DE UGANDA SALÍ… CORRIENDO

Esta es una historia del pasado que se entrelaza con el presente. Es un suceso, una jornada y lo que ocurrió en ella, que ha tenido consecuencias a posteriori. Aunque yo, en aquel entonces, aún no lo sabía. Este es el último capítulo de las andanzas por Kenia y Uganda el pasado verano. Y este episodio final, este colofón a un viaje de 30 días por África que escribo seis meses después de aquello, me moldeó hasta el punto de reordenar mis prioridades un poquito y cambiarme la vida otro poquito más. Esta es la historia de cómo un viaje me hizo pasar de ser una vaga redomada y no preocuparme mucho por mi salud a situarme en el proceso de convertirme en toda una deportista. ¡A mi edad!

Situémonos. Durante el mes de agosto de 2016 viajé por Kenia y Uganda y me lo pasé en general muy bien, y en algunos momentos un poco mal. ¿La razón? Vayamos un poco más atrás: Desde marzo de 2016 arrastraba las consecuencias de un virus puñetero que, si bien no era grave y se curó solito, me dejó unas secuelas muy molestas: cansancio, fatiga crónica, el estómago sensible y las consiguientes ganas de hacer nada con mi vida y de ahogarme en un vaso de agua ante cualquier esfuerzo físico por pequeño que fuera.

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Montaña terrible de Sipi por la que descendí./ © Lola Hierro

A esto sumemos el estado físico generalizado: gastritis crónica agravada por episodios de estrés. y pasotismo absoluto por cualquier actividad deportiva. Vamos, que yo no me había puesto a correr desde que aprobé el test de Cooper con 17 años, en COU, y pasaba olímpicamente de volver a sufrir tanto: odiaba correr, odiaba cansarme y sudar, el flato y el ahogo. Era trotar un minuto y ya estaba echando el bofe y sin pulmones. De los 18 a los 33 años sólo corrí en las protestas de Rodea el Congreso y similares (como periodista casi siempre, al filo de la noticia) y salté mucho e hice el animal en los conciertos de heavy metal a los que me gustaba ir cuando era más jovencilla. Durante el último año, eso sí, iba a un gimnasio un par de días en semana para bailar zumba, que he descubierto que me gusta mucho. Pero eso, seamos sinceros, no es deporte. Aunque a mí por entonces me valía. Yo nunca sería una runner o ráner de esas, ni una #fitnessgirl de esas del Instagram.

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Cascadas de Sipi./ © Lola Hierro

Y vuelvo a Uganda. Ya he viajado durante un mes, mochila en ristre, y no me encuentro mal aunque la excursión en bici por Naivasha me puso al borde del llanto porque no podía con mi vida. Dos semanas después estoy en Sipi, un pueblito de Uganda donde hay una gran actividad turística en torno a su increíble naturaleza y sus preciosas e infinitas cascadas. Un lugar ideal para amantes de la montaña, la escalada, las rutas senderistas y los deportes en plena naturaleza. Hasta allí he llegado con J. que, entre otras muchas virtudes, es un deportista de tomo y lomo: juega al rugby desde niño y mil cosas más. Un berraco que es, vamos, igualito que yo.

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Alegres senderistas y cascadas de fondo, en Sipi./ © Lola Hierro

Un buen día decidimos hacer la famosa ruta senderista que todo viajero solicita en Sipi. Por apenas seis euros, nuestro guía Robert nos lleva a dar un largo paseo para ver de cerca las famosas cascadas. Lo que debía ser una experiencia preciosa se convierte en pesadilla para mí. Hay que bajar al pie de la catarata y la forma de hacerlo es a través de una escalera hecha de endebles maderos sujetos de cualquier manera por una pared prácticamente vertical. Y luego, ésta se convierte en una escala de sogas. A mí se me hacen mil metros, lo menos, no sé cuánto bajo por ahí, pensando que un mal paso me puede hacer estamparme de cabeza en el fondo del barranco. Es una actividad no apta para personas torpes, en baja forma o con vértigo. Y yo reúno las tres características.

