El pueblo que vivía en medio de un lago, dentro de un volcán

Saludos desde la tranquila y preciosa isla de Samosir, en medio del Danau Toba o Lago Toba. Estoy en un pueblecito llamado Tuk Tuk, la primera ciudad de esta minúscula isla en la que te dejan todos los ferries.

Hasta aquí llegué hace tres días atraída por la excelente propaganda que tiene este lugar: poco turismo, impresionantes paisajes, comida y alojamientos buenos y baratos y, sobre todo, temperaturas suaves. Y sí, puedo confirmar al cien por cien todo. He pasado unos días de lo más apacibles.

Ídolo tribal extraño con los característicos tejados batak al fondo. Estoy en Tuk Tuk.

Una tienda de alimentación en Tuk Tuk. Es como volver al pasado.

Así de verde y azul es esta isla.

Esta niña se asomaba al balcón y se partía de risa.

Me ha costado lo mío, no obstante. Venía desde Malasia en avión y no me quedó más remedio que hacer noche en Medan, la ciudad más grande de la isla de Sumatra, porque cuando mi vuelo llegó ya no había forma de desplazarse hasta aquí. De Medan solamente diré que tiene un centro comercial de lo más peculiar y precario y que es una ciudad feísima, muy ruidosa, llena de tráfico y motos echando humo, sucia, pobre y desesperante. El hostal donde me alojé tenía más mierda que el palo de un gallinero, pero al menos eran amables. En realidad, ese es un rasgo característico de los indonesios: no paran de sonreirte y acercarse a ti con un “Hello Miss” o “Hello Mister”. La mayoría de las veces es para venderte algo, y siempre por un precio mucho más alto del real, pero aún así son simpáticos.

Centro comercial en Medan. Impersonal.

Patatas Lays con sabor a algas en un súper de Medan.

Aceites en bolsas de plástico en un súper de Medan. Puaj.

Típico ‘happy meal’ indonesio: nasi goreng, tortilla y pepinos.

No obstante, sí he sacado algo muy positivo de esta accidentada estancia, que es haber conocido a Steve, un señor de Oklahoma de más de sesenta años que es como un libro de aventuras andante. Licenciado en Historia primero, habiéndose dedicado parte de su vida a la industria informática después, un día decidió que quería viajar, vendió la casa y se puso a aprender a conducir camiones de gran tonelaje. Se compró uno y ha pasado los últimos 10 años recorriendo Estados Unidos de norte a sur y de este a oeste. Luego, un par de meses al año los invierte en viajar por el mundo, a veces solo y otras con su mujer, Ethel, que esta vez no estaba. Tiene un blog muy curioso llamado Rolling Okie que lleva escribiendo desde 2005 y, si algo destaca en él, son las anécdotas y reflexiones de un camionero típico americano.

Uno de los barquitos que hacen diariamente el trayecto Parapat-Tuk Tuk

Chavales que recogen turistas en su ferry para llevarlos a Samosir.

En fin, tras una terrible noche en Medan, donde no pegué ojo entre el olor a muerto del baño y los altavoces de la mezquita, que a las cinco de la mañana se pusieron a llamar a los fieles de toda la ciudad, me puse en marcha a Danau Toba. El viaje fue de lo más accidentado. Fui primero en un tuk tuk o carro tirado por una motocicleta. Casi muero. El motorista esquivaba a los demás vehículos de forma suicida, y yo, empotrada en ese minúsculo carrito junto con todo mi equipaje, pensaba que iba a acabar volcando. Pero sobreviví.

Tres en bici. No era la primera ni sería la última vez que lo vería.

En Indonesia, la gente usa medios de transporte muy pintorescos.

El tuk tuk me llevó a la estación de autobuses, donde tomé un opelet público hasta mi destino. Fueron cinco horas estrujada en un mini bus sin aire acondicionado y lleno de parroquianos que se iban subiendo y bajando a conveniencia durante todo el camino. Dentro del bus se come de lo que se compra a vendedores ambulantes que se suben a ratos, se fuma, se escucha música pop hortera que pone el conductor, se transportan animales… en fin, un cuadro. Cuando llegué a Parapat, el pueblo desde donde se toma el ferry hasta la isla, no podía más del agobio, el calor y el cansancio, y quizá todo eso contribuyó a que me quedara totalmente boquiabierta con lo que tenía delante.

Paisajazo; las montañas tocan las nubes. Estoy dentro del volcán.

Esto se ve desde cualquier punto de la isla.

Una de las zonas más elegantes de Tuk Tuk. La casa del fondo es de un particular.

El lago tiene 1.707 km2 y más de 400 metros de profundidad. Se formó en la caldera de lo que un día fue un volcán, con lo cual cuando te aventuras al interior te encuentras rodeado de altísimas y verdes montañas que me han recordado a las que aparecen en la serie Perdidos. En él se encuentra Samosir, una isla del tamaño de Singapur donde habitan los descendientes de la tribu batak. El lugar antes era un destino turístico de primer orden, pero hace tiempo el flujo de visitantes aminoró, no sé por qué. El resultado es que, al llegar, te encuentras un sitio perfectamente acondicionado para recibir viajeros pero que nunca está lleno y nunca te agobia. A esto hay que sumarle la innegable belleza que posee y que los habitantes de esta zona son aún más amables, si cabe, y en seguida te hacen sentir como un maharajá.

