SUDÁFRICA II: ¿DÓNDE ESTÁN LOS LEONES DE KRUGER?

Me pongo a echar cuentas y creo que este de Kruger es el décimo parque nacional africano que visito desde que puse los pies en el continente en 2014. Cuatro en Kenia, dos en Tanzania, dos en Botsuana, uno en Zimbabue… Y en todas estas ocasiones solo he visto un león dos veces. La primera, en diciembre de 2017 en el Parque Nacional de Chobe de Botsuana, donde avistamos algo subido en una roca, inmóvil, sobre lo que el guía aseguraba que era un león. Si tú lo dices… Pensé. No lo di por válido, la verdad. Si no se distingue por lo menos la cabeza, no cuenta, ¿no? La segunda fue en marzo de 2018 en el Masai Mara de Kenia, y ahí sí que me quedé bien a gusto porque tuve a un macho paseándose alrededor de mi todoterreno, todo orgulloso él.

En esta ocasión, me he dicho que tengo que ver un león sudafricano porque no puede ser estar en el parque de los parques (dos millones de hectáreas, 147 especies de mamíferos y unos 1.500 leones…) e irse a casa como una pringada sin habérmelo encontrado.

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Un grupo de gacelas corta el paso a los coches en el Parque Nacional de Kruger. / © Lola Hierro
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Inofensiva cebra al sol. / © Lola Hierro

Han sido tres salidas de intensa búsqueda. La primera tarde, decepcionante, pues en casi tres horas no vi apenas nada: alguna jirafa y así de lejos, muy frustrante. Por eso al día siguiente, cuando te suena el despertador a las 4:45 porque a las cinco comienzas otra expedición, consigues saltar de la cama: en la cabeza se te ha fijado la idea de encontrar un puñetero león. Cuando sales a esas horas en las que no han puesto ni las aceras ni el sol ha hecho presencia, no te enteras de mucho, la verdad. Solo sientes frío, sueño y la sensación de ser un zombi. Pero te dan un café madrugador y ya te subes al coche como más entera.

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Súper temprano por la mañana, de camino al parque. / © Lola Hierro

Una vez montada, lo de costumbre: hacer la cola consabida en la entrada del parque para que tu conductor consiga los permisos de acceso. La putada es que, mientras esperas, se hace de día, y tú estás varada en un aparcamiento preguntándote en qué momento harás las fotos del sol al amanecer como habías pensado.  En fin, estos grandes problemas pequeñoburgueses…

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Marabunta de coches de safari cargados de turistas esperando a que sus conductores resuelvan el papeleo de entrada en la puerta del Parque Nacional de Kruger. / © Lola Hierro
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¡Ah! Hemos llegado al amanecer. / © Lola Hierro

Kruger es enorme, muy enorme. Y acoge a miles de animales entre mamíferos, reptiles y de todo. Los big five, entre otros, están aquí por todas partes. O al menos todo esto es lo que te cuentan al llegar. Pero claro, hay que tener en cuenta el factor suerte porque todos los animalitos viven desperdigados a la buena de dios y campan por donde les place. No iba a ser menos, estamos en su casa. El caso es que es imposible tener la más mínima garantía de que vas a encontrarte con algún ejemplar de león, elefante, rinoceronte o lo que sea que andes buscando.

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Un ñu se pasea a sus anchas. / © Lola Hierro
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Las jirafas no están incluidas en el grupo de los Big Five, pero son bonitas igualmente. / © Lola Hierro

Hay que estar en el momento y en el lugar adecuado, como los políticos, según Michael o Sweet Mike, el conductor a cargo del todoterreno durante la primera tarde. Este paseo apenas duró tres horas y fue muy frustrante porque no vi nada de nada. Yo recordaba la experiencia de los leopardos cazando una cebra bebé en Kenia, los elefantes a medio metro en Botsuana, los cientos de ñus que me rodeaban en Tanzania… Bah, aquí no. El parque ahora está muy verde porque está empezando la estación seca y todavía queda mucho arbusto y árbol lleno de hojas, así que la visibilidad es algo reducida. Y luego está el asunto de que, como decía, este es el segundo parque más grande de África. Se nos da mal, la verdad, y vuelvo a mi campamento un poco desmoralizada. 