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Robert, el sufrido guía./ © Lola Hierro

Después de la escala hay que seguir bajando por una pendiente muy empinada y resbaladiza, agarrándonos a árboles, plantas y piedras. Hay que tener buenos cuadriceps para aguantar el peso del cuerpo y no escurrirse hacia abajo. Yo no puedo, a mí me tiemblan, y me tiene que ayudar un niño de unos 14 años que, para más auto humillación, baja descalzo. Me coge la mano muy fuerte y camina por delante de mí, amortiguando mi peso, ayudándome a poner los pies en el lugar correcto y no irme para abajo. Entre la adrenalina que producen el vértigo y el miedo, el ahogamiento del cansancio y el dolor de músculos, yo solo quiero irme a mi casa a llorar.

Una vez abajo, la cascada nos asusta, nos asombra, con esa fuerza con la que cae toda el agua. Y es precioso, pero a mí no me merece la pena tanto esfuerzo para eso. Esfuerzo que no acaba porque hay que volver a subir. Me pregunto la de cosas que me estaré perdiendo por ser una piltrafa humana. El ascenso es por un sendero en el lado opuesto de la cara de la montaña por la que bajamos. Es un poco menos empinada, pero sigue siéndolo mucho y es muy costoso ascender. Durante la marcha nos cruzamos con una mujer que está bajando con un tronco de un árbol sobre su cabeza, colocado de manera longitudinal. No se agarra a nada para caminar por la pendiente. Pero yo llego a la carretera casi sin resuello. Eso sí, con cada paso voy pensando: “esto no me va a volver a ocurrir, tengo que hacer algo con mi cuerpo…”.

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Los alegres senderistas alemanes./ © Lola Hierro

Esta es la peor parte de la excursión, las horas por delante no son tan malas pero sí muy costosas. Caminamos muchísimo entre parajes preciosos, pero me canso tanto que no puedo disfrutarlos. Me ayudo de dos palos, pero me siento una anciana de 120 años, todo me fatiga, todo me disgusta. Estoy de mal humor y me veo como una niñata. Compartimos guía con tres alemanes totalmente equipados, parecen más jóvenes que yo y son muy dispuestos: saltan, corren, trepan y caminan hasta el infinito sin despeinarse. Y se ríen y están de buen rollo, disfrutando de la vida. El pobre J. va animándome todo el tiempo, aguantando mi despotricamiento infinito.

En estas vemos la segunda y la tercera catarata, seguimos atravesando campos y campos, y se pone a llover tanto que tenemos que refugiarnos en una gruta en la que aprovechamos para descansar un poco. Cae agua hasta el punto de inundar todo, y se forma un charco muy hondo en la entrada de la cueva, no podemos salir sin empaparnos los pies. A todo esto, un labriego con los dientes marrones y un poco loco se queda con nosotros, y nos habla y no entendemos nada de lo que cuenta porque habla alguna lengua local desconocida para mí.

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Campesino de dientes marrones, guareciéndose del agua./ © Lola Hierro

Las rutas senderistas por Sipi son una maravilla pero si no estás en forma no disfrutas nada. Yo no lo hago, cada vez estoy más cansada y me siento más idiota. Llega el momento de cruzar un río saltando entre varias piedras y me entra el pánico, me paraliza el miedo, no sé por qué. Ahora, cuando lo recuerdo, pienso que no era para tanto. Es poco profundo pero el agua baja con mucha fuerza y estoy segura de que me voy a resbalar al pegar el primer salto y me voy a partir la crisma contra una roca. Si hubiera ocurrido eso, probablemente solo me habría dado un culazo contra el fondo y me hubiera mojado bastante, pero nadie hubiese muerto ni resultado herido. Yo estoy tiesa del susto, no camino ni para adelante ni para detrás. Y en estas llega una anciana decrépita, de esas que caminan con el peso de toda una vida de trabajo a la espalda y están tan frescas. La mujer, queriendo ayudar, me ofrece subirme a caballito sobre ella y  cruzar así el río. LO JURO. ¿Cómo es posible? ¿Cómo he llegado a un estado tan lamentable? No doy crédito. Ahí mi amor propio toca fondo, no puedo parar de llorar. Le digo a todo el mundo que se vaya (los alemanes deben estar flipando y yo me muero de la humillación). También me digo a mí misma que no puedo seguir así, que en cuanto vuelva a casa voy a tomar medidas para volver a ser ágil y fuerte.