La gente de Samosir es muy agradable.

¿Y qué se hace aquí? Pues básicamente descansar, conocer la cultura batak o dedicarse a algún deporte suave como el senderismo o el ciclismo. Los aldeanos de Tuk Tuk, el pueblo donde se concentra la mayoría de hoteles, se pasan el día trabajando sus campos, dedicándose a sus comercios o, cuando tienen tiempo libre, bañándose en el lago. Les gusta mucho la fiesta y la música, así que todos los días hay algún sarao en varios de los restaurantes y bares de copas que hay por aquí. Los niños se pasan el día chapoteando en el agua o ayudando a los mayores a llevar los ferris de madera que trasladan a la gente a tierra firme.

Guitarrista motivado con el flamenco que me encontré en el ferry.

Chavales que ayudan a los marineros de los feries hacia Tuk Tuk.

Niño simpático que me hacía gestos cuando iba hacia mi hostal.

Juegos que en España ya hemos olvidado.

A este le bautice «El niño viejo».

Uno de los mayores atractivos de la isla es adentrarse en la cultura batak. De hecho, todos los hoteles y hostales, hasta el más austero, ofrece la posibilidad de alojarte en una casa típica, que son de madera, sobre pilones y con un tejado puntiagudo decorado con tallas de madera y pinturas tradicionales. Yo no he elegido una de estas por cuestiones económicas, pero sí estoy en una cabaña de madera, poco cuidada, más bien sucia y llena de bichos extraños. Pero el precio es de poco más de un euro la noche, lo cual la hace bastante atractiva, ¿verdad? No obstante, que nadie se asuste. La habitación más lujosa y exclusiva del hotel más caro de la isla está rondando las 300 mil rupias, es decir, unos 45 euros la noche. Por ese precio tienes unas vacaciones en un sitio de auténtico ensueño.

Paisano reparando un típico tejado batak.

Mi palacio.

Pero ¿quiénes son los batak?

Estoy venga a hablar de ellos y seguro que a nadie le suenan. Pues es un pueblo descendiente de las tribus del norte de Tailandia y Myanmar que fue expulsado por las tribus mongolas y siamesas que se asentaron en los alrededores del Lago Toba aprovechando que estaba protegido por las altas montañas circundantes. Han vivido aquí durante siglos y han sido siempre un pueblo muy guerrero, tanto que ni construyeron caminos nuevos entre sus poblados ni mantuvieron los naturales. Practicaban el canibalismo ritual con sus enemigos o con los que violaban su ley tradicional, manteniendo esta costumbre hasta 1816.

Aunque parezca mentira, este es el heladero.

6 de la mañana. Las mujeres se levantaron bien pronto para pescar.

También lavan la ropa desde primera hora de la mañana.

Pescador local.

A los Batak les encanta la música,  siempre se oye alguna guitarra en algún rincón de esta isla. Yo he tenido oportunidad de ver una actuación de cantos, música y danza batak. Lo primero a cargo de unos señores entrados en años y con un ciego considerable que armaron un buen jolgorio en el restaurante donde estábamos. Son también unos excelentes artesanos de la madera, y prueba de ello son las numerosas tiendas de regalos donde se pueden adquirir figuras, máscaras, bastones tribales (o algo así), colgantes, pulseras y hasta juegos de ajedrez hechos de pequeños idolillos.

Esculturas batak.

Ejemplo número dos de artesanía batak.

Estos días en Tuk Tuk han sido de auténtico relax, he dejado atrás el bullicio de las grandes ciudades, con su tráfico, sus miles de personas y su ruido. Me he dedicado a pasear por los caminos que bordean al lago, a comer como una reina, cosa que aún no había hecho en otros lugares…

Pescado fresco, fresco. Un manjar que me costo dos duros.

He conocido a una pareja española, María y David, que recorren Indonesia el tiempo que sus trabajos les permiten, y a Emppu, un finlandés de 20 años, que está pateando Asia como yo. Con él me ha pasado algo muy gracioso que contaré en la siguiente entrada.

2 Replies to “El pueblo que vivía en medio de un lago, dentro de un volcán”

  1. Pingback: MEMORIAS DE ASIA, XI: SAMARITANISMO EN INLE – Reportera nómada

  2. ERIKA

    Debo reconocer que estoy totalmente enganchada a tu aventura, la contemplo con una mezcla de envidia y admiración, tienes huevos, de eso no hay duda.

    Algunas noches después de cenar, el “chino” que tengo en casa (pues por todos es sabido que la cabra tira pa Asia) y yo, miramos tus fotos y durante un rato conseguimos salir de un día de monotonía, de una vida que desde luego no es mala y de la que no haría justicia la queja, pero sí está exenta de aventuras y sorpresas con mayúsculas, y cuando las hay, un tal Murphy suele encargarse de que nos sean muy halagüeñas, espero que si por aquellos lares anda un hermano suyo, no te le cruces. Es un capullo.

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