LAS TRES TENTACIONES DE CRACOVIA

Apenas he pateado cuatro calles de esta ciudad, Cracovia, pero tiene una pinta buenísima. Es precioso todo y, como Wroclaw, también está salpicada de restaurantes, cafeterías y tiendas bonitas y cuidadas en cada esquina. Con casi 700.000 habitantes —la segunda mayor de Polonia— y bañada por el río Vístula, es una ciudad cuqui en un país cuqui, repleta de edificios majestuosos y elegantes. ¡Qué imagen más distorsionada tenemos los españoles sobre estas tierras! Creo que aún hay quien las asocia a la guerra, a lo soviético y a lo cutre, pero no podrían estar más alejadas de esos calificativos. En el caso de Cracovia, la prueba de ello es que su casco antiguo fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1978, que en 2000 también fue nombrada Capital Europea de la Cultura y que siempre se ha considerado un centro artístico, cultural, económico y científico del país. Unos ocho millones de turistas cada año la eligen como destino para explorarla y disfrutarla.

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Venta de cuadros en el centro de Cracovia. /© Lola Hierro

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Callejeando en Stare Miasto. /© Lola Hierro

Eso sí, tengo una pega. J. me regaña por quejarme tanto, pero yo tengo razón: en este país no saben hacer café con leche como a mí me gusta. Es decir, con más leche de lo habitual pero sin que llegue a manchado. Pides un latte y te dan un tazón de líquido marrón clarito casi blanco. No me pillan el truco los baristas polacos. Estamos en otra cafetería hypster llamada Fitagain y me han dado leche con espuma, prácticamente. Mientras despotrico interiormente, veo a J. todo afanado en localizar en el mapa los lugares que queremos visitar. A toro pasado, puedo decir que esta ardua investigación trajo consigo unos días muy productivos en los que, sin disciplina ni orden, ni culpa, me dejé llevar por las tentaciones de Cracovia.

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Carruajes elegantes. Detrás, la lonja de los paños. /© Lola Hierro

Primera tentación: Volver al medievo

La ciudad medieval se llama Stare Miasto y por sus calles se puede ratonear muy a gusto. La colina de Walwen, con su castillo y su catedral, es una parada obligatoria. El primero, construido en el siglo XIV y de estilo gótico, tiene unas grutas tenebrosas y un dragón de hojalata que echa fuego por la boca y al que se suben los niños. Su leyenda es sangrienta: la bestia aterrorizaba a los habitantes de Cracovia y nadie sabía cómo acabar con ella hasta que un humilde zapatero dio con la solución llenando con azufre la piel de un cordero. El dragón se lo comió y le entró tanta sed que se bebió todo el agua del río Vístula… Y explotó. Fin del problema.

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La gruta del castillo de Wavel. /© Lola Hierro

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El dragón, echando fuego y sin amedrentar a los niños. /© Lola Hierro

En el castillo, no obstante, hay mucho más; de hecho, alberga el tesoro real e importantísimas colecciones de arte. No vemos más que una de las torres del castillo porque para el resto no hay ni entradas disponibles ni ganas de meternos en museos de cosas viejunas. Nosotros disfrutamos más en la calle.

En ese recinto del castillo también está la catedral de San Wenceslao y San Estanislao, y para esa sí que compramos entradas, no en vano es el santuario religioso por antonomasia de Polonia.  Con mil años de antigüedad e historia encerrada entre sus muros, es el summum de la pomposidad y la exageración.  Aquí coronaban a los reyes, y luego los enterraban: por eso una no deja de ver sarcófagos de insignes monarcas del pasado, capillas funerarias (hay 18 nada menos) y de todo. Como muchos edificios antiguos importantes, fue incendiada y destruida de mil maneras a lo largo de los siglos, y las mismas veces se ha reconstruido y restaurado según el estilo del momento en ocasiones, respetando lo anterior en otras. Gótica por allí, renacentista por allá… Mejor ver.

