Crónicas kenianas (IV): Arena en el pelo, sal en la piel

Yo quería bañarme en el océano Índico. Por nada en especial. Por todo. Por capricho. Porque las olas suelen llevarse las penas, los duelos y los quebrantos. Te envuelven y te limpian, y después te sientes como si entraras en una habitación recién ventilada. El Índico es de aguas cálidas, no da frío. Entras sin que dé impresión, haces el muerto, te estiras todo lo que das de ti, desde la cabeza hasta los pies. Flotas con los ojos abiertos primero. Solo ves el cielo, azul, muy azul. Pero la luz es tanta a las doce del mediodía que te hace daño en los ojos. Mejor cerrados. Escuchas: nada. El vaivén de los dhow que flotan ancladaa al fondo a pocos metros de ti no hacen ruido, son muy discretos. Sientes. Apenas hay movimiento, el mar está tranquilo hoy. Tan solo unas mínimas olitas son lo suficientemente altas como para alcanzar y sobrepasar, con gran esfuerzo, tu tripa, tus muslos y tu pecho. Así puedes quedarte media hora o más, o menos. ¿Quién sabe? Ni sabes la hora ni tienes un reloj para averiguarla.

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