7. PÁNICO EN EL HERMITAGE

Nota para el lector: Este es el séptimo episodio de una serie de apuntes que escribí en septiembre de 2018 durante un recorrido por Letonia y Rusia en compañía de mis padres. No se trata de un relato viajero corriente, sino de la transcripción de un diario personal de aquellos días que estuvieron marcados por la pérdida de nuestra mascota. Es, por tanto, una serie de textos muy subjetivos, alejados en muchas ocasiones de descripciones de los lugares que visitaba y más centrados en emociones, sentimientos, estados de ánimo y anécdotas sin importancia. Salvo los datos históricos y prácticos relacionados con algunas visitas turísticas, todo lo que se cuenta en los siguientes capítulos es puramente opinativo, y como tal deben tomarse.
Estos son todos los capítulos:
1. Un viaje que comienza regular
2. Una vuelta por Riga
3. Viajar con padres es surrealista
4. San Petersburgo, rebonica del tó
5. Al encuentro de la princesa Anastasia
6. En busca de la pierna incorrupta del abuelito
7. Pánico en el Hermitage
8. La ansiedad que se borra con un atardecer
9. Moscú a vista de tour guiado
10. Como Vilma y Pedro Picapiedra por Moscú
11. Madre e hija mano a mano por Moscú
12. Despedida de un viaje agridulce

Tren desde San Petersburgo a Moscú, 5 de septiembre de 2018

Mi último día en San Petersburgo fue gris —de hecho, por la tarde diluvió—. Fue también el más agitado del viaje para mi estado de ánimo y, paradójicamente, el menos productivo.

Mis nervios están al límite. Ayer no pude respirar bien hasta casi la noche. Me ahogaba. Y hoy también me ahogo. La visita al Museo Hermitage, uno de los que alberga más pinturas y antigüedades del mundo, ha sido muy estresante: estaba lleno de gente por todas partes y no sabía si pegar a todo el que pasaba por mi lado tirarme al suelo a llorar.

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Momentos como este me dan ansiedad máxima. / © Lola Hierro
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Escalinatas en el inicio del recorrido por el Hermitage. Aquí no había aún tanta gente. / © Lola Hierro
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¡Socorro!. / © Lola Hierro

Debería haberme hecho más ilusión. Y antes me la hacía, porque este museo que rivaliza con el Louvre de París o el Prado de Madrid tiene además el añadido de que el edificio en sí mismo es una auténtica maravilla. Cada estancia, cada galería, pasillo, escalera y techo decorado con frescos es un regalo para los sentidos. Varias pertenecen a la época de los zares y desprenden esa opulencia, ese lujo… De verdad que es una preciosidad, pero una preciosidad inabarcable y deslucida por la cantidad de gente que pulula por ahí dentro.

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Arte español en el Hermitage. / © Lola Hierro
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Una de las galerías más bonitas del interior del Palacio de Invierno. / © Lola Hierro
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Galería de esculturas. / © Lola Hierro

El edificio principal de los varios que componen este súper museo a orillas del río Neva es el Palacio de Invierno, que fue la residencia oficial de los antiguos zares. Este conecta con el resto de dependencias: el Pequeño Hermitage, el Nuevo Hermitage, el Gran Hermitage y el Teatro Hermitage, pero ni te das cuenta de que pasas de uno a otro. La colección está formada por más de tres millones de obras de arte entre pinturas, esculturas, objetos arqueológicos, monedas… Y en su mayoría forman parte de la colección privada de los emperadores rusos. Dicen que para visitar todas las salas hay que caminar en total 24 kilómetros: esto quiere decir que en un solo día es imposible verlo todo. Yo recomiendo ir a la web del museo para hacerse una composición de lugar antes de ir y elegir bien qué se quiere visitar, y también para comprar las entradas online y cerciorarse de horarios, días de acceso gratuito, etc. Si no, es una locura.

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Todas las salas están llenitas de arte. / © Lola Hierro
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Escultura bonita y techos aún más preciosos. / © Lola Hierro
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Las esculturas están por todas partes. / © Lola Hierro

Visité gran parte del edificio principal, el Palacio de Invierno, que es fastuoso. Las estancias son de cuento de princesas, y los cuadros son de pintores muy reconocidos, también españoles, como Murillo, Zurbarán, Ribera, El Greco, Goya y Velázquez. Al cabo de una hora me salí porque me sentía muy agobiada.