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La catedral, como el castillo, son una mezcla de estilos. /© Lola Hierro

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Una de las mil estatuas de Cracovia. /© Lola Hierro

Una vez te dispones a entrar, te entregan un plano con numeritos, y cada uno corresponde a algo que merece la pena ver, con historia detrás. Así comienzas tu peregrinación religiosa, sin mucho problema. De todo, me quedo con la subida a la campana de Segismundo, de más de 1.200 kilos. También con dos capillitas al fondo del templo que parecen renacentistas, muy bonitas y coloristas. Mientras busco la campana, que está muy en las alturas, me siento como Quasimodo, el de El jorobado de Notre Dame, subiendo al campanario entre vigas de madera, por huecos estrechísimos. De hecho, las personas más gordas no pasan, lo compruebo cuando veo a un hombre y una mujer bastante obesos pasando serias dificultades.

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Muchos van en bici en Cracovia. /© Lola Hierro

La ciudad medieval o Stare Miasto bien merece unos buenos paseos, sobre todo si hace buen tiempo y se puede caminar tranquilamente por sus calles empedradas. Es fácil localizarla: está en el interior de un jardín circular llamado Planty, y que es por donde antiguamente discurrían las murallas. Inciso: qué maravilloso este Planty, con sus árboles que dan sombra y sus vegetación y sus carriles bici y otros para pasear, y sus bancos para sentarse, y sus esculturas estrambóticas donde menos las esperas. Una de ellas es muy graciosa: un pintor gigante de metal junto a un cuadro o, más bien, un marco. Ahí me subo para hacerme una foto dentro del mismo. Al ladito está otro de los lugares importantes de Cracovia: la barbacana, de 1499 y lo mejor que queda de las antiguas murallas. Es una suerte de torre de vigilancia circular, con un perímetro de 25 metros de diámetro de piedra y ladrillo y rodeada por un foso sin agua. No entro, pero por fuera es llamativa; dicen que es de las pocas que quedan en pie en Europa.

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A orillas del río Vístula hay una explanada perfecta para pasear y montar en bici. /© Lola Hierro

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Planty, un jardín circular que rodea el centro histórico. /© Lola Hierro

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Esculturas modernas y rarunas en Planty. /© Lola Hierro

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La barbicana, cerrada a cal y canto. /© Lola Hierro

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Este niño y yo tuvimos la misma idea insana. /© Lola Hierro

Sobre Planty, la única pega es que, por desgracia, se ven demasiadas personas sin hogar durmiendo por allí, me da la sensación de que son más de las que veo en Madrid, y mira que las hay… No obstante, este parque redondo no es peligroso en absoluto, o no me ha dado esa sensación. Siempre está lleno de gente, de niños jugando, de ciclistas, de corredores. Dato para amantes del running: aquí se puede correr bien, y por el paseo que bordea el río Vístula también. Lo he visto desde los puentes por los que se va al barrio judío y me han dado muchas ganas de ir a echarme unas carreras. Está muy bien pensado y construido: plano, con zonas verdes, pista lista… Muy chulo.

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Cruzando el Vístula. /© Lola Hierro

Vuelvo a Stare Miasto, esa ciudad medieval que tiene una llamada Milla de Oro, como la de Edimburgo, igual de animada, con terrazas, cafés y tiendas, unas más horteras pero otras muchas muy bonitas. Por ahí es fácil llegar a la Plaza del Mercado que, como la de Wroclaw, también es muy grande: 40.000 metros cuadrados y la mayor de Europa. Está rodeada de palacios muy elegantes con fachadas esculpidas, o en relieve, o pintadas con frescos.

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La mayor plaza de Europa. /© Lola Hierro

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Una niña se asoma desde el interior de una escultura de metal en la plaza del mercado de Cracovia. /© Lola Hierro

Se puede subir a la torre más alta del edificio central, el del Ayuntamiento, y desde ahí, a 70 metros de altura, las vistas son geniales. Una gracia con la que no contaba yo es que en una de las plantas del interior de esta torre se ha dispuesto una serie de disfraces de caballeros y reyes medievales. El turista puede usarlos a su gusto y hacerse fotos ataviado con armas, escudos, túnicas, mantos, cascos… Yo no entro en el juego porque soy un poco aprensiva y me da no sé qué, qué sé yo, ponerme esas cosas que habrá usado tanta gente. Pero para quien guste de hacerse fotos disfrazado… He aquí su parnaso.

