Entro a Camboya esquivando niños y timos

Mi paso por Camboya ha sido rápido y de vergüenza. Es uno de los países que más ganas tenía de visitar, al que más días quería dedicar. Desde que supe del drama de los jémeres rojos, gracias a la periodista Rosa María Calaf, he tenido ganas de visitar los lugares protagonistas de esa masacre. La historia de Camboya en el siglo XX fue casi tan sangrienta como la de Vietnam, o quizá más. Y, sin embargo, a los camboyanos no se les ha prestado tanta atención.

Debido a que he tenido que adelantar mi viaje de vuelta a España, sólo me quedaban tres días para cruzar la frontera, intentar conocer algo del país y volverme. Tres días de nada, una miseria y una indignidad. Ante la diatriba de qué ver y qué dejar pasar, me decidí, como una turista más, por los templos de Angkor Wat. No ha sido una decisión sencilla, ya que yo tenía mucho interes en visitar la capital, Phom Phen, y conocer los lugares donde se desarrolló un capítulo tan importante de la historia bélica del siglo XX.

Motoristas en la frontera entre Tailandia y Camboya. / © Lola Hierro.

Transportes rudimentarios. / © Lola Hierro.

En mi defensa diré que, una vez más, mi decisión se ha basado en cuestiones prácticas: Angkor Wat está a unas escasas tres horas de la frontera, y Phon Phen está en la otra punta del país. Imposible llegar a tiempo. Así pues me dirigí desde Bangkok en un trenecillo atestado de gente y con un olor insufrible hasta el punto fronterizo Aranyapathet-Poipet.

Yo ya iba muy mentalizada de los timos a turistas con los visados, así que directamente opté por hacerme la tonta y no escuchar a nadie que me diera indicaciones. Cuando llegué a los puestos fronterizos, me puse a andar como un robot hacia la oficina de concesión de visados, que distinguí tras una buena caminata. Para dar con ella hube de dejar tras de mí varios puestos supuestamente oficiales (mentira todo) y varios tíos diciéndome que fuera a hacerme el visado. Mi truco fue poner cara de guiri que no se entera y caminar hacia adelante como si no hubiera un mañana. Obviamente, en algún punto habría de encontrarme la frontera auténtica. Y la verdad, no he tenido problemas, aunque debo ser la única guiri a quien no han timado en vista de lo que he leído en Internet. Primero tuve que sellar mi salida de Tailandia en un puesto, luego caminé otros cuantos metros por tierra de nadie hasta que encontré la oficina verdadera, donde me cobraron 20 dólares, justo lo que yo sabía que debía pagar.

Un niño de la frontera, sucísimo y medio desnudo… / © Lola Hierro.

Lo que me llamó mucho la atención fue la cantidad de casinos que se han construido entre Tailandia y Camboya, en una extensión de terreno de no más de un kilómetro. Es una tierra de nadie, una ciudad sin ley, donde las casas de juego son lujosísimos hoteles con todo tipo de fruslerías. Y en las aceras de esas mismas construcciones, niños harapientos y sucios te persiguen pidiéndote un dólar. No es bueno darles dinero, ya que no es para ellos, sino que por lo general «trabajan» para adultos que les mandan a que den pena a los turistas. Todo el dinero que consiguen se lo tienen que dar a sus «amos». Tuve oportunidad de ver algo así mientras me comía un sándwich en un bar de la frontera. Se me acercaron varios niños muy pesados y pasé de ellos, por lo que siguieron enredando entre otros turistas. Un señor le dio dinero a uno y el chaval rápidamente salió corriendo y se lo entregó a otro tío, un negro de dos metros enorme. Qué pena, y menuda escena para empezar mi visita exprés a Camboya.

Aquí también hacen malabares en las motos, como en Vietnam. / © Lola Hierro.

Una vez te libras del tema del visado y de los niños acosadores, está la cosa de llegar hasta Siem Reap, que es la ciudad -por llamarla de alguna manera- más cercana a los templos. Tras mucho regatear, conseguí un taxi con otros viajeros que pagamos entre todos. Y aquí advierto muy en serio a quien se atreva a negociar con los camboyanos: no hay que ceder ni un ápice, por muy plastas que se pongan. A mi no querían llevarme porque no pensaba pagar la cantidad que decían, así que cuando dije que me cogía el bus con otros dos turistas, se abalanzaron cinco o seis sobre nosotros y nos empezaron a tirar los brazos para que nos fuéramos con ellos. Casi tienen que intervenir los guardias. Al final nos fuimos con un señor muy majo que nos hizo un buen precio.

Un niño mendigo de la frontera. Muy fuerte.

Y esta entrada ya se termina, sirva simplemente para dejar plasmado mi compromiso de volver a Camboya y también para que quienes vayan a viajar vean cómo no ser timado en la frontera. En el próximo post entraré de lleno en Angkor Wat. Ahora estoy en mi hostal de Siem Reap, que es bastante bueno, con aire acondicionado y todo. La pequeña ciudad no es nada del otro mundo, es precaria, sin carreteras apenas, todos los caminos son de arena por lo que resulta bastante polvorienta. Eso, unido al calor, la hacen un poco inaguantable. Lo bueno es que sus gentes son amables de verdad, y eso compensa todo lo demás.

La niña triste. Nunca supe qué le ocurría. / © Lola Hierro.

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