Nadie se va, claro, no me iban a dejar ahí como una idiota. Pero no se me ocurre subirme a las espaldas de esa señora, quien, por otra parte, me hubiera cargado sin demasiados problemas. Me trago el miedo con ayuda de J., que me da la mano, me habla con mucha paciencia y consigue que me tranquilice. Y cruzo sin matarme, pero estoy exhausta. No hemos acabado la ruta pero yo decido que termino ahí, que me voy. Los alemanes y Robert siguen por un lado, yo me voy a un pueblo con J. y al cabo de un rato nos recoge un motorista y nos lleva al hotel. Lo sé, no puedo dar más pena, no puedo ser más patética. Iba a ser un día fantástico de nuestras vacaciones y lo he echado a perder. Pero el miedo es libre, qué voy a decir. Y yo no me fío de que mi cuerpo responda.

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Sipi es verde, tiene casitas y animales de cartón piedra de repente. Iba tan agotada que ni me fijé./ © Lola Hierro

Regresamos en silencio. ¿Ya he dicho que me sentía fatal conmigo y con el pobre J.? No hablo mucho al principio del suceso, pero me quedo rumiándolo. No puedo seguir así. Algo tiene que cambiar. Si con 33 años recién cumplidos una viejecita me quería llevar en brazos, ¿cómo estaré a los 50? Solo tenemos un cuerpo y nos tiene que durar, y me doy cuenta de que no puedo pasar como lo hacía con 20 años, me doy cuenta de que tengo que cuidarme, de que tengo que ser más responsable con mi salud. El viaje siguió con normalidad y lo pasamos muy bien el resto de días, pero sin excesos deportivos. No hay mucho que contar de nuestra salida de Sipi: al día siguiente de esta excursión volvimos a Nairobi, capital de Kenia, para coger un vuelo de vuelta a España previa escala en Casablanca.

¡A correr!

El caso es que esta experiencia no cayó en saco roto. Con el inicio del curso escolar y de mi vuelta al trabajo decidí tomarme mi salud en serio. Volví a mi gimnasio y le dije a mi profe de zumba, Gema, que es una tiarrona súper deportista, que quería volver a ser fuerte. Y ella me preparó un entrenamiento con pesas, máquinas y todas esos instrumentos de tortura que hay en los gimnasios.

Por otra parte, comencé a correr. Decidí intentarlo porque pensé mucho en toda esa gente que nunca había hecho deporte y ahora sí hace y está súper en forma. Leí en un sitio que al deporte no le importa tu edad, ni tu físico ni tu pasado. Esa tontería de frase me motivó muchísimo. Si hay tías que empezaron a correr a los 40 y completan maratones, yo también iba a poder. Creo que las diferencias que hubo entre las otras veces que lo intenté a esta fueron dos: una, la terrible humillación vergüenza cansancio frustración y tristeza que sentí aquel día en Sipi. Juro que cada vez que siento que no puedo levantar más peso o que no puedo hacer una sentadilla más o correr un metro más, recuerdo mi dolor de muslos al subir las montañas por Sipi y a la viejecita amable del río, y encuentro las fuerzas para seguir: otro metro, otra flexión, otro lo que sea…

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Paisajes preciosos de los que una no disfruta porque está cansada./ © Lola Hierro

La segunda diferencia es que tengo a mi alrededor unas personas alucinantes que me motivan a seguir. Por una parte, los monitores de mi gimnasio, que están siempre dispuestos a enseñarme a hacer bien tal o cual ejercicio y observan mis progresos. Por otra, a J., que es el entrenador más exigente del universo. Me prepara ejercicios y me anima a muerte, pero no me da un respiro.

