Gafapasteando en Ubud – Parte I: monos cabrones

¡Qué bien he hecho en visitar Ubud! Tras unos días de fantástico descanso pero también de fantástico turisteo en las Gili, Ubud me ha supuesto, por fin, el poder entrar en contacto directo con la cultura balinesa, esa que ha hecho que la isla sea un destino al que siempre se vuelve.

Aunque mi estancia en Gili Trawangan fue muy placentera, acabé un poco harta del rollo resort, turistas forrados y restaurantes caros. Necesitaba conocer por fin aquello que hace a Bali tan especial, y tenía que hacerlo rápido porque sólo me quedaban dos días para coger el vuelo a Singapur.

¿Qué tiene de especial Ubud? Es una ciudad en el interior que destaca por ser uno de los principales centros culturales, artísticos e intelectuales de la isla. Se trata de la otra imagen turística de esta región.

Esto es un mandala. Se hace con pétalos de flores y tiene mucho simbolismo.

Aquí es donde se ve la auténtica danza balinesa, donde se compra la mejor artesanía, donde darse un buen masaje tradicional o simplemente, donde empaparse de las ricas tradiciones locales. La ciudad alberga todo tipo de comercios encantadores, muy bien decorados y con productos de lo más variopintos y tentadores. Es un peligro para las compradoras compulsivas y los amantes del consumismo.

Entrada a una tienda de artesanía con el dios Ganesha saludando al personal.

Artesanía típica.

Coñas aparte, trabajan la manera de forma exquisita.

Las máscaras tampoco se les dan mal.

Según avanzas por una de las calles principales, Monkey Forest Road, te encuentras con firmas como Billabong, Quicksilver, Crocs, Polo Ralph Lauren o Nike junto a otros comercios locales donde te venden artesanía en madera o marfil increíblemente bien hecha, sedas y telas varias de brillante colorido, arte batik, salones de masaje y por supuesto, hoteles plácidos, restaurantes y cafeterías decoradas con minucioso detalle y con cartas deliciosamente apetecibles. Y todo ello aderezado con los consabidos templos balineses, que están por todas partes, igual que las casas. Lo único malo que tiene Ubud es que resulta una tortura para quien lleve poco dinero en el bolsillo, como es mi caso.

Las ofrendas.

Yo he decidido combatir la fiebre consumista centrándome en las oportunidades culturales de la ciudad, y no en su comercio. Nada más llegar di con muchas ofertas de museos, galerías de arte y espectáculos de danza, pero con lo resentido que está mi bolsillo tras el paso por las Gili, he preferido ahorrar, así que me incliné por una exposición fotográfica gratuita de un tío canadiense (no recuerdo el nombre) que hace verdaderas obras de arte con gotas de agua.

Entrada al parque de los monos.

Al día siguiente -hoy-  he puesto rumbo a la reserva de monos o Mandara Wisata Wanara Wana. Es un pedazo de jungla dentro de la ciudad que contiene tres templos sagrados y un atajo de monos que no tienen nada de inofensivos. Fui tan contenta para verles y sacar fotos y a la media hora me he tenido que marchar porque me acojoné con los malditos simios.

Súper esculturas cubiertos de musgo.

Nada más llegar presencié una pelea entre varios de ellos, y madre mía, hay que ver qué dientes tienen y qué gritos pegan. Los desgraciados se pasean a tu alrededor como perdonándote la vida; de hecho, a un señor uno le rugió porque le estaba haciendo una foto a una cría, y a mi se me intentó subir otro a la chepa, pero me di cuenta y salí corriendo como alma que lleva el diablo.

La cría de mono, segundos antes de que la madre apareciera hecha una histérica.

En Mandara Wisata los monos se zampan los alimentos de los turistas…

Reflexionan… 

…se pelean…

… se despiojan…

… se deprimen…

… Y hasta se reproducen, claro.

Eso sí, el templo es una pasada de bonito, con estatuas de piedra de seres fantásticos cubiertas de musgo y árboles altísimos y densos que apenas dejan que se filtre la luz del sol.

También he visitado el mercado principal, el sueño de cualquier hippie, y allí he tenido oportunidad de regatear a muerte para comprar un sarong (pañuelo enorme que se coloca como una falda). Quería uno a precio indonesio, no de turista, y estoy muy orgullosa de mi misma porque de un precio inicial de 150.000 rupias, he conseguido el que quería por 50.000, menos de 3 euros. Y sé que lo podía haber sacado por menos.

Mercadillo atestado en Ubud.

Tienda de marionetas de latón y fantástica.

Detalles de los colgantes para el techo.

Durante mi paseo vespertino me he topado con un grupo de gente bastante nutrido que, por sus vestimentas, deduje que se dirigían a algún templo para hacer alguna celebración. Decidí seguirles y, efectivamente, no me equivocaba. No deja de sorprenderme lo en serio que se toma la religión en esta isla, y lo colorista que es, a la vez que temible. Los dioses balineses se representan como figuras terroríficas la mayoría de las veces, pero son muy graciosos porque les ponen un par de florecitas en las orejas y ya les pierdes el miedo totalmente. Apenas he podido hacerles fotos porque no se dejaban y no quería molestar, pero algo he sacado.

Me salió cortada porque iba con prisas, pero aún así me encanta esta foto.

Señoras yendo a rezar.

Con las flores en las orejas, se le pierde todo el respeto…

Chica llevando una ofrenda a su templo.

Esta noche he cenado en un restaurante que tiene mesitas bajas y cojines en vez de sillas. Una vez más, me he puesto morada de batidos de frutas, los famosos lassies. No lo he dicho hasta ahora, creo, pero Indonesia es el país de los batidos. De plátano con chocolate, de aguacate, mango… no puedo quedarme con uno! También he cenado un gran plato de nasi goreng, que es otro alimento típico de aquí y que se compone de fideos fritos con pollo y vegetales, con cacahuete picado y especias extrañas que está delicioso.

Y me está pasando lo de siempre, que esta entrada se me ha hecho ya muy larga y aún me quedan muchas historias de Ubud por contar, así que haré la segunda parte mañana.

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