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Sweet Mike, súper chófer. / © Lola Hierro
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Lo más exótico que he visto el primer día es este pájaro. Un águila, creo. / © Lola Hierro

Al menos la noche se arregla con un espectáculo de danza “africana” (me gustaría saber si es zulú o de qué cultura exactamente porque por africana podría ser senegalesa y no creo…). La noche es fresca, pero despejada. Una fogata al aire libre, unas sillas y una cerveza en la mano. Así estamos los cuatro gatos que poblamos el Kruger Camp Lodge cuando se nos acercan en fila india, cantando y bailando, un grupo de hombres, mujeres y niños, todos vestidos con trajes tradicionales y adornos de cuentas de colores. Y con dos tambores.

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Un chico interpreta una danza. / © Lola Hierro
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Una mujer toca el tambor durante un espectáculo de danza y cantos tradicionales. / © Lola Hierro

Durante más de una hora bailan y cantan como si no hubiera un mañana. No entiendo ni papa pero, por sus movimientos y escenografía, imagino que recrean historias. Historias que no pillo, salvo una en la que un chico vestido con un traje diferente, muy elaborado y con muchas plumas y collares, ejecuta una danza enloquecida como si estuviera endemoniado, corre para un lado y para otro, luego se pone de rodillas frente a las mujeres que tocan el tambor y estas repiten unas frases todo el tiempo. La señora dice algo y él contesta siempre con la misma palabra o mismo sonido, yo creo que es como un amén o algo así. Y luego vuelve a bailar, pero como menos endemoniado, así que creo que la historia debe ir de uno al que le entraron malos espíritus y luego lo exorcizaron y se curó. ¡O igual no tiene nada que ver! El caso es que el espectáculo acabó con los niños y adultos sacando a bailar a los turistas que estábamos ahí sentados mirando. Y hubo varios que se resistieron, vergonzosos. Yo no. A mí me cogió un crío de unos ocho años por banda y movimos las caderas a lo loco un buen rato.

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Este niño demostró ser un gran bailarín y tener un cuerpo de goma. / © Lola Hierro
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Los niños son los que más bailan. / © Lola Hierro

SEGUNDO DÍA

Mi segundo día de expedición es un poco mejor porque veo muchos más animales, incluso tres rinocerontes chapoteando en el barro, más a gusto que en brazos. Me hacen mucha gracia unas tortugas pequeñas, seis más o menos, que toman el sol sobre el lomo de un hipopótamo medio sumergido en una charca. Elefantes, jirafas y algún facóquero que sale corriendo con sus crías de esa manera tan graciosa que tienen: con el rabo de punta y pegando saltitos con sus cortas patas.

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Amanecer en Kruger. / © Lola Hierro
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Servicio de autobús a lomos de un hipopótamo. / © Lola Hierro
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Vaya, una jirafa que no se quiere mover. / © Lola Hierro
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Las gacelas tienen una carita muy dulce y da mucha pena cuando los depredadores las cazan. / © Lola Hierro
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Hipopótamo acechando. / © Lola Hierro
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Unos cariños entre cebras durante la hora del desayuno. / © Lola Hierro

Por suerte veo pocos monos, muy pocos, y bien lejos. Por mí, como si no aparece ninguno. Los ñus y las cebras se muestran con cuentagotas, la verdad. Se me hace raro no ver más dado que en Kenia siempre encuentro miles. Y los impalas, tan graciosos, esos sí que están por todas partes.  En cuanto a las hienas, solo encontramos media… La mitad que falta ha sido devorada por algún depredador. Quizá por otras hienas, me dice Etienne, que hoy me acompaña el día entero.

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Los bisontes y sus cuernos me encantan. Parece que les han peinado con gomina y la raya en medio. / © Lola Hierro
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Rinoceronte súper cerca. ¡Bien!. / © Lola Hierro
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Se distingue muy bien hasta dónde se había sumergido este amigo. / © Lola Hierro
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Monos haciendo cochinadas. Lo que vino después de esta foto fue la introducción del dedo del mono de la izquierda en el ano del de la derecha. / © Lola Hierro

Nos vamos muy, muy lejos, viajamos por las pistas de Kruger durante diez horas y no encontramos ni un maldito león, ni un guepardo, ni un leopardo. ¡Qué mal! Siempre igual con los leones. Se nos acaba el día entre paseos de acá para allá, alguna siesta que otra que me pego (no pasa nada, me despiertan si aparece algo) y un par de altos en el camino para comer e ir al aseo. Kruger es un poco como Disney World porque tiene muchas cafeterías, tiendas de recuerdos y cosillas así.

