Turquía IX – Primera experiencia con el gas pimienta

Desde que llegué a Turquía no he dejado de vivir situaciones surrealistas: desde el jinete que me perseguía en Göreme hasta la confusión que casi me hace meterme en Siria. Cuando acabé mi trabajo en el campo de refugiados de Kilis pensé que podía respirar. Ya había acabado lo más difícil, ahora solo me quedaba coger un avión a Estambul y pasar el fin de semana entre amigos para, después, volver a casa. No imaginaba lo que se podían complicar las cosas.

Salí de Gaziantep como alma que lleva el diablo. Pese a lo bien que estuve con Ahmad, que fue lo mejor de esos días, tenía tantas ganas de zafarme de esa ciudad y sus recuerdos (como si se pudiera) que me fui al aeropuerto cuatro horas antes.  Pensé que nada me pasaría por aburrirme un ratillo esperando el avión. Se convirtió en una espera de siete horas ahí plantada.

De todos los días que tiene el año, un ucraniano decidió secuestrar un avión justo el mismo en que yo viajaba, justo en el mismo país en que yo me encontraba, y justo en el mismo aeropuerto al que yo tenía que volar unas horas después. Estaba tan a gusto en una cafetería buceando en internet cuando un pasajero que me había visto facturar mi mochila vino a mi mesa a avisarme de que había un ligero retraso. “Un ucraniano borracho ha secuestrado un avión en el aeropuerto de Sabiha Goçen y la policía lo ha cerrado. Todos los vuelos están retrasados de momento”. Cuando me dijo eso, pensé que había entendido mal su inglés. Pero no, mis entendederas andaban bien. Entre pitos y flautas aterricé en mi cama a las 4 de la madrugada, cuatro horas después de lo esperado y absolutamente rota.

Las aventuras no se acabaron aquí. Mi fin de semana plácido ha sido lo menos plácido del mundo. Empezando porque fui a visitar el Palacio Topkapi tarde, muy tarde, y tuve que verlo en una carrera para no llegar tarde a mi encuentro con uno de mis nuevos conocidos sirios, Vindar.  Topkapi es uno de los lugares más fascinantes de Estambul, es el palacio de las mil y una noches, ese en el que los sultanes se rodeaban de lujo y ostentación, de bellas concubinas, danzas de siete velos y eunucos negros. Su construcción empezó en 1467 bajo el mandato de Mehmet II y tuvo sucesivas reformas en los siglos siguientes. Desde aquí, los sultanes otomanos gobernaron su imperio hasta mediados del siglo XIX.

Biblioteca. / © Lola Hierro.

La sala de las recepciones. / © Lola Hierro.

Llegué muy tarde porque había dormido muchísimo, algo muy necesario si tenemos en cuenta las condiciones en las que había llegado la madrugada anterior. Hecha la interminable cola y una vez dentro de las instalaciones, me llevé mi primera sorpresa: mi cámara de fotos murió. Si alguien me pregunta que a quien quiero más, a mi madre o a mi cámara, tendría dudas para contestar (Mamá, tú sabes que te quiero mucho igualmente). Me quedé en shock. Me salía un mensaje diciendo que tenía un error 30 y que debía reemplazar la batería o apagar y encender. Hice todo eso varias veces pero nada, que no funcionaba.

Rinconcillos en Topkapi. / © Lola Hierro.

Patios del harén. / © Lola Hierro.

Me rendí y me puse a visitar el palacio, intentando concentrarme en lo que veía en vez de lamentarme por mi recién fallecida amiga. En este punto he de decir que visitar el palacio de Topkapi en condiciones es misión imposible si no se dispone de un plano. Es un complejo enorme lleno de estancias muy parecidas por fuera y desperdigadas por aquí y por allá, en 700.000 metros cuadrados y cuatro patios. Si no se procura guardar un orden mínimo, acabas entrando tres veces en la de la colección de relojes, por ejemplo, y ninguna en la sala de la circuncisión. Por cierto que, precisamente esta, no la encontré.

