Rutas por Budapest: El barrio judío

Budapest y la comunidad judía siempre han estado unidas; ya en 1910, unos 200.000 judíos vivían en la capital de Hungría. Aunque tradicionalmente han sido aceptados, no siempre su relación con la ciudad ha sido buena; durante la II Guerra Mundial, los judíos húngaros también sufrieron el horror nazi. El que ahora se llama barrio judío a secas se convirtió en un ghetto en el que unas 70.000 personas de esta fe vivieron hacinadas durante los últimos años de la represión nazi, entre 1944 y 45.

Una vecina del barrio.

Recados.

Por todas estas historias, el barrio judío era uno de los lugares que no quería dejarme fuera de mi recorrido. La visita ha sido un poco decepcionante, yo esperaba ver a los ortodoxos con sus característicos tirabuzones, esperaba ver carteles en hebreo, tiendas de alimentos Kosher… qué sé yo, en realidad no sé que esperaba encontrar, no he estado antes en un barrio judío y supongo que me dejé confundir por los típicos tópicos.

Fachada frontal de la sinagoga.

Lo primero que apareció ante mis ojos es la impresionante sinagoga. Construida entre 1854 y 1859, es la segunda mas grande del mundo, solo la de Nueva York la supera. En su interior caben unas 3.000 personas.

Está situada en el comienzo de la calle Dohány, muy importante para la comunidad judía porque aquí terminaba -o empezaba- el llamado ghetto de Budapest. El recinto de la sinagoga alberga la Gran Sinagoga -el templo religioso en sí-, el Templo de los Héroes, el Cementerio Judío, el Monumento al Holocausto y el Museo Judío.

Yo no he podido/querido entrar al recinto porque el precio me pareció demasiado elevado: unos 12 euros al cambio. Me he quedado sin ver el interior, del que tengo entendido que es muy suntuoso, hecho en un estilo neomorisco, bizantino, románico y gótico. Otra vez será.

Homenaje a alguien.

El resto de las dependencias tampoco se pueden ver si no pagas la entrada, así que no vi el Templo de los Héroes, del que solo sé que tiene un gran valor simbólico porque recuerda a los judíos muertos durante la I Guerra Mundial. Desde el exterior, no obstante, sí pude echar más de un vistazo al cementerio ubicado en un pequeño jardín interior, separado de la calle por una valla de altos barrotes, y en el que hay perfectamente ordenadas un montón de lápidas de mármol con los nombres de las más de 2.000 personas que murieron de hambre y frío durante los dos años de encierro en el ghetto.

El cementerio

Lápidas sin dueño amontonadas en un lateral de la sinagoga

Otro de estos lugares simbólicos que se puede ver con bastante facilidad es el Árbol de la Vida. Está situado en un patio detrás de la sinagoga y es una escultura preciosa de un sauce llorón realizada a tamaño real. Su importancia es enorme, ya que se hizo en memoria de los 400.000 húngaros judíos que murieron durante la II Guerra Mundial. En las hojas del sauce están escritos los nombres de quienes contribuyeron a salvar la vida de otros judíos en esa época.

Puerta muy a tono.

El árbol de la vida, en la parte trasera de la sinagoga.

El monumento se hizo en 1991 y un dato curioso es que el actor Tony Curtis fue su principal mecenas. Curtis, cuyo verdadero nombre era Bernard Schwartz, era hijo de un matrimonio húngaro de esta fe, Emanuel Schwartz y Helen Klein. El actor creó una la Fundación Emanuel, centrada en restaurar y preservar sinagogas como ésta de Budapest y más de 1.300 cementerios judíos en Hungría.

El árbol de la vida en todo su esplendor.

Más allá de la sinagoga, vi pocas cosas de interés. Me perdí por el barrio, mirad a propósito y mitad sin querer, y acabé en una placita soleada y muy agradable donde me ocurrió una anécdota extraña. En esta plaza hay una tienda de antiguedades, y como a mi me gustan estas cosas, asomé la nariz a su interior. Y ahí apareció con gran presteza el dueño, un viejecito de 104 años por lo menos. En seguida me invitó a entrar, yo le dije que no tenía dinero para comprar nada, pero insistió muy sonriente, así que no me quedó otra.

La cámara de la discordia.

Desde el primer momento llamó mi atención una cámara de fotos antigua, “especial”, según me dijo el anciano, ya que supuestamente funcionaba. Me la intentó vender, primero por 2.300 florines (unos 10 euros), y luego por la mitad. Me negué a pesar del precio, no ya por eso sino porque un armatoste así no me iba a caber en la maleta, y entonces el señor llamó a alguien por teléfono, dijo unas palabras y me hizo ponerme al auricular. Según vi en la pantalla era una tal Judith, que hablaba mejor inglés, y que me preguntó que qué quería. ¿Querer yo? Yo no quería nada, le dije a la señora educadamente que se trataba de un error y le devolví el teléfono al viejecillo, que me miraba atentamente.

Artículos viejunos en la tienda del anticuario hostil.

Creo que fue entonces cuando se dio cuenta de que yo no quería comprar, me temo que no debía entender bien el inglés y que yo malinterpreté sus atenciones. Me dijo lo siguiente: “Business?? Business; No business? Goodbye!!” Y me echó de allí de un empujón! Y así me vi de repente en medio de la calle, con cara de idiota sin saber muy bien qué había pasado. Gajes del oficio.

El barrio está un poco dejado de la mano de dios…

No me dio mucho más de sí la visita; el barrio en sí no es muy bonito, los edificios están bastante mal conservados, no hay tiendas especialmente bonitas, ni representativas… No sé si era por la hora, pero todo estaba vacío y desierto, apenas me crucé con gente, y las pocas tiendas que veía estaban cerradas. Así fue hasta que llegué de nuevo a la calle Dohány, aunque mucho más arriba. La anduve unos metros hasta salir del barrio y allí sí que encontré algo más de vida, algún comercio bonito, algunas personas paseando, pero nada memorable.

Un café con buena pinta

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