Crónicas tanzanas IV: Un adiós apresurado

Sin comerlo ni beberlo me veo fuera de Tanzania, como si me hubieran sacado de un manotazo repentino. Esta mañana me despertaba en una aldea llamada algo así como «el pueblo de los mosquitos» en suajili con una excursión al cráter del Ngorongoro por delante. Ahora resulta que voy a dormir en Nairobi, en otro país. Por suerte, me esperan caras amigas allí. Así el trago será menos malo.

Como siempre hago, estoy escribiendo desde la zona de embarque de un aeropuerto. Ya teníamos que estar embarcando hacia Kenia pero este avión saldrá con retraso. Yo, mientras, intento digerir que me voy de Tanzania porque ni tiempo me ha dado. Me veía aquí indefinidamente. Sabía que no, sabía que el tiempo pasaría todo lo rápido que pasa siempre, pero aún no me había mentalizado. Y en una hora estaré en Nairobi con otra tarea por delante, otra compañía, otro escenario.

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Donko y Robert, tras una dura jornada de trabajo. / Lola Hierro

No puedo estar más contenta y más agradecida a las personas que me han acompañado durante esta última semana, empezando por el equipo de Ongawa al completo: los de Madrid y los de Same y Maore, que me han atendido como a una princesa caprichosa. Estoy aún sorprendida porque hayamos tenido tiempo para cumplir todo el programa que nos prepararon desde Madrid, uno de los más ambiciosos que he seguido. Lo hemos hecho y muy bien, además. Tengo textos, fotos y vídeos que creo que documentarán de sobra las realidades tan diversas que he visto a los pies de las montañas Pare durante esta semana. Estoy muy satisfecha con el trabajo realizado y con la libertad que me han dado para hacerlo a mi manera. Mi gratitud también va a los técnicos y conductores de Ongawa como Gaspar, Mama Joyce, Donko, Beda, Tumaini, Daniel o Robert, a los del Tanzanian Forest Conservation Group, a los que trabajan para el Gobierno incluso; a los hombres, mujeres y niños que han participado en la realización de estos reportajes, a los que hicieron de actores improvisados para los vídeos, los que se dejaron marear para que les fotografiara, a todas las voces que en ellos hablarán, a todas las cocineras, camareros y posaderos que nos han ofrecido platos deliciosos y camas confortables allá donde hemos ido, a todo el que ha sido amable y hospitalario con nosotros… A todo el mundo, caramba. Y a Tanzania por ser tan bonita.

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Equipo A. / Lola Hierro

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Con Donko, de entrevistas.

De entre todos esos, hay uno que destaca y que se ha convertido en amigo. Y es Alfonso, claro. Como representante de Ongawa en Tanzania, tenía que ser mi anfitrión y guía, pero ha sido eso y compañero de curro, Mc Giver personal, compañero de aventuras y, al final pero lo más importante: amigo. Gracias por arreglar mi mochila desvencijada, gracias por ser mi sombra, gracias por traducir a los que me hablaban en suajili, gracias por los desayunos de madre, por encontrar alternativas a la lavadora rota, por decirle al guarda que no barriera a las seis de la mañana, por decirme cuál es la mejor cerveza, por el wifi, por llevarme al mercado masai, por darme a probar los parachichis y los ñañas (aguacates y tomates, malpensados), por organizar todo tan bien, por hacerme fotos (aunque fuera solo por no verme haciéndome selfies en plan lamentable), por dejarte liar para hacer planes locos el fin de semana, por sacarme este billete de avión in extremis a costa de un montón de gestiones incómodas que al final te han costado perder el autobús a Same… Bueno, ahí quedan los planes de navegar el lago Tanganika cuando yo vuelva a Tanzania 😉

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¡Este sí que es el equipazo bueno!

Ahora toca cambiar de tercio, y estos días amables se quedan atrás, en mi memoria, pero intentaré que no caigan en el olvido gracias a los textos que escriba con todas las experiencias vividas. Me voy a Kenia, que ahora me suena gris, o marrón, dadas las circunstancias. Me voy a sumergir en un contexto bastante más duro y tengo por delante unas jornadas de mucho estrés.

Escribo estas últimas líneas desde el avión. Me he subido con un nudo en la garganta, sin ganas de decir adiós y mascullando entre dientes que, si vuelvo, será para quedarme. Decido echar un último vistazo a Tanzania desde el aire y, según pego la nariz a la ventanilla, lo veo: con el pico nevado y por encima de las nubes, me está observando el Kilimanjaro, que no se había dejado saludar hasta ahora. Parece que Tanzania ha querido despedirse de mí después de todo. Buena señal.

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