Road trip á France, III: Nantes-Brest

Me voy a tener que reconciliar con los franceses. Mira que les he detestado durante años, tanto que casi hice mía la máxima “Lo único malo que tiene Francia son los franceses”. Pero en este viaje estoy descubriendo la mejor cara de este país, de sus habitantes, y especialmente de su gente joven.

Muffins franceses. / (C) Lola Hierro.

Prueba de ello es Alex, a quien ayer dejamos durmiendo como un bendito. No nos pudimos despedir de él por no despertarle, ya que me imaginé que con la fiesta que nos habíamos metido entre pecho y espalda, es lo último que le apetecía. Pero vaya talento, tanto él como sus compañeros de piso son serios candidatos a ganar el premio a los mayores tracas del año.

La virgen, en la catedral. / (C) Lola Hierro.

El siguiente figura que nos hemos encontrado es Nico. Pero antes de conocerle a él, nos pasaron más cosas. Como decía, dejamos silenciosamente la casa de Alex y nos fuimos a dar una vuelta por Nantes. Lo primero que hicimos fue pasar por el Carrefour para aprovisionarnos de víveres. Y nada más entrar, ¿a que nadie sabe a quién ví? Pues al gitano rumano de dudosa salud bucodental que la noche anterior había intentado secuestrarme. Si es que el mundo es un pañuelo… En fin, que le esquivé alegremente y nos fuimos a comprar. Por cierto, que hay que ver la de cosas que venden en el súper mercado del Carrefour, hay miles de ellas que no he probado nunca. Creo que podría vivir en Francia solamente por la comida, tanto la buena como la mala.

Cafetería linda: Plein du sud. / (C) Lola Hierro.

A lo que iba: Nantes. Fue un grandísimo choque emocional. Nantes fue la primera ciudad que visité con mi querida Mer cuando nos fuimos de Interrail. Hace ya siete u ocho años de eso. Allí conocimos a los chicos de Salamanca, allí se inició una amistad que en algunos casos ha perdurado y se ha hecho más intensa. Y cuando llegué, fue una sensación muy extraña, sentí una nostalgia y una alegría a la vez muy difíciles de explicar con palabras.

Calles de Nantes en un día gris. / (C) Lola Hierro.

Localicé el punto exacto donde hicimos botellón aquella mítica noche en la que se nos unieron italianos, chinos, franceses y de todo, paseé por las mismas calles que aquella primera vez, y me di cuenta de que todo sigue más o menos igual. Nantes sigue siendo una auténtica ciudad para la cultura, para la historia, para la convivencia, para hacer vida en sus calles… Viva, bulliciosa, bonita, limpia… la gente sigue aprovechando los días de sol para pasar el rato en el césped que rodea el castillo, la catedral sigue tan blanca y tan cuidada como siempre, los cafés siguen mostrando en sus escaparates las mayores delicias del mundo mundial, y pasear “como dios manda” sigue siendo posible gracias a todas las calles que el Ayuntamiento ha hecho peatonales.

Un descanso a pleno sol . / (C) Lola Hierro.

Esta vez, además, conocí una parte de la sociedad de Nantes con la que no había tenido contacto antes: los hippies, okupas… como se quiera llamar. A ellos les voy a dedicar un blog entero y verdadero.

Interior de la catedral. / (C) Lola Hierro.

Desgraciadamente, no pudimos estar mucho más, teníamos que llegar a Brest porque allí nos esperaba Nico, otro coachsurfer que se ofreció a darnos cobijo por la noche.

Amigos. / (C) Lola Hierro.

Bien, Brest está, para se me entienda, donde el pueblo de Asterix y Obélix, pero pegadito a la costa. Es como el Finisterre de Francia (de hecho, el departamento al que pertenece se llama Finistere). A eso de las cinco de la tarde nos adentramos en plena Bretaña (¡por fin!) y a las 10 de la noche llegamos a nuestro destino. Tardamos tanto porque paramos en una zona de servicio a comer fabada (qué maravilloso es llevar un camping gas, jejeje).

Castillo de Nantes. / (C) Lola Hierro.

Y por fin conocimos a Nico, que ha resultado ser otra persona increíblemente buena, hospitalaria y… no hay palabras. Y además, chicas, sería el marido perfecto: joven, guapete, ingeniero químico, con una casa que te caes para atrás de bonita, y amante de la cocina –de cocinar, puntualización importante- y de los viajes. Y súper simpático, siempre con una sonrisa en la cara. El chico nos abrió las puertas de su hogar de par en par, nos dejó enredar en su cocina para hacer la cena, nos dio muy buenos sitios para dormir, un baño para nosotros solos, nos compró el famoso pain au chocolat para desayunar y esta mañana también nos ha hecho de guía por las mejores playas del norte de Bretaña.

Mujeres corren con una tabla de surf. / (C) Lola Hierro.

Nos encontramos con él e el puerto de Brest, porque por lo visto la ciudad no tiene mucho que ver. Y en el puerto es donde conocí a otra persona para el recuerdo: el camarero del bar donde nos tomamos unas cañas ‘Lancelot’. No recuerdo su nombre, era Charles o algo así, pero vaya, que me encantó. Habló con nosotros, nos dio alguna idea para el viaje, se interesó por nuestra aventura… y qué guapo era, oye. Vaya coletaza rubia gastaba el tío… En fin, siempre le guardaré un rincón en mi memoria. ¡Vivan los chicos guapos de la Bretaña!

Germán y Javi haciendo fotos a todo. / (C) Lola Hierro.

Tras esas cervezas, y como ya he dicho, cenamos en casa de Nico y pudimos conocerle algo mejor. Esta mañana hemos ido a dar una vuelta por algunas zonas de costa alucinantes, y me ha dado mucha pena despedirme de él. Aunque ha sido breve nuestro encuentro, me ha caído genial, la verdad. Mira que meter a tres hooligans en su casa…es el amo.

Una mujer y su hijo, en la puerta de la catedral. / (C) Lola Hierro.

Y hablando de casas, no puedo terminar el blog sin hablar de la suya otra vez. Es que… ¡vaya pedazo de antro! La tiene para él solo y es un caserón rehabilitado en el cuyo interior ha dejado tres alturas. Subes una escalera desde la entrada y llegas a un espacio diáfano, tipo loft, pero enorme, donde está el salón, el comedor y la cocina. Pero todo moderno, muy bien decorado, con una mesa y unas banquetas altas tipo bar, con unos muebles preciosos –los justos, pero muy bien elegidos-… En este cuarto hay, por una parte, unas mini escaleras, de 8 o 9 peldaños nada más, que te llevan a dos puertas tras las cuales hay dos dormitorios. Y el suyo está ‘au contraire’, es decir, junto a esta escalerilla que digo hay otra puerta, la abres y bajas más, y él tiene una especie de templo personal: es una estancia de techo altísimo separada por grandes cortinajes. En el lado del fondo, su mega cama enorme, y en el lado más cercano a la puerta un baño, sin tabiques ni nada, sólo con unos peldaños de madera que te conducen a un jacuzzi gigante. Lo que digo… el marido perfecto, jeje.

La catedral y sus enormes puertas rojas. / (C) Lola Hierro.

Y esto es todo por hoy. Mañana toca nuestra incursión a la Bretaña total: Saint Malo y Mount Saint Michael. Resulta que el 21, solsticio de verano, vamos a estar en Mount Saint Michael, y auguro una experiencia absolutamente celta y auténtica, en comunión con los dioses paganos. ¡A ver si hay frikis que lo celebren como es debido!

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