4. SAN PERTERSBURGO, REBONICA DEL TÓ

Nota para el lector: Este es el cuarto episodio de una serie de apuntes que escribí en septiembre de 2018 durante un recorrido por Letonia y Rusia en compañía de mis padres. No se trata de un relato viajero corriente, sino de la transcripción de un diario personal de aquellos días que estuvieron marcados por la pérdida de nuestra mascota. Es, por tanto, una serie de textos muy subjetivos, alejados en muchas ocasiones de descripciones de los lugares que visitaba y más centrados en emociones, sentimientos, estados de ánimo y anécdotas sin importancia. Salvo los datos históricos y prácticos relacionados con algunas visitas turísticas, todo lo que se cuenta en los siguientes capítulos es puramente opinativo, y como tal deben tomarse.
Estos son todos los capítulos:
1. Un viaje que comienza regular
2. Una vuelta por Riga
3. Viajar con padres es surrealista
4. San Petersburgo, rebonica del tó
5. Al encuentro de la princesa Anastasia
6. En busca de la pierna incorrupta del abuelito
7. Pánico en el Hermitage
8. La ansiedad que se borra con un atardecer
9. Moscú a vista de tour guiado
10. Como Vilma y Pedro Picapiedra por Moscú
11. Madre e hija mano a mano por Moscú
12. Despedida de un viaje agridulce

A bordo de un tren entre San Petersburgo y Novgorod, Rusia. 3 de septiembre de 2018

Aquí me ando, a las siete y cuarto de la mañana, metida en un tren con destino a la ciudad de Novgorod, con un padre a cada lado y más sueño que el perro de Heidi. Llevamos tres días en San Petersburgo y no sé cómo empezar a contar esta aventura rusa.

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Primera iglesia rusa que encuentro durante mi primera salida por San Petersburgo. Me impresionan las cúpulas doradas. / © Lola Hierro
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Artistas sonrientes. / © Lola Hierro

Me gusta mucho San Petersburgo, aunque creo que me cansaría de vivir en una ciudad con distancias tan grandes. Pero es alucinante. Inmensísima, todo a lo bestia, y preciosa, cuidada, majestuosa… La fundó en 1703 el zar Pedro el Grande y fue capital imperial durante 200 años. Hoy aún parece anclada en el siglo XVIII. Fue edificada para ser la ventana de Rusia hacia el mundo occidental, y se la llamó también “la Venecia del norte” por sus más de 400 canales.

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Un canal y, al fondo, San Basilio. / © Lola Hierro
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Así es San Petersburgo, como Venecia. / © Lola Hierro

Ha pasado por muchos altibajos a lo largo de la historia: fue epicentro de la Revolución rusa de 1917 que acabó con el imperio zarista y dio paso a la creación de la Unión Soviética en 1924 con la victoria de los bolcheviques. En ese momento dejó de ser capital y esta fue trasladada a Moscú. Y pasó de llamarse Petrogrado (por su fundador) a ser rebautizada como Leningrado, en honor al dirigente comunista Lenin. Después, ya en la II Guerra Mundial, sufrió un asedio que duró 29 meses durante los cuales fue constantemente bombardeada por los nazis. Cuando la URSS se desintegró, tomó por fin el nombre por el que se la conoce hoy, y creció y creció hasta convertirse en el importante centro económico y político de la Rusia actual.

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Gente con clase en la Avenida Nevski. / © Lola Hierro
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No sé qué ofrecían o pedían. Él la estaba pintando. / © Lola Hierro

Desde 1990, parte de la ciudad y sus monumentos son considerados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Hay que decir que sus palacios y otros edificios de la época están muy bien cuidados. Y luego es ultra capitalista y muy consumista, con tiendas y centros comerciales por todas partes. Grandes y pequeñas marcas.

Decían que los rusos son muy bordes y que todo es muy caro. Pues no y no. Por ahora me parecen mucho más amables que los letones, y los precios son más que razonables. Por ejemplo, el transporte: comenzamos moviéndonos el metro ligero, pero los Uber son tan económicos que compensa pedirlos. Vamos todos lados en coche, sobre todo porque mi padre va súper limitado de movimientos no puede andar mucho.

