Lo que nunca conté de Níger

Nunca escribí de Níger hasta hoy. Primero por respeto al medio en el que trabajo y que me envió allá, pues era de justicia que todas las historias que me traje en la mochila fuese a parar a sus páginas antes que a cualquier otro sitio.  Y segundo, porque se necesita tiempo para digerir un viaje como éste. Ya cumplí la primera condición: entre octubre y diciembre publiqué todos los reportajes previstos. La segunda no sé si está como para tachar. Yo aún pienso muchos en aquellos días y me sigo revolviendo. Aunque pienso que quizá cuando más te agita una experiencia es cuando, precisamente, debes escribir sobre ella. Quizá es entonces cuando podemos decir que lo escribimos desde las tripas.

Yo tengo a Níger entremetido en las entrañas. En el cerebro, en el corazón, en los intestinos. Se hace notar cuando menos lo espero: me sirve de vara medir cuando debo tomar algunas decisiones y me sirve para comparar. Me refiero a que tengo muy presentes los problemas de otras personas cuando valoro los propios. También como ejemplo de muchas cosas: de gente que lucha, de gente que sufre, de gente que es solidaria, de lugar azotado por el terrorismo, de lugar expoliado (solo una mención aquí al chollo que tiene Francia con el uranio nigerino)… Todo ello ya lo he contado tratando de ser equidistante y justa, como una periodista. Y, si no objetiva, al menos documentada.

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Reparto de ayuda humanitaria en Diffa, Níger. /© Lola Hierro

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Una niña en el campo de refugiados de Sayam Forage, en Diffa. /© Lola Hierro

Es allí en Níger, y concretamente en Diffa, la región más al sureste del país, en la frontera con Nigeria, donde encontré a las personas que luchan y sufren; son los refugiados, los desplazados, los retornados… En definitiva, los que padecen en sus carnes el peor mal de nuestro tiempo: el terrorismo. En este punto del mundo tienen la desgracia de andar cerca de Boko Haram, un grupo yihadista radical de Nigeria que ha trasladado su horror a este vecino Níger, el país más pobre de entre los pobres. Y a Diffa, por estar en la frontera, es a donde llegaron los refugiados y los ataques, o los ataques y los refugiados. A saber qué fue primero. Lo que ya estaba es la solidaridad, la de toda esa gente que he conocido y que abre las puertas de sus paupérrimas casas a personas que han perdido todo, que han llegado con lo puesto porque esos de Boko Haram atacaron su pueblo cuando estaban en el médico, haciendo la compra, durmiendo la siesta o yendo a trabajar.

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En Diffa, los acogidos y los autóctonos están viviendo así. /© Lola Hierro

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O así. /© Lola Hierro

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O así… /© Lola Hierro

En un escenario así de complicado te plantas tú. Mujer blanca, de una España de clase media, con un empleo de los que te permite tener vacaciones, paga extra, planes divertidos los fines de semana y comprarte algún capricho fuera del periodo de rebajas. Una vida de regalo que, ahora que lo pienso, en este país sumido en la crisis (aunque digan que ya no hay, es mentira) es más de privilegiada que de otra cosa. Y eso, llegas para estar allí diez días. Muy poco tiempo para enterarte de algo de verdad. No te queda más remedio que fiarte de las personas que te reciben allí, las que viven y trabajan en esa zona, que son las que conocen de verdad. Y no tú, periodista paracaidista, que por mucho que leas, estudies e intentes absorber todo lo habido y por haber, no tienes experiencia vital suficiente como para enterarte de algo. En este plan es como vamos a trabajar muchos reporteros que nos hacemos llamar así, cuando en realidad dudo mucho que lo seamos. Un trabajo bien hecho llevaría como mínimo, no sé, ¿un mes? ¿un año? ¿Cuánto tiempo hace falta estar en un sitio para poder decir que conocemos bien sus intríngulis? ¿Una vida? Soy madrileña y vivo en Madrid desde hace 33 años salvo una pausa de cuatro. Y no me entero de nada en esta ciudad. ¿Deberíamos asumir que nunca sabremos lo suficiente de ningún lugar como para poder contar algo de él? Al final, lo único que te queda es esforzarte en observar, escuchar, aprender todo lo posible y luego volver y trasladarlo con la mayor fidelidad de la que seas capaz. Y nunca acogerte a verdades absolutas.

