DJELIBANI, ME HE QUEDADO A MEDIAS

Yo quería contar muchas cosas de Djelibani. Las mismas que me transmitieron los representantes del pueblo: el médico, el profesor, el alcalde… Y que yo grabé en mi teléfono móvil. Las mismas que se borraron cuando, unas semanas más tarde, el aparato decidió escacharrarse. Con el formateo perdí todo lo que no había llegado aún al disco duro del ordenador o en la nube. Esas grabaciones de Djelibani, entre otras cosas.  Sólo puedo tirar de mi memoria, y es muy mala. Aquella tarde de febrero en la que visité esta aldea yo portaba, además, un dolor de cabeza muy molesto, así que la grabadora mental sólo me funcionaba a medio gas. Así las cosas, sólo me quedan unos pocos recuerdos.  Pero qué recuerdos…

Para llegar a Djelibani hay que salir de Bamako, la capital de Malí, en dirección hacia Guinea. Es la misma carretera por la que entró el único caso de ébola en el país, una enfermedad que causó decenas de miles de víctimas en África occidental y que atemorizó a los malienses. Por suerte, supo contenerse y quedó como un incidente aislado.

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Cosas que pasan en la carretera. / © Lola Hierro

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Al fondo, el dedo de dios! / © Lola Hierro

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Vida rural. / © Lola Hierro

Hoy es una apacible vía, sobre todo cuando se deja atrás el tráfico de la capital y se sale a campo abierto. Cada vez se ven menos coches, menos tiendas y menos casas y más árboles y más roca. De hecho, lo más bonito de este camino es atravesar las montañas mandinga, que se empiezan a ver en cuanto se sale de la ciudad. Son sagradas, son místicas, son impresionantes. No muy altas (457 metros sobre el nivel del mar la mayor) pero sí vistosas, originales, retorcidas, imposibles. En lo alto, a lo lejos, un monolito sobre uno de los picos. Lo llaman el dedo de dios, del dios Kangaba, adorado por las gentes de la etnia Mandinka.

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Rutina al pie de las montañas. / © Lola Hierro

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Las rocas tienen formas rarísimas. / © Lola Hierro

Existe entre estas montañas una cascada, cuentan, pero yo no la he visto. Y también es este un lugar muy adecuado para observar varias especies de aves. Tampoco me fijo, pues no dejamos la carretera principal en ningún momento. Hoy no hay tiempo para explorar. Lo que sí intentamos es comprar manteca de karité, pero resulta imposible porque todas las tiendas están cerradas. Frank, uno de los cooperantes de Osalde y Geólogos sin Fronteras que va en esta expedición, me explica que es la mejor que hay en todo el país. De lejos, unos niños juegan con una bomba de agua y se ríen al vernos. Les debemos hacer mucha gracia, no sé por qué. Por pálidos, a lo mejor.

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Una erosión interesante. / © Lola Hierro

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Los niños de la bomba de agua. / © Lola Hierro

La ciudad más grande esta zona es Siby, pero no es mi destino aquel día, sino Djelibani, una aldea de apenas 400 habitantes, y casi todos niños. Niños precisamente son los que nos asaltan en cuanto salimos del coche: niños a miles, niños por delante, detrás, izquierda, derecha, subidos a una valla, agarrados al todo terreno, niños en brazos de otros niños, o colgados de la espalda. Niños y niñas grandes, pequeños, medianos, sucios, limpios… Hasta un niño albino. Y todos, eso sí, muertos de curiosidad y encantados de la vida con la visita de los extranjeros ¡Menudo acontecimiento en la tranquila y muy rural aldea de Djelibani!

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Asalto infantil. Y eso era sólo el principio. / © Lola Hierro

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Mi amiguete rostro pálido. / © Lola Hierro

Sin comerlo ni beberlo, de repente nos vemos envueltos en una estampida infantil de caritas sonrientes y vestidos de colores que nos llevan hacia el centro de la aldea. Sergio Adámoli, cooperante italiano de 81 años, con más guasa que todos esos críos juntos, en seguida entra al trapo y baila con ellos, bromea y se deja hacer. Pero pronto se le acaba la diversión porque nos están presentando a los que mandan aquí, que nos dan una bienvenida muy calurosa y nos explican que han preparado unos buenos festejos para honrar nuestra presencia. Yo nunca dejaré de asombrarme con la hospitalidad africana. Ya sea Etiopía, Malí o Tanzania, la gente siempre me sorprende cuando creo que ya lo he visto todo.