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Avenida Nevski, un día cualquiera. / © Lola Hierro
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Trajín mañanero en la avenida Nevski. / © Lola Hierro

El primer día, tras todo el periplo aeroportuario (sin novedad), y tras coger el Air Bnb (muy bonito y muy maja la dueña, Svetlana) dimos una vuelta empezando por la avenida Nevski, una de las calles con mayor historia de San Petersburgo. De cuatro kilómetros de longitud, es como Serrano, pero megalítica. Mi madre quería visitar la Catedral de Nuestra Señora de Kazán, que es como el Vaticano a la ortodoxa. ¡Y qué lugar tan grande! Ya solo verla por fuera y recorrer su plaza frontal en forma de media luna es un paseo.

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Nuestra Señora de Kazan. / © Lola Hierro
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Nuestra Señora de Kazan desde otro ángulo. Es imposible sacarla entera. / © Lola Hierro
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Puedes pasear entre sus columnas. / © Lola Hierro
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Ahora sí, de noche, desde la acera de enfrente. / © Lola Hierro

Cuando entré, se celebraba una misa en un lateral con varios feligreses cantando y una cola mariana larguísima para dar un beso a un cuadro de la virgen a la que se le ha dedicado este templo, muy venerada en Rusia.

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La cola para besar a la virgen. / © Lola Hierro
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Dos señoras de charla en la iglesia. / © Lola Hierro
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Rezando ante un Cristo crucificado. / © Lola Hierro

Cruzando la avenida Nevski se coge una calle con un canal y se llega a otra iglesia que bien merece una visita, es chula de verdad. Es la del Salvador sobre la sangre derramada. Es una de esas construcciones religiosas rusas que parecen hechas de caramelo y que se construyó en el mismo sitio donde asesinaron al zar Alejandro II, atentado mediante, en 1881. Una curiosidad: durante la II Guerra Mundial cayó una bomba en la cúpula más alta del templo, pero no explotó, y se quedó allí 19 años. Cuando pasado todo ese tiempo fue descubierta por unos obreros que iban a arreglar unas goteras, se decidió retirarla y restaurar la iglesia entera. Es un trabajo que duró nada menos que 27 años.

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Iglesia del Salvador sobre la Sangre Derramada (vaya nombre…). / © Lola Hierro
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El canal y la iglesia al fondo. / © Lola Hierro
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Puestitos de souvenirs en los alrededores de la iglesia. / © Lola Hierro

La pena es que tiene la cúpula cubierta por trabajos de restauración y que no llegamos a entrar porque se nos hizo demasiado tarde. Tenemos que volver.

El primer día nos da también para dar una vuelta en barco por los canales de la ciudad y por el río Neva. Fueron dos horas de atardecer y una audio guía en español; un planazo porque vimos muchísimos lugares importantes (y preciosos), una puesta de sol de infarto sobre el Neva, el famoso museo Hermitage desde el agua y un buen puñado de sitios que jamás hubiéramos alcanzado en estos tres días si tenemos que ir caminando. Merece mucho la pena, la verdad.

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El Hermitage desde el agua. / © Lola Hierro
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Padres satisfechos con el paseo en barco. / © Lola Hierro
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Gente que se hace fotos desde los puentes. / © Lola Hierro
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Hemos visto muchos lugares bonitos como este. / © Lola Hierro
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El atardecer desde el río Neva. / © Lola Hierro

Casi no llegamos a embarcar a tiempo porque tuvimos que caminar unos 800 metros y mi padre no podía con su alma. Pero vaya, llegamos y nos alegramos mucho de haberlo conseguido. Su esfuerzo mereció la pena.

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Puesta de sol con nubes en San Petersburgo. / © Lola Hierro
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La hora azul. / © Lola Hierro
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Un niño demasiado intrépido. ¿Podría sacar la cabeza después?. / © Lola Hierro
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Más momentos bonitos desde el barco. / © Lola Hierro
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Un barco pirata… / © Lola Hierro

Antes de irnos a dormir cenamos en un restaurante llamado Cat Cafe de cocina georgiana donde yo elegí carne al vino y estragón. Para mi gusto, deliciosa, pero a mis padres no les encantó. Ellos son de gastronomía española. Antes de recogernos también pasamos por un supermercado debajo de nuestra casa. Resulta que aquí en Rusia tampoco te dejan comprar alcohol después de las diez de la noche. Se lo dijo el de seguridad a papá porque cogió una botella y él se indignó un poco. Pero como el segurata no habla inglés y mi padre tampoco, solo puso mala cara y siguió adelante.

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Camarero camuflado en el Cat Cafe. / © Lola Hierro

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