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Pájaros raros, todos los que uno quiera. / © Lola Hierro
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Otro exótico ejemplar. / © Lola Hierro

A todo esto, hace tanto calor que, a las cuatro de la tarde, cuando acabamos el safari, me atrevo a darme un baño en la piscina del hotel. Eso es vida. Eso y una buena ducha caliente al acabar la jornada en mi tienda de campaña gigante con cama doble y con baño incluido, todo hay que decirlo, una de las deliciosas cenas que preparan en este campamento  y mucho rato de no hacer nada, solo relajarse. A las ocho y media estoy en la cama pero es que, recuerdo, nos hemos levantado y nos vamos a volver a levantar a las cinco menos cuarto de la mañana.

TERCER DÍA

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Un amanecer de película más. / © Lola Hierro

Hoy, en teoría, no deberíamos haber hecho safari porque no lo teníamos contratado, pero es tan bonito que nos hemos apuntado a un nuevo paseo de cuatro horas con el amanecer. Y me vuelvo contenta: no he visto guepardos ni leopardos, pero sí leones. Dos, en concreto: macho y hembra al borde mismo de la carretera. Ella, de espaldas, no ha querido ni saludar. Pero él, con su melena oscura de pelo Pantene, nos ha ofrecido varias poses que han quedado inmortalizadas para siempre en mi cámara y las de una pila de turistas más que pasaban por ahí.

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¡Leones por fin!. / © Lola Hierro
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El macho posó ante MI cámara. / © Lola Hierro

El momento cuñao de esta jornada se ha producido durante una parada en una cafetería en medio del parque. Es un espacio abierto, así que numerosos carteles advierten que no se salga uno del perímetro de las instalaciones, con su zona de picnic y tal, porque se te puede aparecer ahí cualquier animal. Pues bien, estaba yo tan pancha bebiéndome un café cuando he visto que un montón de gente se arremolinaba en una esquina del recinto. Había un elefante. Un macho solitario, viejo, con un colmillo torcido y roto.

He de decir que los elefantes son peligrosos, rápidos, agresivos y muy territoriales. Si te huelen y notan algo que no cuadra, capaz es de embestirte sin que te des ni cuenta. Pueden agarrar a su víctima con la trompa sin ningún esfuerzo y estamparla contra el suelo las veces que haga falta hasta que la dejan seca. Los machos viejos y solitarios, además, tienen peor genio.

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Primer plano de un elefante. Con un teleobjetivo más grande que mi cabeza, ojo. / © Lola Hierro
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Elefantes en la espesura. No conviene acercarse. / © Lola Hierro

Como yo me sé muy bien esta lección, me he mantenido a una distancia muy, muy prudencial. No así la mayoría de turistas, que se han empezado a acercar sin ninguna vergüenza, a tomar fotos con flash, a hablar muy alto… El elefante se iba cabreando y poniendo nervioso, se notaba. Incluso un par de empleados del parque ha ordenado a la gente alejarse y callarse, pero nadie les ha hecho ni el más mínimo caso. Un señor ha subido a su hijo a una mesa de picnic para hacerle una foto con el paquidermo, otra señora se ha acercado a menos de dos metros de él…

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Una manada baja apresuradamente hacia un río. / © Lola Hierro
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Mamá e hijo de camino a no sé dónde. / © Lola Hierro

En fin, que no ha pasado nada, no ha habido tragedia, pero me he indignado mucho por la poca consideración que tiene la gente. Una camarera está también muy enfadada por esta clase de comportamientos, y me ha contado que por desgracia ocurren muy a menudo y que los turistas se toman a mal las advertencias del personal del parque. Ella, dice, ya no se molesta en avisar a nadie. Ahí les embistan.

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Turistas incautos. Aquí todavía estaban lejos del elefante. Luego se acercaron más. / © Lola Hierro

En fin, por suerte este elefante tenía más sentido común que los humanos y ha decidido no entrar al trapo. Menos mal. En cualquier caso, yo he acabado la aventura más contenta que unas castañueñas. ¡He visto un león!

Estos son todos los relatos de Sudáfrica:

I. Colonialismo entre pinos y eucaliptos
II. ¿Dónde están los leones de Kruger?
III. Ciudad del Cabo es un paraíso hipster
IV. Cómo llegar al fin del mundo
V. El frío da más miedo que los tiburones
VI. Los rincones más bonitos de Ciudad del Cabo
VII. Soweto rico, Soweto pobre
VIII. Tres museos imprescindibles de Sudáfrica
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