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La cotidianeidad de una pachanga. /© Lola Hierro

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O la rutina de ir a por agua cada día. /© Lola Hierro

En fin, que con estas reflexiones llego yo a Diffa un día de mucho calor a finales de septiembre. Para alcanzar este rincón perdido de África me llevan en un avión del UNHAS, el servicio aéreo de ayuda humanitaria de las Naciones Unidas que transporta eso: personal humanitario, material, etc. No es gratis, vale como 500 dólares un vuelo. Yo soy afortunada porque lo llevo pagado. Para un periodista independiente que no esté bajo el paraguas de un medio, es imposible asumir ese coste. Es injustísimo, no me parece nada bien. Deberían facilitarnos más la labor, ¿no? Quienes no pueden soltar ese dineral tienen que ir en coche durante dos días por carreteras desiertas y bastante peligrosas, por cierto. Pero dejémonos de periodismo: para la población nigerina es igual. Si por alguna razón (véase una enfermedad complicada) tienes que ir a Niamey, la capital, te toca ir por tierra, pues estos vuelos no son para población civil.

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Este avión me llevó a Diffa. /© Lola Hierro

Adiós #Diffa. Me has dejado exhausta. #niger #Africa #pathways

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Huyendo del calor. /© Lola Hierro

Allí en Diffa paso mucho tiempo sola. El toque de queda es de seis de la tarde a seis de la mañana. Durante esas horas no puedo salir de la casita para invitados que comparten Unicef, el Programa Mundial de Alimentos, Acnur y otras agencias de la ONU. Es una vivienda de una planta con un patio central y las habitaciones dispuestas alrededor. Tiene un salón grande con televisión, un comedor que se comunica con una cocina también muy espaciosa. No hay ningún lujo ni en los dormitorios ni fuera de ellos, ni falta que hace en un lugar como este, donde hay 360.000 personas que no tienen ni para comer un chusco de pan. De hecho, visto así, mi vivienda es un palacio, qué demonios. Tengo hasta aire acondicionado, y un baño con ducha de la que sale agua abundante. ¡Agua! El mayor lujo de todos.

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El salón de mi casa durante diez días. /© Lola Hierro

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La cocina. No se ven los saltamontes, pero estaban por todas partes. /© Lola Hierro

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Otro rincón de la cocina. /© Lola Hierro

Me alimento gracias a un chef que trabaja para los inquilinos de la casa. A él le entregas el dinero que te dice (creo que fueron 12 dólares por día, pero ya no me acuerdo) y él te procura desayuno, comidas y cenas. Una mujer como yo —extranjera, blanca, desconocedora del lugar— no puede ir a comprar al mercado. Llamaría mucho la atención y todos queremos evitar un atentado suicida como los que ya se han producido. Así que el cocinero va por mí. Todos los días desayuno café con leche y galletas. Como un bocata de tortilla francesa que me entrega antes de salir porque nunca regreso antes de las seis. Y por la noche tengo una copiosísima cena que suele llevar arroz y un estofado de pollo u otro animal con verduras. A los diez días comiendo arroz con pollo para cenar estoy a dos kilos de que Greenpeace me proteja como especie.

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La cena servida. Da coraje tanta comida para uno solo. /© Lola Hierro

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Mujeres nómadas en Diffa. /© Lola Hierro

La casa no está muy limpia pero no es culpa del personal, sino del propio enclave, tan desértico. Una fina capa de polvo naranja envuelve cada objeto. Además hay una molesta plaga de saltamontes como no he visto en mi vida. Están por todas partes: por el suelo, por las paredes, por encima de los coches, en los muebles, en las cortinas, en las sartenes de la cocina, en los platos y entre los cubiertos, en la comida, dentro de los vasos… Por la noche, los de fuera perciben la luz encendida del salón y quieren entrar atravesando las ventanas, cosa que obviamente no pueden hacer. Y se estrellan tan fuerte contra el cristal que desde dentro se oye como si estuviera diluviendo fuerte. De lo más alucinante que he visto en mi vida. Por las mañanas, cuando salgo de la habitación, ya se han muerto todos e inevitablemente voy pisando cadáveres: crac, crac, crac… Qué fatiga me da. Y se suben por los pantalones, por los brazos… Es un no parar, de verdad.

