SUDÁFRICA VI: LOS RINCONES MÁS BONITOS DE CIUDAD DEL CABO

En Ciudad del Cabo se puede ir a ver lo de siempre o se puede rascar un poco más. Si eliges la segunda opción porque ya te has cansado de Long Street y del pijísimo Waterfront, siempre puedes coger un coche y encontrar playas, parques y barrios no tan conocidos que merece la pena visitar.

Por playa, pongamos la de Muizenberg, una meca del surf sudafricana. Tan meca que las principales marcas de ropa surferas (Roxy, Billabong, Quicksilver, Ruka y demás) diseñan camisetas de este sitio. Muizenberg es la famosa playa de las casitas de colores tan instagrameables y está a una media hora en coche de la ciudad. Con ayuda de Google Maps no se tarda mucho en llegar (salvo que te pille el tráfico terrible de la ciudad, claro).

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Las casitas de colores de Muizenberg. / © Lola Hierro
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La foto Instagram. / © J. Cerván

Lo más interesante está, por supuesto, pegado a la costa. Además de las susodichas casetas, que no son para otra cosa más que para cambiarse o hacerse fotos monas, hay todo un mundo surfero a la orilla del mar, un mar inmenso que baña una playa igual de inmensa de arena blanca, muy limpia por cierto. Son kilómetros y kilómetros de olas sobre las que cabalgan grandes, pequeños expertos y novatos. Aquí, un cursillo para niños justo en la orilla con un monitor empeñado en que lograr que se mantengan en pie sobre la tabla; allá, unas amigas tomando olas alegremente; un poco más lejos, un par de hombres sacudiéndose el frío tras un rato a remojo… Y por el paseo marítimo, excursionistas y vecinos sin más propósito que disfrutar del paisaje y la brisa marina.

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Surfieros en Muizenberg. / © Lola Hierro
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Observando a los surferos. / © Lola Hierro
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De vuelta (o de ida) con sus tablas. / © Lola Hierro
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Después del surf. / © Lola Hierro

El ambiente es apacible, muy de pueblo. Lo único que turba la tranquilidad es un cartel que indica la posible presencia de tiburones. Explica el significado de los colores de las banderas, en función de la presencia de estos escualos. Verde, porque no hay a la vista, amarillo, rojo y negro, que significa que hay que salir del agua a la de ya porque hay alguno rondando. La última vez que se avistó uno fue apenas un mes atrás, pero hoy ondea la bandera amarilla, que significa que no hay visibilidad suficiente para saber si hay o no hay… Qué peligro.

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Parte del pueblo. / © Lola Hierro
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En esta calle hay muchas cafeterías y tiendas de surf. / © Lola Hierro
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Señalización en Muizenberg. / © Lola Hierro
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El cartel de advertencia de los tiburones. / © Lola Hierro

Justo en frente de la costa se puede almorzar muy bien porque hay toda una oferta de restaurantes y cafés muy hipster (ya he contado que en Ciudad del Cabo y alrededores todo es así de moderno) mezclados con tiendas de surf. Hay opciones más finas y las hay más asequibles, como hamburgueserías y puestos de fish’n chips. Definitivamente, este es buen plan para pasar un par de horas o tres disfrutando del mar y del ambiente surfero.

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Me gustó el nombre del barrio desde el primer momento porque me recordó al festival de música mítico de 1969. Y en realidad, poco tiene que ver porque, aunque quiere darse ese aire de hipismo y rebeldía, en realidad este es un paraíso hipster, ergo un paraíso pijo. Pero monísimo, desde luego.

