MOHER ME RECUERDA QUE ESTOY VIVA

Hola Andrés:

Vuelvo a ti tanto tiempo después. Hace un par de semanas de nuestra última charla por Whatsapp, como ocho meses, si no más, desde la última vez que te vi, y un año y medio por lo menos desde que hicimos aquel viaje por Irlanda en el que fuimos tan libres. Tú estás acostumbrado a esa libertad, a dejarte llevar por el viento que mejor sople. Yo apenas recuerdo cuándo fue la última vez que me sentí ligera y sin cadenas. Y esa semana y pico en la que recorrimos un pedacito de mundo me hizo creer que yo era como tú, o que era la yo de la vida que tuve antes. Moher me lo recordó.

Han pasado demasiados días y los recuerdos se me van borrando poco a poco. Algunos permanecen muy vivos, me imagino que esos ya se quedan fijados para siempre en la memoria, pero otros se van. No quiero que se escapen del todo, quiero dejar escrito por algún sitio lo que pasó esos días. No me importa tanto lo que vimos, los lugares que visitamos, no. Quiero escribir sobre cómo me sentía, cómo disfrutaba, cómo me preocupaba y me enfadaba incluso. Porque son esas sensaciones las que me reactivan. Cuando me transporto a días como los que pasamos juntos explorando la costa, algo en mi cuerpo se revuelve, es una sensación física, te diría. A eso me agarro cuando me pongo a pensar quién soy hoy, cuando me pregunto si ya no soy aquella, si he cambiado tanto que me he convertido en una persona distinta. Pero ya ves, vuelvo a meterme en la piel de la chica que recorría Irlanda con una mochila y un amigo, —ahora Irlanda, pero también India, Etiopía, Escocia, Turquía…— y me animo porque me doy cuenta de que en el fondo esa chica no ha muerto, sigue ahí, está esperando su momento.

Irlanda-367

¿Por dónde vamos? ©Lola Hierro

Irlanda-400

Sale un poquito de sol entre tanto mal tiempo, en Moher. ©Lola Hierro

Me exprimo la mente para recuperar todas nuestras aventuras y me cuesta mucho. ¿Te acuerdas cuando contratamos una excursión en autobús con otras personas para ver los acantilados de Moher? Yo estaba muy emocionada porque en las fotos se veían impresionantes, y tú también, claro, pues no en vano fueron nominados para convertirse en una de las siete nuevas maravillas de la naturaleza. Nos moríamos de ganas. Pero ahora no sé si lo intentamos dos días, me suena que el primero estuvimos dando una vuelta por la zona en coche pero hacía muy mal tiempo, y no vimos nada, ni pudimos parar siquiera. ¿No fue que lo intentamos por la tarde y estaba cerrado? Eso el día del coche. Y al siguiente fuimos en el autocar y nos enfadamos con el guía porque seguía haciendo malo y no nos dejó bajar. ¡Ya vuelven imágenes a mi cabeza! Paramos en un restaurante con las luces bajas, chimenea y mobiliario de madera, nos tuvieron ahí un buen rato, no sé aún muy bien la razón. Algunos se tomaron una cerveza, otros nos dedicamos a despotricar porque no entendíamos qué hacíamos ahí. Hablamos con una pareja de españoles, y yo, cuando me crucé con el guía, ¡le pedí explicaciones! ¿Tú recuerdas qué fue lo que le dije? Yo ya no, sé que el tío había estando almorzando con sus dos platos y postre mientras nosotros esperábamos muertos de aburrimiento.

Irlanda-391

La costa de Irlanda. ©Lola Hierro

El caso es que de ahí nos llevaron a ver los acantilados desde la lejanía, a un punto con unas vistas alucinantes de las olas rompiendo contra las paredes de roca verticales, y que todo el mundo se hizo mil fotos, y nosotros fuimos saltando de piedra en piedra hasta la misma orilla del mar. Llovía, la temperatura era bajísima, y unos nubarrones grises auguraban la peor tormenta… Recuerdo el frío tremendo en la cara, llevar toda la ropa posible encima y aún así no aguantar mucho fuera del autobús.

Irlanda-404

Los acantilados de Moher, a lo lejos. ©Lola Hierro

Irlanda-408

Una turista se hace fotos. ©Lola Hierro

Después de esa parada, nos llevaron a otro punto, esta vez sí, a los mismos acantilados. Paramos en un lugar indeterminado de una carretera que tampoco sé cuál es, y hale, a jugar. Nos soltaron como a un rebaño de ovejas y, de repente, estábamos al borde mismo de unas rocas altísimas (¿sabes que la altura máxima es de 420 metros?). Sin vallas ni ningún tipo de protección. El viento era fuerte, y yo con mi vértigo, pasando más miedo que vergüenza. Me sentía muy inestable ahí subida. La gente se hacía selfies y se acercaba al borde sin ninguna preocupación. Y tú el primero, que eres un temerario y un inconsciente. Yo, por momentos, decidí desplazarme sentada, impulsándome con el culo. Porque me daba mucho susto caer. Pero era una pasada ese lugar, con el agua salpicando a lo bestia cada vez que chocaba.