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Cracovia desde una ventana viejuna. /© Lola Hierro

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Una familia de turistas dentro de la torre del Ayuntamiento. /© Lola Hierro

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J. fotografía la plaza del Mercado. /© Lola Hierro

En esta plaza también hay dos iglesias muy bonitas, una por fuera, la más grande. Y otra más pequeña y discreta, por dentro. La primera es la Basílica de Santa María y es fácil de encontrar porque está flanqueada por dos torres. La más alta, con una corona dorada arriba del todo, servía antiguamente para avisar de incendios, de ataques de enemigos y de la apertura y cierre de las puertas de la ciudad (que estaba amurallada, no olvidar). Una curiosidad: cada hora se escucha la melodía de una trompeta desde esta torre, pero esta se interrumpe de repente para recordar al trompetista, que fue asesinado cuando estaba tocando para avisar de un ataque.

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Bien iluminados, la basílica de Santa María y la lonja de los paños. /© Lola Hierro

La iglesia más pequeña, minúscula de hecho, se llama de San Adalberto y allí este santo daba sus sermones. Apenas cabrán 20 personas, y no parece gran cosa hasta que se mira hacia el cielo. Su bóveda es una preciosidad.

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La inesperada bóveda de San Adalberto. /© Lola Hierro

En esta plaza tan llena de rincones interesantes también está el antiguo mercado o Lonja de los Paños, donde ahora hay puestos de recuerdos y de artesanía bastante chusca, la verdad. Me quedo mil veces antes con las pequeñas tiendas de jóvenes artistas y emprendedores, que están por todas partes.

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Salida de la lonja de los paños. /© Lola Hierro

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Cracovia de noche. /© Lola Hierro

Segunda tentación: el gueto judío

Nuestras tardes son para los barrios judíos de Cracovia, y lo digo en plural porque hay dos: el actual y el que fue el gueto de Cracovia durante la Segunda Guerra Mundial. Cada uno por sus razones, son interesantísimos. En el antiguo, situado en el barrio de Podgorze, quedan todavía unos restos del muro que los nazis levantaron para encerrar a los judíos en aquel barrio. Oficialmente se considera que fue creado el 3 de marzo de 1941. Es impactante ver estos pedazos de historia con forma de lápida (qué sádicos eran), pero también es fácil pasarlos por alto porque están bien escondidos. Las direcciones exactas son Lwowska 25 y en Limanowskiego 62. Mejor usar Google Maps o algo similar para no perderlos de vista. En su día, rodearon un espacio destinado a tres mil personas en el que llegaron a meter a 17.000 en condiciones infrahumanas. Miseria, enfermedades y desesperanza fueron el pan de cada día.

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Restos del antiguo muro del gueto judío de Cracovia. /© Lola Hierro

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El otro pedazo de muro que aún se mantiene en pie. /© Lola Hierro

Da yuyu pensar lo que vivieron las personas que pisaron el mismo suelo que yo estoy pisando. Por ejemplo en la llamada hoy Plaza de los Héroes o de Bohaterów, que es donde los nazis juntaban a todos los que iban a enviar a campos de concentración y exterminio. Los sacaban de casa con sus pertenencias a cuestas y esperaban allí hasta días hasta que se los llevaban. Aquí está el monumento de las sillas: muchas sillas de metal dispersas, un homenaje del director de cine Roman Polanski (judío) para recordar a los que tuvieron que esperar su destino en esa plaza.

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Monumento de las sillas. /© Lola Hierro

También en este barrio se esconden dos espacios emblemáticos a los que yo tengo muchas ganas: la farmacia del Águila y la fábrica de Schindler (la de la peli). La primera cerró en 1967 y fue de un polaco no judío. La tenía dentro del perímetro que los nazis vallaron para convertir en gueto pero, en vez de echar el cierre e irse a un lugar más seguro, el boticario decidió quedarse allí para arrimar el hombro. Desde su farmacia ayudó en secreto a muchos judíos. Era el único sitio por donde se conseguía información del exterior y medicinas, y libró a varios de los campos de exterminio.