Woodstock es un barrio que está a diez minutos en coche del centro de Ciudad del Cabo, ya un poco en las afueras. Antes era humilde, pero ahora se está gentrificando a tope. Así, la vida es muy distinta según por qué lado vayas de su calle principal, la Avenida Albert (o algo así) por un lado, tiendas de muebles de diseño, de ropa a la última, de cafeterías muy originales y todo así… En la otra, por lo visto, no puedes meterte por sus calles porque hay mucha pobreza y corres el riesgo de que te roben o te atraquen o algo peor. He de decir que, buscando sitio para aparcar por esas calles precisamente, no me parecieron tan peligrosas. Son casas humildes con personas normales por sus calles. Parece más bien un pueblo de toda la vida, ajeno a las modernidades de hoy que a veces rozan la estupidez. También es cierto que en esta avenida Albert me he topado en apenas 500 metros con tres madres con tres bebés pidiendo limosna. La desigualdad sudafricana…

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Por el barrio de Woodstock.. / © Lola Hierro
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Otra foto de Woodstock. / © Lola Hierro
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Se supone que esta calle es peligrosa. / © Lola Hierro

Por la acera pija uno llega a la cúspide del moderneo: el The Old Biscuit Mill, un antiguo molino y fábrica de galletas construido en 1900 y que funcionó hasta 1946. Deesde hace diez años es un centro de reunión de diseñadores, artistas… Ahora es como Matadero en Madrid pero más orientado al consumismo. Son todo tiendas. Han reformado el espacio dejándolo precioso, he de decir, y en sus antiguas galerías y barracones han florecido tiendas con mucha personalidad, de artesanos de la joyería, la decoración, la ropa… Todas son marcas pequeñas pero exclusivas y con precios nada populares, por cierto.

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Llegamos a The Old Biscuit Mill. / © J Cerván
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Puestos de ropa y artesanía. / © Lola Hierro
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Aquí descuentos en ropa y cojines de colores. / © Lola Hierro

Confieso que de aquí me llevo un recuerdo: un colgante plateado que representa el continente africano en forma geométrica. Y se lo compro a un español, un chico de Granada que se vino a Ciudad del Cabo hace más de una década. Su tío trabajaba aquí, el vino a verle y este le ofreció quedarse. Como en España no tenía nada demasiado importante que hacer, aceptó. Estudió joyería y acabo encargándose del negocio familiar. Sus trabajos son brillantes, lástima que no recuerde el nombre de su marca.

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Otro de los rincones de The Old Biscuit Mill. / © Lola Hierro
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Hay hasta un pozo de los deseos. / © Lola Hierro

Por aquí también nos encontramos con un tipo que fabrica tablas de skate, un patinador sudafricano de quien habíamos leído en la revista del avión que nos trajo desde Johanesburgo. Pues ahí está, en este mercado, vendiendo tablas, camisetas y gorras con sus diseños. Le compramos una camiseta, le contamos que le hemos visto en la revista del avión… Parecemos groupies. El tipo es muy amable y hasta nos hace un descuento.

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Visitantes tomando un descanso. / © Lola Hierro
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The Old Biscuit Mill fue una fábrica de galletas y se restauró hace 10 años. / © Lola Hierro
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Puestos de comida. / © Lola Hierro

Por supuesto, aquí también hay para comer. Comer a base de bien. Es sábado, y este día de la semana se despliega un mercado ecológico en The Old Biscuit Mill. Cuando accedemos a la carpa y veo el panorama, maldigo haber desayunado tantísimo. Hay de todo y todo riquísimo. Hay puestos hasta de kombucha, pero es que hay frutería y verdulería, hay cocina malaya, india, hay ostras, hay un puesto de ceviche, hay otro de miel casera, hay panes y bollos y chocolates y tes y cafés de los buenos, y más fruta, y dulces, y pinchos morunos solo de setas de distinto tipo… Hay de todo y todo es maravilloso. La gorda mental que llevo dentro se revuelve, pero consigo domeñarla con un café. Qué lástima no haber comido algo aquí. En serio, si vas al mercado este los sábados, ve en ayunas.

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Este puesto de comida malaya. / © Lola Hierro
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Hay cafés de calité. / © Lola Hierro
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Y hay miel artesana. / © Lola Hierro

TABLE MOUNTAIN

Playa, compras… Faltaba la montaña. Cómo no visitarla, si es la maravilla de Ciudad del Cabo, su símbolo omnipresente que se ve desde cualquier rincón. Es Table Mountain o montaña de la mesa, un pico que no acaba en tal, sino en llano. Parece que la hubieran cortado y despojado de su triángulo final.

