Hué sobre ruedas

La siguiente parada en mi trayecto hacia el norte de Vietnam ha sido Hué. La que fue capital entre 1802 y 1945 es el centro intelectual, cultural y espiritual del país. Trece emperadores residieron en Hué durante 143 años, dotándola de numerosos palacios, pagodas, templos y de una rica historia. En la actualidad, sus tumbas y la ciudadela en ruinas son Patrimonio Mundial de la Unesco.

Precisamente a por estas joyas de la Historias me dirigí yo, y lo hice sin perder tiempo el primer día que llegué allí. Me llovió todo y más, pero eso no me impidió plantarme a primera hora de la mañana al pie de las murallas de la Antigua Ciudad Imperial.

El impresionante complejo funerario del emperador Tu Duc.

Entrada a la antigua ciudad prohibida púrpura.

Aunque fue bombardeada sin piedad por los americanos, aún conserva parte de la belleza que tuvo antaño. Lo triste es que está repleta de cultivos y de una evidente miseria. Dentro de la ciudadela se encuentra el recinto imperial, también amurallado. Fue construido por el emperador Gia Long en 1804. En la actualidad está en ruinas, y a pesar de la actuación de la Unesco y de los 55.000 dong que cobran por entrar, me ha parecido que está muy mal conservada. Una cosa es que sean ruinas y otra que el lugar esté sucio y descuidado. Llegué a encontrar hasta pedazos de cartón piedra o corchopan de una suerte de adornos extraños colocados para simular que formaba parte del conjunto arquitectónico. Pero se rompieron y no se han molestado ni en disimularlo.

Ruinas, ruinas y más ruinas.

En el interior del recinto se conserva parte de la Ciudad Prohibida Púrpura, la residencia privada del emperador. A ella sólo podían entrar los eunucos, quienes no suponían amenaza para las numerosas concubinas. Me di un buen paseo entre los pedruscos y las ruinas semicubiertas por la vegetación. Se respiran aires de una grandeza pasada, muy lejana. En otros tiempos, debió ser un precioso complejo palaciego. Los sucios estanques de ahora debieron lucir limpios y llenos de carpas en su día, las losas semienterradas entre matojos fueron cuidados paseos empedrados bajo la sombra de los árboles, y los palacetes medio rotos debieron albergar a niños y mujeres pasando la tarde a la sombra de sus techumbres, donde ya casi no se distinguen las pinturas. Me provocó cierta tristeza este paseo porque me hizo pensar en lo deprisa que cambia el mundo, el poco valor que se le da a ciertas cosas, sobre todo en Asia, donde me doy cuenta que tienen tan poco aprecio al medioambiente y al legado de civilizaciones pasadas. Sólo se preocupan –y muy por encima- se hay un beneficio económico.

Los canales que rodean a la Ciudad Prohibida Púrpura.

Me encantaron las columnatas en rojo.

Este primer día no hice mucho más porque llovía como si no hubiera un mañana, así que dejé el resto de mi exploración para el siguiente. Como amaneció más despejado, decidí alquilar una bici para conocer más sobre la importancia de la dinastía Nguyen.  Y es que su esplendor también puede palparse en sus majestuosas tumbas, que por suerte o por desgracia están  bastante alejadas de la ciudad. Lo de la bici fue, fundamentalmente, por evitar gastos mayores como la contratación de otra excursión o los servicios de un taxista que seguro me timaba.

Niños encantadores que me encontré en mi camino con la bici.

Aquí, en Hué, por un dólar puedes disponer de una bici todo el día, aunque supone un riesgo salir a la carretera entre cientos de vehículos -sobre todo motos- que no respetan ningún tipo de norma vial. Pero como de algo hay que morir, me lancé a la jungla de asfalto sobre dos ruedas, como una vietnamitas más.

De camino a una de las tumbas hice una parada en un cementerio. No se habla de él en ninguna parte ni es destino turístico, supongo que no habrá nadie importante enterrado ahí, pero a pesar de ello es digno de visita porque cada sepulcro es un monumento en sí mismo, para mi que las familias “residentes” debieron ser de muy alta cuna.

Un detalle del cementerio.

Las tumbas son impresionantes, yo quiero que me entierren en una de estas.

Detalle de dos tumbas, de unos señores apellidados Nguyen, como medio Vietnam.

La pagoda Tu Hieu, o los restos que quedan en torno a ella. Un lugar evocador.

