Crónicas tanzanas I: Adiós equipaje

Foto superior: Tanzania, por Larry Johnson (licencia Creative Commons)

El corrector del blog me cambia en el titular «tanzanas» por «manzanas». Me he encontrado a dos compañeros de El País en la misma cola que yo para facturar porque se van a Canarias a contar qué pasa con los vertidos de fuel. Un poco más tarde, mientras ellos fumaban un cigarro fuera y yo acompañaba, se ha bajado de un taxi delante de mis narices mi colega Fernando, de Médicos sin Fronteras, que se va de viaje también. Con tantas anécdotas graciosas, la sensación es que el viaje empieza bien y que voy a vivir unos días geniales. No es más que una superstición sin ningún fundamento, como el horóscopo, pero me gusta pensar así. Tengo buenas vibraciones (todo madera, toco madera…)

Desde que el 14 de noviembre pusiera por primera vez un pie en África (subsahariana, en Marruecos estuve antes) lo mío con este continente ha sido una relación de amor a primera vista. Como si fuera mi amante, desde entonces vuelvo cada vez que tengo ocasión. Viví un mes muy intenso y duro en Etiopía; en febrero conocí brevemente Kenia y me enamoré aún más. Ahora regreso por tercera vez, en esta ocasión a Tanzania, y no quepo en mí de gozo.

Serán pocos días. De primeras, sin conocer el país, ya tengo en mente una docena de lugares a los que iría, pero esta vez no va a darme tiempo. Llevo una agenda muy apretada porque vengo a trabajar. Y esto no es malo, al contrario; trabajaré en lo que más me gusta: escribiendo y haciendo fotos. Todo lo que voy a hacer compensa el no tener más tiempo y más libertad para explorar por mi cuenta.

Nunca cuento a priori qué proyectos me traen a los países a los que viajo; prefiero mantener el efecto sorpresa porque si ahora cuento todo lo que voy a hacer, cuando lo publique casi nadie lo leerá. Esta vez no va a ser diferente. Sí puedo contar que viajo sola pero estoy acompañada en el país; me reciben unos nuevos amigos,  los miembros de Ongawa, una organización que en su día formó parte de Ingenieros sin Fronteras y que lleva casi una década en Tanzania realizando proyectos preciosos relacionados con el agua.

En Madrid conocí a Alfonso y a Gaspari, ambos ingenieros. A este último le hice una entrevista para Planeta Futuro en la que me contó cómo el haberse pasado su infancia caminando horas para conseguir un poco de agua del pozo más cercano a su aldea le llevó a convertirse en lo que hoy es: un profesional que ha puesto su conocimiento al servicio de sus compatriotas para mejorar su calidad de vida.

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Aeropuerto de Amsterdam. Muy mal tiempo.

Ya en mi hotel de Dar Es Salaam, apenas puedo pensar siquiera en conciliar el sueño. Quiero que sea mañana, quiero coger el vuelo que me llevará al aeropuerto de Kilimanjaro y quiero adentrarme en las montañas de Pare y empezar a producir. No quepo en mí de la impaciencia.

Escribiendo, pensando, durmiendo, leyendo y viendo pelis he pasado las horas hasta llegar a Dar Es Salaam. 14 horas desconectada del mundo. En ese rato largo me ha dado tiempo a conocer el aeropuerto de Schipol en Amsterdam, donde hacía mi escala. Muy moderno, muy bonito, y muy amable todo el mundo. Vuelo con KLM y me doy cuenta de que ya había olvidado que los holandeses son siempre abrazables. Desde la tipa que me ha guiado hasta mi puerta de embarque hasta la que me ha requetesobado de arriba a abajo porque pitaba en el arco de seguridad. Todos un amor. Esta última, la pobre, me decía que parase un segundo a coger aire porque me he pegado un carrerón de órdago para no perder la conexión. Cuando me he bajado en Amsterdam, el siguiente vuelo ya estaba cerrando la puerta de embarque.

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Tulipanes. Estoy en Amsterdam.

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Restaurantes bonitos en el aeropuerto de Amsterdam.

El trayecto más largo, de Amsterdam a Dar es Salaam, se me ha hecho hasta corto y eso que apenas no he dormido. KLM tiene tres cosas muy buenas: la primera es la amabilidad de su personal, que ya lo he dicho, pero es que son MUY majos todos. La segunda es la comida, buenísima, de lo mejor que he probado en un avión. La pasta del almuerzo estaba recién gratinada, el postre era una espuma de limón con frutos rojos que daba gusto comérsela. En la cena nos han puesto un trozo de pizza y una ensalada de tomate y mozzarella de búfala con pesto que estaba muy bien. Y nos han dado helados, zumos, cacahuetes… qué sé yo, de todo. La tercera es que llevan un buen puñado de películas buenas en español. Me he visto tres.

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Almuerzos de KLM, muy monos.

En todo ese rato me ha dado tiempo a ver unas cuantas maravillas por la ventanilla. Hemos cruzado un desierto inmenso a la altura de Sudán, Libia… Una pasada verlo tan inmenso, tan solitario… Luego, he comprobado lo rápido que se pone el sol por aquí De repente había un atardecer precioso. De repente estaba todo negro. No han pasado ni cinco minutos entre un momento y otro. A las imágenes me remito.

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Entre una foto y otra hay cinco minutos de diferencia como mucho.

El hacer una escala tan corta en Amsterdam ha tenido sus consecuencias: me han traspapelado el equipaje. Cuando he llegado a Dar es Salaam todo ha ido muy bien, he sacado el visado de trabajo temporal sin ninguna pega, todo el mundo me ha dicho karibu (bienvenido en suajili) y todo eran sonrisas. Después de terminar el papeleo, he ido a por mi mochila. Mi ausente mochila. Se ha quedado en Amsterdam pero, en teoría, ya está de camino en un vuelo que llegará mañana a las nueve de la mañana. Cruzo los dedos para que así sea.

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El desierto, en algún lugar entre Libia, Egipto y Sudán.

Mi conductor no habla inglés pero nos hemos entendido por señas, así que al final no estoy tan mal. Tampoco tengo teléfono porque las tiendas estaban ya cerradas cuando he llegado. Pero en este sitio donde voy a dormir hay buen wifi. Se llama, por cierto, Passionists Fathers House y es un hostal gestionado por unos curas católicos pero a mí me parece un hotel de cinco estrellas: habitación espaciosa, limpísima a más no poder, con cama de matrimonio, mosquitero perfecta, aire acondicionado, baño y ducha abundante, wifi que funciona y desayuno. Y, por supuesto, el padre Aloysius,  que es un hombre estupendo y me ha recibido con los brazos abiertos.

Según he puesto un pie en el hostal, me he conectado para avisar a los seres queridos de que estoy sana y salva y, entonces, lo he visto. Aún no he leído los detalles porque, como digo, estoy recién llegada. No me puedo creer el desastre de Nepal. Me he enterado por un aviso de Facebook indicando que varios de mis contactos habían dado señales de vida para decir que están bien después del terremoto. No entendía nada de esa notificación. Estoy sobrecogida. No sirve para nada que yo mande condolencias y ánimos desde aquí pero, igualmente, lo hago. Estas cosas no deberían ocurrir. Con un pensamiento para Nepal me voy a intentar dormir. Buenas noches y buena suerte.

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