Yogyakarta: arte batik, templos y marionetas – Parte II

Esta es la continuación de mi última entrada sobre la ciudad de Yogyakarta.

Llegó la tarde casi sin darme cuenta y yo tenía una duda existencial: visitar el majestuoso templo budista de Borobudur o decantarme por su homólogo en versión hindú, el de Prambanan. Sólo podía escoger uno por cuestiones presupuestarias y por falta de tiempo y, tras consultar en un par de agencias de viaje, me quedó claro: me iba a visitar a Shiva y compañía. El de Borobudur es, quizá, la construcción más apabullante de toda Asia, pero justo ahora está en proceso de limpieza debido a que la explosión del volcán Merapi lo ha cubierto de cenizas. Las tres últimas plantas se han cerrado al público, así que la visita me iba a quedar bastante deslucida. Así pues, cogí un autobús público y marché a Prambanan, que está donde Cristo perdió el mechero.

Prambanan. La foto es cagante, pero el templo, espectacular.

Y ya que estoy, alerto de un nuevo timo: los precios para turistas no son los mismos que para los indonesios. Borobudur y Prambanan cuestan 15 y 9 euros respectivamente, mientras que si eres local, sólo pagas 3.000 rupias, es decir, unos 30 céntimos. Sablazo al blanquito.

Hay que pagar una pasta por ver estos, pero merece la pena. 

Tras un rato importante de viaje, por fin llegué. Prambanan es un complejo de más de 50 templos hinduistas digno de una película de Indiana Jones. Fue construido hacia el siglo IX y abandonado misteriosamente después de completarse. En el siglo XIX lo descubrieron totalmente hecho trizas y hasta 1937 no se iniciaron la labores de restauración. En el 2006 sufrió serios daños a causa de un terremoto, así que en la actualidad se encuentra en reconstrucción otra vez, pero ya se puede acceder a varios templos. Merece la pena la visita a pesar de las obras, ya que es un complejo impresionante, como atestiguan las fotos.

Acceso a uno de los templos que no estaban destruidos.

Brujuleando por los recovecos de Prambanan.

Esculturas que me recuerdan a personajes Disney.

Nada más llegar me abordaron dos niñas de unos 14 años vestidas de uniforme. Me explicaron que estaban haciendo unas prácticas para el colegio que consistían en hacer de guías con los turistas extranjeros. Así que, sin comerlo ni beberlo, tuve unas excelentes asesoras, y encima, de gratis.

Mis asesoras turísticas, de diez.

Junto a ellas recorrí el complejo de cabo a rabo, me llevaron escaleras arriba y abajo por todos los templos contándome mil historias de la mitología hindú y haciéndome reparar en multitud de detalles que no habría visto sin su ayuda. Entramos en el panteón de Brhama, el de Vishnu y el de Nandi, varios dioses hindúes. Algunos aún guardan en su interior las esculturas representativas de estas deidades, pero la mayoría se han perdido a consecuencia del terremoto. El de Shiva, que es el más grande, con 47 metros de altura, está aún cerrado al público, pero al menos sí pudimos subir al primer basamento para admirar los delicados relieves que narran la historia del Ramayan.

La historia del Ramayan hecha piedra.

Nandi, el toro de Vishna.

La dama de Elche en versión hindú.

Como anécdota bizarra del día, tengo que decir que es cierto eso que cuentan de que la gente local se mata por hacerse fotos con los occidentales. Ya me había ocurrido con los alumnos de inglés de Tuk Tuk y esta vez se repitió, pues varios grupos de gente me pararon más de una vez pidiéndome que posara con  ellos frente a sus cámaras. ¡En plan celebrity!

Atardecer en Prambanan.

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