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Saltamontes como este en todas partes. /© Lola Hierro

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Y a veces, arañas así de asquerosas, como esta. Le hicimos fotos, vídeos… y casi una entrevista. /© Lola Hierro

En esas 12 horas de soledad de los primeros días aprovecho el tiempo para transcribir las docenas de entrevistas que realizo con refugiados, refugiadas, cooperantes y hasta con el apuntador. Edito fotografías, comienzo a dar forma a los primeros reportajes. Paso calor, pongo el aire, me da frío, lo apago. Voy a la nevera, no tengo nada para comer porque mi menú se reduce a lo que he contado anteriormente, y no tengo nada para picar entre horas. Y, joder, qué mal me siento conmigo misma por querer comer algo que no sea arroz con pollo o bocatas de tortilla. En el sitio donde llevo una semana los niños están literalmente muertos de hambre.

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Recogiendo agua en la bomba de Sayam Forage. Ellos pensaban que, si me tocaban, su cabello se volvería rubio como el mío. ¿Quién les habrá dicho eso?. /© Lola Hierro

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Sacos de comida no perecedera para repartir entre la población sin recursos. /© Lola Hierro

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Cajas y cajas de Plumpy Soup en un almacén del Programa Mundial de Alimentos, un compuesto alimenticio para niños desnutridos. /© Lola Hierro

Los niños. Es lo que peor llevo de mi trabajo. Los niños que no tienen que comer. Es el tópico más típico de África. Y yo sé que África es mucho, muchísimo más que eso. Una vez me dijeron que sobre todo se me va conociendo por contar un continente muy cotidiano y muy normal, y eso me gusta. Seré la influencer-instagrammer-blogger de la cotidianidad. No soy de extremos, ni de todo maravilloso ni de todo terrible. Pero esto de los niños famélicos sigue ocurriendo aunque ya se haya visto tantas veces que la sociedad esté insensibilizada. Es el extremo malo de la humanidad, no de los africanos. Y yo por una cosa u otra siempre me encuentro con situaciones de hambre pura. Qué mal están algunos. Y qué poca esperanza hay para ellos. Cuando vives debajo de cuatro palos con una madre luchadora pero exhausta y tropecientos hermanos, y en tu casa, por llamarla de alguna manera, no tienen ni para dar de comer a la mitad, cuando sabes que no irás al colegio o como mucho harás la primaria con una ONG y que luego, como vives en un campo de desplazados, no trabajarás ni harás mucho más, ¿qué demonios de vida esperas tener?  Si los bebés que yo estoy visitando tuvieran conocimiento de causa suficiente como para elegir la eutanasia, ¿lo harían?

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Esta es la peor cara de la guerra y de la pobreza extrema de Níger. /© Lola Hierro

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Niños como este son atendidos en los carpas de ONG en los asentamientos informales de desplazados. Este niño también tenía desnutrición severa. /© Lola Hierro

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Los hospitales tienen bastantes chavales ingresados. /© Lola Hierro

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Es muy jodido ver a criaturas en estas circunstancias. Ahora, escribiendo esto, me pregunto qué habrá sido de él. Esto es lo que hace a los niños la sociedad de mierda que hemos creado. Mirad bien./© Lola Hierro

En todas estas cosas pienso cuando estoy sola en mi habitación. Los primeros días son extenuantes porque no estoy habituada al calor y porque todo es muy estresante. No estoy ni siquiera en la primera línea del conflicto, Diffa no está en ese momento tan peligroso porque si lo estuviera las ONG no llevarían  periodistas, pero aún así te dan muchas instrucciones de seguridad, te tienes que aprender a poner el chaleco antibalas aunque luego no lo uses. Y tienes que estar poco tiempo en los sitios porque hay que llamar la atención lo menos posible. A todos lados corriendo, rascando los minutos para entrevistar como dios manda a este y a aquella. A mí me parece una falta de respeto llegar ante una persona que tiene un problema o un padecimiento y decirle: “hale, venga, cuéntame tu movida en cinco minutos que me tengo que ir”. Joder, yo me niego. Y siempre lo dejo claro con las personas con las que trabajo: “Mira, yo me siento aquí, con este señor y vamos a hablar lo que haga falta. Cuando acabe te aviso”. Hay gente que no está para muchas charlas pero hay otras personas que tienen una necesidad muy grande de contar su vida a alguien, aunque sea a una desconocida como yo. Teniendo en cuenta que me están dedicando su tiempo y abriéndome su corazón, lo mínimo es escuchar el tiempo que sea, ¿no? Y eso que siempre me siento mal al final. Todo eso de que al final del día cierras tu libreta, coges tu avión a occidentelandia y acabas la semana hincándote unos copazos con los colegas. Esto lo llevo fatal.

