Crónicas kenianas (VIII): Depresión post viaje

He cambiado la sabana dorada por una moqueta verde, la bola de fuego enorme que es el sol africano por unos fluorescentes blanquecinos cuya luz me pone cara de muerta, mis rinconcitos improvisados de trabajo con vistas al Índico por una mesa de oficina gris; mi portátil inseparable por un Pc viejo  que se cuelga. Y he dejado un poco de lado mis reportajes para editar los de otros periodistas que mandan su trabajo desde países lejanos. He sustituido los matatu atestados de gente parlanchines por vagones de metro igual de llenos pero silenciosos, porque todo el mundo va con la cabeza metida en un teléfono móvil. Vuelvo a realizar mi ejercicio predilecto: contar cuántas personas sonríen. Y vuelvo a constatar que, salvo que estemos a viernes o sábado, solo me salen uno o dos. O cero. Qué gris todo. Monotonía de lluvia en los cristales, que diría Antonio Machado.

Una bloguera a la que sigo a menudo habla de la depresión post viaje que sufre cada vez que vuelve a su Buenos Aires natal después de un periplo largo por el mundo. Según pasa el tiempo, me voy identificando más con ella y creo que comprendo su malestar, su melancolía, su desarraigo. No he pasado demasiado tiempo en Kenia. Tampoco estuve demasiado en Etiopía, ni en India, ni en Turquía, ni en ningún otro país de los que he visitado. Pero todos juntos suman muchos días fuera de casa, días en los que estás sumida en una realidad paralela (aunque quizá esa sea para mí la de verdad y la de Madrid sea la ficticia, ya no sé). Cuando vuelves a casa, cada vez sientes menos que ese lugar sea el que te corresponde. Tu familia y tus amigos siguen ahí pero, acostumbrados a tu ausencia, hacen planes sin contar contigo porque nunca estás. Te enteras la última de todo lo que les ha pasado a unos y a otros. Cuando empiezas a reengancharte a tu vida de antes, a hacer planes, a reforzar lazos… pues te vas otra vez. Y, encima, tan contenta, sin remordimiento alguno. Y, de nuevo, vuelta a empezar.

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Un niño se tira al agua en Lamu. / Lola Hierro

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Playa de Kilifi. / Lola Hierro

He dejado Kenia con gran dolor de corazón porque me apetecía quedarme mucho más tiempo. Fui para allá un poco asustada, pensando en el terrorismo de Al Shabaab, en la inseguridad de Nairobi, de la que se dice que es una capital con altos índices de violencia y robos. Pero, ¡bah! ¡Bah! a todo. Es un país amable, fácil de gestionar para un viajero, precioso hasta quitar el aliento y llenito de gente maravillosa dispuesta ayudar a cualquier mzungu como yo. No digo que no haya peligros en Kenia, que los hay. Digo que mi experiencia ha sido inmejorable.

Afotando unos nenes de Lamu. / Fátima Martínez

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Et voilà! La foto. / Lola Hierro.

 

La milicia yihadista Al Shabaab (rama de Al Qaeda en Somalia) mató el jueves a 147 estudiantes en la universidad de Garissa, una ciudad situada a 200 kilómetros de la frontera somalí. Seguí todo el día la noticia y aporté la información que pude desde Twitter. Fue una tortura de seguimiento. Pienso hoy en los amigos kenianos que hice por el camino. Sé que ellos están vivos pues ninguno estudia en ese campus, pero no sé si tienen o tenían amigos entre las víctimas. No puedo imaginar la tristeza por la que estarán pasando al sentir la crueldad con la que han sido atacados. Pienso en la alegre Kenia ultrajada por este horrible crimen y siento dolor y rabia.

Todos los medios internacionales se han hecho eco de la noticia y se han apresurado a contar los muertos, los heridos, los evacuados, los terroristas abatidos. Han explicado por qué Kenia es objetivo de Al Shabaab. Después de esto, nadie se molestará en contar que Kenia es mucho más que un país amenazado por el yihadismo. Como si fuera el único. Ahora mucha gente dirá, con falso conocimiento de causa, que «esos países» son muy peligrosos. Pobrecitos. La que tienen liada ahí. Es que lo de esa gente no es normal. El ministerio de Asuntos Exteriores español redoblará las advertencias que ya tenía publicadas en su página web acerca de lo arriesgado, estúpido y peligroso que es viajar allí. Como si fuera el único.

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Con miembros de Médicos sin Fronteras de Kibera, que hacen una labor excepcional.

Yo insisto en que no me vale nada de eso. Me siento tan temerosa de un ataque terrorista en Nairobi como en Madrid, Nueva York o París. También podría caerme un tiesto en la cabeza durante un paseo por mi barrio. Y me moriría igual. No me da la gana quedarme con la idea de que Kenia es un país peligroso y que es mejor no ir. En realidad, estoy deseando volver para quitarme esta depresión post viaje. Quiero volver para visitar a los pescadores de Lamu, a los niños del orfanato de Anidan, para remojarme en el Índico. Quiero visitar otra vez a los chicos del barco Musafir en Kilifi, a saludar al personal del hostal Distant Relatives y zamparme un plato de pasta al pesto de esa que hacen tan deliciosa. Quiero llamar a mi amigo Last para que me lleve a ver jirafas y elefantes otra vez. A ver si de esta me encuentro un león (gran asignatura pendiente, caramba). Quiero ir al hostal de Nairobi a ver a George y a Antonio y charlar con ellos, y dar una vuelta por Nairobi, que la última vez no me dio tiempo. Sé que todo eso me va a quitar mejor la depresión post viaje que el quedarme en la segura, tranquila y occidentalísima Madrid. Que me encanta mi ciudad, ojo, pero siento que  ahora no la necesito.

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El Índico, mi lugar de trabajo por unos días. / Lola Hierro

 

No sé qué tiene África, pero engancha. Cuando lo escuchaba de labios de otras personas que ya habían viajado por el continente me parecía que pecaban un poco de postureo. Ahora me trago mis palabras y mis pensamientos. Les doy la razón. Quiero volver, quiero agarrarme el primer avión e irme de vuelta. Lo único suaviza mi depresión post viaje es que tengo la certeza y la tranquilidad de que en menos de un mes, lo estaré haciendo. Y he aquí la novedad: tengo una cita con Tanzania a finales de abril. Que la relación sea duradera o efímera depende un poco de mis circunstancias laborales, pero l o que sospecho es que, aunque sea un encuentro a ciegas, va a ser intenso. ¡Qué narices! No lo sospecho. Lo sé…

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