcados al borde de la acera que no te dejan hacer fotos artísticas. Aquí todo está mezclado.

Luego, decido dejar el mapa en la mochila y, simplemente, camino y me pierdo. Y entonces llego a esas calles muy de pueblo castellano con casas descuidadas, de fachadas agrietadas y pintarrajeadas, no tan políticamente correctas y bonitas como las otras, pero desde luego, llenas de personalidad. Aquí viven personas, hay vida.

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Entrada a un edificio de vecinos, nada famoso ni imponente, pero lleno de personalidad. / © Lola Hierro

Se me hace tarde y no he visto el Jardín Botánico (el mayor de Rumanía, con 14 hectáreas), del que todo el mundo habla tan bien. Ni el cementerio,  que dicen que es muy variado y bonito y merece una visita. Tampoco conozco el Museo Etnográfico de Transilvania, donde podía haber aprendido mucho sobre la cultura de este país al que estoy recién llegada. Yo las enumero así, por escrito, para no olvidar que son mis asignaturas pendientes.

Eso sí, no puedo obviar que la gente me ha parecido amabilísima durante mi escaso tiempo en la ciudad. Me han pasado cosas como que en una tienda de Orange me hayan configurado el teléfono gratis, porque no me funcionaba. Y los conductores de Uber son un éxito: baratos y serviciales. No encuentro más que gente amable por ahora. ¿Por qué iba a ser lo contrario?

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Vuelvo a mi hostal a última hora y encuentro, de nuevo, buen rollo y tranquilidad. Todavía hace calor fuera, así que las dos Claudia y algunos inquilinos se han desparramado en el enorme salón de la casa, que tiene cojines también muy grandes y alfombras de todos los tamaños tirados por el suelo. Es muy agradable repanchingarse en ellos y pasar el rato. Unos leen, otros escriben, otros escuchan música, miran el móvil… Por en medio, los gatos de la propiedad, que como ya están muy acostumbrados a los extraños, se portan bien.

En este rato me entero de una de las razones, no sé yo si la principal, después de todo, por la que Cluj es tan internacional. Sucede que el mismo día en que yo me marcho comienza en la ciudad un festival al aire libre de música electrónica que está entre los más importantes del mundo. Se llama Untold Festival, se celebra todos los veranos y no es solo música: es todo un acontecimiento de ARTE que reúne a miles de personas.

Este es uno de los escenarios del Untold Festival.

Otra foto del Untold Festival.

Llega al You Think un grupo de españoles que me resultan muy civilizados y sanotes (aún tengo el recuerdo del borracho de Bratislava y estos chicos me alegran la vida porque no son así). Son seis y están viajando en coche por el país y haciendo rutas interesantes de trekking. Me han ofrecido ir con ellos a cenar, pero he declinado porque tengo que levantarme a las cuatro de la mañana para coger el tren hacia Baia Mare, mi siguiente destino. Me voy llena de asuntos pendientes con esta ciudad, Cluj Napoca, que me ha demostrado que siempre hay que dar una segunda oportunidad porque que las apariencias engañan. Sí, aquí me engañaron.

 

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ESLOVAQUIA

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RUMANÍA

  1. Andanzas rumanas I: Cluj Napoca es imbatible
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EXTRA

 

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