Café arábiga, cascadas imposibles y una maratón

Hay viajes buenos y hay viajes malos. Los hay en los que todo va como la seda y los hay en los que todo se atasca y nada sale a derechas. Nadie se libra de estos últimos, antes o después te tocan. Pero también con esos viajes se puede reconciliar uno. Se hace las paces con la suprema deidad viajera cuando, por ejemplo, te montas en un autobús y éste te lleva a recorrer algunos de los parajes más bonitos que has visto en tu vida. Cuando te das cuenta de lo afortunada que eres porque estás allí sentada, en silencio, mirando por la ventanilla un atardecer dorado, naranja y luego rosa, violeta y azul marino sobre campos verde esmeralda, tan brillantes que parecen barnizados. A miles de kilómetros de tus rutinas, sin prisas, sin que nadie te moleste, te llame o te espere. Tú y tu mundo, el interior y el exterior. Así recorrí Uganda durante más diez horas sin despeinarme.

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Un atardecer en Uganda. /© Lola Hierro

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Atravesando Uganda de sur a norte. /© Lola Hierro

El autobús salió de esa caótica Kampala a la que de momento no voy a echar de menos. Lo paramos o, mejor dicho, nos lo paró un amable señor, prácticamente plantándose frente a él e impidiéndole el paso. Porque el vehículo ya había salido de la estación y todo, estábamos en plena calle. Una bonita costumbre en África es que se obedece más al sentido común que a las normas políticamente correctas. Y si el autobús ya está en marcha, no pasa nada. Si hay un pasajero más, estas se abrirán. Igual que en Madrid, vamos, que más de una vez me han cerrado la puerta en las narices y el conductor no ha querido abrirme pese a que estaba detenido por un semáforo en rojo. Vuelvo a Uganda.

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Excursión por la verde Sipi. /© Lola Hierro

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Alrededores de Sipi, bonitos. /© Lola Hierro

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El fruto del café. /© Lola Hierro

Autobús lleno de pasajeros y de vendedores ambulantes de galletas, pinchos de pollo frito y refrescos. Interminables horas de viaje desde que el sol estaba bien alto en el cielo hasta la noche cerrada. Y así, a oscuras, el desvencijado vehículo llega a Mbale, una ciudad algo desgastada, capital del distrito del mismo nombre, donde el trasiego en su avenida principal a las siete de la tarde recuerda a cualquier otra ciudad africana. Es el lugar más adecuado para alojarse si uno quiere pasar varios días descubriendo los atractivos turísticos de la región, justo en la frontera entre Kenia y Uganda: el Parque Nacional del monte Elgon, el cuarto más alto de África y repleto de flora y fauna exótica, o las cataratas de Sipi, mi destino, que es mucho más modesto pero pinta atractivo a más no poder por su ambiente rural y tranquilo, sus precios bajos y una promesa de caminatas interminables entre cascadas fantabulosas y paisajes dignos del jardín del Eden.

Pero primero hay que sobrevivir a Mbale, una ciudad que con sus 70.000 habitantes seguro que tiene una oferta hotelera decente, pero así, de noche y sin nada planeado, no es fácil de encontrar. Visitamos un par de opciones en la avenida principal, donde todos los edificios cuentan con bonitos artesonados. Aquí todo es caro y cutre, y al final nos decantamos por uno que, pese al precio elevado, promete agua caliente. Agua caliente que no existe. Pero a estas alturas, da igual. Tras un día entero de autobús, la cama se agradece de cualquier manera y en cualquier parte.

Las vistas desde mi váter. #sipifalls #uganda #africa #waterfall #cagandoagusto

Un vídeo publicado por Jose Ant. Cervan (@ja_cervaz) el

De Mbale me quedo con el recuerdo de la cafetería Endiro, un sitio muy pijo, así como para mochileros chic, donde tienen buen wifi, café artesano y unos sándwiches deliciosos. Me gusta que es un proyecto local hecho con buen gusto y que te soluciona la vida con el Internet, el avituallamiento y el descanso. Un buen refugio.

