Turquía VI – Una visita a los Picapiedra de Göreme

He cambiado los paisajes de nieve que no es nieve por otros donde abundan las chimeneas  de hadas , pero que tampoco son tal cosa. Este país es bonito, hospitalario, extenso, variado, exótico… valen todos esos calificativos pero, sobre todo, es peculiar. Me reafirmo tras haber visitado la región más turística y de las más atractivas del país: la Capadocia, en el centro de la Anatolia. He pasado los dos últimos días en el epicentro del turismo rural de esta zona, la localidad de Göreme, desde donde he descubierto unos valles extrañísimos que se escapan a toda lógica.  La Capadocia es un lugar más que demuestra la inmensa variedad natural y cultural de Turquía. La naturaleza, a veces tan caprichosa, dejó esparcidas por los valles unas enormes rocas cónicas que se fueron formando a lo largo de miles de años gracias a la actividad frenética de los volcanes de la zona, el Erciyes y el Hasan. Lava, ceniza, lodo y piedra cubrieron la superficie terrestre, y la acción erosionadora del viento y la lluvia se encargaron después de darle un aspecto parecido a la superficie lunar. Para hacerse una idea, basta decir que muy cerca de aquí, en el parque Ihlara, se rodaron algunas escenas de La Guerra de las Galaxias.

Chimeneas de hadas. / © Lola Hierro.

Bajo la atenta mirada del volcán extinguido Erciyes (3916 metros de altura), se mantienen en pie infinidad de iglesias rupestres bizantinas, casitas troglodíticas excavadas en estos singulares pináculos de piedra y ciudades subterráneas, todas ellas vestigios del estilo de vida que tuvieron los habitantes de esta región en los primeros siglos después del nacimiento de Cristo. Llegar a la Capadocia es como hacer un peregrinaje a los tiempos de los primeros hombres.

La gente vivía aquí. / © Lola Hierro.

Interior de una casita. / © Lola Hierro.

Y por supuesto, las llamadas chimeneas de hadas, tremendos peñascos que más bien parecen dedos de gigante o setas o, vaya, enormes penes, nadie lo puede negar, pero que tomaron este nombre por la influencia de la mitología de la Anatolia central, llena de leyendas donde estos elfos son protagonistas. Se cree que la actividad monástica comenzó en esta zona comenzó hacia el siglo IV con pequeñas comunidades de anacoretas que seguían las enseñanzas de Basileo el Grande, obispo de la vecina ciudad de Kayseri. Ellos fueron quienes excavaron las primeras iglesias en la roca, muchas de las cuales siguen en pie total o parcialmente y conservan frescos con imágenes de santos o escenas de la Biblia. Las casitas en el interior de las chimeneas de piedra y las ciudades subterráneas son de periodos posteriores, de cuando los árabes asediaban la región y los habitantes cristianos de los valles tuvieron que esconderse de ellos.

Un árbol lleno de jarrones. Lo nunca visto, oiga. / © Lola Hierro.

Y este, lleno de ojos. / © Lola Hierro.

Algo parecido a esto había leído cuando decidí acercarme a Göreme, pero hay que verlo para creerlo de verdad. Esta región es irreal, parece sacada de un cuento de fantasía. Una buena manera de conocer toda la región es desde las alturas mediante un paseo en globo. Es la mayor atracción de estos lares y muchos turistas se apuntan a las salidas que realizan cada amanecer las incontables agencias que se encuentran por aquí. No es una actividad apta para viajeros de presupuesto ajustado ya que la tarifa más barata no baja de 90 euros. No obstante, es muy bonito observar desde tierra firme durante la salida del sol cómo flotan en el cielo todos esos enormes globos de colores. La foto es impactante (y yo no la tengo porque me he dormido los dos días…).

Un globo sobrevolando los valles. / © Lola Hierro.

En Göreme, Urgup, Uchisar y otras ciudades de los alrededores, el viajero encontrará numerosas actividades de ocio encaminadas a descubrir estos impresionantes parajes. Además de pasear en globo también se puede montar a caballo, hacer senderismo, montar en karts o contratar una excursión de un día entero para visitar del tirón varios lugares significativos de la zona. El viajero pobre también puede montarse la faena por su cuenta, y eso es exactamente lo que yo he hecho. He pasado solamente dos días en Göreme, por lo que no he tenido tiempo suficiente para ver  muchos valles o alguna de las ciudades subterráneas -cosa que no me importa nada porque tengo un poco de claustrofobia-.

