Road trip à France V: Dinan-Mont Saint Michael y la Fête de la Musique

Lo que menos me está gustando de este viaje es tener que despedirme de las personas y de los lugares que estamos visitando.

Hoy, sentada de nuevo en el asiento de detrás del Rover que nos está llevando por toda Francia, pienso en todo lo que hemos vivido en el poco tiempo que llevamos de aventura y la primera sensación que siento es euforia. Porque estamos conociendo amigos increíbles, sitios preciosos, y viviendo experiencias únicas.

Ayer fue el día que nos despedimos de Didier y su familia y marchamos a Mont Saint Michael. Ayer también era un día especial, era el solsticio de verano, la noche de San Juan, es decir, la más corta del año. En Francia se celebra a escala nacional con la llamada Fète de la Musique, que consiste en que todos los pueblos y ciudades del país sacan a la calle a sus músicos a tocar en directo. Y en todas partes hay música en vivo de todos los estilos.

Mont Saint Michel, a tope. / (C) Lola Hierro

Bajo esta premisa festiva fuimos a Mont Saint Michael. Yo ya estuve allí hace siete años, con mis amigos del Interrail. Al igual que en Nantes, al llegar sentí mucha nostalgia. Me he hecho una foto en la misma piedra donde nos hicimos otra hace tanto tiempo. Siete años después volví y, la verdad, todo sigue como entonces, aunque eché de menos a mis antiguos compañeros.

Letreros de Mont Saint Michel. / (C) Lola Hierro

Me hizo gracia el hecho de que desde que conocí este sitio por primera vez, siempre he querido volver y por eso lo he ido proponiendo a varias de las parejas que he tenido en todos estos años. Con ninguna lo he cumplido, al final quienes me han acompañado han sido Germán y Javi, y me alegro mucho por ello. Un viaje en pareja está bien, pero es más divertido ir con amigos. Además, somos como un matrimonio de tres, jejeje.. No me puedo quejar. Conducen, hacen la comida, friegan los cacharros, aguantan mis ataques de estrés cuando no encuentro Internet para trabajar…

Interior de la abadía. / (C) Lola Hierro

En fin, que llegamos a Mont Saint Michael. Despotriqué un poco al principio, la verdad, porque pese a ser lunes y ser junio aún, ya estaba llenito de turistas, especialmente de esa clase de turista sajón de la Inserso que va en grupo y van entorpeciendo allá por donde pasan. Y yo, que tengo poca paciencia y soy de las que andan con garbo, me volvía loca para intentar callejear por allí. Por suerte, Sant Michael es muy pindio, y según subías, los viejucos y los turistas con sobrepeso (la mayoría también, no sé por qué) se iban quedando abajo. Y al llegar a la iglesia abacial, arriba del todo, sólo estábamos los jóvenes y vigorosos, los japoneses (porque esos están en todas partes) y cuatro viejunos que llegaban con cuentagotas y casi con la máscara de oxígeno, mis pobres.

Rótulos. / (C) Lola Hierro

Agujas del monasterio. / (C) Lola Hierro

Bueno, pues el día fue espectacular; tuvimos nuestro momento de callejear por el pueblillo, nuestro momento de pasear por las playas sin agua –donde casi muero entre arenas movedizas- y nuestro momento de visitar la abadía. Esta parte fue la más divertida porque nos dio por grabar una especie de reportaje ultra improvisado. Con la 7D, Germán de cámara y yo de reportera, nos cogimos el folleto del sitio y nos hemos grabado unos cuantos videos, algunos conmigo hablando, otros donde sólo se oye mi voz, otros donde Germán participa… No ha sido más que un ejercicio para probar, y seguramente quedará bastante cutre, pero nos lo pasamos muy bien. Además tuvimos la suerte de entrar gratis: los chicos por ser europeos menores de 25 años y yo por el carné de prensa (y qué gracia me hace ser vieja a partir de los 25, oye…) .

La abadía, por detrás. / (C) Lola Hierro

Aves autóctonas. / (C) Lola Hierro

Dejamos Mont Saint Michael con el sol bastante caído; yo hubiera querido quedarme a ver el atardecer pero en DInan nos esperaban Clemence y Luca, dos coachsurfers que nos iban a dar cobijo por la noche. En realidad nos teníamos que haber ido a Caen, pero cuando nos escribieron diciendo que ellos también podía alojarnos en su casa, decidimos quedarnos dos noches en este sitio: una con Didier y familia y otra con Clemence.

Luca. / (C) Lola Hierro

Y ahora diré: esta pareja quizá sean los coachsurfers con quienes mejor nos hemos entendido. Son casi de nuestra edad y hablan español, sobre todo Luca. Ellos también nos han recibido con los brazos abiertos. Lo primero que hicimos al conocernos fue irnos juntos a la Fète de la Musique, en el centro de Dinan. Y una pasada, oiga. El pueblo es totalmente medieval, es una preciosidad, una maravilla escondida en Bretaña. Calles empedradas, casitas bajas con ventanas y vigas de madera, algunas tan antiguas que están un poco combadas, letreros de hierro forjado, mucho artesonado en las fachadas… un estilo a Santillana del Mar pero en versión francesa.

Música callejera en Dinan. / (C) Lola Hierro

Lo primero que hicimos fue ir a un bar donde unos amigos de ellos estaban dando un concierto con dos guitarras españolas. Estuvimos bebiendo cerveza, conociendo a todos sus amigos, hablando en franceñol o algo así… De hecho, estoy recordando muchísimo francés, me suelto unas parrafadas que ni yo me lo creo, y ya estoy empezando a comprender un poquito si me hablan despacio.

La abadía, de lejos. / (C) Lola Hierro

Después de ese bar fuimos hacia otro sitio a ver al primo de Clémence, que es dj, y por el camino nos volvimos a encontrar a Didier, Jazeline, el bebé Galaad y la niñuca, Yuna-Dihya. Sólo tiene tres añitos y es una monada, me recuerda mucho a mi sobrina. Al principio le dábamos vergüenza pero luego se hizo amiga mía, jeje. Y hablé con ella en francés y todo.

Yuna. / (C) Lola Hierro

Bueno, fue genial, nos llevamos todos de maravilla, estuvimos hasta las dos de la mañana de casquera, conocimos a un montón de gente de nuestra edad que nos intentaba hablar en español… una pasada, vamos.

Tan bien nos fue que Luca y Clemence nos han invitado el día 25 a un festival de música que es privado. Lo hacen en “un pueblo dentro de un pueblo”, es decir, un sitio que hay en no sé qué aldea de por aquí, que son tres casas de tres familias que se conocen de toda la vida y hacen una fiesta que dura dos días, matan un cerdo y tocan tres grupos de música. Nos han pedido que vayamos, pero no sé si vamos a poder porque yo esos días estaré con mi familia y estos dos no sé si llegarán a tiempo; son cuatro horas desde París.

Clemence y una amiga. / (C) Lola Hierro

En fin, la casa de Clemence también era una maravilla; un chalet enorme así como de diseño con piscina climatizada que no usé por mi cansancio extremo y todo súper grande, decorado en plan revista y… una pasada, no sé qué más puedo decir.

Definitivamente, despedirse apesta. Aquí, en Dinan, creo que es donde he hecho mejores migas con la gente, y doy por hecho que mis próximos viajes a Francia van a ser a Bretagne. Esta tierra es mágica. Y por cierto, he pasado el mejor solsticio de toda mi vida.

La playa, a última hora. / (C) Lola Hierro

 

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