Cameron Highlands, o cuando conocí a un sultán

Tanah Rata es un pueblecito de montaña en el interior de Malasia y es el punto base para adentrarse en las Cameron Highlands. Esta zona es conocida por sus extensas plantaciones de té, por el cultivo de fresas y por la posibilidad de explorar la jungla. Las temperaturas nunca suben de 20 grados, algo que me parece fantástico. Tanah Rata no tiene nada que ver con la imagen idílica de las Cameron. Está prácticamente en mitad de ninguna parte pero es un lugar bastante turístico donde hay varios supermercados, restaurantes, tiendas de suvenires y joyerías.  El pueblo en sí no tiene mucho encanto pero sí lo que está alrededor. Por ejemplo, hay muchas rutas para hacer senderismo. La primera que elegí, corta y fácil por si las mocas, fue para visitar las cascadas Robinson. Ha sido mi primer contacto con la jungla malaya, se recorre mediante un camino empedrado y te permite hacerte una idea de la profundidad e inmensidad de la jungla.

Señoruco que me encontré de camino a las cascadas.

A la vuelta, decidí fiarme del mapa y tomar una carretera durante cuatro kilómetros y medio que me llevó hasta la plantación de té de Bharat. Es de entrada gratuita, y la verdad, merece la pena ver cómo las montañas han sido tapizadas con la planta del té como si fuera una enorme alfombra verde. El camino fue largo pero cuesta abajo, por lo que el “problema” lo tuve a la vuelta: no había espíritu deportivo, así que decidí hacer mi primera intentona autoestopista abordando a una pareja que se estaba metiendo en el coche. En realidad iban en sentido contrario pero les debí dar mucha pena, porque me acercaron a mi poblacho.

Plantaciones de té de Bharat.

El día siguiente sí que ha sido bizarro y extraño. Me he levantado a las diez de la mañana –como buena española que soy, no quepa duda- y me he puesto en marcha para hacer un trekking hacia el pico de una montaña: Gunung Brinchang, que tiene 6666 pies de altura. Para llegar al pueblo del mismo nombre, que es donde la ruta comienza, decidí ponerme a hacer autoestop otra vez, poniendo a prueba mi racha de buena suerte. Y voilà, en menos de 30 segundos ya había parado un malayo muy simpático y elegantemente vestido.

Mujeres policías en Tanah Rata.

Precisamente a raíz de una conversación sobre su cuidada vestimenta, este tipo me contó que se dirigía a la celebración de una ceremonia que hoy mismo celebraba su real majestad Ahmad Shah, sultán de Pahang, uno de los catorce estados que tiene Malasia –que es donde yo me encuentro-. Este señor viene a ser como un presidente regional, pero con carácter real y mucha importancia religiosa. Como un sultán no se ve todos los días, decidí quedarme un ratito en ese pueblo. Lo que encontré fue un solar con unas carpas montadas y unas 500 personas o más, quizá mil, resguardándose del calor como podían.

Los niños, asaducos de calor y cansados.

Había muchísimos niños, pero muchos, muchos.

Los que se encargaban del dragón, ahí esperando al solete.

La comitiva, con todo su lujo y boato, llegó muy poco después que yo. En seguida vi al sultán, muy viejuco y feo. Yo me imaginaba a alguien más imponente. La sultana me ha recordado a Ana Botella. Fue llegar con su séquito y se armó una sonada algarabía. Los niños agitaban banderines, las mujeres les besaban la mano, los hombres hacían reverencias, los militares, muy tiesos, no perdían ripio de nada…  Y de bienvenida, unos dragones chinos hicieron un baile al son de música tradicional.

El súper sultán, saludando a una niña que se moría de vergüenza.

Niños con banderines.

En el camino, el sultán hizo una pausa para… ¡tachán! Hablar conmigo. Supongo que le llamaron la atención mis rasgos occidentales y tuvo curiosidad por saber quién era. Me saludó en inglés y me preguntó que de dónde soy. Al responderle que soy de España, el tío me contestó en un español bastante claro, por cierto. Me dijo “buenos días” y también que había estudiado un poco mi idioma. Como demostración, me soltó, orgullosamente: “mala hierba nunca muere”. Casi me muero de risa, pero mantuve la compostura exigida ante un acontecimiento de tal magnitud.