Rutas a caballo. / © Lola Hierro.

De excursión. / © Lola Hierro.

Se pueden hacer magníficas rutas. / © Lola Hierro.

Si se dispone de coche, lo mejor es alquilar uno e ir a tiro hecho a ver todo lo que se pueda. Hay una tarjeta que se llama Seven Wonders of Cappadocia que sirve para entrar en siete lugares de pago, como las ciudades subterráneas de Kaymakli y Derinkuyu, el castillo medieval de Uchisar, las iglesias de roca de los valles cercanos o el Museo al Aire Libre de Goreme. Todas las entradas costarían 77 liras por separado, y con la tarjeta se queda el precio en 44. Es una diferencia de unos 10 euros. En dos días, yo he explorado por mi cuenta el Valle de Güllüdere o valle rosa, he ascendido a un monte donde se ve un atardecer de película sobre todo el valle y he visitado el Museo al Aire libre de Göreme. Lo que más me ha gustado ha sido perderme entre las chimeneas y encontrarme una y otra vez.

Perdida en sitios como este. / © Lola Hierro.

O como este. / © Lola Hierro.

El primer día, según llegue a mi hostal, tuve que parar a descansar y a escribir un rato. Llevaba toda la noche viajando en autobús y mi avejentado cuerpo no me daba para más. El Hostal Terra Vista, pese a que no tiene taquillas ni dejan cerrar con llave las puertas de las habitaciones, es un lugar acogedor y con personal muy amable. Me dejaron desayunar y, mientras preparaban mi habitación, pasé el rato en su salón comedor con paredes de piedra y cubierto de alfombras y cojines de arriba a abajo. Unas horas más tarde y, pese al cansancio acumulado, tuve que salir de allí: el sol tremendo que nos iluminaba como en un día de verano me lo pedía a gritos. El chico de la recepción me dio un mapa y le pedí que llamara a la policía si a la noche no había vuelto. Había decidido adentrarme en el Rose Valley y, dada mi conocida falta de orientación, no las tenía todas conmigo.

Entramos en el valle rosa. / © Lola Hierro.

Rose Valley es un valle muy extenso en el que uno se puede adentrar fácilmente desde Göreme. Allí pasé mi primer día hasta la puesta de sol. Yo solita, sin turistas, sin paisanos, sin animales, sin ruido… sin nada. Las pocas señales de vida que encontré fueron unas flechas pintadas en algunas rocas que de vez en cuando te indicaban por donde seguía la ruta. Y, por supuesto, iglesias bizantinas abandonadas y medio derruidas, la mayoría de difícil acceso. Me las fui encontrando al azar, según trotaba de un lado para otro, según metía las narices en alguna cavidad. A veces ,encontrabas algo que un día fue un ábside semicircular con unas primitivas cruces y otros símbolos pintados en color rojo. Me sentí como una auténtica Indiana Jones descubriendo civilizaciones perdidas.

Una capilla perdida. / © Lola Hierro.

Iglesias abandonadas y antiquísimas. / © Lola Hierro.

Una casita que aún se usa en el valle rosa. / © Lola Hierro.

También encontré casas, es decir, pináculos con pequeñas ventanitas y puertas de madera en su base donde, presumiblemente, debe seguir viviendo alguien o utilizando el espacio de alguna manera, a juzgar por la cantidad de objetos que había alrededor: sofás, sillas, barbacoas, mesas… hasta un equipo de música vi en el patio de una casa. Yo me pregunto cómo harán para vivir en esas casas tan extrañas, metidas dentro de esas rocas como si fueran trogloditas. Parece que estás metido en un capítulo de Los Picapiedra, de verdad.

¿Qué habrá aquí dentro? / © Lola Hierro.

Casitas bien provistas de todo. / © Lola Hierro.

En el Rose Valley solo viví un momento angustioso en el que encima quedé como una idiota. Mi desgracia particular comenzó cuando me topé con dos bonitos caballos que se estaban haciendo arrumacos uno al otro. Me quedé embelesada mirándoles sin darme cuenta de que el uno quería montar a la otra… manda narices no darse cuenta, a las fotos me remito. Total, que ya me iba cuando apareció un señor a caballo con un perro y me preguntó que a dónde iba. Bah, encima quedé como una salida, debió pensar que me gusta ver sexo animal. Yo, con todo mi bochorno encima, le dije que estaba explorando el valle y que me iba, y el señor me explicó que él tenía un negocio de caballos y que me llevaba  a ver la puesta de sol sobre su corcel. Yo no estaba por la labor de irme con un jinete desconocido a ver románticos atardeceres, así que decliné amablemente y me puse en marcha, pero el tipo no se conformó.

