Reportera espídica en Ghana (II)

El segundo día de trabajo en terreno en Accra sabes que tienes la mitad de tu reportaje sobre los drones hecho, pero te falta un día entero de saraos. De la malaria, aún ni idea. La inauguración del centro de drones es un eventazo. Vienen reyes regionales y todo, vestidos con túnicas de colores echadas sobre el hombro. Los más poderosos llevan siervos que les sujetan enormes sombrillas sobre la cabeza para que no les pegue la solana. ¡Y uno hasta tiene un trono!

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Gente importante en la presentación de la estrategia de Sanidad con drones. / © Lola Hierro
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Este rey hasta tenía su trono. / © Lola Hierro

Ha ido la banda de música de la policía, ha ido el ministro de Sanidad, el director general de ídem (este nos ha dado una entrevista el día anterior y ya es amiguete a todos los efectos)… Lo que yo imaginaba: fiesta popular, el ciento y la madre.  La cosa se alarga hasta ya entrada la tarde porque hay discursos larguísimos y todo el mundo se retrasa mucho, y todo es muy parsimonioso… No sé si es cosa común de todo África pero en estos actos oficiales siempre pasa lo mismo, da igual que estés en Tanzania que en Ghana que en Mali.

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Jolgorios y bailes populares. / © Lola Hierro
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Y más bailarinas. Un eventazo, vamos. / © Lola Hierro
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La banda de música. / © Lola Hierro

En fin, acaba el día, tienes un reportaje más o menos completo, pero de la malaria nada. Por otra parte, tu jefa desde Madrid te ha insistido mucho en que visites a una gente que conoció en un viaje anterior, un trío que ha fundado una ONG para limpiar las playas de plástico y eso es muy importante que contar porque son ejemplares. Bueno, me quedan dos días y tengo solo media historia de tres. Me agobio.  Menos mal que la piscina inmensa del hotel, sus hamacas y su servicio de restaurante te reciben con los brazos abiertos para que te relajes el resto de la tarde, que total, ya a esas horas no puedes ir a ninguna otra parte. Con el portátil sobre las rodillas, eso siempre.

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Los drones, en el almacén. / © Lola Hierro
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Preparando la salida de un dron. / © Lola Hierro
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Una vecina con sus chavalas sin perderse ni una. / © Lola Hierro

En serio, hay que hablar de ese hotel. De su piscina y sus hamacas y sillones a la sombra, de sus habitaciones espaciosas, limpias y a temperatura excelente, de que te dan un coctel de bienvenida al llegar, de que cuando dices que te has olvidado el cepillo de dientes y que dónde se compran, te llevan uno a la habitación (y uno bueno, de Colgate, no os penséis).  De que cuando el primer día el coche de los periodistas se marchan sin ti porque se les olvida que existes, los botones y las recepcionistas te ayudan a localizar a Irina para avisarle de que te han dejado en tierra… Pero, sobre todo, del bufete de desayunos: ocho mesas alargadas y largas. Una solo de panes. Un horno de leña para pizzas y pan hecho al momento y una máquina para hacer crepes y gofres. Una mesa asiática, una india, una solo de cosas para echar al yogur… Un sueño para una obesa mental como yo.

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Así de mal está la costa en Accra… / © Lola Hierro

Y este sueño de lugar se te acaba porque la visita de prensa llega a su fin y todo el mundo se va a su país y su casa… Menos tú, que tienes dos días más para hacer tres reportajes. Y como tu empresa no va a pagar 300 dólares por noche para que te quedes en ese hotel (lo veo normal… ) te mudas a un antro que en Booking parecía muy guay pero que luego no lo es tanto porque está escondido medio clandestinamente dentro de un cibercafé e imprenta. Es decir: la recepción es el mismo sitio donde pides que te fotocopien apuntes. Pero en vez de eso, te dan una llave y aprietan un botón secreto que abre una puerta disimulada en la pared y que te lleva a un estrecho patio interior con puertecitas en uno de sus lados. Eso son las habitaciones. La mía es más pequeña que el baño que tenía en el otro hotel. Al menos está rematadamente limpio y el aire acondicionado funciona perfectamente.

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Legacy, activista medioambiental. / © Lola Hierro
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Basura en la playa. / © Lola Hierro
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Un río contaminado. / © Lola Hierro

Bueno… Todo esto llevas en tu cabeza en el taxi donde se te están pegando los muslos al asiento de poli piel. Lo que no sabes es que las cosas mejorarán porque esa mañana vas a ver a Legacy, un chaval de lo más majo que te va a enseñar la playa donde su ONG, Plastic Punch, acaba de limpiar. Es uno de los tres que me contó la jefa.  Con Legacy vas a vivir un día entero fabuloso, aprendiendo muchas cosas y enterándote de cómo es la costa de Accra, tan bonita y tan puerca, por desgracia. Pero vas a conocer a gente que es súper comprometida con las causas en las que cree, en este caso con el cuidado del planeta y el entusiasmo de ellos se te va a contagiar en seguida. Y vas a pensar que por gente así merece la pena la humanidad. Que qué bien que también hay gente haciendo el bien por el mundo.  Con Legacy no solo trabajas, pues luego te va a llevar a cenar con Noemí, otra de las fundadoras de esta organización. Y resulta que también es de lo más simpática y cariñosa y que cenas de maravilla y te sientes un poco como en casa, así de repente Accra parece una ciudad en la que llevas mil años.