Salas muy barrocas. / © Lola Hierro.

Fui, literalmente, corriendo de habitación en habitación, intentando valorar los exquisitos azulejos pintados de las paredes, las lujosísimas joyas, tronos y utensilios diversos de nácar, jade, diamantes, piedras preciosas y perlas, los antiguos trajes tradicionales tan bien conservados…  Las salas del tesoro son realmente espectaculares; albergan algunas de las joyas más valiosas del mundo, como un diamante de 88 kilates que perteneció a la madre de Napoleón o una daga -el arma más cara del mundo- que tiene tres esmeraldas del tamaño de un huevo incrustadas. No obstante, mi pobre cámara seguía en mis pensamientos, y el hecho de que llegaba tarde a mi cita con Vindar, también.

Estancias reales. Ojo a las vidrieras. / © Lola Hierro.

Puerta de nácar y madera. / © Lola Hierro.

Azulejos palatinos. / © Lola Hierro.

Pasé como una exhalación por el harén, que no era un lugar de lujuria y desenfreno como se cree (o al menos no tanto) sino, simplemente, las estancias privadas del sultán de turno. Aunque también es cierto que aquí vivían entre 500 y 800 mujeres bajo el mando de la reina madre y que, en su afán de escalar posiciones hacia el puesto de favorita, debían producirse intrigas de todo tipo. Según me paseaba (corría) por las diferentes estancias, me preguntaba cuántas puñaladas traperas y corros de porteras habrían visto esos muros. El harén es muy bonito, la verdad, da una idea de la opulencia de los mandamases del pasado.

Patios interiores del harén. / © Lola Hierro.

La cúpula de la habitación del sultán. / © Lola Hierro.

Fuente en el dormitorio del sultán. / © Lola Hierro.

Dormitorio del sultán. / © Lola Hierro.

A toda velocidad, salí de allí para reunirme con Vindar, y menos mal que le encontré. Yo llegué tarde, pero él se había confundido de sitio para esperarme, así que me hubiera tenido que esperar igual hasta que di con él. En fin. Pusimos rumbo al bazar de las especias para recoger a Khaled, otro de mis nuevos amigos de Alepo, que trabaja allí, y cuando acabó su turno nos dispusimos a pasar una noche de sábado como tres despreocupados jovenzuelos.  A todo esto, mi cámara resucitó tan repentinamente como había fallecido. Por eso puedo enseñar algunas fotos.

Terrazas una cálida tarde de invierno. / © Lola Hierro.

Plácida tarde de sábado cerca de la mezquita azul. / © Lola Hierro.

Sultanahmet. Aquí no se mascaba aún la tragedia. / © Lola Hierro.

Padre, hijo y maíz en una tarde en Sultanahmet. / © Lola Hierro.

Habíamos quedado con José, corresponsal de El País en Estambul, y con Meritxell y Gerard, los dos chicos de Girona que conocí en Göreme, en la plaza Taksim, y allá que nos fuimos. Lo que no sabíamos es que se iba  a armar bien gorda. La semana pasada, el Gobierno turco aprobó una ley que le va a permitir cerrar páginas web sin orden judicial. Los jóvenes turcos, tan combativos como solo los que ven sus derechos pisoteados saben ser, se lanzaron a la calle a protestar por esta ley y pedir su anulación. Y la policía turca, que no se anda con tonterías, respondió como de costumbre: gaseando al personal.

Té delicioso que vende Khaled en el bazar de las especias. / © Lola Hierro.

Y asi fue como la menda ha vivido su primera experiencia chispas con el gas pimienta. Ni siquiera fue por estar currando. Podía haber sido una valiente reportera metida hasta la cintura en la movida para informar mejor al personal de la brutalidad policial. Pero no, solo era una turista imbécil comprando un zumo de granada en una calle por la que todo el mundo corría cuesta abajo con pañuelos en la nariz y la boca. Y yo, tan ancha. Hasta que lo sentí. ¡Joder, qué desagradable!. Es un gas que no se ve ni se huele, solo te pega cuando menos te lo esperas. De repente, los ojos me empezaron a picar y a llorar, igual que la garganta y la nariz. Tan fuerte era la sensación que no pude seguir donde estaba; instintivamente me di media vuelta y salí zumbando, igual que el resto de gente. Conmigo, Khaled y Vindar, igual de afectados que yo.