Uno de estos caballos tiene cinco patas. / © Lola Hierro.

Ahí, en lo alto, el jinete buscándome. / © Lola Hierro.

La siguiente hora de mi vida la pasé jugando al gato y al ratón con este jinete, que aparecía y desaparecía entre las rocas con su puñetero caballo, siempre acechan, hasta el punto de que ya me preocupé un poco por mi seguridad. Estaba totalmente sola en medio de un valle enorme y vacío, sin una sola casa habitada y mucho menos, un comercio. Tenía el móvil sin batería y me perseguía un señor a caballo. Percal. En realidad, me da pena pensar así. Seguro que el señor era una bellísima persona y yo soy una desconfiada de mierda, pero qué le voy a hacer, la vida me ha enseñado que también hay mucho jeta suelto.

Súper casas. / © Lola Hierro.

Eentre tanto ir y venir, vi el valle bastante bien. Recorrí numerosos caminitos de un lado a otro, sorprendiéndome con cada recodo, con cada iglesia y cada casa. Después de varias horas conseguí salir a la carretera que une Göreme y no sé qué otro pueblo pero, en vez de ir bien y llegar hacia mi hostal, me metí por otro sitio y acabé perdida dentro del propio pueblo por unos barrios muy lujosos que no me sonaban de nada.

Más chimeneas de hadas. / © Lola Hierro.

Tras esta aventura, llegué exhausta al hostal con ganas de sentarme a escribir un poco y ya, pero no pude porque me hice amigos, en concreto, dos: Mohamed, canadiense de padres italo-marroquíes, y Han, vietnamita, surfera y viajando por el mundo desde hace año y medio. Personas súper interesantes ambas. Con Mohamed cené esa noche en el  Fat Boys, un restaurante de nombre genial, comida mejor, y muy económico. Lo recomiendo muchísimo. El segundo día lo dediqué a las viviendas e iglesias del Museo al Aire Libre de Göreme. Está a unos diez minutos caminando por la carretera general y es digno de ver. Cuesta 20 liras que se pagan con mucho gusto. Aunque a mi me gusta más perderme en recintos abiertos en vez de meterme en un espacio acotado lleno de turistas, he de reconocer que en este lugar puedes pasar por algo esos inconvenientes.

Entrada al museo al aire libre de Göreme. / © Lola Hierro.

Vistas desde el museo. / © Lola Hierro.

Hasta aquí me dirigí con mi nueva amiga, la diminuta Han, una mujer que tiene una vida muy interesante y que se ha convertido en mi heroína porque me ha demostrado que nunca es tarde para hacer un gran viaje. Han, natural de la antigua Saigón, huyó con su familia de la guerra a los 16 años. Se formó en Estados Unidos como ingeniera, ha vivido ocho años en Hawai, donde ha practicado muchísimo surf. Tras una vida entera currando de algo que no le gustaba demasiado, se ha retirado y lleva un año y medio viajando por el mundo. Ha estado en docenas de países, y tras su estancia en Turquía se dirigía a Barcelona a visitar a una amiga, luego tres meses a Canarias para hacer surf y posteriormente a Marruecos por tiempo indefinido. Mi heroína, lo que digo.

Han, una tipa estupenda. / © Lola Hierro.

Han y yo exploramos juntas los recovecos de un museo que conserva frescos realmente valiosos de la época bizantina. El recorrido está bien señalizado y así es muy fácil no perderse ninguna de las pequeñas capillas. Las primeras son más normalitas pero tú te sorprendes al encontrar esas pinturas tan arcaicas con pantocrátor y diversos santos. La primera que encontramos es la Aziz Baçil Sapeli o capilla de San Basilio, uno de los santos más importantes de la Capadocia, y en el que hay varios frescos como el de san Teodoro matando a un dragón que simboliza el paganismo. La iglesia de la manzana (Elmali Kilise), del siglo XII, qeu domina un valle, tiene escenas bíblicas en sus muros pintadas con mucho arte. La capilla de Santa Bárbara (Azize Barbara Sapeli) alberga las escenas más misteriosas, pues no se sabe bien qué representan, y la de la serpiente o Yilani Kilise muestra a un pobre San Jorge que, en vez de matar a un dragón, mata a una serpiente, cosa que tiene bastante menos mérito.

