Por ti no dejaré de soñar

Y aquí estoy, a las cuatro de la mañana de este siete de enero, sin saber ni qué decir ni qué pensar. Te nos has ido, Enrique, y me he enterado de casualidad, cuando estaba a punto de apagar el ordenador. Cosas de estar de vacaciones. Una noticia vía Facebook de una amiga querida que ya era totalmente fiable y luego la escueta confirmación en el Skup de EL PAÍS: “Muere Enrique Meneses. El fotorreportero madrileño, nacido en 1929, ha fallecido”.

No sé ni por qué escribo, solo aporreo el teclado, salen incoherencias y lo borro todo. Porque no encuentro palabras, no creo que pueda decir nada a la altura de las circunstancias. Mejor sería callar, pero intento despedirme de ti desde aquí porque de otra manera ya no puedo. Sé que eras muy mayor y que estabas muy pachucho, aunque también sé que estabas contento con la vida (o vidas) tan larga y plena que tuviste. Una vez me dijiste algo como: “Si me muriese hoy mismo, lo haría muy satisfecho de lo que he vivido”. Fue hace un año, la última vez que te visité. Y yo sé por eso que no debería apenarme por tu muerte sino celebrar tu vida. Y lo hago, lo haré, pero esta noche lloro y pataleo. Porque te nos has ido, y aún me quedaban tantas cosas por preguntarte, y teníamos todos tanto que aprender de ti. Yo sabía que te encontrabas regular y no quería molestarte. Y así pasaban los días y me decía que seguro que remontarías. Porque siempre lo hacías. Y ahora ya no estás. Mierda.

Tú me cambiaste. Cuando te conocí en Santander me inspirabas tanto respeto que me daba hasta miedo acercarme. Y cuando te lo confesé me echaste la primera “bronquilla” de unas cuantas que vendrían después. “¿Cómo es posible que siendo periodista te dé vergüenza algo así?”, me dijiste con muchísima razón. Pero es que me imponías. Habías venido a dar una charla en la UIMP y a inaugurar una exposición con tus fotos, creo. Era el verano de 2010. Y desde entonces siempre te merodée. Me diste muy buenos consejos, me animaste a luchar por mi oficio. Me contaste muchas de tus aventuras, las mismas que después leería en tu novela Hasta aquí hemos llegado.

Una vez me contó que esta era una de sus fotos favoritas. Es muy simbólica. (C) Enrique Meneses.

Cuando tenía algún quebranto periodístico, te llamaba o te escribía. Cuando estuve en Albania ayudando en un documental sobre las venganzas de sangre, me animaste. Cuando en ese mismo país me metí en una peligrosa manifestación contra el Gobierno de Shali Berisha y yo andaba entre avezados fotoperiodistas con casco, más perdida y acojonada que nadie, te escribí un sms desesperado y tú me respondiste con palabras de calma. Cuando te conté que me iba a recorrer el sureste asiático, fuiste el primero en apoyarme frente a  mucha gente que me decía que no perdiera el tiempo en eso. Y tú incluso me escribiste cuando estaba allí para que me buscara la vida para llegar a Libia, pues era cuando se estaba empezando a desbarajustar todo allí con Gadafi. Hasta me mandaste un detallado e-mail explicándome cómo sortear la frontera. Yo estaba en Singapur y no tenía dinero para irme a Libia, era muy disparatado todo. Pero sé que tú en mi lugar hubieras encontrado la manera.

Joder, mientras escribo todo esto me vienen a la cabeza imágenes, recuerdos, retazos de conversaciones. Las visitas a tu casa nunca duraban menos de dos horas. Me recogiste totalmente desencantada con el periodismo, yo estaba frustrada y amargada, era como un pajarillo con las alas rotas. Me recogiste  y me metiste caña, con tu optimismo, tu idealismo infinito, tu bondad y tu gamberrismo a partes iguales, y sobre todo con tus historias de aventuras por medio mundo (desde Cuba y Fidel y las fotos cosidas en las enaguas de una moza hasta tu amada África, tu casa barco que se hundió en el Nilo, tu amigo Jaimito y la belleza nuer pasando por la Marcha sobre Washington con Martin Luther King y esa frase “He called me Madame…”). Me obligaste a volar. Y ahora que voy poquito a poco lanzándome del nido yo sola, no puedo sino agradecerte siempre, hasta el fin de mis días, todo lo que hiciste por mí.

Foto de Fidel Castro en Sierra Maestra tomada con 60 segundos de exposición, sin flash y a pulso. / (C) Enrique Meneses

No soportabas vivir encadenado al oxígeno y al sofá. Tú, el que decía que tenía en las venas tinta y un poco de whisky. El que presumía de que ya se lo había bebido y fumado todo en esta vida. Con 83 años, eras mi amigo más joven. Esta vida no era para ti y necesitabas salir a vivir nuevas aventuras, amigo, y a por ellas te has ido. Siendo egoísta, me parece fatal que nos prives de tu presencia, de tus consejos y de tus ganas de vivir. Nos dejas huérfanos. Pero te lo perdono porque también nos has dado muchísimo. Toda la vida presumiré de que fui una de las privilegiadas que te conoció y que oyó de primera mano todo lo que tenías que decir al mundo. Toda la vida te recordaré, me aplicaré tus consejos y haré lo posible para que nunca caigas en el olvido y para dignificar nuestro oficio, “el más bonito del mundo”, tal y como tú siempre hiciste.

De ti aprendí que no hay que rendirse, y que no hay que dejar de soñar. Nunca. Mi querido aventurero, te has ido a tu viaje más largo. Sé que serás muy feliz donde quiera que vayas a estar a partir de ahora, porque si el cielo existe, tu tienes un lugar enorme en él, repleto de chicas guapas, tabaco a toneladas, whisky del bueno y grandes noticias esperando a ser contadas por ti. No te olvidaremos, no te olvidaré nunca. Gracias, gracias, compañero, amigo. Descansa en paz.

 *Foto superior: (CC) Café&Periodismo

3 Replies to “Por ti no dejaré de soñar”

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  2. Mario V

    Solo por haberle conocido ya eres una privilegiada Lola. Yo no lo conocí, pero de todo lo que ha hecho o dicho.. me quedo con su optimismo y su espíritu aventurero, al menos es lo que necesito escuchar en estos tiempos…

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