PERIPECIAS DE UNA GUÍA DE VIAJES, I: EL EXPERIMENTO TANZANO

Me he metido a guía de viajes. Bueno, la cosa no es tan sencilla, ni tan pro como suena. Ni pretendo quitar el trabajo a nadie. Pero, en resumidas cuentas, me he venido a Tanzania con un grupo de seis personas para pasearlos durante diez días por algunos de mis rincones favoritos en este país. Estoy muy acostumbrada a organizarme las idas y venidas, pero nunca había probado a montar un viaje para terceros y a responsabilizarme de ellos. Si ha salido así es porque los viajeros que han depositado en mí su confianza me conocen desde hace mucho tiempo. Sobre todo, mis padres. Por razones obvias, vaya. Y las otras dos parejas porque son amigas de la familia y lo mismo. De momento no la he liado ni ellos han hecho nada extraño. Toco madera…

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Que alguien me explique cómo puedo lidiar yo con el ligero equipaje que llevamos… / © Lola Hierro

Así que, aquí me hallo: Con seis personas que no hablan ni papa de inglés, unos más viajados, otros menos, pero ninguno con experiencia en África salvo mis padres, aunque muy ligera. Precisamente por esta razón, está siendo una experiencia muy enriquecedora, pues aprendo mucho a base de observarlos y atenderlos. Soy su traductora, guía y niñera, y me gusta mi papel. Ellos se están portando muy bien y a mí me fascina ver cómo viven y cómo se sorprenden ante tanta novedad. Como tantos otros españoles de clase media y mediana edad, no tienen conocimientos sobre la diversidad africana, y mucho menos sobre Tanzania. Yo no les voy a descubrir ningún secreto, pero el hecho de plantarlos en medio del valle del Kilimanjaro, de que vean cómo es de caótica una ciudad como Arusha de noche, lo preciosos que son los parques naturales, la particular forma de vida de las comunidades masái, que escuchen suajili y aprendan cuatro palabras, que vayan de compras a un supermercado igual de grande que cualquier gran superficie de Madrid… Todo eso les aporta a ellos y me aporta a mí.

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Bea, Paco, José Luis y Macu, cuatro viajeros rumbo a lo desconocido./ © Lola Hierro

Vamos a pasar diez días en total: cuatro en el norte de Tanzania para realizar safaris por algunos de los parques nacionales más espectaculares del país y luego, vuelo mediante, pasaremos otros seis días en la isla de Unguja, la mayor del archipiélago de Zanzíbar, en pleno océano Índico. Allí habrá tiempo para conocer los secretos de su misteriosa y laberíntica capital, Stonetown, y para hacer el gandul en las playas de arena blanca de la isla antes de volver a casa.

De momento, me estoy riendo lo mío con las ocurrencias de estos seis personajes que van en plan Indiana Jones. Tienen unas salidas geniales, la verdad, y no protestan nunca, aunque yo los regañe a veces y me ponga mandona. Por ejemplo, cuando no permito a una de las chicas (digo el pecado pero no el pecador) irse a por una revista justo en el momento en que ya estamos embarcando en Madrid. Y eso que había tenido dos horas para comprarla, pero no se acordó. Yo ya estoy viendo que voy a volver a Madrid afónica… Estoy echando de menos un silbato para llevarlos a todos firmes.

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Mis padres y yo a la izquierda, de camino al avión que nos llevará a Tanzania./ © B. Armesto

El trayecto a Doha ha sido nocturno y todos se han acomodado bastante bien al principio, pero en realidad no hemos dormido nada y apenas han comido. Yo sí, que ya estoy acostumbrada a alimentarme con lo que sea. Pero esta vez, Qatar Airways no ha triunfado ni con el menú ni con el espacio, que ha sido menor que en otros vuelos que yo he hecho. Y, encima, mi asiento no se reclinaba.

Pese al cansancio, nada les ha impedido a los caballeros jugar a meter goles en una portería en 3D cuando hemos hecho la escala en Doha, capital qatarí, ni a ellas irse a husmear en la primera tienda de oro con la que nos hemos topado. Claro que, de comprar, nada de nada… En Doha casi hemos perdido el vuelo a Kilimanjaro porque los paneles donde ponen las puertas de embarque no muestran todas las salidas, van turnándose, y ha coincidido que nunca veíamos el nuestro. La carrerita del final por todo el aeropuerto ha sido de órdago… Sobre todo para mi padre que, con sus 120 kilos y sus achaques, ha tenido que emplearse a fondo para llegar. Eso sí, lo hizo casi el primero, el pobre.

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Mi madre y Macu en Doha, cotilleando joyas de oro que nunca se comprarán./ © Lola Hierro

Tras otro vuelo pesado de chiquicientas horas, ya por fin hemos llegado al aeropuerto internacional de Kilimanjaro, que por mucho nombre que tenga, no pasa de ser casi un apeadero. Ahí nos ha recibido Seka, que es el dueño de Taste of Afrika, la empresa de safaris que he contratado esta vez y que elegí por las buenas críticas que tiene en Internet. Él es un chico de 31 años que estudió turismo en Alemania y vive a medio camino entre ese país y su Tanzania natal. Es emprendedor y ha montado una pequeña empresa de safaris en la que gestiona todo personalmente. La verdad es que no puede ser más amable, servicial y generoso con nosotros.

