¡Por fin me remojo en las Gili!

Después de coger 25 transportes, ya estoy en las islas Gili, concretamente en Trawangan, la conocida como isla más fiestera: tiene mogollón de bares de copas y un intenso ambiente nocturno. Las otras dos, -Gili Meno y Gili Air- son más tranquilas, pero yo, con lo palurda que soy, he decidido rodearme de civilización por si acaso tengo un apuro.

Ya estoy en Gili Trawangan. ¡Merece la pena!

La gente es idílica en esta isla.

Las islas Gili se encuentran en el noroeste de la isla de Lombok y se tarda una media hora en llegar en bote. Para llegar desde Bali, uno tiene dos opciones: la cara y la barata. La primera consiste en coger un barco rápido en Padangbai que, por 200.000 rupias y hora y media de trayecto, te suelta en tu isla elegida.

En Indonesia la gente se desplaza de maneras muy pintorescas.

La segunda es la opción barata y la que yo he escogido. Atención a mi vuelta al mundo: cogí un ferry desde Padangbai hasta el puerto de Lembar, en el sur de la isla de Lombok. De ahí, un bus  al puerto de Bangsal, y de ahí, un bote hasta las Gili. He tardado seis horas pero me ha salido por la mitad de precio: todo el pack por cien mil rupias. Puede hacerse por libre, per0 la diferencia de dinero no es muy grande y, sin embargo, te complicas mucho la vida intentando que no te timen en cada puerto.

Cosas que hace la gente en el ferry: esconderse tras los asientos.

O mandar mensajes con un móvil del siglo pasado.

O sorber fideos como un oso hormiguero.

No obstante, creo que yo he tenido suerte a juzgar por un timo tremendo que han sufrido algunos viajeros con los que he viajado hasta las Gili. Estos –no eran un grupo sino varias parejas de novios, amigas, etc que iban por su cuenta- fueron al puerto de Bangsal con el mismo tipo de viaje contratado por mí. Desde allí nos llevaron a Lembar, todo bien, peor una vez llegados, el representante de su agencia les pidió sus tickets pero no les dio ningún otro papel o resguardo nuevo. Al llegar a la playa para coger el bote a las Gili,  no les dejaron subir porque no tenían ningún documento para demostrar que ya habían pagado y, tras mucho discutir y vivir algún momento reamente tenso, no les quedó otra más que volver a pagar.

Llegada a Lombok.

Este no fue mi caso porque yo no suelto mis tickets ni resguardos salvo que me apunten con un arma, así que yo aviso al caminante una vez más: no soltéis los resguardos en Indonesia, ¡que os timan!

Gente que se ve en Lombok: señoras con cestas en la cabeza.

Algo más que quiero añadir para quien piense visitar esta zona es que, en el recorrido hasta el puerto, el bemo se detiene en un restaurante donde esperan vendedores de la agencia. Por lo visto es una práctica habitual, y yo ya lo sabía por otros blogeros a los que les ha pasado lo mismo. Allí te dicen que hay que esperar otro bus para llegar al puerto, que se encuentra a varios kilómetros y que, mientras, puedes comer. Yo  lo hice porque tenía hambre, y aquí es donde los agentes, en plan coleguita como quien no quiere la cosa,  te ofrecen el viaje de vuelta de las Gili diciéndote que, si no es con ellos, no se puede salir. Evidentemente, no sólo es mentira sino que es mucho más cara la opción que te ofrecen. Pasé de ellos, y tras tres o cuatro negativas, mis súper nuevos amigos del alma pasaron de mi cara y se olvidaron de que un presunto bus me tenía que recoger. Al final resultó que ese bus no existía y que el puerto estaba a 100 metros que hice caminando.

Gente que ves en Lombok: damas en carromatos.