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Esta soy yo, en plena pesadilla excursionil, pero como estoy de espaldas no se ve mi expresión atribulada./ © Lola Hierro

Por supuesto, no pasé de cero a cien. De hecho, no estoy en cien. Con las carreras comencé de una manera muy cutre: salía a la calle, caminaba cuatro minutos y corría uno. Así varias veces. Luego subí a tres minutos de caminar y dos de correr, luego tres de correr y dos de caminar. Así… Un día decidí subirme a una cinta, a ver qué pasaba. Corrí cinco minutitos. Bueno, un progreso. Decidí hacer un minuto más, uno solo, al día siguiente. Lo hice también. ¿Y si me ponía como meta llegar a 30 antes de que acabara el año? Un poco temerario: ¿correr yo media horaza cuando lo máximo que había hecho fueron los 12 minutos del abominable test de Cooper 15 años atrás? Buah, pues lo hice. Día a día, minuto a minuto. Llegué a media hora. ¡Yo!

Al mismo tiempo, seguí entrenando la fuerza. Muchas sentadillas, muchas zancadas que duelen horrores, muchas flexiones (aún con medio cuerpo, no tengo fuerza todavía para más), muchas dominadas con la máquina de ídem. Muchas pesas para tener los brazos bien fuertes: ya puedo con siete u ocho kilos en cada brazo, aunque me cuesta horrores. Y mil ejercicios más que resulta que no me disgustan tanto, resulta que me entretienen y me tienen picadísima conmigo misma.

Ya no bailo dos días a la semana: entreno cinco o seis (salvo cuando viajo) y corro al menos cuatro de ellos. Noto que soy más ágil porque me agacho a atarme los cordones sin esfuerzo, tengo las piernas duras, puedo cargar mucho mejor la compra…  En cuanto a mi antiguamente más odiada actividad deportiva, correr, he de decir con mucho orgullo que voy por los 43 minutos y casi seis kilómetros. Sé que no es mucho pero yo estoy pensando apuntarme a una carrera de 10k por ver qué tal, por ver si llego. Y, a final de 2017, la caótica San Silvestre. Si soy la última dará igual, quiero probarlo y creo que llegaré. Lo creo porque una vez superado lo del dolor de las espinillas y controlado lo de llevar la respiración para no tener flato, me veo capaz de correr como Forrest Gump. Es cuestión de tiempo, de ir ganando fondo. Cuando no te ahogas, todo es posible, caramba.

Hola desde mi podio del triunfo. Yo no corría desde los 16 años, cuando acabé el colegio. En esos tiempos llegué a hacer los 12 minutos del odioso test de Cooper y con la lengua fuera, queriendo morir. Una vez me libré de las clases de gimnasia, me volví la mujer más vaga y anti deporte del mundo. Veía a las raners o runners y me decía: “cómo lo hacen, qué aburrimiento y qué cansancio…”. Hasta este año: me propuse ponerme en forma, pero un virus me tuvo seis meses fuera de combate, hasta septiembre. Ha sido un dolor empezar desde tan abajo, con 33 castañas, sin fondo ni energía y una forma física peor que la de una abuela. Pero no sé de dónde he sacado las ganas y las fuerzas y aquí estoy a 30 de diciembre, con el año casi terminado, cumpliendo el propósito que me hice: correr 30 minutos sin parar. Hoy lo he hecho!! 30 minutos y 4,3 kilómetros!! Yo!!! Aún no es mucho, pero es un principio y, sobre todo, un logro que me demuestra que si quiero, lo hago, y que nuestro cuerpo puede darnos muchísimo más de lo que nosotros nos creemos. Estoy muy contenta y pensando ya en el objetivo que voy a marcarme en 2017. De momento igual ya me he ganado las zapas y las mallas de chica raner, jaja! Voy a correr el mundo! 🌍🏃🏼‍♀️