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La montaña de la mesa, al fondo. / © Lola Hierro
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Esto es lo que vamos a ver. / © Lola Hierro

La duda es si subir caminando o en el funicular. Un vistazo a nuestro calzado, otro al cielo nublado y, sobre todo, otro a nuestro reloj, nos hacen decantarnos por la opción menos cansada: coger el funicular. Es una pena, queríamos hacer una ruta campestre.

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Subiendo en el funicular. / © Lola Hierro
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Y dejando a toda esta gente en la cola. / © Lola Hierro
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La cola de los que están esperando a comprar la entrada. / © Lola Hierro

A las taquillas de la montaña se llega bien en taxi, coche o Uber, que es nuestra opción elegida y muy asequible económicamente. Un consejo: compra tu entrada al funicular de manera online para ahorrarte colas. Y otro más: aunque ya la tengas, ve lo más pronto que puedas porque hay otra cola para meterse en el dichoso funicular y también es interminable. Nosotros, por suerte, lo hacemos bien y aun así tardamos como media hora en ascender en ese cacharro de cristal circular y giratorio. Gracias a semejante invención puedes contemplar el paisaje desde todos los ángulos.

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Subimos hacia la cumbre. / © Lola Hierro
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Las vistas desde el funicular. / © Lola Hierro

Una vez en lo alto, localizas los por si acasos: aseos públicos, cafetería, tienda de recuerdos e inicio del camino. Los más atrevidos y adinerados se apuntan a hacer barranquismo. Yo, bastante si mi vértigo me permite asomarme al abismo sin precipitarme al vacío. También hay visitas guiadas, audioguías de alquiler… Pero lo más sencillo es caminar a tu aire siguiendo alguna de las rutas señalizadas. Es lo único que se puede hacer ahí en lo alto de esta montaña y que no cuesta dinero.

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Al fondo, la cafetería. / © Lola Hierro
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A la llegada, la placa que incluye el teléfono de emergencias. / © Lola Hierro
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Paseando por lo alto de la montaña. / © Lola Hierro

El terreno es pedregoso y resulta fácil torcerse un tobillo, así que resulta imprescindible llevar un buen calzado o, por lo menos, no subir en zapatitos de tacón o chancletas. Si hace sol, no vas a encontrar ni un solo árbol para cobijarte, así que toca tirar de gorra y crema solar. Y luego, hay que vencer el miedo a las alturas pero sin olvidarse de la prudencia porque no existen apenas vallas ni cuerdas que separen el camino de los abismos. Los valientes se arriman mucho al borde, miran hacia abajo e incluso se atreven a saltar entre las rocas… A mí me suben las pulsaciones solo de verlo.

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Hay que estar muy loca para saltar ahí… / © Lola Hierro
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Los puntos cardinales. / © Lola Hierro
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Las vistas de Ciudad del Cabo. / © Lola Hierro

Es mejor otear el horizonte; dar una vuelta circular y asomarse con cuidado desde cada punto cardinal. Las vistas son una maravilla, y si te toca un amanecer o un atardecer, cosa que a mí no me ocurre porque el día está nublado, el espectáculo ya debe ser tremendo.

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Y más vistas. / © Lola Hierro
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Jose, a su aire disfrutando de las vistas. / © Lola Hierro

Estos son todos los relatos de Sudáfrica:

I. Colonialismo entre pinos y eucaliptos
II. ¿Dónde están los leones de Kruger?
III. Ciudad del Cabo es un paraíso hipster
IV. Cómo llegar al fin del mundo
V. El frío da más miedo que los tiburones
VI. Los rincones más bonitos de Ciudad del Cabo
VII. Soweto rico, Soweto pobre
VIII. Tres museos imprescindibles de Sudáfrica
EXTRA: ¿Cuánto cuesta viajar a Sudáfrica?

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