El día que monté en el tren de vapor de Harry Potter

10.00

En el autobús 52 de camino a Armadale, en el sur de Skye, en busca de un ferry que me sacará de esta isla. Dejo atrás Portree, los paisajes imposibles de este pedacito del mundo, las montañas y las amistades hechas estos días. Como la de Kira, una chica alemana de mi edad que acaba de terminar un master en Londres y está en Escocia de vacaciones, igual que yo. O Joan, un motorista de Tarragona que está viajando por Escocia y con quien tuve una conexión muy especial. O Mairah y Ruth, dos señoras escocesas en sus cincuentaytantos que estaban pasando el fin de semana de juerga de amigas. Las tres han sido mis compañeras de habitación estos dos últimos días, y todos juntos hemos compartido algunas conversaciones interesantes y algunos momentos inolvidables, como la noche en un bar de pueblo en el que emitían el partido entre el Celtic y el Barcelona. Lo pasamos todos en grande rodeados de escoceses borrachos.

Mientras escribo, veo este paisaje entre dos tierras. ©Lola Hierro

Me llevo mucho de esta isla, que me ha dado paz, amistad y me ha limpiado el alma de todo lo podrido que llevaba dentro. Me ha enseñado que sé estar sola, pero que también sé relacionarme y hacer amistades. Me siento capaz de ir al fin del mundo con la única compañía de mi mochila y mi cámara. Y abierta a lo que venga. No necesito a nadie.

 14.00

Me he despedido de Skye desde la cubierta de un ferry que me ha trasladado desde Armadale a Mallaig, ya en tierra firme. Me encanta viajar en este tipo de embarcación; la última vez que subí a uno fue en Indonesia, cuando volvía de las islas Gili a Denpassar, la capital de Bali. Qué recuerdos me trae. Me gustan porque hacen que me sienta ubicada, no sé, como que tomo conciencia de dónde estoy en realidad. Puedes poner un dedo en el mapa y decir: “Hey, en este punto exacto del mar estuve yo”.

El humilde muelle de Armadale. ©Lola Hierro

El café de la espera. ©Lola Hierro

Dos viajeros esperando la llegada del ferry. ©Lola Hierro

El ferry nos recibe. ©Lola Hierro

Momento para consultar la guía de viajes. ©Lola Hierro

Armadale no es más que un punto en el mapa donde hay un par de tiendas de lanas y de souvenirs y donde no hay nada más que hacer que tomar un café y esperar la llegada del ferry. Mallaig tampoco es nada del otro mundo. Es un pueblo pesquero que tiene algún café para pasar el rato, un supermercado y poco más. En unos minutos tomaré el Jacobite Steam Train, cuya locomotora de vapor nos arrastrará hasta Fort William, la meca del turismo rural en Escocia. El tren es viejísimo, de principios del siglo XX, pero dicen que el recorrido que hace es uno de los más espectaculares del planeta. Vamos a pasar por el mismo viaducto que sale en una de las entregas de la película, que se llama Glennfinnan y es una preciosidad.

Hola, Mallaig. ©Lola Hierro

Bienvenida a Mallaig. ©Lola Hierro

Mallaig. Un sitio muy normal. ©Lola Hierro

La estación de trenes de Mallaig pasa desapercibida. ©Lola Hierro

Monumento a los pescadores de Mallaig. ©Lola Hierro

Ya estoy subida en el tren de Harry Potter, un antiguo ferrocarril de vapor llamado Jacobite Steam Train famoso porque es que el niño mago coge para ir a su colegio (Hogwarts era, ¿no?) en las películas de la saga. El ferrocarril tiene dos clases de vagones: de turista, muy normalillos, y de primera, que están ambientados en la época en que el tren fue construido. Los vagones tienen mesitas con lamparillas, tapicerías horteras en los asientos y juegos de café de loza. Lo que no me gusta es que el vagón se está llenando de gente y veo que voy a tener que apretujarme mucho. En unos minutos he pasado de estar prácticamente sola en mi sitio a hallarme rodeada de viejunos con aspecto de turista que no cesan de parlotear. ¡Soy la más joven con diferencia de todo el vagón!

A estas chicas les daba bastante igual el paisaje. ©Lola Hierro

Mi vecina de asiento. ©Lola Hierro

Vagones de segunda clase. ©Lola Hierro

Primera clase. ©Lola Hierro

El tren arranca. Realmente se le ve viejo. Tiene los cristales rayados, traquetea y echa muchísimo humo, y hasta silba de vez en cuando. es muy curioso estar montada en un cacharro tan antiguo como este. Si algún día tengo nietos, no sabrán ni siquiera lo que es un tren de vapor.

Niebla y bruma. ©Lola Hierro

Árbol solitario. ©Lola Hierro

Paisajes desde el tren de vapor. ©Lola Hierro

21.00

Mal que me pese, he de decir que el viaje en el Steam Train no es para tanto. No cuando te toca el lado derecho del tren, porque no se ve nada, y el viaducto maravilloso queda tapado por docenas de cabezas que intentan ver lo mismo que tú desde las ventanillas de la izquierda. Los paisajes son una preciosidad, los que se pueden ver, porque entre la niebla y las malas condiciones de los cristales, solo se ve a medias. Me hubiera ahorrado el dinero, pero bueno, así es la vida.

Turistas intentando fotografiar el viaducto de Glennfinnan. ©Lola Hierro

Esto es todo lo que pude ver del viaducto. ©Lola Hierro

He llegado reventada a mi hostal de Fort William, que es muy bueno pero tiene el gran inconveniente de encontrarse en lo alto de una cuesta muy empinada. Voy notando el cansancio, y además estoy un poco desanimada tras separarme de las amistades que hice en Skye. Me siento extraña. Es raro. No me acaba de dar buen karma esta ciudad, y eso que la gente es majísima. Hasta me he encontrado a dos madrileños que trabajan en el hostal. Aquí también ha sido donde me he reunido con Kira, mi compañera de habitación en Portree. Ha sido una alegría verla, es toda luz.

La locomotora del Steam Train. ©Lola Hierro

Un señor que escribió un libro sobre el tren montón un puesto de firma de ejemplares. ©Lola Hierro

Mini tienda de souvenirs. ©Lola Hierro

Kira ha vivido algo rarísimo en las calles de Fort William. Se ha encontrado en la calle principal a un viejo amigo de Berlín -ciudad en la que vive habitualmente- al que hacía años que no veía. Hemos cenado con él y su novia, así que hemos arreglado la noche bastante bien.

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