MEMORIAS DE ASIA V: DE NATURALEZA Y MUERTE

Al final, quien vaya a Kanchanaburi va a tener dos actividades a las que dedicarse sí o sí: ver naturaleza y conocer un episodio de la II Guerra Mundial. Excluyo lo que tiene que ver con animales, como el supuesto santuario de elefantes, el de tigres y un safari que he visto que anuncian. O a cualquier turismo a costa del maltrato animal. También se pueden visitar templos, como en toda Tailandia.

Para nuestro último día completo en Kanchanaburi hemos decidido unirnos a una excursión organizada por Yves. En realidad solo es compartir un vehículo con otros clientes del hotel para acercarnos a un par de lugares interesantes, así que bien. Salimos a las siete y media de la mañana y nos acompañan una pareja checa y un matrimonio francés con dos hijas de cinco y ocho años que son más buenas que el pan.

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Salimos tan temprano porque vamos al Parque Nacional de Erawan, que se llama así en honor a un elefante blanco de tres cabezas que figura en la mitología hindú. En esta reserva de casi 600 kilómetros cuadrados hay siete niveles de cascadas de aguas turquesas en las que te puedes bañar y todo. Dice Yves que hay que ir pronto para evitar las hordas de excursionistas que vienen desde Bangkok a pasar el día. Nunca llegan antes de las diez porque tienen un viaje de unas dos o tres horas desde la capital tailandesa. Y así es: al iniciar el recorrido estamos solos a excepción de una señora bastante obesa y su muy anciano acompañante que se quedan en la tercera cascada porque tienen dificultades para moverse, no les da la vida para subir más. En cuanto les adelanto, todo el parque es para mí.

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Las siete cascadas son preciosas, efectivamente, no defraudan. El recorrido que te transporta desde la primera a la última es de 1,5 kilómetros más o menos a través de selva, no tiene pérdida porque esta bien señalizado con carteles de madera por todas partes, es muy divertido y nada difícil, para mi gusto. Luego, según se asciende hay que subir escaleras, atravesar puentes de dudosa estabilidad, trepar por raíces de árboles viejísimos, saltar por rocas y, al final, descalzarse para cruzar tramos inundados de agua. Igual esta última parte sí que no es adecuada para persona de movilidad reducida.

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Cada una de las siete cascadas tiene nombre y particularidades propias. La primera se llama Lhai Keun Lung y se llega a ella por un sendero. Es fácil de encontrar porque conecta directamente con el aparcamiento del centro de visitantes. La segunda es Wang Matcha y en ella se suele quedar gente para nadar porque es ancha y un poco más profunda, aunque se hace pie. Debajo de los chorros de agua hay una pequeña caverna. Para encontrar la tercera ya hay que ascender unos 20 metros. Su nombre es Pha Nam Tok y lo mismo: muy apropiada para darse un baño siempre y cuando no te den miedo los pececillos. Luego va Oke Nang Phee Suer, también muy parecida.

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La humedad es muy intensa, estamos en medio de la jungla otra vez. A ratos llueve, pero no hace frío, es una sensación que se me sigue haciendo rara. Nos bañamos un poco en la quinta cascada, que se llama Buer Mai Long. A esta se llega bajando por un pequeño barranco lo suficientemente fácil como para que yo me atreva, y difícil para que no venga nadie más.

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Según subimos encontramos más gente, y al llegar arriba, comprobamos que por lo menos 30 turistas han llegado antes que nosotros. Eso no impide que nos metamos en el agua y nos hagamos la foto de rigor en la cascada séptima y última: Phu Pha Erawan. Allí, en lo más alto de Erawan, los chorros de agua han formado unas piscinas naturales preciosas, pero están un poco congestionadas y por eso iniciamos la vuelta bastante rápido.

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La foto de rigor.

Un poco más abajo nos volvemos a bañar en otra piscina natural donde sí que estamos solos: es la sexta catarata, que nos habíamos saltado a la ida: Dong Pruek Sa. Nos hacemos fotos y nos morimos de grima cuando los peces nos muerden los pies. Son de esos que tienen en los salones de belleza, pero grandes. Dan cosa, no me gustan, ¡y hacen muchas cosquillas! En cuanto comienza a venir gente, nos marchamos. Además, se pone a chispear. Es una sensación rara que solo he vivido en sitios como Tailandia. Que llueva y haga calor al mismo tiempo y estés dentro del agua mojándote con la lluvia. No sé, humedad por todos lados.

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Una cosa que nos llama la atención es la existencia de algunos puntos donde hay muchos vestidos de fiesta de estilo thai colgados de los árboles. Intuimos que es para cobrar a los turistas por usarlos para hacerse una foto chula, pero están todos abandonados, sucios, y parece más bien un escenario de una película de miedo. Los vemos tanto a la ida como a la vuelta, pero durante esta última dan mucha lástima porque la lluvia los ha calado y la pinta es realmente lamentable. Vamos, que ni muerta me visto yo con eso. De igual manera, volvemos tan empapados por la lluvia, la humedad y los baños que nos tenemos que cambiar toda la ropa, y yo incluso comprarme un pantalón de trapillo, de esos de elefantes y colorines así exótico, porque no hice caso a Jose y solo llevo una muda y una camiseta extra.

