Crónicas tanzanas V: Ir a Dadaab y no morir en el intento

Esto debería ser una crónica tanzana, pero estoy en Kenia, así que volvemos a las crónicas kenianas que aparqué hace dos meses. Dejé Tanzania con todo el dolor de mi corazón, un dolor solo apaciguado por las búsquedas de vuelos baratos a Dar es Salaam para estas vacaciones. Sí, tengo que volver.

No me ha dado tiempo, de todas maneras, a revolcarme mucho en la melancolía, pues he llegado a  Nairobi con un estrés considerable ante lo que se me venía encima: organizar un viaje al campo de refugiados de Dadaab. No soy nueva en este tipo de asentamientos pero desde luego sí que lo soy en viajar por África a lugares peligrosos yo sola. Y Dadaab lo es un poco, la verdad. No hay una guerra abierta, pero está considerado un centro de reclutamiento de Al Shabab, la guerrilla yihadista somalí que aterroriza a Kenia con sangrientos atentados desde hace cuatro años, cuando este país envió a sus soldados a Somalia para combatir a los terroristas. Dadaab es el campo de refugiados más grande del mundo, con más de 350.000 personas, la mayoría somalíes, que viven allí desde que empezaron a huir en el año 1991 de la guerra civil en su país.

Niños en IFO1. / Lola Hierro

 

¿Es peligroso Dadaab? Sí, sí lo es. No es como otros campos que he visto en Turquía, en la frontera con Siria, donde hay altas vallas y fuertes medidas de seguridad. Dadaab no tiene verjas ni vallas que valgan, está abierto al público, como quien dice. La frontera entre Somalia y Kenia también está abierta, apenas hay un par de puestos aduaneros en sus 700 kilómetros de longitud. Esto significa que por ahí se cuela todo el que se quiere colar: pastores nómadas que nunca supieron de divisiones terrestres, contrabandistas de azúcar, arroz y armas y, dicen, también terroristas sangrientos con muy malas ideas en la cabeza. Esto significa que, si uno de los malos quiere liarla en Dadaab, probablemente no haya nada que se lo impida. Y ocurre, vaya si ocurre; cada dos por tres la agencia de Naciones Unidas para los refugiados (UNHCR) que gestiona la mayoría de asuntos relacionados con el campo, informa de ataques a cooperantes y refugiados. Allí secuestraron en 2011 a Blanca y Montse, dos trabajadoras de MSF. Yo participé, en su día, en la publicación de la noticia de su liberación, cuando era becaria en El País. Por aquel entonces jamás hubiera imaginado que yo un día fuera a andar por allí.  Por desgracia, hay ataques más recientes; el último fue hace solo un mes a las instalaciones de una Ong. Entraron tres hombres armados y mataron a un profesor.

Adar, refugiada somalí de 28 años. / Lola Hierro

 

Mohamed Olow, refugiado somalí, jefe de seguridad de IFO1. / Lola Hierro.

 

Aunque parezca mentira, este pretendido riesgo que me iba a tocar correr en los siguientes días no era para nada mi mayor motivo de preocupación. Lo que me ha tenido sin dormir son los preparativos del viaje, que son complicados, lentos y engorrosos. Ahora puedo decir que los superé con éxito y que, sin saber muy bien cómo, terminé con mis huesos en el campo, hice el trabajo que me habían mandado y volví para contarlo. El problema principal para ir a Dadaab es la pasta. Ahora que ya sé cómo funciona la historia, probablemente no me gastaría el mismo pastón. Pero cuando eres nuevo,  te dicen que hagas las cosas de una manera y, encima, el asunto da respeto, pues obedeces y callas.

Contra todo pronóstico, logré apañar en día y medio todos esos preparativos a costa de dar vueltas como una loca por  Nairobi, oficina arriba y oficina abajo. Tuve mi momento chispas cuando un cajero automático se tragó 400 euros del ala. Sólo me escupió un papelito que decía: «Se ha producido un error en la operación. Su dinero será reembolsado próximamente». Con todo y con eso, lo conseguí: di todos los pasos necesarios y el miércoles, muy temprano, estaba embarcando en ese avión del PMA. Con más sueño que otra cosa, fui testigo de un amanecer espectacular. Es lo bueno de madrugar.