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Chavales de los que te haces amiga por un rato. Qué capacidad de resistencia… /© Lola Hierro

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Las mujeres de Sayam Forage querían foto sí o sí. /© Lola Hierro

En esos primeros días me enseñan un campo de refugiados, y conozco a algunas familias que viven ahí dentro. Ellos lo prefieren porque se sienten más seguros. También voy a pueblos cuyos habitantes han acogido a mogollón —miles— de personas que han venido a la carrera, después de haber sido atacados por los de Boko Haram. Los que han preferido quedarse en las aldeas, que son miserables y no pueden garantizar condiciones mínimas de bienestar, dicen que para ellos lo más importante es sentirse cerca de la normalidad, y libres. En los campos, se ven a sí mismos como en barbecho. Son dos opciones distintas para una situación muy difícil. Ahora es cuando recuerdo ese dato con el que me gusta dar en la cara a quienes dicen que España no está para acoger refugiados: en Diffa, el 20% de los que han llegado de fuera está en campos de Acnur o de la Organización Internacional de las Migraciones. El otro 80% está en los pueblos, acogidos por campesinos que tienen igual de poco que ellos. Pueblos con un solo pozo del que bebían mil personas y del que ahora beben 27.000. Ahí lo dejo.

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Paisajes de Diffa. /© Lola Hierro

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Una entrevista con una refugiada de Sayam Forage. A la izquierda, Fatoumata, mi intérprete. /© Lola Hierro

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Refugiados hablando sobre su vida después de Boko Haram. /© Lola Hierro

Otro día nos vamos a un sitio más alejado de Diffa que se llama Maine Soroa, y allí no se nota tanto la guerra y sus consecuencias, pero sí hay otros peligros. La desertificación en este caso. Y durante un buen rato alucino con lo que veo desde el coche: un paisaje verde con palmeras y todo que de repente se acaba porque empieza un desierto con dunas gigantescas. El borde justo del desierto, donde empieza de verdad. Es alucinante el contraste entre el verde y el naranja de la arena. Y allí, donde parece que no puede existir vida, hay un puñado de gente que está viendo cómo las dunas le comen el terreno. Me siento afortunada por tener la posibilidad de conocer rincones tan remotos del mundo, pero también culpable. No estoy de turismo, vaya. Ese día, por cierto, nos paran en un control militar, me retiran el pasaporte y me mandan a la prefectura de no sé qué pueblo a darle explicaciones al prefecto. Nunca sabré qué pasó ahí. El chico que me acompañaba, del Programa Mundial de Alimentos, hizo algunas llamadas para pedir ayuda. Cuando llegamos ante el susodicho señor, nos dio la mano y la bienvenida, nos devolvió el pasaporte y nos dejó marchar. Ni idea de si se coció algo por detrás. Como buena rubia, preferí hacerme la sueca y no preguntar demasiado.

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Los efectos de la desertificación y tres hombres que se buscan la vida para sobrevivir a ella. /© Lola Hierro

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No sabía que los camellos comían hojas de los árboles. /© Lola Hierro

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Verde y verde y, de repente, dunas. /© Lola Hierro

Los días pasan muy despacio en Diffa, las horas sola y encerrada en la casita son un peñazo. Y hace un calor de morirse y todo está lleno de saltamontes. Hay una vivienda cercana que veo siempre que me recogen o me devuelven al hogar: una mansión blanca, inmensa, lujosísima, rodeada de altos muros con alambre y concertinas arriba del todo. En la fachada principal hay setos verdes y hasta una acera. Es el único trozo de acera de todo Diffa, y está limitada a la manzana que ocupa esta casa. Me cuentan que pertenece al hombre más rico de allí, pero que tuvo que emigrar apresuradamente porque recibió amenzas de Boko Haram. Desde entonces, que no sé cuándo fue, está cerrada a cal y canto. ¿Será igual de suntuosa por dentro? Me encantaría entrar en este palacio, que pega más con la avenida de Julio Iglesias de Puerto Banús, en Marbella, que con Diffa-la-región-azotada-por-el-terrorismo-de-Boko-Haram-en-el-país-más-pobre-del-mundo.