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Farmacia del Águia, en pleno gueto judío. /© Lola Hierro

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Antiguas botellas de la farmacia. /© Lola Hierro

La farmacia hoy día se conserva tal cual era en la época, y ahora es un museo interactivo con abundante información sobre los habitantes y la realidad del gueto durante la guerra, entre 1941 y 1943. De entre todas las historias me llama la atención la del orfanato, donde los nazis entraron un día y mataron a todos los niños. Hubo muchos huérfanos y menores no acompañados en la guerra, como siempre. el museo está lleno de historias y testimonios con nombre, apellido y rostro, esas son las que llegan al corazón.

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Visitantes del museo de la antigua farmacia del águila. Los cajones de este mueble se abren y contienen información, fotos… /© Lola Hierro

Para entender la importancia de la fábrica de Schindler, primero hay que conocer la historia de su fundador, Oskar ídem. Fue un hombre de negocios, afiliado al partido nazi e informante de las SS. Durante la invasión alemana de Polonia adquirió esta fábrica, que era de ollas por entonces, y la destinó a fabricar productos para la guerra. Como la mano de obra alemana era cara, decidió contratar judíos y fue ahí, al conocerlos, cuando fue consciente de lo que estaban padeciendo a manos de los nazis. ¿Qué pasó? Que se cambió de bando en secreto y empezó a cobijar a trabajadores en sus instalaciones. Se calcula que salvó a más de 1.200 personas de los campos de exterminio. 

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Mucha historia en el museo que hoy se ubica en la Fábrica de Schindler. /© Lola Hierro

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A través de este aparato se podían ver fotos antiguas de Cracovia. /© Lola Hierro

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J., muy concentrado en el museo de Schindler. /© Lola Hierro

Hoy, la fábrica es un museo y, como casi todos los que estoy viendo en este país, es completo y minucioso a más no poder. Un auténtico viaje al pasado es lo que se vive entre sus paredes. A mí me ha encantado y me hubiera tirado un día entero allí dentro, pero J. se ha hartado un poco, y es comprensible: alberga demasiada información, es un lugar gigantesco dedicado a contar TODA la historia de Cracovia durante la II Guerra Mundial. Tiene objetos únicos, testimonios, fotos, vídeos, documentos, material audiovisual e interactivo… Es muy completo, minucioso y variado, una mina de información muy valiosa pero hay que ir con la idea de pasar el día entero allí. De todo lo que veo, me queda en la memoria la detención de los profesores de la universidad y con una cartera para cigarrillos hecha con piel de un judío. Un detalle a tener en cuenta: hay que leer mucho, y hay que leer en inglés. Si no se conoce el idioma, o se tiene poco tiempo y uno no quiere perderse entre tanta información, mejor contratar un guía.

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Museo de la fábrica de Schindler. /© Lola Hierro

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Banderas nazis en el Museo de la fábrica de Schindler. /© Lola Hierro

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Museo de la fábrica de Schindler. /© Lola Hierro

Tercera tentación: El barrio hypster donde yo viviría

El actual barrio judío se llama Kazimierz, y es diferente al de Podgorze. Lo que antaño fue pobreza, enfermedad y reclusión, hoy es diversidad, prosperidad, juventud y buen gusto. Es el barrio donde yo querría vivir si me tuviese que mudar a Cracovia.  Después de la guerra quedó hecho polvo, pero tras el rodaje de la película La lista de Schindler empezó a levantar cabeza y hoy podemos decir que está muy gentrificado y, dentro de poco, diremos que turistificado. Pero aún todavía sus calles no son hervideros de guiris. Ah, y digo que es el nuevo barrio judío porque por aquí hay siete sinagogas y un sinnúmero de restaurantes kosher, librerías… Lo hebreo impregna todo.