Irlanda-418

Un acantilado que da miedo. ©Lola Hierro

Irlanda-415

Subidos a los acantilados. ©Lola Hierro

Ese otro día que nos movimos en un coche alquilado sí que lo tengo borroso. Curiosamente, el día que fuimos más a lo loco, a lo que nos pidiera el cuerpo, y el que yo lo pasé mejor haciendo de Indiana Jones del norte. Quizá lleváramos un mapa o una guía de la zona pero yo no recuerdo nada. Paramos donde nos pareció bien y nos perdimos lugares de interés histórico y artístico muy importantes sin enterarnos. Por lo visto hay una abadía imponente por la zona, pero no fuimos, ya no sé si porque no nos pilló bien, porque era caro, porque estaba cerrada… A saber.

Irlanda-399

Perdidos por la costa. ©Lola Hierro

A mí me gustó mucho más nuestro plan de improvisar y ver dónde acabábamos. Por ejemplo, frente a aquel dolmen impresionante al que llegamos después de atravesar un páramo misterioso donde todo el suelo es de piedra caliza y parecía que no había vida alguna. Aunque luego te fijabas y descbrías una flora rarísima abriéndose paso entre las grietas del suelo. Qué lugar… Investigando —porque, como comprenderás, no tengo ni idea de cómo se llamaba— he descubierto que éste se denomina Burren y tiene más de 300 kilómetros cuadrados repletos de especies autóctonas, rarísimas, y que hay más de 90 tumbas megalíticas como la que vimos, que es la más famosa y se llama dolmen de Poulnabrone. Seguramente leímos en algún lugar sobre su antigüedad, yo he tenido que volver a recurrir a Internet para enterarme de que ronda los 5.500 años de historia y que bajo él se encontraron 33 enterramientos con ajuares que incluían armas, adornos, cerámicas… Y nosotros sin enterarnos.

Irlanda-387

El Burren. ©Lola Hierro

Irlanda-380

Dolmen de Poulnabrone. ©Lola Hierro.

También recuerdo que uno de los primeros lugares donde paramos era una carreterita a cuyos lados se veían casas de una planta con el techo de paja, como en los tebeos de Astérix. Y que allí, a lo lejos, se veía un castillo. Aparcamos, caminamos y llegamos a bordearlo entero, pero no entramos. Se llama castillo de Dunguaire y es de 1.520, aunque ha sido restaurado en siglos posteriores. Tiene mucha historia, claro, como todo por allí, pero no he profundizado en ella. La verdad, a mí me recuerda al de Eilean Donan de Escocia (ese donde se rodó la película de Los Miserables) y no me importa tanto saber sobre su pasado, disfruté más simplemente mirando, porque su ubicación es perfecta, deja unas vistas preciosas. De todo lo que podría recordar, esto es lo que me ha quedado.

Irlanda-358

Podría ser una casa del poblado de Asterix. ©Lola Hierro

Irlanda-359

Castillo de Dunguaire. ©Lola Hierro

Hay otros lugares que nunca podré colocar en un mapa. Se me ha olvidado dónde estaban y no tengo pistas para dar con ellos. Aquella torre solitaria en medio de una carretera remota que llevaba a unos chalets completamente anodinos. ¿Qué sería? O, mejor, ¿qué fue en sus tiempos mejores? Porque ahora se la ve tan ruinosa… Igual que ese otro castillo chiquitito que descansaba en el lateral de un vía secundaria, vallado y con candado. Y totalmente abandonado. Estaba claro que se trataba una propiedad privada, y qué pena, pensamos, que el dueño lo dejara morir así…

Irlanda-371

La torre solitaria y, al lado, chalets. ©Lola Hierro

Irlanda-377

La iglesia con el campanario cubierto de musgo. ¿Dónde fue esto? ©Lola Hierro

Irlanda-375

Cementerio en las últimas, en algún lugar de la costa irlandesa, cerca de Galway. ©Lola Hierro

Vimos nuevos cementerios más desangelados que los de días anteriores. Solo conservo una foto, la que se ve aquí arriba, del que nos topamos en nuestra ruta improvisada. Antiquísimo, seguro, casi devorado por la vegetación. O la iglesia tan bien cuidada con la torre del campanario cubierta de musgo. No he logrado encontrar su nombre en ninguna parte. Pero qué más da, no me hace falta saberlo porque no creo que vuelva por estos parajes. Ya los vimos, ya los vivimos y los saboreamos. A mí me dieron un nuevo chute de esa sensación que tienes cuando te das cuenta de que el mundo está lleno de lugares preciosos que algún día visitaré. Cumplieron su función conmigo, supongo que contigo también. A fin de cuentas, no podemos ser más diferentes, pero en la esencia… Ahí tú y yo sabemos que somos gemelos.

¿Te ha gustado este artículo? Puedes darme tu opinión dejando un comentario