Al día siguiente me doy cuenta de que la única manera de llegar a Sipi sin tirarse un año dando vueltas es contratando a un chófer particular, y entonces contactamos con uno que recomiendan en Internet unos mochileros porque es majísimo y dispuesto. Y sí que lo es, durante todo el viaje. Pero nos tima un poco con el precio, aunque eso lo sabríamos después.

Y con él llegamos a Sipi, un pueblito muy chiquito que guarda cierta fama por sus cultivos de café arábiga de alta calidad y sus cataratas infinitas: de 100 metros la mayor. Es un rincón para los amantes de la naturaleza, de las excursiones y el aire puro. No se ven gorilas ni hay safaris acá, no. Esto es para presupuestos más humildes. Aquí hay humedad, montañas cubiertas un follaje muy denso y muy verde, rutas senderistas, hay ríos, hay cultivos de café y plataneras a montones.

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Entre plataneras y cafetales. /© Lola Hierro

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Traviesas que acompañan parte del camino. /© Lola Hierro

Sipi es turístico y sus escasos habitantes ya están más que acostumbrados a ver turistas de todos los colores por allí armados con sus bastones de caminar, sus mochilas del Decathlon y sus botas de montaña. Tremenda gracia debemos hacerles, así tan equipados, a todos los niños que suben y bajan por las afiladas montañas descalzos y sin agarrarse a nada. Gracias a esta demanda se han abierto varios negocios hoteleros en la zona de calidades desiguales. Porque en Sipi hay alojamientos para todos los bolsillos, desde cabañas de lujo impolutas hasta chabolillas de chapa y maderos desvencijados donde uno siente que ha hecho lo más parecido a pagar por vivir como un indigente.

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Una calle de Sipi. /© Lola Hierro

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Así son los granos pelados. /© Lola Hierro

Da igual donde se aloje un forastero; siempre encontrará a su disposición un buen número de guías locales dispuestos a enseñarles lo mejor de la comarca. Uno de ellos es Robert, que es muy flaco, lleva pantalones y zapatos de oficinista, camisa y anorak, porque aunque estamos en agosto, en esta zona del mundo las lluvias están a punto de llegar y las temperaturas oscilan tanto que uno pasa en el mismo día de pasar calor en camiseta a necesitar abrigarse para no pillar un resfriado.

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El hermano de Robert prepara el fuego. /© Lola Hierro

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Vecinos. /© Lola Hierro

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Tostamos el café. /© Lola Hierro

Uno de las excursiones estrella de Robert es la del café, que dura una mañana y cuesta poco más de seis euros. Generalmente se adapta al horario que le piden los clientes. Pero el día de autos, cuando yo me pongo en sus manos, es diferente. Para quienes solo alcanzan canales en diferido, hoy finalizan los Juegos Olímpicos de Río con la tradicional maratón y en ella participa uno de los muchachos del pueblo, ¡un vecino de Robert! Quiere ver la carrera, o al menos el principio y el final de ella. Ir a ver la tele en un pueblo africano también es toda una experiencia. En lugares tan humildes no hay un televisor por vivienda, ni de lejos. Lo que hay son locales a los que se puede ir a ver películas o eventos deportivos a cambio de unos chelines. Como el cine.

En Sipi, la televisión está encerrada en un cuarto oscuro que huele a humanidad. Edificio de una sola planta y un solo cuarto: cuatro paredes y diáfano, techo de uralita, suelo de tierra. Una puerta y dos ventanas siempre cerradas para que la luz del sol no moleste a los espectadores. Huele a humanidad. La televisión, inmensa, de pantalla plana, al fondo de la sala, en el centro. De ahí hacia atrás, bancos de madera en los que sobresalen clavos mal puestos en listones desiguales. La maratón y la presencia del vecino es todo un acontecimiento. La sala está llena a rabiar, casi completa, y en esa penumbra distinguen únicamente hombres, todos muy atentos a la pantalla. No todos los días un hombre de la remota Sipi corre en los Juegos Olímpicos. Una maratón dura horas, así que hay tiempo para emprender la prometida ruta del café y volver para ver a los ganadores cruzar la meta.

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Departiendo con los parroquianos de Sipi. © J. C.