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Señoras pasando el rato en la puerta de un cementerio hebreo. /© Lola Hierro

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Paredes y calles bonitas en el barrio de Kazimierz. /© Lola Hierro

Kazimierz está lleno de tiendas de diseño muy originales, cafés y restaurantes de gusto exquisito, arte urbano y grafitis muy currados. Tanto nos gusta que hacemos mil fotos y, aún así, decidimos volver al día siguiente a comprar regalos y visitar los sitios que habíamos encontrado cerrados. ACenamos en un restaurante azul llamado Alchemy, con una camarera muy seca pero una comida espectacular: tabla de tres hummus diferentes (normal, berenjena y papryka) y un Pad Thai, que es un plato típico tailandés con fideos, verduras y pollo o gambas que a mí me pirra. Antes, vemos un espectaculo musical callejero de unos chicos de Hamburgo, en plena plaza Novy, el corazón de este barrio. Estaban locos, son muy divertidos los tíos. Nos cuentan que durante el verano se van de viaje por Europa y dan conciertos donde pueden. Y que la policía les había llamado la atención el primer día, y les había amenazado con detenerlos, así que ahora van con un poco de cuidado.

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Banda de musica locatis en la plaza Novy. /© Lola Hierro

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Un mural que representa como súper héroes a varios personajes insignes polacos. /© Lola Hierro

De las siete sinagogas, entramos en dos, y en todas J. tiene que acceder con una kipá porque es obligatorio para los hombres: la de Remuh, chiquitilla, que tiene un cementerio adosado y es la única que sigue activa. Nunca había visitado antes un cementerio judío y me extraña encontrar que todas las lápidas tienen piedrecitas colocadas en su superficie. ¿Por qué? Al final descubro que las ponen las personas que visitan a los que están enterrados bajo ellas, y las ponen como para señalar que alguien sigue yendo y acordándose. Es decir, que si una no tiene ninguna piedrita es que ya se han olvidado de ese pobre difunto.

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Piedrecitas sobre las lápidas del cementerio judío. /© Lola Hierro

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Sinagoga de Remuh. /© Lola Hierro

La otra sinagoga es la llamada Tempel, la más moderna (del siglo XIX). Con todo el respeto hacia la religión judía, he de reconocer que no vi más porque no me sentí nada atraída por ellas. Ambas son muy sin más, y he llegado a al conclusión de que las sinagogas no me impresionan demasiado, la verdad. prefiero las mezquitas y los templos hindúes o budistas que tienen más chicha.

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Sinagoga de Tempel. /© Lola Hierro

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Otro detalle de la sinagoga de Tempel. /© Lola Hierro

Y a partir de aquí… ¡de compras! Solo hemos comido un perrito caliente de salchicha alemana, mozzarella, pesto, rúcula, tomate seco y no sé qué más, pero ya nos sentimos satisfechos, así que nos vamos a la calle Josefa (Josefa Ulica), la que tiene todas las tiendas preciosas. En la de Lookarna Ilustrations me compro un espejito con una ilustración por detrás. En la otra que tengo fichada, unos gemelos para mi hermano y unos pendientes para mí, todo ello de madera. Y de broche final, un vino blanco y un té para mí en un local kosher muy hypster. El día anterior también habíamos pillados unas libretas preciosas en una librería hebrea. La de Notas de Andalucía para J. La de Grecia para mí. Ahora tendré que viajar allá…

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Calle Josefa, la de comprar. /© Lola Hierro

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Un espacio de food trucks para reponer fuerzas. /© Lola Hierro

Para concluir, voy a dejar constancia de que me acabo de zampar una tarta astral. Era naranja, Sapphire se llama, y lleva azafrán. Han pasado dos días desde que comencé a escribir este relato y ahora estamos en un bar con las mesas al revés (verídico: patas hacia arriba fijadas al techo, nada por debajo de la tabla) que se llama Krakowska Wolnika. Me estoy alimentando de caprichos desde que llegamos, miedo me da subirme a una báscula. Y no estoy haciendo nada de deporte, solo andar y subir escaleras. Pero eso no cuenta.

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