1. UN VIAJE QUE COMIENZA REGULAR

Nota para el lector: Este es el primer episodio de una serie de apuntes que escribí en septiembre de 2018 durante un recorrido por Letonia y Rusia en compañía de mis padres. No se trata de un relato viajero corriente, sino de la transcripción de un diario personal de aquellos días que estuvieron marcados por la pérdida de nuestra mascota. Es, por tanto, una serie de textos muy subjetivos, alejados en muchas ocasiones de descripciones de los lugares que visitaba y más centrados en emociones, sentimientos, estados de ánimo y anécdotas sin importancia. Salvo los datos históricos y prácticos relacionados con algunas visitas turísticas, todo lo que se cuenta en los siguientes capítulos es puramente opinativo, y como tal deben tomarse.
Estos son todos los capítulos:
1. Un viaje que comienza regular
2. Una vuelta por Riga
3. Viajar con padres es surrealista
4. San Petersburgo, rebonica del tó
5. Al encuentro de la princesa Anastasia
6. En busca de la pierna incorrupta del abuelito
7. Pánico en el Hermitage
8. La ansiedad que se borra con un atardecer
9. Moscú a vista de tour guiado
10. Como Vilma y Pedro Picapiedra por Moscú
11. Madre e hija mano a mano por Moscú
12. Despedida de un viaje agridulce

Vuelo Madrid-Riga. 30 de agosto de 2018

Este viaje comienza regular, y me da miedo que esté gafado. Son supersticiones sin ningún fundamento empírico, no debería ser mal pensada. Pero estoy triste y sin ganas de viajar, ni salir, ni vacacionar. Solo dormir, meterme en la cama, cerrar los ojos y quedarme ahí por siempre jamás.

La procesión va por dentro, no obstante. Tengo que ser fuerte y parecer tranquila y contenta por mis padres, a quienes no quiero dar un disgusto… Y por mí, claro, la más importante. No quiero tirar por la borda todo lo conseguido en el último año, y eso que ahora, por desgracia, me sobran razones para llorar.

Esta es la primera vez que inicio un relato viajero con tan oscuras palabras. Y también la primera que no nace de una narración sobre cómo ha empezado la aventura. Aunque no tenga nada que ver, quiero empezar a escribir sobre Letonia y Rusia contando que ayer mataron a nuestro perro, Barry.

Es tan duro como suena, pero no hay mucho que decir: murió anoche, desangrado tras el mordisco de un bóxer con el que compartía hotel canino. Mis hermanos lo confiaron a una tal Teva, que cobra 15 euros diarios por tener perros en su casa de Boadilla del Monte, acogidos en ausencia de sus dueños. Ella se fue a dormir y los dejó sueltos. Y juntos. Nuestro Barry, de solo año y medio, murió solito, en una casa ajena, sin sus dueños. Me estremezco cada ver que lo pienso. Me pregunto si sufriría mucho por las heridas que le provocó el otro perro, si pensaría en nosotros mientras se le escapaba la vida, preguntándose por qué no estábamos con él.

Mi pobre perrito. Ayer no podía parar de llorar. Hoy lloro por dentro, soy incapaz de sonreír. Estoy infinitamente triste, y no me hago a la idea. Le recuerdo subiéndose a dos patas sobre mí cada vez que iba a casa, sentándose en mi pie, pegando saltos y cabriolas, intentando acoplarse en el sofá… Y lo vago que era al principio, que no quería ni salir de paseo, y cómo se estiraba sobre el suelo frío del sótano en verano para combatir un poquillo el calor. Me duele. Duele. Me duele Barry. Han matado a nuestro perro y no ha sido otro animal, ha sido una negligencia. Pero nadie me lo va a devolver.

Y empieza el viaje…

Ahora se entenderá mi apatía y mi tristeza. Así voy, en un avión de Air Baltic rumbo a Letonia con mis padres, que también están muy disgustados pero con ánimo de no decaer. Si no fuera por ellos, seguramente no habría cogido este vuelo. Mis nervios están bastante alterados. En solo cuatro días he perdido la paz y ya no la encuentro. Demasiada pena y maldad a mi alrededor.

Hoy, el inicio del periplo este ha sido un desastre. He llegado tarde al aeropuerto y la cola para facturar era larguísima. He discutido con una azafata del mostrador de Iberia porque era una borde; también con otra empleada rubia, que va en este vuelo y que es una maleducada porque no nos dejaba sentarnos en los asientos que nos habían asignado en la puerta de embarque. No sabemos por qué, pero justo antes de entrar al avión, una de sus compañeras de tierra nos ha cambiado de la fila 31 a la 2, en la supuesta primera clase, y digo supuesta porque los asientos son idénticos. La rubia ha armado una buena bronca porque no nos queríamos ir a los antiguos, pero no era por nada: ¡es que ya los habían ocupado otras personas!

Al final se ha tenido que fastidiar porque no podía colocarnos en otro sitio. Por lo que me ha explicado otra azafata, el único problema que tenía es que no quería cambiar el modelo de reposacabezas de primera clase para ponernos el de turista… Ya ves tú el drama.

Por último, hemos salido con retraso porque no salía el recuento de pasajeros, parecía que faltaban algunos. Y luego ha resultado que no. Una descoordinación total, vaya. Bah, todo me da igual. Yo solo pienso en Barry…

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