EL FERROCARRIL DE LA MUERTE

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El siguiente punto de la excursión es el ferrocarril de la muerte, el que construyeron en 1943 los prisioneros de la II Guerra Mundial y los asiáticos bajo el mando del Imperio Japonés. Los cálculos realizados indican que entre 180.000 y 250.000 trabajadores asiáticos, unos 61.000 presos de guerra fueron obligados a trabajar en esta construcción y murieron casi 100.000 entre unos y otros. La línea de tren recorría unos 415 kilómetros entre Ban Pong (Tailandia) y Thanbyuzayat (Myanmar) para unir ambos países. Cerró en 1947, pero diez años después se reabrió un tramo que sigue en uso, y nosotros completamos un recorrido de 40 minutos. El vagón es rústico a más no poder, y lo cogen sobre todo turistas, pero también gente de allí que va y viene de sus asuntos rutinarios.

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Cuando llegamos al inicio de un puente de madera inmenso, nuestro conductor se asoma por la ventanilla del vagón y nos indica que bajemos. Él ha ido en coche y ha llegado antes. Por una parte me alegro porque justo aquí se suben ocho mil turistas que solo montan para cruzar la dichosa y famosa pasarela. Y además, al bajarnos podemos verlo bien, observar cómo se marcha el tren, tomar fotos del río Kwai (el de la famosa peli) que discurre en paralelo… Es muy bonito, sí, pero qué vértigo caminar sobre la vía. Jose se ríe de mí, ¡pero es que me da miedo! Justo debajo de las traviesas que estoy pisando en sandalias solo se ve el abismo. Por cierto, aquí también se puede visitar la cueva de Kasae, que no es más que un agujero en la roca con otro Buda sedente en su interior.

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Tras esta incursión volvemos al hostal, ya cansados. De hecho, nos medio dormimos durante el camino, pero al llegar cumplo algo que tenía pendiente: un masaje tailandés. Y madre mía… He salido hecha trizas. Una señora muy corpulenta me ha cogido por banda y me ha estrujado cada músculo de mi cuerpo. ¡Un dolor! Cuando ha llegado a al espalda, ha señalado que mi lesión de la escápula es muy vieja… ¡Y tanto! Como 15 años tiene ya. La pobre mujer no dejaba de removerme los músculos y lamentarse por lo mal que debo tener la espalda. Creo que hasta le dolía a ella más que a mí.

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Tras el masaje, solo me quedan fuerzas para la ducha y cenar. Por segundo día probamos el menú de Yves, que no lo hace él sino que lo encarga a un restaurante y va a buscarlo o se lo traen. Esta vez acertamos con el pollo con cacahuetes y la tempura de papaya. La noche anterior no recuerdo qué pedimos, pero no me gustó nada. El resto de la velada nos ha dado para jugar al Catán en el porche de nuestra cabaña, que es muy agradable. Hemos descubierto una araña ENORME Y GORDA en el techo, así que Jose hoy ha dormido en el extremo de fuera de la cama. Por si el bicho se nos acerca y quiere atacar.

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Restos de la II Guerra Mundial

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Nuestro último día ha sido un poco aburrido, la verdad. Como nos teníamos que ir hacia las doce del mediodía a Bangkok, hemos salido pronto para ver algún lugar supuestamente interesante que nos faltaba, como el puente 277 o más conocido como el puente sobre río Kwai Yai. Es el de verdad de la historia, pues el de la película se construyó en Sri Lanka -que es donde se rodó la historia-  y se voló de verdad cuando se rodaba esa escena. Este, en realidad, pasa por encima del río Mae Klong. La mayor parte del recorrido de este río por Tailandia sigue el valle del río Khwae Noi, pero esta palabra, Khwae, era mal pronunciada por los extranjeros, qeu decían, kwai, (significa búfalo en tailandés). Entre eso y la influencia de la película, en 1960 la parte que pasa por debajo del puente empezó a llamarse Khwae Yai. Un poco lioso, ya.

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El puente es famoso porque se convirtió en escenario importantísimo del libro de Pierre Boulle y posterior película de David Lean El puente sobre el río Kwai, rodada en 1957 para recrear ese terrible tramo de la historia entre 1942 y 1943, cuando se construyó la vía del tren. Por eso, hoy está lleno de turistas, y nos hemos encontrado una excursión colegial incluso. Los chavales se hacían selfies todo el rato, posando muy exageradamente. Los turistas, lo mismo. Y he visto adolescentes transgénero que me han dejado muy gratamente sorprendida, pues llevan el uniforme escolar de chica y todo. Creo que en Tailandia está mucho más asimilada la transexualidad que en España, donde no me suena haber vistos estudiantes con uniforme escolares femeninos.

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Tras unas pocas fotos nos hemos marchado al cementerio de guerra de Kanchanaburi, uno de los que acoge los restos de las víctimas de la II Guerra Mundial. En concreto, de 6.982, la mayoría británicos. Me han conmovido los epitafios de algunas lápidas, puestas por familiares de los caídos, y me ha chocado e indignado un poco ver a gente haciéndose selfies con las tumbas. Aunque, pensándolo bien, yo he tomado fotos. O las dos cosas son igual irrespetuosas o no lo es ninguna, no sé. Hay al menos dos camposantos más: el de Thanbyuzayat, con 3.617 lápidas, y el de Chungkai, con 1.693.

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Lo mejor de esta mini excursión es que hemos ido en la moto de Yves (nos la ha prestado) y, aunque nos hemos perdido 40 veces, el paseo ha merecido la pena. Luego ya de una buena ducha nos hemos marchado en una minivan que ha tardado la vida misma en llegar a Bangkok. Nos ha dejado en la estación de autobuses de Mochi, donde hemos cogido un taxi que tenía una tableta electrónica junto al cabecero del asiento del copiloto y te podías hacer fotos con ella. Nos hemos hecho una y ahora deben estar nuestras caras circulando por la ciudad en ese taxi tailandés.

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