En estas casas se vive en Dadaab. / Lola Hierro

La estancia en Dadaab ha sido todo lo montaña-rusística que uno se pueda imaginar. Aderezada por un calor pegajoso e infernal, claro. Es tremendo el cambio de temperatura, del fresquito de Nairobi, donde llueve a diario ahora, a esa temperatura terrible. Por suerte mi habitación tiene un aire acondicionado que va como un tiro, pero cuando salgo de ella es como meterme en un horno a 180 grados. Así, de golpe.

He contado algo de Dadaab en este reportaje con fotogalería publicado en la sección de Internacional de El País. Voy a contar mucho más en Planeta Futuro en un extenso trabajo que saldrá publicado pronto. Así las cosas, solo puedo contar aquí las impresiones, los sentimientos que este viaje me ha removido por dentro. Mis rollos de siempre, vamos.

No sé ni por dónde empezar. He estado en un lugar donde las condiciones de vida son muy duras y, sin embargo, creo que me he revuelto menos que otras veces. Quizá es verdad eso de que te vas haciendo un caparazón ante las desgracias del mundo. A lo mejor yo ya empiezo a tener uno pequeñito. O quizá no y me deprimo dentro de unos días al recordar todo con más distancia. Ahora es que está aún muy reciente.

Adelmalik, imán en Dadaab. / Lola Hierro

Lo primero que me ha chocado de Dadaab es que hay un pueblo. Inocente de mí, yo pensaba que eso no era más que nu montón enorme de casetas en medio de la nada y resulta que no, que antes de que llegaran refugiados ya había actividad humana en ese rincón olvidado e inhóspito del mundo. En el pueblo de Dadaab viven kenianos, pero deben ser musulmanes todos o ya están muy mezclados con los somalíes porque por allí sólo se ven mujeres muy tapadas con su hijab o su niqab y hombres con chilabas y kefiyas. El pueblo es miserable.  No hay más que un puñado de casetas de cemento o adobe de una planta con ventanucos pequeños, tejados de chapa y carteles donde se anuncian alimentos, tecnología, bebidas, tabaco, Mpesa y alguna peluquería. No hay carreteras asfaltadas; de hecho, los caminos de tierra están hechos una lástima, llenos de socavones y piscinas gigantes y escombro y mil dificultades para transitar. Mi conductor, Mohamed, es muy crack al volante, pero más de una vez pienso que vamos a volcar en medio de la nada.

Llegar a los campos es imposible sin un vehículo. Son cinco, construidos según iba llegando más y más gente, sobre todo en 2011, con la hambruna en Somalia: IFO1 e IFO2, Dagahaley, Hagadera y Kambioos. A este último es al único que no voy; al ser el más nuevo creo que es el que se ha formado a base de tiendas de campaña de esas blancas de UNHCR. Me pierdo el paisaje de plásticos.

Mujeres en el hospital de MSF en el campo de Dagahaley. / Lola Hierro

Durante unos días nos movemos en el coche de un lado para otro o, más bien, de un campo para otro. Me entrevisto con mujeres, con imanes, con profesores, con médicos del hospital de Médicos sin Fronteras (qué bien trabajan, parece que me dan acciones por hacerles propaganda pero, qué va, es que es la pura verdad). En este hospital conozco a padres y madres que cuidan de sus niños enfermos: con diarreas, con enfermedades respiratorias, con malnutrición (algunos me recuerdan a los nenes del hospital de Gambo de Etiopía), con quemaduras… Me fijo en un niño de unos tres años con una cara de dolor y de pena infinita, sentadito en su cama, junto a su madre. El día anterior se quemó el pecho con agua hirviendo, tiene parte del cuerpo en carne viva. Tiene la mirad fija, clavada en algún lugar de la cama y una mueca como de ir a llorar. Pero no arranca. La cara de ese niño se me va a quedar grabada para siempre.

Hablo con muchos hombres y mujeres. Sudo como una desgraciada, apenas tengo agua y ningún día como, no sabría dónde. No paramos ni para eso; solo les dejo parar para que mi fixer, musulmán, rece a la hora que le toca. Uno de los problemas en Dadaab es que hay toque de queda por motivos de seguridad, así que solo se puede ir por la calle de seis de la mañana a seis de la tarde. En el caso de los campos, el horario es más restrictivo; a eso de las tres o cuatro ya te tienes que ir, así que me empeño en exprimir el tiempo a tope y no doy ni un respiro a mi equipo.