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Bailes y tambores. / © Lola Hierro

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Marcha con el bebé a cuestas. / © Lola Hierro

Nos han preparado unos asientos de honor. Toda la aldea, adultos y niños, se colocan en círculo ante nosotros y comienza el espectáculo gracias a un grupo de músicos que tocan los tambores. En seguida salen algunos vecinos y vecinas a bailar en el centro del círculo. ¡Qué manera de moverse! Rezo todo lo que me sé para que no me hagan salir porque yo no soy capaz de mover el esqueleto ni un 1% de lo que hacen ellos. Parece que están sufriendo descargas eléctricas, pero con ritmo. Las mujeres son mayoría en el centro de la pista de baile. Se sacuden, se agarran del brazo de la compañera y dan vueltas; levantan una polvareda a su alrededor con el zapateo constante de sus piernas, espigadas y enérgicas. Y algunas hacen todo esto con un bebé a la espalda. Esto sí que es baile y no lo que yo hago en zumba. Pienso en mi profesora, Gema. Pienso que espero que nunca vea los vídeos que estoy grabando, no vaya a ser que se inspire y nos quiera poner a hacer lo mismo.

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Tamborileando. / © Lola Hierro

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Duelo de baile. / © Lola Hierro

La gente menuda tiene un papel fundamental en el acto de bienvenida. Una cría de no más de 11 años sale, micrófono en mano, a dar un discurso y cantar el himno de Malí, en francés. Todos lo cantan al unísono. Yo pienso que no deben saber decir muchas más cosas en la lengua de sus colonizadores. Malí fue francesa y por eso se habla francés, sobre todo en las ciudades y entre gente con estudios. Los niños y quienes no han recibido una educación se manejan en bambara, el idioma nativo y cooficial. Una visita a la escuela de Beleko que realicé en el viaje siguiente (yo entonces no sabía esto) me haría ver lo justos que van los críos con el idioma galo.

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Los críos, súper atentos a todo lo que ocurría. / © Lola Hierro

Con el himno no acaban los festejos, no. Todavía queda una obra de teatro que los más pequeños han preparado con motivo de nuestra visita. La interpretan en bambara y no entiendo absolutamente nada. Qué pena, todo lo que habrán ensayado para que no sepamos ni de qué va. Eso no quita para que disfrute como una enana. Es divertidísimo ver y escuchar a los críos. Algunos no han conocido jamás la vergüenza y lo llevan muy bien pero otros son más tímidos y cada vez que les pasan el micrófono para hablar se arrugan y lo pasan un poco mal. Me solidarizo con ellos, yo en el colegio lo pasaba fatal cuando me tocaba hablar en público.

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Timidez durante la obra de teatro. / © Lola Hierro

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A él no le daba mucho corte. / © Lola Hierro

Después de los bailes, los músicos, el teatro, el discurso y de otra danza final ejecutada con gran maestría por un grupo de adolescentes muy marchosas, comienza la parte seria de la visita, aquella en la que conozco un poco más cómo es Djelibani. En esta aldea es donde la Casa de Malí intenta desarrollar un modelo de infraestructuras que permitan a la población ser sostenible y autosuficiente para la formación, educación y creación de empleo. Entre 2010 y 2012 se llevó a cabo la construcción de una nueva escuela porque las dos que había eran insuficientes y estaban mas acondicionadas. GSF también ha colaborado con dos depósitos, bombas de agua y un jardín de mujeres como los que hay en Beleko.

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Baile final. / © Lola Hierro

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Perfectamente acompasadas. / © Lola Hierro

También hay un centro de salud y lo visito. La verdad, se ve un poco abandonado. El director explica que los recursos no llegan, que faltan medicinas y personal cualificado. Es lo de tantas y tantas veces. Algunos generadores de electricidad están rotos, y no hay medios para cambiarlos o arreglarlos. Conozco a un chico natural de esta aldea que emigró muy joven a Europa y, después de varios años allí, volvió a casa con intención de mejorar su pueblo. Por él es por lo que se han mejorado tantas cosas en Djelibani, aunque todavía quede. Él está muy empeñado en fomentar la creación de empleo a través de la educación. Él ha dado a conocer su aldea en España y gracias a ello ha logrado atraer ayuda al desarrollo hasta ella.

Hablando con él y con el doctor se pasa la tarde volando, y cuando nos vamos me doy cuenta de que una sola tarde no me ha dado para nada, se quedan mil preguntas en el tintero, mil sitios por visitar: las escuelas, la radio, las familias, los campos… Pero mi dolor de cabeza amenaza con convertirse en una migraña de las buenas. Además, un buen rato antes se me ha terminado la batería de la cámara y, tonta de mí, no tengo conmigo las de repuesto. Y días más tarde sufro el accidente tecnológico con el teléfono y pierdo todas las grabaciones. Ahora creo que todo eran señales con un mensaje claro: Lola, debes volver.

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Un amigo. / © Lola Hierro

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