Según llegamos nos lleva al hotel en dos coches. Yo voy con él y con mi padre en uno, el resto de viajeros en el otro. No sé qué les habrá parecido toda la vida que discurre en los márgenes de las carreteras de Tanzania; a mí me encanta volver a ver a los masái caminando con esos bastones alargados que siempre llevan para pastorear, los puestos de frutas y verduras armados con cuatro palitroques, los niños con los uniformes escolares verdes, azules, negros y amarillos, como la bandera del país, el polvo y la tierra roja, la vegetación, los flamboyanes y las buganvillas… He vuelto.

Como no podía ser de otra manera, llegar y entrar en la ciudad de Arusha supone enfrentarse a la manera de conducir tanzana (es decir, p’alante como los de Alicante) y a un atasco de matatus y pikis pikis (mini buses y motos), amén de pirulas de toda índole. El ruido en la calle, la falta de iluminación, los puestos de comida hasta las tantas con su olorcillo a fritanga, el muecín llamando a la oración… Todo entra por los ojos y oídos de mis viajeros, que no saben cómo tomarse tanto caos imprevisto y desconocido.

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Estos no saben la que les espera…/ © B. Armesto

EL JALEO DE LAS TARJETAS SIM

Cuando por fin dejamos las maletas en las habitaciones, toca ir a buscar tarjetas Sim para los teléfonos, pues todos quieren ir comunicados. En tropel ocupamos los siete en una tienda minúscula de Vodacom que convertimos en el camarote de los hermanos Marx. Yo intento poner orden, pero ninguno se aclara con los pasos a dar, que son: entregar pasaporte y teléfono, esperar a que te pongan la Sim nueva, dejarse hacer una foto para la ficha de cliente, elegir un plan de datos y esperar a que el dependiente lo tramite y lo active todo. Traducir y explicar a todos ha sido muy caótico porque por aquí alguno no se entera muy bien sobre qué son los datos de internet, las llamadas,  la memoria del teléfono… Véase un ejemplo:

-Lola, entonces, ¿ahora dejo el modo avión?
-No hace falta; ahora puedes realizar llamadas locales y también usar internet todo lo que quieras porque tienes una tarjeta Sim tanzana.
-Entonces, ¿puedo mirar el correo electrónico?
-Sí, puedes.
-¿Y puedo llamar por teléfono a España?
-No, si haces eso te clavan, pero desde Whatsapp sí puedes hacer llamadas porque tiras de datos.
-¿Y me cobran si hago fotos?
-No, eso no tiene nada que ver…
-Y si se me gasta la memoria haciendo fotos, ¿puedo comprar más?
-…

Pues así todo.  

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Así me tienen todo el día…/ © B. Armesto

Después de casi una hora organizando la telefonía, pasamos a un supermercado inmenso con filas interminables de productos. Menuda sorpresa para mis viajeros, que no se esperan semejante despliegue en un lugar como Arusha. ¡Y hale, a llenar las cestas! Que si pan de molde, chocolate negro de marca suiza, mangos y anacardos (que les digo yo que aquí están buenísimos…) pan de pita y no sé qué más. Yo les compro unas samosas para que las prueben, que a mí me encantan.

A la hora de cenar, me salen con que tienen jamón ibérico, lomo, queso curado y regañás que se han traído de casa. Por si en Tanzania no les daban de comer, habrán pensado… Despliegan en el restaurante del hotel todo el picnic español, previo permiso de los camareros, y se piden cerveza para beber. Y oh, dios mío, aquí comienza la perdición de este grupo porque van y descubren la Serengeti, que además de buenísima viene en botella de medio litro. Desde ese momento, los llevo empinando el codo todo el día.

Les ha sentado bien porque se han ido a dormir más pronto que tarde. Mis pobres… Están muy cansaditos, si es que no tienen edad para estos trotes.

CAPÍTULOS DE LA SERIE ‘PERIPECIAS DE UNA GUÍA DE VIAJES’:
I. El experimento tanzano
II. Niñera de safari
III. Tanzania con nuevos ojos
IV. Tanzanitas y botellas de ron escondidas
V. Desde una playa zanzibarí
BONUS: Cuánto cuesta viajar a Tanzania sin estrecheces

8 Replies to “PERIPECIAS DE UNA GUÍA DE VIAJES, I: EL EXPERIMENTO TANZANO”

  1. Pingback: PERIPECIAS DE UNA GUÍA DE VIAJE, V: DESDE UNA PLAYA ZANZIBARÍ | Reportera nómada

  2. Pingback: PERIPECIAS DE UNA GUÍA DE VIAJE, IV: TANZANITAS Y BOTELLAS DE RON ESCONDIDAS | Reportera nómada

  3. Pingback: PERIPECIAS DE UNA GUÍA DE VIAJE, II: NIÑERA DE SAFARI | Reportera nómada

  4. Pingback: PERIPECIAS DE UNA GUÍA DE VIAJE, III: TANZANIA CON NUEVOS OJOS | Reportera nómada

  5. Una lectora mas

    Acaba pronto esta crónica y escribe otro libro
    Disfrutas escribiendo y haces disfrutar a los demás puede que hasta más que tú
    Tienes la combinación perfecta
    A ello.

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  6. Jose luis

    Muy bien Loli lo único que se te ha olvidado la compra de CAPITAAN MORGAN que luego te dará mucho rollo
    Me ha gustado sigue con el siguiente capítulo

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