Una foto publicada por Lola Hierro (@lolahierro) el

Y ya está. Esta es mi pequeña historia de superación personal que salió de una anécdota tonta, de un día malo en Uganda que me llevó a verme desde fuera. Por primera vez en mi vida me siento mejor de salud que cuando era más joven. Me gusta sentirme bien. Me gusta ver cómo puedo superar mis miedos y mis limitaciones y cómo puedo dar de mí muchísimo más de lo que yo creía. Así que pienso seguir corriendo y levantando pesas, aunque sean pequeñitas, e intentando hacer una dominada sin ayuda y atreviéndome con nuevos retos. Quizá esto sea algo temporal, tampoco pongo la mano en el fuego, pero de momento estoy muy contenta con mis progresos.

Y tengo mallas de colores de ráner y todo, quién me lo iba a decir a mí…

Otros capítulos de este viaje:

*Sigue este enlace para ver todas mis fotos de Sipi

4 Replies to “DE UGANDA SALÍ… CORRIENDO”

  1. María Grau

    Lola,
    Los grandes cambios provienen de la necesidad de hacerlos. Un aviso, algo que te ha pasado, incluso una experiencia no muy buena pero es en definitiva una gran oportunidad para ti. Enhorabuena.
    Yo también tengo que seguir tus pasos. A ver si me inspiro con tu historia y sigo tu ejemplo.
    Un abrazo

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    • Lola Hierro Post author

      Claro que sí, María. Nunca es tarde para cambiar las cosas que no te gustan. creo uqe tendemos a resignarnos o a pensar que algo no es para nosotros y punto. ¿Y por qué no? Si yo hubiera creído más en mí misma antes, si hubiera pensado qeu mi cuerpo vale más de l oque yo creía que valía, otro gallo me hubiera cantado. <de lo único que me arrepiento es de no haberlo visto claro antes. Pero bueno, tengo 33 años y aquí estoy. Nunca voy a ser más joven que ahora, y contigo pasa lo mismo, así que a darle caña!!!!

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  2. Carla

    Tu historia es inspiradora y me recuerda a mi propia experiencia.

    Elegí subir la montaña más fácil de todas las que había en la zona donde vivía en las Highlands escocesas, una con poca pendiente y, en la primera parte (la más difícil, todo sea dicho), cuando yo ya había perdido la respiración y había hecho una parada para descansar un poco, una pareja de abuelitos escoceses rojitos y redonditos me adelantó, lo que supuso una pérdida de orgullo inmediata. Aceleré todo lo que pude para alcanzarlos y cada minuto estaban más lejos. Cuando los perdí de vista, me prometí hacer algo con mi vida. Ahora paso 7 horas a la semana en el gimnasio, camino cerca de 10km a diario, he subido a montañas mucho más grandes que aquella y he recuperado mi orgullo.

    No hay nada como un abuelito en mejor forma que tú para proponerte ser el protagonista de una de estas grandes historias de superación 🙂

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    • Lola Hierro Post author

      Carla, jajaja! Veo que nuestras historias tienen en común a abuelitos cañeros! Mira, quién sabe, a lo mejor cuaond nosotras seamos abuelitas inspiramos a alguna jovenzuela apalancada! Yo, desde luego, no sé si llegaré a a correr una maratón algún día, espero que sí, pero l oque sí tengo claro es que el deporte ya no me da miedo. Una vez que descubrí que se puede correr sin estar ahogándote, ya me siento capaz de cualquier cosa. Démosle caña al cuerpo!!!

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