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La casa familiar. /© Lola Hierro

Ya en la calle, Robert se pone en marcha por un estrecho y sinuoso sendero entre plataneras y otros cultivos, la mayoría de grandes hojas que a veces dificultan el paso. Y entre cafetales, claro, en los que Robert busca el fruto del café, que todavía es blanco y blandito. Camina y camina y saluda a los vecinos que se cruza por la vereda, a las señoras y los niños que observan curiosos desde el patio de sus casas o sus huertos. Esquiva gallinas, perros… Sigue avanzando. Y, al cabo de un buen rato, se pone a llover tan copiosamente que no se puede proseguir. Pero no es problema porque hemos llegado a su casa, donde su esposa y un buen puñado de niños —algunos propios, otros ajenos—, dan la bienvenida a la expedición.

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Una muy ridícula guiri intentando moler café. /© Lola Hierro

Es allí, frente a la casa del hermano de Robert, donde se lleva a cabo la demostración. Primero a cubierto bajo el marco de la puerta de entrada, pues chispea. Su casa, por cierto, no tiene tabiques y apenas entra luz. Parece más bien un cuarto de aperos donde se encuentra una suerte de cocina y se almacenan los alimentos. Es una de las estancias en las que vive con su esposa y tres niños, uno de ellos un bebé que aún va sobre la espalda de su madre. A unos 10 metros de esa casa principal hay otra, que es donde se encuentran los dormitorios, nos cuenta. Y en el centro de las dos, otra construcción aún en obras y sin cubierta que será la tercera pata de su vivienda, donde colocará más habitaciones.

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Vecinos curiosos. /© Lola Hierro

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Café molido por nosotros. /© Lola Hierro

Es ahí, en su terreno, que no tiene vallas ni nada que lo separe del resto del campo, donde él y los niños del barrio enseñan cómo se hace el café. Cómo se machaca en un mortero gigante, cómo se tuesta, para lo cual hay que hacer una fogata bien hecha, cómo una vez al fuego se va tostando ligeramente. Una vez negras las semillas, ya como las conocemos por los anuncios de la tele y las etiquetas de los paquetes que nos venden en los comercios, se vuelve a moler, esta vez para dejarlo como el polvillo que todos usamos. Este procedimiento es largo y costoso. Moler el café a golpe de morterazo es cansado, pero ellos lo hacen a diario, preparan paquetitos y lo venden a los turistas por 10.000 chelines, casi tres euros, un precio mucho más alto del de los paquetes del supermercado. Pero este es cien por cien natural y artesanal y lo preparas mientras te enteras de a qué juegan los niños del campo en Uganda, por ejemplo.

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Separando los granos de la cáscara. /© Lola Hierro

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Los sobrinos de Robert saltando en la goma. /© Lola Hierro

Los niños juegan a saltar a la comba, pero también a la goma, que yo también usaba mucho de pequeña. Les gusta perseguirse y colgarse de los andamios de la casa en obras. Algunos críos van a por agua a la fuente que está un poco más abajo, y cuando pasan por la casa de Robert miran con curiosidad a los visitantes. Otro amiguito de no más de ocho años llora, de repente. Y no se quiere mover: su muñeca izquierda está muy hinchada y caliente, parece que se la ha torcido o roto. Se queja mucho cuando le tocan. Pero es domingo y el centro de salud está cerrado. El hospital más cercano está muy lejos. Decide que no le pasará nada al crío por esperar un día para que le vea un médico y yo no comparto su decisión pero no me pide consejo ni opinión. No es mi hijo, solo puedo ofrecerle unos ibuprofenos que tengo en el hotel. Me marcho de allí al caer la tarde un poco contrariada; aún recuerdo a ese chiquillo y me pregunto si le curarían bien la muñeca.

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Atardecer en Sipi, Uganda. /© Lola Hierro

 

Otros capítulos de este viaje:

*Sigue este enlace para ver todas mis fotos de Sipi

3 Replies to “Café arábiga, cascadas imposibles y una maratón”

  1. Pingback: De Uganda salí... corriendo | Reportera nómada

  2. Ama d casa

    Hola en primer lugar felicitarte el año aunque estemos ya a mediados de enero…..Y decirte q como siempre me parecen unas fotos espectaculares……Espero ya el próximo un besazo

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