Sólo un poco de cereales para comer. / Lola Hierro.

Pasan las horas demasiado rápido entre visitas a unos y a otros. Conozco que en Dadaab no solo hay somalíes; me sorprendo con la historia de un cura sudanés (sursudanés, dice él, orgulloso, cuando le pregunto de dónde es). Me conmueven mucho las lágrimas mal disimuladas de un profesor que no ve la manera de salir de allí. Me alegran la vida los niños que juegan al fútbol —siempre este deporte, parece que no conocen otro— y que ni siquiera son conscientes de que su vida de reclusión en ese campo abierto no es como la de otros niños del mundo. Me cabrea ver a mujeres jovencísimas, casi niñas, llenas de hijos y acompañadas por maridos ancianos. Me siento impotente cuando me cuentan que solo reciben tres kilos de maíz cada quincena para comer. Y me da vergüenza que piensen que yo puedo arreglarles la vida cuando les sugiero grabar sus mensajes en vídeo para lanzarlos en mi mundo, en el mundo rico, el de la gente que manda.

Dadaab-163

Con Peter, pastor anglicano sudanés y uno de mis chicos malos de la escolta.

El campo está sucio, destartalado; es pobre, ninguna casa tiene más suelo que la tierra donde se asienta; pocos poseen más que un somier con una colchoneta y una mosquitera. Esa desolación contrasta con los campamentos de las Ong. El de la ONU me recuerda al pueblo de los tipos misteriosos de la serie Perdidos, esos que vivían casi al lado de los del avión accidentado y que disfrutaban de chalecitos, zonas verdes y todas las comodidades mientras los otros solo tenían cuatro cachivaches y vivían en la miseria. Aquí es igual. No es que tengan todas las comodidades del mundo —las habitaciones son bastante espartanas y los muebles están muy viejos—, pero el sitio es una pasada: jardines, parterres, caminitos de gravilla, casitas bajas con su porche, un par de cantinas en las que sirven tres comidas al día a precio de menú de empresa en España…  Y el aire acondicionado va como un tiro. No lo critico. Ya imagino que el ayudador tiene que encontrarse en buenas condiciones para poder hacer algo por el ayudado, pero no deja de chocarme el contraste.

Una pausa en el partido de fútbol. / Lola Hierro.

No hay mucho que hacer en Dadaab a partir de las seis de la tarde, cuando se inicia el toque de queda. Si tienes amigos, pues te quedas de charla con ellos. Si eres nueva, como yo, y no tienes  ganas de socializar (yo otra vez), te quedas recluida en tu cuarto disfrutando del fresquito y haciendo lo que tengas que hacer. En mi caso: escribir, escribir, escribir.

Luego llega el día en que te vas. Ya has conocido a algunos periodistas, has hecho cuchipandi y te sorprendes pensando que te da más pena decir adiós a los compañeros que dejar allí a toda esa gente. Te sientes un poco malnacida. Llegas al aeropuerto con tus compañeros; entre ellos un chino llamado Bei Ping que nos hace darnos cuenta, a los reporteros kenianos y a mí, que europeos y africanos estamos mucho más cerca culturalmente entre nosotros que de los asiáticos. Menudo personaje más particular. Otro periodista de Reuters no para de tomarle el pelo, es toda una caricatura.

Paseos por Dadaab. / Lola Hierro.

Nuestro vuelo se retrasa porque está llegando el Alto Comisionado de la UNHCR, Antonio Guterres, y todo el mundo ha ido al aeródromo a hacerle la ola. Creo que el buen señor no lo sabe, pero unos minutos antes ha despegado otro avión con un grupo de refugiados que van a Kakuma, el otro campo que hay en Kenia, donde van a hacer unas entrevistas. Son candidatos a ser reasentados en Estados Unidos —el sueño de todo refugiado— y este es un trámite más. Ni se imaginará el señor Guterres la de esperanzas que van empaquetadas en el avión que despega a sus espaldas.

Yo me voy, pienso en los hombres y mujeres que han grabado sus mensajes para mí con el anhelo de que alguien les haga caso. Sólo puedo prometer que los difundiré todo lo que pueda.

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