Dragones chinos… o algo.

El sultán hizo en Brinchang lo que suelen hacer todos los alcaldes en sus pueblos: el paripé. Primero, varias personalidades dieron unos discursos de los que no entendí nada porque estaban en malayo. Después se rezó mucho a Alá, que eso no puede faltar por estos lugares. Luego el sultán se subió a una excavadora modernísimo para hacer el numerito de manejarla. Y luego, el toque solidario: se repartieron bolsas con comida y otros objetos de primera necesidad a los más pobres, que formaron una cola bastante considerable.

Reza que te rezarás.

El sultán en la grua, haciéndose la foto de rigor.

La cola de los más necesitados que iban a recoger bolsas de alimentos.

Llegó la hora de comer y mis sandwiches se quedaron donde estaban, porque el sultán me había dicho otra cosa: que me quedara a comer. Mientras unos grupos de chicas adolescentes bailaban danzas tradicionales malayas para agasajar al sultán, yo me acerqué a las carpas esas que había visto al principio, donde ahora se estaba sirviendo un suculento rancho de estilo hindú: un arroz especialmente bueno con verduras, pollo tandoori y pedazos de naranja de postre.

Niñas danzando a lo hindi.

Bailes más chinorris para el sultán.

La mejor comida, la que es gratis.

Me puse como el tenazas y luego marché por donde había venido: ¡aún me quedaba el senderismo y ya eran las dos de la tarde!

Esta es la única casa que me topé en todo mi trayecto de subida.

El principio del trekking, la subida, fue por carretera: feo y además muy duro. Con el estómago lleno no me apetecía mucho andar, y además hacía mucho calor, así que no tardé en estirar el pulgar un poco y parar otro coche. En total hice unos dos kilómetros caminando a pleno sol cuesta arriba por lamontaña, de un total de cinco. Me da igual ser una floja. No podía con mi vida. Mis últimos salvadores fueron dos operarios que me recogieron con su camioneta y me dejaron en la cima, junto a una estación de televisión.

Vistas desde lo alto del Gunung Bringchang.

Y más vistas, Espectacular… ¡pura jungla!

Desde este punto comenzó una de las aventuras más divertidas y agotadoras que he hecho en mi vida: un descenso de tres kilómetros a través de la jungla. Solo me acompañaron los sonidos de animales exóticos, las ramas retorcidas hasta el infinito, barro como para montar una alfarería, árboles milenarios… tan complicado fue el descenso que al cabo de una hora solo había podido recorrer cuatrocientos metros. Bichos, golpes, resbalones y más barro fueron las constantes de la excursión.Tuve que saltar, trepar, andar como los monos ayudándome de todas mis extremidades, bajar escaleras naturales hechas de raíces con peldaños de medio metro, hundirme en el fango, sostenerme con lianas, ramas y troncos llenos de musgo, cruzar algún riachuelo… y todo cuesta abajo. Pero al final completé el camino como una campeona.

Cuadno llegué a la meta, sudada, exhausta y orgullosa, solo quería un trago de agua y convencer a alguien para que me devolviese a mi pueblo. Lo volví a conseguir, esta vez gracias a un señor con ranchera que me dejó acomodarme en la parte de atrás. Y como ya iba teniendo demasiada buena suerte, me ha caido una lluvia tropical durante el trayecto que me ha calado en cuestión de minutos, que es lo que he tardado en recorrer los cinco kilómetros que me separaban de Tanah Ratah. Pero ha merecido mucho la pena.

An the winner is.. ¡yo!

2 Replies to “Cameron Highlands, o cuando conocí a un sultán”

  1. NABIA OREBIA

    gracias por tus palabras Elena! no se trata de valor, sino de tener mucho morro, jejje! sigue escribiéndome!

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  2. ELENA CAMPO

    Que sitios mas bonitos, haz buenas fotos y un buen reportaje, te mereces un gran premio, hay que tener mucho valor para estar donde estas. Te leo todos los dias. Mucha suerte. besos.

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