Bosnia: Los jóvenes, los recuerdos, la recuperación

Esto que viene hoy es la primera parte de otro de mis artículos rarunos sobre Bosnia. Mañana u otro día pondré la continuación, para que no se haga tan largo.

JÓVENES DE LA GUERRA

En Bosnia no es raro encontrar personas con conocimientos de español; la presencia de los cascos azules durante tanto tiempo y la acogida de numerosos bosnios por parte de España en tiempos de guerra ha dejado huella, y por eso no es raro que cuando preguntas el precio de un batido de chocolate en un supermercado, la cajera te diga tan tranquila en perfecto castellano: “Son dos marcos, por favor”.

Dos personas que conocen muy bien nuestro idioma son José y Rebeca, chico y chica y cuyos verdaderos nombres no pongo, primero porque no me acuerdo y segundo porque, aunque podría enterarme, no sé si ellos querrían salir en este blog.

De 26 años, judíos sefarditas, fueron acogidos en España durante los años de guerra en su país. Pero el primero lo vivieron, fueron testigos del sitio de Sarajevo, cuando los tanques y soldados serbios se apostaron sobre las colinas que rodean la ciudad y comenzaron a disparar, de forma incansable, día tras día durante tres años.

Mis nuevos amigos tienen suerte; ellos “sólo” lo sufrieron al principio, luego pudieron escapar gracias al venerado túnel Spasa o túnel de la esperanza. Éste, en parte conservado, es ahora un espectáculo para los turistas, pero otrora, en los peores momentos de la contienda, fue la vía de escape para muchas familias. Unía una casa situada en la periferia de Sarajevo con el aeropuerto, el cual estaba controlado por soldados de la ONU. Y sirvió tanto para sacar gente como para introducir alimentos y productos de primera necesidad.

Letrero en el túnel Spasa. / © Lola Hierro.

José y Rebeca son como cualquier otra pareja joven; visten a la moda occidental, beben copas cuando salen de fiesta, estudian y trabajan, ríen, bromean, tienen sueños y esperanza en el futuro como cualquiera.

Pero hay una diferencia entre ellos y yo. Mientras yo, con ocho años, elegía mi vestido de comunión, su realidad era sobrevivir a una guerra. “No puede nadie decirme lo que es el sufrimiento, lo que es pasar hambre, o lo que es no tener agua caliente en invierno, cuando en la calle estás a 20 grados bajo cero”, explica ella con amargura.

Chicas modernas de paseo. / © Lola Hierro.

Su semblante cambia por completo cuando habla de su experiencia. Grave, triste, y quizá hasta furiosa. Ellos no olvidan, no creo , de hecho, que quieran olvidar. No culpan de la guerra a la población de origen serbio o croata. De hecho, me aseguran que nadie salió vencedor, que todos perdieron, y que por eso no se odian entre ellos. Pero sí parecen guardar un cierto rencor a Europa, a Estados Unidos, a Rusia… en definitiva, a las grandes potencias, que permitieron una guerra de esas dimensiones. “es una guerra provocada por los políticos”, no por el pueblo, insiste José.

Señora de compras por Sarajevo. / © Lola Hierro.

No les importa que la reconstrucción fuera posible gracias a los más de cuatro mil millones de dólares americanos de ayuda internacional. Para ellos, el daño emocional y psicológico no tiene precio.

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