Marabunta de gente huyendo del gas pimienta. / © Lola Hierro.

Peña huyendo de la poli. / © Lola Hierro.

Gente gaseada. / © Lola Hierro.

Fueron Khlaed y Vindar quienes tomaron las riendas de la situación, y yo me dediqué a ser una dama en apuros, que no siempre tiene una a dos guapos y valientes galanes sirios rescatándote de gases tóxicos. Fue Khaled quien fichó un portal abierto y nos metió adentro. Justo cuando atrancó la puerta, una jauría de policías con máscaras de oxígeno pasaron a todo correr mientras tiraban más gas. Los hijos de puta. Nosotros, aún con la puerta cerrada, seguíamos notando el picor. No parábamos de toser como unos desgraciados. Así estuvimos unos diez minutos en los que entre tos y tos, lloro y lloro, nos dedicamos a sacarnos fotos en plan: “nuestra última foto antes de morir gaseado” o “foto de la primera vez que me gaseó la policía”.

Con Vindar y Khaled

Primera experiencia juntos con el gas pimienta.

 

Cuando salimos, intentamos alcanzar la plaza Taksim, donde habíamos quedado con nuestros amigos, pero fue imposible. Probamos por varias rutas pero en todas acabábamos encontrando movida: botellas voladoras, policías lanzando gas, gente llorando y tosiendo, gente corriendo, gente peleándose con agentes, gente haciendo barricadas.. No hubo manera, así que decidimos cambiar el lugar de la cita y quedarnos mucho más abajo, en la Torre Galata. Lo que más gracia me hizo es la pachorra con la que Khaled y Vindar se tomaron la situación. “En Alepo la policía directamente dispara con balas de las que matan”, me dijo Khaled.

Policía por todas partes. / © Lola Hierro.

Galata es un sitio genial y seguro que las guías no dicen el verdadero por qué: porque es un espacio donde la gente hace botellón. Compramos unas cervezas tamaño yonki-lata (o sea, de las grandes), y nos sentamos en el santo suelo, con la espalda pegada a la misma torre, a beber un poco, ya más tranquilos. Igual que docenas de personas jóvenes. Un botellón en toda  regla, a la turca, con borrachos bailando una especie de Paquito el chocolatero en versión autóctona. Seguía picando el gas, pero pasamos un rato muy divertido, hablando de Siria, de España, de la guerra, de la vida y de los sueños de cada uno. La verdad es que he conocido a personas muy especiales en Estambul.

La poli gaseando y la gente tan tranquila en la calle. / © Lola Hierro.

Más tarde nos reunimos con el pobre José, que se retrasó porque le había tocado escribir una crónica para nuestro periódico, y nos fuimos a cenar algo, a contarnos las batallitas y todo eso. Acabamos la noche en un garito donde había un concierto de un grupo cuyo nombre ignoro, muy integrados con la noche turca no turística. Es lo que tiene salir con gente que vive aquí, aunque no puedo decir el nombre del restaurante ni del local de copas porque, para variar, no me acuerdo.

El trompetista del concierto que vimos. Entrañable con esos mofletes inflados. / © Lola Hierro.

Y así se terminó el día que siempre recordaré como aquel en el que me gasearon por primera vez. Ya puedo decir que soy como cualquier otro turco más, y hasta puedo dar consejos sobre qué hacer en caso de inhalación de gas pimienta: no tocar ojos, beber leche (según José, la cerveza es lo mejor), y al llegar a casa ducharse de arriba abajo y lavar toda la ropa que se llevara puesta. Esto tampoco viene en las guías de viaje.

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