Volviendo a Lombok, he de decir con cierta pena que no he visto nada más de lo que se podía ver desde el bemo que llevó al puerto de Lembar, pero tiene toda la pinta de ser una isla de ensueño. Tiene una exuberante nauraleza, playas de arena blanca y agua cristalina y, coronandolo todo, acechante desde las alturas, el volcan Rinjani. Al final no lo he visitado porque en varias agencias de turismo me aconsejaron no hacerlo. Las erupciones recientes han dejado la zona bastante infranqueable, y yo tampoco soy Frank de la Jungla. Pero Lombok es una isla a la que algún día volveré con tiempo y dinero.

Niños echando la siesta al fresco.

Chavales en el puerto de Bangsal.

Ya entro de lleno en lo que ha sido Gili Trawangan para mí: un auténtico descanso, un oasis de paz; ha sido el meterme en cartel de esos de playas paradisiacas de las agencias de viaje y pensar “esto es vida. Yo de aquí no me muevo nunca más”. Quizá me retire aquí cuando me jubile. Y eso que tampoco es perfecta del todo. Por ejemplo, me quedo mil veces antes con las playas de Ibiza o Formentera. Las de Trawangan no están mal, tienen arena blanca y aguas de color turquesa, pero también tienen el suelo repleto de trocitos de coral puntiagudo que te hacen polvo los pies, por no hablar de las molestas jellyfish (creo que llaman así a unas medusas diminutísimas) que ya me han picado unas cuantas veces.

El señor barquero que me llevó a Gili Trawangan.

Lo mejor que se puede hacer en estas islas es surf, buceo (hay numerosas escuelas de PADI), snorkeling o buceo con tubo, ponerse morado a comer y beber por precios de risa, ver películas en pantallas de cine que ponen en la playa o alojarte en un hotel de lujo con bungalows monísimos por unas 700.000 rupias.

Otro gran atractivo es que en las tres islas está prohibido el uso de vehículos motorizados, con la consiguiente reducción de ruido y de contaminación. Sólo se puede uno mover en bicicleta o coche de caballos. ¡Fantastico!

El primer día he hecho buceo con tubo con una excursión que me costó 70.000 rupias, aletas aparte. Nos llevó a mí y a 19 guiris más a las tres islas. Esta ha sido la primera vez que he hecho esto del buceo y es que he de confesar que, aunque soy una buena nadadora, el mar me da mucho respeto y eso de meterme en las profundidades no me hace demasiada gracia. Ahora puedo decir que merece muchísimo la pena. He pasado por encima de barreras de coral, he visto cientos de peces tropicales y hasta tortugas marinas que no nos tenían miedo y nadaban a su aire, tan felices. Parece como el tiempo corriera más despacio debajo del agua.

Un consejo para aventureros: abusad de la crema solar, que yo me he abrasado la espalda de forma preocupante por haber estado todo el día buceando.

¡Qué vistas, qué placer!

Otra actividad que disfruté muchísimo fue irme a rodear la isla caminando. Tardé hora y media en dar la vuelta entera y tuve oportunidad de ver un atardecer espectacular en la parte oeste de la isla. A las fotos me remito.

Atardecer en Trawangan.

Puesta de sol magnífica.

Un punto positivo ha sido haber visitado las islas en temporada baja, pues no había demasiado turismo y se hacía muy cómodo pasear  o pillar buenos sitios en los restaurantes que tienen mesas con vistas al mar. Lo único que a mi parecer resulta un poco molesto es tener todo el santo día a un puñado de isleños siguiéndote para venderte lo que sea: marihuana, setas alucinógenas, alojamiento, transporte, ropa, pulseras, a su madre… pero al final se hace hasta gracioso. Como ya he dicho mil veces desde que estoy en Indonesia, la gente es amigable y hospitalaria, aunque pequen de triscas.

Ensalada de piña y pollo al curry. ¡Arf!

No obstante, creo que mi gran momento en las Gili fue cuando el día que hice la excursión de snorkeling me estuve un rato recostada en una tumbona en Gili Air mientras me comía una magnífica ensalada de piña y pollo. El sol, la sal pegada a mi piel, el leve rumor de las olas… en ese momento sentí verdaderos deseos de quedarme para siempre allí.

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