3. VIAJAR CON PADRES ES SURREALISTA

Nota para el lector: Este es el tercer episodio de una serie de apuntes que escribí en septiembre de 2018 durante un recorrido por Letonia y Rusia en compañía de mis padres. No se trata de un relato viajero corriente, sino de la transcripción de un diario personal de aquellos días que estuvieron marcados por la pérdida de nuestra mascota. Es, por tanto, una serie de textos muy subjetivos, alejados en muchas ocasiones de descripciones de los lugares que visitaba y más centrados en emociones, sentimientos, estados de ánimo y anécdotas sin importancia. Salvo los datos históricos y prácticos relacionados con algunas visitas turísticas, todo lo que se cuenta en los siguientes capítulos es puramente opinativo, y como tal deben tomarse.
Estos son todos los capítulos:
1. Un viaje que comienza regular
2. Una vuelta por Riga
3. Viajar con padres es surrealista
4. San Petersburgo, rebonica del tó
5. Al encuentro de la princesa Anastasia
6. En busca de la pierna incorrupta del abuelito
7. Pánico en el Hermitage
8. La ansiedad que se borra con un atardecer
9. Moscú a vista de tour guiado
10. Como Vilma y Pedro Picapiedra por Moscú
11. Madre e hija mano a mano por Moscú
12. Despedida de un viaje agridulce

Riga, Letonia. 31 de agosto de 2018

Viajar con padres es toda una experiencia digna de un análisis sociológico. Yo creía que, con lo leídos y viajados que están, se liarían menos en un país extranjero. Aunque tampoco es que se líen… Es como si nunca les hubieran sacado de casa. Pero esto no es malo, al contrario. Su confusión e ingenuidad dan lugar a momentos desternillantes, y gracias a eso ya sobrellevo un poco mejor mi pena por la muerte de mi perro Barry. Si hubiera venido sola a estas vacaciones por Letonia y Rusia, me habría deprimido más. Pero con ellos, entre que la una no se entera y el otro está sordo, yo me parto.

A primera hora de la mañana de nuestro único día letón hemos desayunado en el hotel, donde ponen mucho embutido, y mi padre se ha hecho un bocadillo de cuatro dedos de grosor. Quienes le conocen saben que no está gordo por vivir del aire y que el mejor regalo que se le puede hacer en la vida es una botella de vino tinto y una barra de chorizo ibérico.

La plaza del Mercado de Riga, con sus puestos de artesanía
Padres comprando un recuerdo en la Plaza del Mercado. / Lola Hierro

Antes de llenar el buche, nos ha ocurrido algo: Hemos intentado dirigirnos a la cafetería desde nuestro dormitorio. Parece de cajón llegar a la primera, pero no. En el pasillo de la planta mi madre aseguraba que era hacia la izquierda, mi padre que a la derecha porque había visto un cartel que señalaba el comedor. Efectivamente, figuraba un letrero en el que se leía algo parecido, pero este señalaba a una puerta que, a su vez, te llevaba a un lóbrego pasillo, desierto y en penumbra, donde había más habitaciones. Y en algunas de ellas se leían otros rótulos como notaría, asesoría, agencia de seguros… Sospechoso. Solo quedaba sin identificar una puerta de cristal translúcido que mi padre sugirió abrir, pero mi madre y yo le abroncamos: que no se metiera en sitios prohibidos. Total, que finalmente tuvimos que bajar a la planta baja y de ahí subir por otra escalera a la cafetería. Quien conozca a mi padre, sabrá que no camina bien porque tiene problemas en una pierna y para él un trayecto así es un poco una puñeta. Y más en ayunas. Al llegar… Sí. Estaba ahí mismo el acceso que no le habíamos permitido cruzar, pobre hombre. Con razón dice él que con el rastro del olor del papeo nunca se equivoca.

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Cuando encontró la embajada española. / Lola Hierro

La comida, por otra parte, es muy regular, y el café es peor, así que al terminar nos hemos marchado a otra cafetería donde todo tenía mejor pinta, pero cuyo dependiente era muy seco y no entendía que queríamos un café con un poco de leche fría (para no beber lava, más que nada). Él nos lo puso frío entero, que debe pensar que a los extranjeros nos gusta así, no sé.

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Madre pensándose si comprar algo de artesanía. / Lola Hierro

Tras la experiencia cafetera fallida hemos cogido el tranvía para ir al centro, al que se llega en seguida. Y menos mal, porque luego hemos caminado muchísimo para desesperación de mi padre.

De entre todos los sitios que hemos visitado, creo que el Museo de la Guerra ha sido especial para mi padre. Y, en concreto, la sala de la II Guerra Mundial ha sido muy interesante para él, que es un apasionado de la historia contemporánea, porque dio con varias medallas de la Wehrmacht (fuerzas armadas de la Alemania nazi) como la que tuvo mi abuelo (cuento esto más adelante), igual que su revólver, un subfusil y hasta un antitanque idéntico a los que él dirigía. Tenía seis a su cargo. Nos ha explicado todo y se le ha visto muy emocionado. Pero es lo peor porque antes de llegar a esta planta, la tercera, estuvimos en la segunda viendo la I Guerra Mundial. Yo estuve un buen rato en esas salas y cuando salí… ¡Se había dormido en una silla del museo! Ahí, en pleno descansillo, a la vista de todos los que pasaban. Sin cortarse el tío… Menos mal que, por lo menos, no roncó.

