REPORTERA ESPÍDICA EN GHANA (I)

Vas en el taxi, en Uber, quiero decir, porque en Accra también ha llegado la modernidad de la economía colaborativa y las redes sociales, a ver qué os pensáis. Bueno, empiezo: vas en un Uber, uno de los diez o doce que has cogido en apenas cuatro días. Uno que no tiene aire acondicionado y que está más viejo que un costurero. Pero lleva todas las ventanillas abiertas para tener algo de ventilación natural y  “no contaminante”, que dice el taxista o uberista.  Ya te contaminas tú los pulmones con el humo de los tubos de escape de todos los otros coches que están en el mismo atasco que el tuyo… Con 32 grados a la sombra pero qué parecen muchos más, si el vehículo anda, no corre la brisa y tú sientes cómo la piel de tus muslos se va pegando al asiento de polipiel. Tenía que haberme puesto pantalones más largos, piensas. Pero ¿quién se tapa con estos calores?

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Un taxi de Accra. / © Lola Hierro

Con lo bien que estabas hace apenas cuatro días, de vacaciones en Sudáfrica, con su temperatura primaveral, sus tienditas pijas, sus cafés hipsters, sus paisajes preciosos… Bueno, eso ya quedó muy atrás, en el Pleistoceno. Ahora estás en Accra corriendo lo más grande porque tienes dos días para sacar adelante tres reportajes. Es que no salen las cuentas: dos en tres. ¿para qué te metes en camisas de once varas? te reprochas.

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Accra, una ciudad vibrante que crece y crece por momentos. / © Lola Hierro
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Chiquitines en un puesto de bisutería en Accra. / © Lola Hierro

La cosa ha ido un poco así como por inercia. Te ofrecen en tu periódico asistir a un viaje de prensa al que invita Gavi, la Alianza Mundial de Vacunación, a Ghana, pues van a lanzar una iniciativa junto con el ministerio de Salud del país para transportar medicamentos y vacunas y sangre mediante drones por buena parte del territorio nacional. Fantástico: una cobertura de dos díitas, con una jornada de visita a un hospital donde se va a hacer un simulacro de entrega de medicinas con dron y que te va a dar el color que necesita el reportaje. Luego, una segunda mañana de trabajo en la inauguración oficial del proyecto, a la que va a acudir la crème de la crème de la sociedad político-humanitaria-sanitaria de Ghana, los de la empresa de drones, los de las vacunas y todos los vecinos de los pueblos de diez kilómetros a la redonda. Jolgorio popular.

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Unos chavales se hacen fotos molonas delante de las instalaciones de Zipline, la empresa tecnológica con la que el Gobierno ghanés ha lanzado la iniciativa de drones. / © Lola Hierro
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Sanitarios y periodistas observan la llegada de un dron con medicinas en el hospital de New Tafo, en Ghana. / © Lola Hierro

Lo que pasa según estás montándote en el avión desde Madrid rumbo a Casablanca es que en esos momentos se está lanzando una nota de prensa que dice que al día siguiente se empieza a aplicar la vacuna de la malaria en África. Concretamente se comienza en Malawi, y luego en Ghana unos días después. Ghana, el país al que vas a trabajar como periodista. Vacuna contra la malaria: la dichosa invención que ha llevado más de 25 años conseguir. “Habría que dar algo”, que diría cualquier jefe de periódico a sus subordinados. Pero tú ni lo sabes porque te has subido al avión.

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Una bebé a punto de ser vacunada. / © Lola Hierro
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Poner fin a la malaria empieza contigo, dice este cartel en el hospital de Maamobi, en Accra. / © Lola Hierro

En el aeropuerto de Casablanca tampoco te enteras porque el wifi no funciona y estás incomunicada. Y mira que lo intentas, eh. Primero piensas en pagar una estancia en los salones vip, porque además tienes tanto frío que si te dan una manta, sueltas la pasta que sea. Pero allí dentro no hay abrigo posible y sí el mismo frío, así que pasas. Además, todo el mundo es muy borde, empezando por el dichoso policía marroquí (la poli marroquí siempre fastidia), que no me deja acceder a la zona de embarque si no le enseño el billete de avión en formato físico. Porque no le vale el del móvil, a pesar de que la aerolínea te lo envía por e-mail, todo legal y correcto. Pero aquí en Marruecos, esto de ahorrar papel y salvar el planeta no les suena, creo, y pierdes mil años en hacer una cola en un mostrador de facturación para que te den el dichoso ticket… Bueno, que cuando llegas a tu puerta de embarque tienes tanto frío y cabreo que te olvidas de mirar internet. Total, tampoco sabes que hay algo importante en el buzón de correo.

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Esta madre fue al hospital por una consulta nutricional. / © Lola Hierro

Bueno, y todo esto para situarte en Accra, ciudad a la que llegas a las tres de la mañana con un sueño y un bajón considerable porque en tres horas más tienes que levantarte para irte de excursión: la famosa visita al hospital rural. No será hasta que te subas al coche de prensa, a la mañana siguiente, cuando te enteres del percal. La chica de prensa de Gavi, un amor de mujer, dice que la vacuna se empieza a dispensar en Ghana cuando ya os habéis ido, pero que va a intentar organizaros algo sobre la marcha para poder dar un reportaje más humano en el periódico. Todo saldrá al revés, pero ni ella ni tú lo sabéis aún…

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Sania Mama y su hija Farida acaparan la atención de los periodistas; es la primera bebé en recibir una vacuna que ha llegado al centro de salud gracias a un dron. / © Lola Hierro

Esa mañana apañas con tus compañeros de Madrid que den la noticia del inicio de la vacunación de la malaria justo antes de quedarte sin internet (solo tienes el wifi del hotel y el coche se va…). Menos mal que el coche se detiene en una zona de servicio. Necesitas café como agua de mayo. Pero no tienes ni un duro ghanés. Ni un cedi. Ahí te haces tu primer gran amigo: Philippo, italiano, que sí lleva billetes y te ve tan dormida que te invita a uno. Una amistad para toda la vida.

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La mejor manera para transportar un microondas es sobre la cabeza. / © Lola Hierro
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Madres e hijos esperan a ser atendidos en el hospital de New Tafo. / © Lola Hierro

Pasas el día entero de la ceca a la meca con los drones, los bebés y sus mamás, las enfermeras, las vacunas… Haces fotos, entrevistas al ciento y la madre y te cansas la hostia del calor y de intentar sacar una historia con 25 periodistas trabajando a la vez que tú. Pero sobrevives  y luego te pegas un homenaje a la hora de cenar en el bufet libre del hotel, que es la cosa más maravillosa que has visto en tu vida.

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