Iglesia de la manzana. / © Lola Hierro.

San Jorge matando a la serpiente que debía ser un dragón. / © Lola Hierro.

Capilla con Pantocrator. / © Lola Hierro.

Iglesia de Santa Bárbara. / © Lola Hierro.

El museo no solo tiene capillas, sino también vestigios de la vida local de aquellos primeros siglos de cristianismo. En el Rahibeler Manastiri o convento de las monjas se pueden visitar las cocinas (que se distinguen bien porque el fuego y el humo tiñeron de negro las paredes), refectorios, almacenes de alimentos, etc.

Convento de monjas. / © Lola Hierro.

Aquí se cocinaba; de ahí el negro del techo. / © Lola Hierro.

Además hay otras iglesias mucho más espectaculares porque, por una u otra razón, sus pinturas se han conservado mejor que en el resto. Es el caso de la Karanlik Kilise o iglesia negra, cuya entrada se paga a parte. Merece la pena, sin duda. Se llama así porque apenas le entra luz. Esto ha contribuido a que sus frescos hayan llegado casi intactos a nuestros días. Salvo porque algunas caras aparecen rascadas, están perfectos, con unos colores vivísimos como si los hubieran pintado la semana pasada. Es impresionante tenerlo delante de tus narices, y te lleva a imaginar cómo sería la vida en este lugar en su momento de mayor esplendor. Debía ser precioso. A la salida del parque, es obligatorio echar un vistazo a la Tokali Kilise o iglesia de la hebilla, una de las mejor conservadas de Turquía, del siglo X.

Iglesia negra. / © Lola Hierro.

Imágenes perfectas. / © Lola Hierro.

Frescos brutales. / © Lola Hierro.

Iglesia de la hebilla. Brutal. / © Lola Hierro.

Una vez fuera, Han y yo podíamos haber visitado el Love Valley, el del amor o el de las palomas, pues todos están cerca pero, a decir verdad, yo estaba exhausta. Y no es porque el museo canse, sino porque me encuentro un poco floja últimamente. Lo que hicimos fue comprar algunos alimentos en un Día. (sí hay un día en  Göreme!!)  y emprender otra caminata para ver la puesta de sol. Solo eran las cuatro pero aquí anochece prontísimo.

Tienda de alfombras en Göreme. / © Lola Hierro.

Justo detrás de la mezquita principal de Göreme hay un caminito cuajado de hostales que asciende hasta lo alto de una colina. Es un poco paliza pero, cuando se alcanza la cima, uno obtiene el mejor regalo del mundo: las vistas de todos los valles que rodean la ciudad. Legamos en una hora ala que parte del paisaje estaba en sombra y parte aún cubierto de una luz dorada que daba un aspecto mágico a todo. Desde allí arriba observamos casas de piedra y chimeneas de hadas hasta donde nos alcanzaba la vista, y nos hicimos unas cuantas fotos sintiéndonos en lo alto del mundo, como si hubiéramos ascendido el Everest.

Capadocia, en todo su esplendor. / © Lola Hierro.

Puesta del sol sobre el Valle. / © Lola Hierro.

Atardecer sobre Göreme. / © Lola Hierro.

Mis últimas horas en Göreme han transcurrido otra vez en el Fat Boys, donde fuimos a cenar con un par de catalanes, Meritxell y Gerard, que acababan de llegar al hostal. Estos momentos de compadreo con gente desconocida son los que más me gustan. Todos tienen una historia, un pasado y unos planes futuros, y a menudo te encuentras personas que te inspiran de verdad y te hacen creer que todo es posible y que el mundo entero está a tu alcance. De vez en cuando, incluso, puede llegar alguien de la manera más insospechada, sentarse a tu lado en la cocina de un hostal perdido y acabar dándole la vuelta a tu vida de arriba a abajo.  Prestad siempre mucha atención a los misteriosos viajeros y viajeras que cenan a vuestro lado calladamente, pues nunca sabemos cuánto pueden llegar a cambiarnos.

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