Marrakech (II) – La capital del estrés

Nacho y María se han ido. Han marchado a Essaouira, una localidad costera que está a un par de horas en autobús y que es famosa por bonita, por acogedora y por tener maravillosas playas y puestas de sol. Y un pescado excelente. Nosotros queremos ir, pero no nos da tiempo porque mañana cogemos el avión de vuelta a casa. He rabiado mucho por tener que despedirme de nuestros nuevos amigos y por quedarme en una ciudad que no es santo de mi devoción. Aún así, he decidido aprovechar el día todo lo posible y darle una oportunidad a esta caótica y extenuante Marrakech.

Su nombre significa ciudad de dios, pero también se la conoce como la perla del sur y la ciudad roja, por el color de la mayoría de sus edificios. Hermanada con nuestra Granada, Marrakech, que fue capital islámica en dos ocasiones, es una de las cuatro ciudades imperiales del país junto a Rabat, Meknès y Fez. Tiene un millón y medio de habitantes y está dividida en dos, igual que otras muchas urbes marroquíes: la ciudad vieja, que es la medina, y la ville nouvelle o ciudad nueva, más moderna y donde abundan centros comerciales, bancos y oficinas. En Marrakech hay mucho que ver; fue fundada en el siglo XI en un punto intermedio entre la cordillera del Atlas y el Sáhara, que le queda al sur. Esto ha hecho que por ella hayan pasado siempre muchos viajeros, comerciantes, nómadas… gente de paso, que han dejado su impronta en ella y contribuido a su diversidad.

Un pintor exponiendo en la calle.

Hasta aquí la teoría. En la práctica, lo que yo he encontrado es una urbe bonita y colorista pero nada amable con el viajero. Entiendo que hasta hace unos años Marrakech no era tan agresiva, pero el auge del turismo ha convertido a sus habitantes en unos sacacuartos que solo te ven como un billete con patas. Por supuesto, es una opinión muy personal basada en mi experiencia durante un día y medio que he estado, no pretendo tener la razón absoluta y seguro que muchos me dicen que su experiencia fue completamente opuesta. Pero yo así lo viví, por desgracia.

Las viejas del tatuaje de henna. Pillada brutal.

Durante el día que he pasado allí me he dedicado casi exclusivamente a explorar la antigua medina, que es la más grande del país, y los zocos que nacen al pie de la plaza Djemaa El Fna, de la que hablé en mi anterior post. En esta plaza se nos ha ocurrido la feliz idea de beber un zumo de naranja natural en uno de los muchos puestitos que hay para tal efecto, donde los tenderos cogen algunas de ssu gordas naranjas y te lo preparan en el momento. Y por culpa de esta feliz idea hemos tenido una experiencia desagradable: la cosa es que habia como cinco carritos de lo mismo dispuestos uno junto a otro, y todos los dueños nos llamaban insistentemente. Hemos elegido uno al azar, por nada especial, pero los otros cuatro se han enfadado y uno incluso nos ha insultado. La primera, en la frente.

Estos zocos tipo mercadillo de ropa cutre no molan.

Estos puestecillos pintorescos sí molan.

Siguiendo nuestra ruta hacia la medina, hemos tenido que parara porque una anciana tatuadora de henna me ha cogido por banda y ha comenzado a hacerme un tatuaje en la mano. Le he dicho que no quería porque no podía pagarlo y ella me ha respondido que era gratis. ¿Gratis? Cuando ha acabado la buena mujer me ha puesto la mano, le he dado lo que llevaba, que eran unos 7 euros, y todavía me ha puesto mala cara porque quería 25 euros nada menos. Segunda. Aquí ha sido cuando me ha dado un bajón de tensión, supongo que por el calor que hace por aquí, que es muy considerable, así que ha tocado volver a boxes para desayunar decentemente.

Una vez repuesta, nos hemos ido a visitar el Palais Bahía, que está un poco alejado de los acosadores de turistas. En Marrakech es incómodo andar por según qué sitios, especialmente los alrededores de la medina, porque hay muchos tipos que no paran de intentar llamar tu atención con la consabida tanda de preguntas que ya conté en otro post. “Eh, eh, señorita” o “Hola, amiga, escuchame” o “Pst pst, quieres…?”. Es un no parar.

El Palais Bahía nos ha servido para ver algo diferente a kasbas cuyas pareces de adobe se deshacen si rascas, y para disfrutar del silencio y del fresquito, pues aunque en la calle rondamos los 35 grados, dentro la temperatura es considerablemente menor. Numerosos artesanos trabajaron durante 14 años en este palacio para convertirlo en el más grande y fastuoso de todos los tiempos. Es un conjunto de estancias y jardines que ocupan 8.000 m2 donde abundan naranjos, plataneros, jazmines y cipreses. Erigido en el siglo XIX por el sultán Si Moussa para su uso personal, y lo dedico, dicen, a su concubina favorita. De hecho, Palais Bahia significa palacio de la bella.

Las puertas y techos del Palais Bahia.

