Rutas por Budapest: de mercadeos y zapatos de bronce

Una de mis últimas visitas en Budapest ha sido al Mercado Central (Nagyvásárcsarnok en húngaro), y me ha gustado mucho más que lo que acababa de ver en el barrio judío. Fue inaugurado en 1897 y tiene una fachada preciosa, en ladrillo rojo y amarillo y con una cristalera enorme. A pesar de lo bonito que es, durante sus primeros años todo lo que recibió fueron críticas, ya que la gente creía que desde que había abierto, los precios de la comida se habían incrementado.

Fachada del Mercado Central.

Haciendo la compra.

Durante la II Guerra Mundial sufrió muchos daños, y en 1991 acabó cerrando debido a su estado ruinoso. Tres años después reabrió, completamente reformado,y ahora es un hervidero de turistas pero también de locales que hacen su compra diaria, igual que en el de La Cebada de Madrid o el de La Esperanza de Santander.

Básculas antiguas.

Degustación de productos regionales.

Carne, fruta, conservas, embutidos típicos como el salami o el foie de oca… se vende un mucho de todo. También hay paprika a toneladas. Es el producto por excelencia de Hungría, y hay de cuatro variedades: dulce, semi picante, picante y súper picante, este último te deja la lengua on fire, según me contaron. Se venden en paquetes de todos los tamaños, colores y formatos a fin de resultar atractivos para los turistas. Los hay hasta acompañados de unas mini palas de madera para medir la cantidad.

‘Red pepper’, típico de Hungría.

Malacatones con muy buena pinta.

La charcutera.

Conservas mil.

La planta superior es menos interesante, solo hay tiendas de souvenirs, fundamentalmente mantelería, bordados varios, matrioskas y todo lo que uno pueda imaginarse con la palabra Budapest escrita: llaveros, bolis, tazas, ceniceros, camisetas, bolsos… Es un no parar. Está formada por una red de galerías que no tienen muros, sino vallas, así que desde arriba puedes ver lo que pasa abajo casi todo el tiempo.

Interior del mercado.

Matrioskas modernas.

Lo que más merece la pena son los puestos de comida húngara, medio escondidos en uno de los pasillos de este piso, y justo lo que yo he estado buscando durante estos dos días. Pero no tenía hambre, porque aún estaba llena del desayuno, así que lo he tenido que dejar para otra.

Comida húngara que no comí.

La bordadora.

 Mis última hora en Budapest la he pasado a orillas del Danubio. Primero me he colado en el tranvía y he ido desde el puente de la Libertad, -mucho más bonito que el de las Cadenas-, en mi humilde opinión, hasta el Parlamento, siempre por el margen derecho del río. Una vez allí, quería ver los famosos zapatos de los judíos y para llegar a ellos he cruzado una carretera muy transitada por los coches y que no tiene ni un semáforo ni paso de cebra. Ha sido mi experiencia más suicida desde que me tuve que enfrentar a las motos locas de Vietnam.

Puente de la libertad.

Vista frontal del puente, uno de los más bonitos de la ciudad.

Tráfico en Budapest.

Los zapatos de los judíos son medio centenar de calzados hechos de bronce, en recuerdo de uno de los episodios más turbios ocurridos en Budapest  durante la II Guerra Mundial ocurrido el 8 de enero de 1945: una brigada de ejecución del partido de la Cruz Flechada fue al gueto de la ciudad (actual barrio judío), tomó a varios de sus ocupantes y los condujo hasta este parte del Danubio. Allí, ataron a los prisioneros por parejas con los cordones de los zapatos y luego fusilaron a uno de cada y tiraron a todos al río. El que no había muerto del disparo, moría ahogado porque no podía desatarse del compañero.  Ha sido estremecedor ver ahí los zapatos de hombres, mujeres y sobre todo de niños: los había muy pequeñitos, algunos eran solo pequeñas botitas como para un crío de un año como mucho. Tristísimo.

El homenaje, en memoria del centenar de víctimas sin rostro de esta masacre, lo diseñó el artista Gyula Pauer (por cierto, ha muerto el mes pasado) y fue inaugurado en 2005. No deja indiferente.

Los zapatos judíos.

Botas de bronce a la orilla del río.

Zapatos de mujer.

Ese último ratito lo he pasado tirando fotos desde varios ángulos, he hecho de guía turística de unos americanos que no sabían a santo de qué venían los zapatos… La verdad es que me he quedado un poco melancólica: entre la historia que tenía delante de mis narices, la soledad… Pero rápidamente me he animado porque no quería irme de Budapest sin hacerme una autofoto con el río a mis espaldas. Para ello me he dedicado a hacer el idiota pegando saltos delante de la cámara. Gracias al temporizador, he sacado barbaridades como esta:

¡Hola!

 

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