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Padre muy interesado en el Museo de la Guerra.

Tras unos cuantos paseos, hemos decidido almorzar en la plaza Livu, donde hay muchos restaurantes recomendables. Pero ha resultado un poco más complicado de lo esperado porque, ante la ingente oferta para turistas, me he confiado a Trip Advisor para dar con un mesón bueno, bonito y barato. Elegir, he elegido rápido, pero el problema ha sido que no daba con él. Venga a dar vueltas y nada… He entrado en una tienda de vinos muy pija y mi padre se ha empeñado en que era por el camino contrario a lo que me han indicado los dependientes. Le hemos hecho caso y… Error. Él ha visto en internet una foto de una casa amarilla y ha dado por hecho que era una que había al fondo de una calle. Y no. Hemos sido tan idiotas los tres que no hemos logrado dar con el local, así que al final nos hemos dado por vencidos y hemos almorzado en Duvel’s, un restaurante muy bueno pero caro. En fin, voy con padres, así que me permito lujos.

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Madre observando el techo de la sinagoga con interés.

Ante una tarde de lluvia interminable, mi padre ha decidido cogerse un taxi y volverse al hotel; mientras mi madre y yo hemos decidido continuar con la ruta turística aun a pesar de ponernos como sopas. A última hora de la tarde hemos vuelto caminando, ya sin batería en los teléfonos móviles ni en la cámara de fotos. Hemos pasado por el súper con idea de cenar en la habitación: algo de fruta, fiambre para papá… Y al subir, resulta que él también había hecho compra y que teníamos el doble de todo. Pero lo más bizarro ha sido la conversación siguiente:

-Pero, papá, ¿para qué has comprado un cuchillo?
-Para cortar el fiambre.
-Pero si lo había loncheado…
-Ya, ¡pero yo solo compro barras de chorizo español!

Los letones son poco amigables

Así ha acabado nuestro día en Riga. Tampoco me ha encantado. Y no por la ciudad, que está muy bien en general, sino porque hemos topado con gente bastante antipática. No recuerdo ningún otro país con gente tan borde. He aquí los ejemplos que he apuntado por si me preguntan:

  1. Camarero de la cafetería donde desayunamos: ni hola, ni adiós, ni gracias. No despegó los labios y nos dio el café helado.
  2. Camarera de una cafertería en la que nos metimos cuando diluviaba. Tampoco despega los labios, solo para cobrarnos. Y no quería darnos agua.
  3. Capitán del barco en el que intentamos hacer un crucero. No quiere coger a menos de seis personas y no nos lleva, pero es que tampoco nos habla apenas. Como si no quisiera ni vernos.
  4. Dependienta de la tienda del Museo de la Guerra: no quiere vendernos ni un pin porque dice muy seca que ya ha empezado a hacer la caja. Pero solo la había abierto.
  5. Camarera / recepcionista rubia del hotel: No quiere servir un gin tonic porque son las siete de la tarde. Sin más explicaciones.
  6. Recepcionista pelirroja del hotel: Al solicitar la salida solo me dice “dame las llaves” en modo impaciente. Pone mala cara cuando pedimos café, y más mala cara aún, sumada a resoplidos, cuando le damos un billete grande para pagar. Nos da el cambio de manera brusca y no dice ni gracias por su visita, ni adiós, ni buen viaje.
  7. La azafata de Air Baltic que se agarró la perra por los asientos del avión.
  8. La cajera del súper: nos tiró de mala manera lo que habíamos comprado porque mi madre tardaba en encontrar las monedas adecuadas para pagar y venía un señor detrás.

Por el contrario, fue un amor una chica que nos vendió unos delantales de cocina para mis sobrinos. Ella también había perdido a su perro de la misma manera que nosotros y nos lo contó.

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Madre escribiendo algo profundo en el libro de visitas del Museo de la Guerra. No nos dejaron comprar recuerdos.

¿Cuál es mi conclusión sobre Riga? Pues que una y no más. La ciudad es muy bonita, monumental y bien acondicionada. Está muy bien para visitarla durante un par de días, pero tampoco posee nada súper espectacular que la convierta en un lugar imprescindible en el mapa. El hecho de que los letones sean tan bordes le resta puntos y no hace que una quiera volver, la verdad. Me gusta lo que cuidan su artesanía y que todo esté limpio y bien organizado, pero el asunto de la amabilidad es más importante que cualquier otra cosa. No me he sentido bienvenida y sí como una presencia molesta en demasiadas ocasiones.

Así que, por todo esto, mi decisión final es ponerla la lista de ciudades a las que me no hace falta volver. Si alguna vez llego a hacer ese viaje en coche del que he hablado alguna vez por Estonia, Lituania y Letonia, pararé aquí solo si mis hipotéticos acompañantes quieren. Si no, paso. No sé si lo he dicho, pero Letonia está en la quinta posición de la lista del Foro Económico Mundial sobre países menos amables con el turismo. Tela. Ya lo entendía cuando me enteré.

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