Explorando el Palais Bahia.

 

De estilo islámico, los techos destacan por su cuidada policromía, las puertas de madera se conservan perfectamente , al igual que los mosaicos, y son también una maravillosa muestra de artesanía, y los patios con sus consabidas fuentecitas centrales son una maravilla. Destaca sobre todo un conjunto de estancias llamadas Sala del Honor, Patio del Honor y Sala del Consejo. En esta última se estableció el mariscal Lyautey cuando Marrakech formaba parte del protectorado francés. Hoy en día se conserva en muy buenas condiciones y es utilizado para recibir a dignatarios extranjeros y por el ministro de Cultura marroquí.

Detalle del Palais Bahia.

Después de esta visita hemos puesto rumbo a la medina, con los ánimos renovados y con ganas de vagabundear sin más por sus zocos. Por eso nos hemos dejado por ver lugares como el barrio judío o mellah, o el palacio real o las tumbas saudíes. No nos importa, la verdad, pues en este caso tenemos más cuerpo de pasear sin rumbo y regatear un poco en los zocos que de agotarnos bajo el sol abrasador buscando sitios mapa en mano.

Callejeando por la medina.

Al final el paseo ha sido un pateo extremo por los zocos de la medina que, ya lo diré, también está declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco desde 1985. Protegida por un puñado de edificios abigarrados, encierra un sin fin de callejuelas, palacios, mercados, mezquitas, cúpulas y minaretes. A diferencia de la mezquita de Fez, el tráfico rodado está permitido, por loq ue adentrarse por aquí es toda una aventura y hay que ir con mil ojos para no ser atropellado por las motos, que pasan constantemente haciendo mucho ruido. Es un poco insoportable la sensación de agobio.

En la medina se mezclan motos con burros.

Sepultado por sus alfombras.

Nosotros nos hemos perdido por los zocos ya que queríamos comprar algunos regalos con los últimos dirham que nos quedan. Tras varias horas husmeando de arriba a abajo, he constatado que a) los comerciantes son más agresivos aquí que en otros lugares de Marruecos y b) que los precios son más elevados. He vivido situaciones surrealistas como que un vendedor de cerámica me quitase un cuenco de barro de las manos y me echara a empujones de su tienda por intentar regatear el precio. ¿Pero no es en este país donde se practica este arte más que en ningún sitio? También he de decir que hubo otros mucho más amables que entraron al trapo y se llevaron la venta.

Frutero majo.

Vendedor de tajines.

Nos ha costado encontrar un sitio cómodo para comer, pero al final hemos dado con un pequeño café llamado Zouk con buenos precios y wifi donde nos sentamos a tomar un té y descansar. También me ha costado fotografiar a la gente, ya que aquí todos quieren dinero a cambio y te lo piden con las mismas malas formas que en Vietnam. además nos hemos perdido un par de veces, pero al final siempre acabábamos saliendo a la plaza Djemaa El Fna gracias a unas niñas que nos guiaron.

Un abuelito saliendo de rezar.

Niños volviendo del cole.

El día de compras se ha saldado con varias especias, unos pendientes preciosísimos, algo de cerámica, un par de lamparillas y los consabidos imanes para la nevera, aunque no he podido agenciarme una bolsa de viaje maravillosa que costaba más de lo que podía pagar. Hemos terminado nuestro viaje poniendo un broche de oro: un festín en un restaurante de mil campanillas con sofás, mesitas bajas y un camarero vestido con chilaba y gordito. Muy orientado al turismo, pero muy bueno. Hemos cenado un cous cous y un tajine de pollo y aceitunas que nos ha sabido a gloria y con eso nos hemos vuelto al hotel dispuestos a dormir para emprender al día siguiente el regreso a casa.

Millones de baratijas.

Este señor nos vendió especias increíbles.

De la vuelta solo tengo que decir que para quienes tengan que imprimir su tarjeta de embarque, hay un ciber café muy cerca de Djemaa El Fna donde puede hacerse sin problema y que el transporte desde el centro hasta el aeropuerto de Menara se puede hacer en el autobús número 11 que sale de Djemaa El Fna y cuesta 3 DH o en un taxi que cobra unos 100 DH por el trayecto. Nosotros hemos elegido la última opción porque no queríamos sorpresas en el regreso.Y esto es todo lo que tengo que contar de Marruecos por el momento. ¡Seguiremos informando!

Pincha aquí para ver más fotos.

GASTOS
Habitación doble Hotel Royal Palace: 100 DH
Desayuno en el hotel: 25 DHTé a la menta en Zouk: 10 DHTajine de pollo y aceitunas: 65 DH

Cous Cous: 65 DH

Zumo natural de naranja en los puestos de Djemaa El Fna: 4 DH

Agua grande: 6 DH

Transporte al aeropuerto: en taxi: 100 DH

*El cambio es de 1 EURO = 11 DH

**Todos los precios que pongo son por persona, si es algo conjunto lo indico y lo divido para que salga el total de lo que yo pagué.

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