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Lo que se ve desde el coche en Níger. /© Lola Hierro

Está quedando un texto muy largo, pero es que tengo necesidad de plasmar todo lo que pasó y pasa por mi cabeza y quedó fuera del trabajo periodístico, no quiero que se me olvide nunca. No quiero olvidar nunca a Anne Boher, la jefaza de comunicación de Unicef que me acompañó en las alegrías y las penas durante mis últimos cinco días allí. Con ella cambió todo, la verdad. Yo tenía miedo de ella, de cómo sería. ¿Y si era una borde o una pasota o una corporativista? Cuando llegó a la casita sudando como un pollo, cargada con dos bolsas de viaje más grandes que ella, tan menuda, enfundada en vaqueros y camiseta negra como si no estuviéramos a 45 grados y necesitando un cigarrillo a la de ya, me dio miedo. Ya ahí se notaba que es una mujer con carácter. ¡Y qué carácter! A los diez minutos ya la idolatré, porque es de esas mujeres decididas, echadas pa’lante, sin pelos en la lengua, y que ama y siente lo que hace. Es de las que se atreve con todo, y durante los siguientes días me llevó de aquí para allá, me dio conversaciones interminables, y vi una cara suya muy fiera, de las que no se achanta ni se repliega ante nadie, ya sea un burócrata de Niamey o un jefe comunitario de 120 años chapado a la antigua. Fue implacable con los poderosos y sensible con los vulnerables. Necesitaría un libro entero para hablar de Anne. Allá donde estés, gracias, gracias, gracias.

Anne Boher y yo con algunas mujeres de Diffa.

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Anne haciéndose selfies con un montón de adolescentes en plena edad del pavo. /© Lola Hierro

Creo que los periodistas hablamos demasiado de nosotros mismos, y no me gusta mucho cuando lo veo en otros, la verdad. Tampoco me gusta si lo hago yo, que seguro que a veces me paso. Pero por eso tengo este espacio. Intento separar el trabajo de mi vida personal, intento que en mis reportajes no haya más Lola Hierro que la firma que encabeza los textos y las fotos. Aquí, en este blog personal, me desahogo. Recalco lo de personal. Y nunca le diré a nadie: “Oye, visita mi blog si quieres saber más de África o de refugiados o de X asunto mundano”. Porque no sería verdad. A mí me ayuda escribir cómo me siento, pues tengo que pensar qué voy a contar y eso me ordena las ideas y me ayuda a asimilarlas. Porque me como mucho el tarro,  no me da vergüenza reconocerlo. Lo hago aquí y lo hago una vez. El resto prefiero hablar de la gente de allá, que está tan olvidada. Si lo que pasa en Siria es mediático y lo sirios sufren tantísimo, imaginad por lo que pasan estos nigerinos, de los que pocos saben ni que existen ni dónde está su país. Aunque sé que no voy a cambiar nada, o que voy a cambiar muy poco, pero nunca se sabe… Hay que llevar a los protagonistas de nuestras historias a todos los foros posibles por lo que pudiera ocurrir. La pataleta personal la limito a este espacio.

Yo me voy. Ellos se quedan #Niger #Africa #children

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8 Replies to “Lo que nunca conté de Níger”

  1. J.T.

    Creo que en una ocasión te lo dije: la gracia, lo valioso de este sitio es que es algo más personal. Un desahogo para ti y una pequeña grieta para ver lo que no sale en las fotos para los que te leemos. Por eso siempre vuelvo.
    Gracias por tu mirada.

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  2. jabakuku

    Excelente nota….me hace sentir culpable a mi tambien …..por el mundo que creamos…..como puede ser.
    Gracias por compartir
    Cristina

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