Relax muy ‘low cost’ en el corazón de Vizcaya

Es una faena disponer de tiempo libre y no tener dinero para poder irte a cualquier parte del mundo si eres uno de esos seres adictos a los viajes, como es mi caso. Me vi en esta situación otra vez el pasado mes de junio: Tenía un presupuesto muy limitado, acorde a los tiempos de crisis que vivimos. Y mil aventuras en la cabeza para las que no me llegaba la pasta. