5. AL ENCUENTRO DE LA PRINCESA ANASTASIA

Nota para el lector: Este es el quinto episodio de una serie de apuntes que escribí en septiembre de 2018 durante un recorrido por Letonia y Rusia en compañía de mis padres. No se trata de un relato viajero corriente, sino de la transcripción de un diario personal de aquellos días que estuvieron marcados por la pérdida de nuestra mascota. Es, por tanto, una serie de textos muy subjetivos, alejados en muchas ocasiones de descripciones de los lugares que visitaba y más centrados en emociones, sentimientos, estados de ánimo y anécdotas sin importancia. Salvo los datos históricos y prácticos relacionados con algunas visitas turísticas, todo lo que se cuenta en los siguientes capítulos es puramente opinativo, y como tal deben tomarse.
Estos son todos los capítulos:
1. Un viaje que comienza regular
2. Una vuelta por Riga
3. Viajar con padres es surrealista
4. San Petersburgo, rebonica del tó
5. Al encuentro de la princesa Anastasia
6. En busca de la pierna incorrupta del abuelito
7. Pánico en el Hermitage
8. La ansiedad que se borra con un atardecer
9. Moscú a vista de tour guiado
10. Como Vilma y Pedro Picapiedra por Moscú
11. Madre e hija mano a mano por Moscú
12. Despedida de un viaje agridulce

A bordo de un tren entre San Petersburgo y Novgorod, Rusia. 3 de septiembre de 2018

El segundo día en San Petersburgo es el único que he dormido un poco más… Hasta las nueve de la mañana, y eso que me desvelé sobre las cuatro y media y solo conseguí conciliar de nuevo el sueño cuando me puse a leer la historia de la ciudad en la Wikipedia. Buen tostón para esas horas.

Nos salió bien la jugada porque decidimos ir hasta el Palacio de Catalina, o residencia de verano de los zares, a 30 kilómetros y que hasta las 12 del mediodía no abre, así que fuimos sin prisas en un Uber, que ya he dicho que son muy baratos. Al llegar, lo primero que se hace es comprar la entrada a los jardines, que como todo en Rusia, son gigantescos. Y ya en ellos, hay que hacer otra cola para adquirir otro ticket de acceso al palacio.

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El palacio de Catalina, como sacado de un cuento de princesas. / © Lola Hierro
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Hay estatuas bellísimas, jardines y ornamentación por todas partes. / © Lola Hierro
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Bustos como este adornan los jardines. / © Lola Hierro

Es difícil imaginar mayor opulencia, madre mía. La fachada en azul claro, blanco y de oro es espectacular, parece como un pastel de bodas de una princesa Disney. Fue hogar de distintas reinas: Catalina I que lo mandó construir, Isabel que lo remodeló ordenando utilizar más de 100 kilos de oro para la fachada y las estatuas del tejado, y Catalina II La Grande, que paró las obras por su elevado coste y le dio otros aires. Se nota el toque femenino. Igual que en los jardines, el interior del palacio es obscenamente lujoso, con tanto oro, maderas nobles, frescos, cuadros, espejos, muebles carísimos…

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Uno de los salones donde se comía. / © Lola Hierro
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El salón de baile y el turismo. / © Lola Hierro
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Detalle de las ventanas y los espejos del salón de baile. / © Lola Hierro
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El suelo de maderas nobles del salón de baile. / © Lola Hierro

Cada sala es más sorprendente que la anterior, pero se llevan la palma el salón del baile (ahí sí que me sentí una princesa pese a los turistas) y la sala de ámbar. O su réplica, porque la original desapareció después de que los alemanes la robaran en la II Guerra Mundial. La desmontaron y se la llevaron, y nunca más se ha encontrado. La de ahora es una réplica exacta y es un sueño. Mira que no me encanta el ámbar, pero aquí sí, aquí me ha encantado. Los artistas que la diseñaron son unos maestros, es increíble ver la cantidad de piedrecitas utilizadas para los paneles, para los marcos delos cuadros, los detalles… Los sabios juegos de colores, del blanco al granate… Esto sí parece una casita de caramelo.

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Aquí no caben más cuadros. / © Lola Hierro
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Todo son muebles caros y lujosos. / © Lola Hierro
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Hasta las paredes son obras de arte. / © Lola Hierro

Sin embargo, lo más importante que hay dentro de este palacio son las fotos de la II Guerra Mundial, cuando el palacio fue devastado, y la posterior restauración. Es tremendo comprobar cómo quedó de ruinoso y cómo está ahora. Y es muy curioso que en las fotos de la destrucción solo hay hombres (soldados) y en las de la reconstrucción, la mayoría son mujeres (artistas, expertas…).

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Fuera del palacio hay mucho por descubrir. / © Lola Hierro
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Y hay paisajes preciosos, y un lago. / © Lola Hierro
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Y jardines llenos de flores. / © Lola Hierro

Dos detalles a recordar para quien vaya de visita al palacio. Uno, no comprar café en los jardines. Es caro y malo. Es un timo, vaya. Dos: guardar fuerzas para visitar los jardines, pues son tan grandes como la Casa de Campo de Madrid. Nosotros solo nos hemos asomado tímidamente después de que mis progenitores hayan agotado las pilas durante el recorrido por el palacio.

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Padres cansados, pero satisfechos. / © Lola Hierro
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Si es que hay mucho por recorrer y descubrir. / © Lola Hierro
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Y cuando crees que has terminado, encuentras otro palacete. Y así todo el rato. / © Lola Hierro

La segunda parte del día ha cundido menos porque las piernas ya van más cansadas y los ánimos también. En estos momentos es cuando los padres, agotados, hacen más cosas de padres. El uno que necesita aparcarse a descansar cada poco tiempo, la otra que entra en bucle con preguntas imposibles de responder. “Mamá, que no soy Siri”, le tengo que decir todo el tiempo. Con estos mimbres nos hemos llegado a almorzar, Uber mediante, (menos mal que puedo echar mano de ellos y que funcionan bien; si no, me dan las uvas aquí). El lugar elegido en esta ocasión gracias al olfato gastronómico de mi padre (al César lo que es del César) es el Café Plie, donde se come bien y por poco dinero. Lástima que no encuentro la web.

Y en esto, una playa

De allí hemos caminado hasta la fortaleza de San Pedro y San Pablo, el lugar donde San Petersburgo fue fundada, donde todo empezó. Está situada en la isla más pequeña de la ciudad, llamada isla Záyachi o de las liebres, porque antaño había muchas por ese terreno. Desde nuestra ubicación la distancia es menor de un kilómetro, pero también hemos ido en taxi para ahorrar energías. Al llegar, lo primero que hemos visto es un idílico parque salpicado de islas de césped, bancos y árboles que dan buena sombra. En un día soleado y apacible como este, mi señor padre ha decidido aposentarse allí y esperarnos leyendo. Nosotras nos hemos encaminado hacia la fortaleza. Para entrar en ella hay que atravesar una pequeña playa a la vera del río Neva donde los rusos toman el sol, algunos incluso en bañador, los niños juegan con el cubo y la pala… Frente a esta estampa, en la otra orilla del río, el museo Hermitage con todo su esplendor.

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Por aquí hay que meterse para acceder a la fortaleza hexagonal de San Pedro y San Pablo. / © Lola Hierro
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La playa de San Petersburgo. / © Lola Hierro
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Un señor tomando la sombra en la playa del río Neva, frente al Hermitage. / © Lola Hierro
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Madre e hija en modo ‘duck face’. / © Lola Hierro

De la fortaleza amurallada de seis bastiones y forma hexagonal impresiona la catedral, primera que se erigió, y el concierto sobrecogedor de sus antiguas y enormes campanas. Ya en el interior, las tumbas de la familia Romanov, pues están todos aquí enterrados desde Pedro I, el Grande. Hasta el zar Nicolás II y su familia, asesinados durante la revolución bolchevique en 1918, descansan aquí. Me ha sorprendido encontrar la tumba de Anastasia, la princesa desaparecida. No sabía mucho de ella más allá de las leyendas que contaban que había sobrevivido a la matanza y huido, y que estaba desaparecida, hasta que, movida por este descubrimiento, me puse a leer. Y lo que he encontrado es que ella fue ejecutada en el palacio de Ekaterimburgo junto con el resto de su familia. Pero se ha escrito muchísimo sobre ella y es muy interesante cómo hasta 2007 el misterio no se aclaró del todo. Recomiendo lectura.

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Ya estoy dentro de la fortaleza de San Pedro y San Pablo. / © Lola Hierro
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Tumbas de zares. En concreto, aquí están Pedro I y Pedro II. Del tercero no me acuerdo. / © Lola Hierro
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Muchos oros dentro de la iglesia. / © Lola Hierro
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Paseando por el interior de la fortaleza. / © Lola Hierro
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La muralla de la fortaleza, y los cañones. / © Lola Hierro
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Esto eran los aseos. / © Lola Hierro
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Interior de la fortaleza, no recuerdo qué era esta casa. / © Lola Hierro

Una vez finalizado este periplo turístico, hemos caminado hasta la Catedral de San Isaac, a 2,5 kilómetros. Pero no hemos llegado porque, entre lo lentos que nos movemos y que nos detuvimos al toparnos con unas sevillanas rusas bailando en plena calle, nos dieron las uvas.

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Bailes regionales. / © Lola Hierro
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Sevillanas rusas. / © Lola Hierro
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Una sevillana espera su turno para salir a bailar. / © Lola Hierro
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Hora de despojarse de la cabeza. / © Lola Hierro

El paseo igualmente fue muy bonito porque cruzamos dos puentes sobre el Neva desde los que las vistas son preciosas y por las bailarinas, claro. El primer grupo bailaba por parejas en círculo y lo hicieron muy bien. Las sevillanas vinieron después y bueno… Movimientos mecánicos y poco duende, las pobres.

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Puentes para llegar a la fortaleza de San Pedro y San Pablo. / © Lola Hierro
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Palomas vespertinas. / © Lola Hierro
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El barco pirata… que resultó ser un restaurante. / © Lola Hierro
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Cruzando puentes al atardecer. / © Lola Hierro

En este camino hemos terminado en la que fue la tienda de máquinas de coser Singer, un edificio de estilo Art Noveau en la avenida Nevski donde ahora hay una librería y papelería que hemos vaciado entre mi madre y yo.

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En la esquina de la derecha, el famoso y precioso edificio Singer. / © Lola Hierro
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Cafetería en el interior del edificio Singer. / © Lola Hierro

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