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Los compañeros de Legacy en Plastic Punch. / © Lola Hierro
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Atardecer en Accra. / © Lola Hierro

Al día siguiente te va a ocurrir uno de los milagros que deja caer de vez en cuando la virgen de los periodistas, esa de la que te habló uno de tus maestros cuando empezabas en el oficio. Es la virgen que arregla las cosas a los buenos reporteros que han hecho su trabajo. La que hace que los periódicos se cierren a tiempo contra todo pronóstico, que los directos de televisión salgan dignos, que encuentres a una fuente valiosa a última hora, que se te abran puertas que parecían infranqueables…

Eso sí, te va a costar ponerte un poco nerviosa. Es tu último día en Ghana y te diriges con una mezcla de nerviosismo y entusiasmo a la sede de una agencias de las Naciones Unidas en el país porque te van a ayudar con el reportaje de la malaria, que ya es lo ultimito que te queda por hacer. Menos mal, ellos te van a llevar de gira por hospitales para conocer a personas que están pasando ahora la enfermedad y a quienes vas a poder entrevistar para contar cómo vive el país los días previos a implantar la vacuna, y cómo esta enfermedad ataca a los ciudadanos.

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Maternidad en un hospital de Accra. / © Lola Hierro

En el interior del edificio las cosas van muy bien porque los médicos y expertos son gente muy sabia que explica los pormenores de la vacuna y de la malaria en Ghana con mucha claridad, todo se hace fácil. Luego el asunto se complicará, claro. Es que si no, no tiene gracia hacer estas coberturas.

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Hospital sin pacientes de malaria. / © Lola Hierro

En el hospital elegido hay que estrechar la mano y rendir honores a un montón de médicos y directivos , o las dos cosas, de distinto rango. A ver, es normal: eres una extraña que se va a meter por la cara a incordiar a los pacientes y a los trabajadores. Qué mínimo que presentarte como es debido. Todo parece perfecto, todo el mundo está contento de verte allí y deseoso de ayudarte a terminar tu reportaje. Recordatorio: te vas al día siguiente y ya tienes dos de tres, solo queda el de la malaria.

Y cuando todo parece que va a ir como la seda, el problema: no hay nadie con malaria en el hospital. Y el hombre del organismo de la ONU que te había abierto todas las puertas ya se ha marchado, pensando que no hacia falta ya. Y te vas mañana…

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Una paciente sale del hospital. / © Lola Hierro

Bueno, pues aquí es cuando se abre el cielo. Ayer, de casualidad, contaste a Legacy tus planes para el día siguiente y tu falta de fuentes para abordar esta historia de la malaria que te había llegado tan de rebote. Y Legacy tiene un amigo médico. Bueno, dentista, pero seguro que algo iba a poder hacer. El amigo dentista te ha llamado por la mañana, así de buena fe, como si fueras su colega de toda la vida, y a su vez te ha puesto en contacto con un joven doctor de otro hospital público de Accra. Y ese joven, que no tiene ni idea de quién eres ni por qué estás allí ni quién te ha mandado a su amigo dentista, te ayuda.

Responde a tus mensajes, revisa su hospital para cerciorarse de si hay pacientes con malaria. Te dice que los hay, te asegura que puedes ir, te mete hasta la cocina, como quien dice.

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Hospital de Maamobi, escenario de reportaje. / © Lola Hierro

Cuando llegas, aún tienes que esperar un rato porque el chico no aparece. Y en la recepción del hospital no les suena el nombre y te dicen que a ver si te ha engañado… Pero ¿para qué me va a engañar? ¿Qué saca el pobre con eso? Nada, nada, yo me planto debajo del ventilador de techo y me espero ahí sudando la gota gorda porque el “joven doctor” seguro que viene. Al cabo de una media hora da señales de vida vía WhatsApp: está atendiendo una emergencia en Urgencias. Esperas. Esperas. Esperas. No pierdes la fe. Va a venir.

Y viene. Tan sonriente.
Se le ha muerto el paciente de la emergencia: una señora con un infarto.

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Sharifa y su hijo Abdul, convaleciente por malaria. / © Lola Hierro
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La pediatra Lydia Daitei atiende a uno de sus pequeños pacientes. / © Lola Hierro

No sonríe porque le dé igual, solo entiende que es parte del trabajo, y no se podía hacer nada por la pobre mujer. Y quiere ayudarme y es amable, encantador, facilitador. Me lleva de golpe al corazón de la unidad de pediatría del hospital y me presenta a la jefa pediatra, que me da una entrevista. Entramos en las habitaciones, conozco a una madre con su hijo malito, pero recuperándose. Charlamos. El chico me traduce como un campeón. Me lleva a más pabellones, y yo pregunto, él traduce, la gente contesta, él vuelve a traducir, yo grabo y escribo… Al cabo de un buen rato, ya tengo reportaje.

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Rabiatou Aboubacar se recupera de la malaria en el hospital. / © Lola Hierro

Acaba el día, estás agotada y tentada de quedarte en la piscina del hotel lujoso porque has pagado 20 euros para que te dejen acampar allí. Entre baño y baño, has trabajado toda la tarde en tus artículos y tus entrevistas. Y el cuerpo pide irse a dormir a las ocho de la tarde, pero aún te coges un último taxi pegajoso para acercarte a donde Legacy y Noemí están cenando. Legacy te ha traído una camiseta de su ONG, te la quedas con mucho orgullo. Cenais, festejais, y prontito vuelves a tu hotel fotocopiadora porque te tienes que levantar a las dos de la mañana para volver a casa. Por fin. Han sido cuatro días espídicos, pero qué bien te ha recibido Ghana, qué bien te ha tratado. Y te marchas pensando que habrá que volver para limpiar playas con Noemí y Legacy y…. Para desayunar en el hotelazo de los primeros días.

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