Una vez salí del mundo de los muertos, continué hasta la Pagoda de Tu Hieu. Es un lugar muy tranquilo, lleno de árboles y con un estanque muy grande. Nada más llegar ves una sola construcción que no dice mucho, está completamente restaurada y hay gente rezando dentro. Hay bastante trasiego porque varios monjes estaban trabajando en la construcción de una nueva dependencia del santuario. Lo que más me gustó es que, caminando un poco más, aparecieron unas ruinas encantadoras, medio devoradas por la vegetación también, pero con mucho más encanto que lo que había visto en Hué ciudad. A las fotos me remito una vez más.

Soldados de piedra custodiando la tumba de Tu Duc.

Tras dos visitas y unos cuantos kilómetros ya empezaba a estar algo cansada, y encima mi mapa precario señalaba que tenía que pedalear aún un buen rato más hasta mi siguiente punto de interés. Quizá por ir más despacio y más distraída con el paisaje di con uno de los lugares más interesantes del mundo, y a la vez, más simples: ¡un taller donde fabricaban incienso!

En pleno proceso de la fabricación del incienso.

¿Quién no ha encendido alguna vez una barrita de incienso en su casa? ¿Y de donde salen? Pues de los mercadillos hippies, vale. ¿Y antes de eso? De una fábrica en la mayoría de casos, o de un taller artesanal algunas veces, como el que encontré. El mecanismo es más simple que el de un chupete. Había tres personas medio ocultas entre miles de barritas cortadas y atadas, listas para vender. Dos de los empleados, que eran mujeres, manejaban una máquina a pedales. La técnica consiste en echar una masa marrón (el incienso) por un embudo colocado en la parte superior del artefacto. Esta lo saca por un orificio ya así de finito y cubriendo una varilla de madera que previamente se ha metido por otro sitio. Con los pedales y un molinillo se regula todo. Lo hacían a una velocidad de una barrita por segundo, una pasada. Allí mismo lo vendían, pero el precio para turistas es incluso más caro que en España, así que rehusé comprar.

Pila de barritas de incienso. Y súper largas.

Tras mucho pedalear, y cuando ya me preguntaba por qué demonios no habría alquilado un autobús, llegué a la tumba de Tu Duc, uno de los emperadores más importantes de la dinastía. Se trata de un complejo enorme que se tarda bastante en visitar, con varias construcciones, monumentos, estanques y árboles, pero este se tiene mucho más cuidado. Es tan bonito, que mucha gente va allí a pintar paisajes, tal y como comprobé a mi paso. Sería un remanso de paz si no estuviera turistas paseando como borregos en grupitos de veinte detrás de un guía con banderita. Fue difícil encontrar la tumba del señoruco, pero al final di con ella, y me resultó extraña porque está, digamos, a la intemperie. Es una ataúd de piedra gigantesco rodeado de cuatro paredes igual de gigantescas, todo ornamentado y pintado. A su vez estos muros se rodean de otros más altos y más decorados.. pero no hay techo. Pobre Tu Duc, que se moja cada vez que llueve. Debe tener el apartamento lleno de humedades.

Estanque de la entrada al complejo funerario de Tu Duc.

La entrada a la tumba de Tu Duc.

Señorucas pintando.

Al día siguiente, y a pesar de no tener demasiado tiempo porque ya me iba a Hanoi, me acerqué con la bici a la pagoda de Thien Mu. Fundada en 1601, se encuentra junto a la que fue residencia del monje budista Thich Quang Duc. Su nombre es recordado porque se quemó a lo bonzo en 1963 a modo de protesta por la política del presidente Ngo Dinh Diem. Aun se conserva su coche, el mismo con el que se desplazó al lugar donde posteriormente se quemó. Hay una foto muy famosa, de un fotoperiodista de la épca, en la que se ve al monje quemándose con el coche justo detrás. Los fans de Rage Against the Machine sabrán cual es porque la usaron como portada de su disco homónimo. Quang Duc ha pasado a la historia como un mártir para los budistas.

El coche de Ngo Dinh Diem, el monje budista que se quemó a lo bonzo en 1963.

Adolescentes en la obra.

Un pequeño monje con cara de pocos amigos.

En esta pagoda, además de conocer la historia de este monje, vi a unos cuantos mini monjes, no mayores de doce años, realizando sus quehaceres diarios: tocar las campanas del templo, fregar los suelos y poner mala cara a los turistas. Adolescentes…

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