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Muchacho con un perro, de Murillo.
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La Inmaculada Concepción, también de Murillo. / © Lola Hierro

Quería visitar otro edificio del museo donde hay obras más modernas: Van Gogh, Gauguin, Picasso, Degas, Kandinski, Monet, Delacroix… Esto ya fue mucho mejor, pero sobre todo porque estaba prácticamente vacío y hacía fresco. Incluso pude visitar una sala dedicada al arte africano donde reconocí algunos objetos que no son nuevos para mí, como instrumentos musicales, herramientas y figurillas.

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Al teléfono aprovechando la tranquilidad. / © Lola Hierro
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Aquí, mucha menos gente, mucho más silencio. / © Lola Hierro
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Un Picasso. / © Lola Hierro
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Otro Picasso. / © Lola Hierro
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Pinturas de Mattisse. / © Lola Hierro

Para los interesados, este edificio se llama General Staff Building y se sitúa justo enfrente de las dependencias principales, en el otro extremo de la enorme Plaza del Palacio. Esta es fácilmente reconocible porque además de su tamaño llamativo tiene una torre kilométrica en el centro.

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La plaza central del Museo Hermitage. / © Lola Hierro
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Una señora que se estaba haciendo una foto un poco extraña. / © Lola Hierro

Tarde improductiva

Yo creo que mis padres me vieron regular porque salió de ellos lo de ir a comer a Pelmenya, un restaurante bien valorado que yo había propuesto. No me gustó, después de todo, y sospecho que a ellos tampoco, pero no se quejaron, dijeron que estaba muy rico todo. Malo no estaba, lo que pasa es que solo dan empanadillas: diversas formas y rellenos, pero todo lo mismo a fin de cuentas.

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Padre y servidora en Pelmenya, antes de comer. . / © Lola Serrano

Aquí, mi padre decidió volver a casa y nos quedamos madre e hija. Pero comenzó a llover, ¡qué molestia! Llegamos bien a la iglesia del Salvador sobre la Sangre Derramada, que nos habíamos quedado con ganas de ver por dentro. Y es preciosa porque el 100% de las paredes y techos están recubiertos de mosaico. Menos suerte tuvimos en la catedral de San Isaac porque tras toda la caminata, estaba ya cerrada. Me quedo con ver desde fuera lo grande que es. Porque como todo en Rusia, es gigante, a saber: considerada la más suntuosa de San Petersburgo, la más importante de los monumentos neoclásicos del siglo XIX, la que tiene una de las mayores cúpulas del mundo y la segunda iglesia ortodoxa más alta, con 101,5 metros. Solo la supera la catedral de Cristo Salvador de Moscú (dónde si no) con 103 metros.

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Así de decorado está el interior de San Salvador. / © Lola Hierro
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El iconostasio de San Salvador. / © Lola Hierro
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Dos turistas admirando el interior de San Salvador. / © Lola Hierro
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Cúpulas profusamente pintadas. / © Lola Hierro
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Turistas admirando un altar. / © Lola Hierro

Después del chasco, llamamos a un Uber para ir a alguno de los sitios alternativos de mi lista y oh, dios mío, qué atascazo pillamos. Tanto que, a cien metros de nuestro destino y tras 45 minutos montadas para un trayecto de 10, pagamos y continuamos a pie.

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La avenida Nevski, de noche. / © Lola Hierro
Entrada al centro de arte Pushkinskaya de Saint-Petersburg.com

Todo el camino era para visitar un lugar llamado Pushkinskaya Art Center, un centro de arte contemporáneo muy hipster, alternativo y underground. Pero ha sido una decepción. No lo vi claro. No sé si es que no estaba abierto o qué, pero allí no había un alma, no encontré ninguna galería en la que ver ningún arte… Parecía como que nos habíamos colado en un sitio donde no debíamos estar. Quizá me equivoqué de lugar, aunque la fachada era la misma que la que sale en internet. Bueno, estábamos cansadas y sin ganas de investigar, así que cambiamos a un plan diametralmente opuesto: nos metimos en un gran centro comercial donde compramos regalos para mis sobrinos en algunas de las pocas tiendas de las que no hay en España, porque la mayoría sí que estaban, es así el mundo globalizado. Ahora, a dos horas de Moscú, solo me queda decir que ojalá vengan días más tranquilos para mí. Toco madera.

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