Comienzo a hablar de Bosnia

Ha pasado ya un mes y medio desde mi expedición a Bosnia. Fue uno de los viajes más intensos que he vivido, tanto por la valiosa compañía de algunos de mis mejores amigos, con quien he vivido momentos inolvidables, como por el país en cuestión, un lugar donde he podido experimentar sensaciones y conocer testimonios de personas que en ninguna otra parte podría haber encontrado.

Debido a lo agitado que ha sido este último mes, no he podido escribir todo lo que hubiera querido, pero poco a poco sí fui recopilando algunos momentos y anécdotas que no quiero olvidar y que voy a ir publicando en los próximos días. Aquí está el primero:

SARAJEVO Y SUS TAXISTAS

Ha sido tan intenso y han sido tantas emociones contenidas que han salido a flote que ahora no sé cómo empezar estos mini reportajes (por llamarlos de alguna manera) sin meter demasiadas cosas personales en él.

Posguerra

Posguerra. / © Lola Hierro

 

Sarajevo es como mucha gente se la imaginará, o al menos es como yo me la imaginaba: gris, no muy limpia, no muy bonita, no muy rica, no muy destacable.

Hay dos elementos que chocan constantemente en esa ciudad, que contrastan y que no parecen compatibles, pero lo son. Por un lado , la presencia fantasma de una guerra en cada edificio destrozado por los morteros, en cada cementerio plagado de lápidas blancas, en cada pintada recordando Srebrenica. Y por otro, la gente, esa gente tan olvidada quince años después de la guerra; personas de todas las edades y religiones que conviven en Sarajevo sin mayor problema y que, pese a los recuerdos y las pérdidas, viven y se comportan como si nunca hubiera pasado nada, con un sentido del humor admirable.

Grafiti por Srebrenica. / © Lola Hierro.

He encontrado numerosas muestras de este optimismo bosnio durante mi viaje. Si no fuera por los carteles que avisan de la presencia de minas y otras lindezas recordatorias de la guerra, jamás hubiera pensado que allí pasó lo que pasó. Pero quizá los personajes más interesantes que haya conocido en Sarajevo sean sus taxistas, y por eso esta primera entrada del blog es para ellos. Tres taxis utilizamos en los días que anduvimos por la ciudad, y los tres hombres que conocí permanecerán siempre en mi memoria.

De ninguno sé los nombres, pero todos aportaron una nota de color a nuestro viaje. El primero de ellos, un chico joven que nos recogió en el aeropuerto a nuestra llegada, nos llamó la atención por su despreocupación al volante. Encantado de llevar turistas, sus efusivas muestras de alegría hicieron temer por nuestra vida. Fan de la música estilo Bollywood, el chaval bailó lo que no está escrito mientras conducía por la carretera principal de la ciudad. Y con él aprendimos nuestra primera lección en Bosnia: se conduce como se quiere.

Taxistas en la entrada del túnel Spasa. / © Lola Hierro.

Nuestro segundo conductor fue, sin duda, el mayor crack en la historia de los taxistas del mundo mundial. Un hombre barbudo, enorme, sonriente, y con sentido del humor inenarrable. Nos recogió cuando salíamos del barrio turco. Allí habíamos comprado un antiguo bazoka en una tienda de antigüedades. Total, 40 euros por hacer un poco el panoli por la calle y luego tener un souvenir del país. Allí íbamos Anko y yo haciendo el capullo con el chisme en el asiento de atrás del taxi, sacándolo por la ventana y simulando que apuntábamos a otros conductores (lo más normal y civilizado en un país como Bosnia…).

El caso es que el hombre, fuera de enfadarse, nos empezó a mirar con una sonrisa socarrona y poco tardó en pedirnos una foto con el bazoka. Le hicimos una vuelto de espaldas en su asiento y sujetando el arma (y esto, con el coche en marcha; repito que los taxistas de Sarajevo son, por decirlo de forma suave, bastante despreocupados) y otra foto más en la que mi compañero Isra le apuntaba y él levantaba las manos. Menudo humor negro gastaba el hombre… Por si fuera poco, este ser de barba llameante nos informó, con su pobre inglés, de que Bin Laden vive en las montañas que rodean la ciudad y que es un buen amigo suyo. Nunca me imaginé que Bin Laden y yo compartiríamos taxista…

Nuestro taxista amigo de los bazokas. / © Lola Hierro

El tercero fue el de testimonio más interesante. Un hombre de pelo blanco, ya entrado en los 60 y seguramente en los 70, nos llevó de vuelta al aeropuerto el día de nuestra marcha por un camino poco habitual. En vez de seguir la autovía, dio una vuelta por una zona de edificios de tipo muy comunista, todos iguales, grises y bastante agujereados. Allí vivió él durante los años de asedio, nos contaba. Los serbios se colocaban en la acera de en frente de su edificio (es decir, a una distancia de… ¿cinco metros?) y disparaban todo lo que podían. Durante esos años difíciles, este buen hombre se ganó la vida nada menos que haciendo fotos que posteriormente vendía a medios de comunicación nacionales y extranjeros. Es decir, fue todo un reportero de guerra que ahora pasa su vejez en el taxi, contando sus batallitas del pasado.

De sólo uno de estos tres hombres tengo foto. Premio para el que adivine quién es…

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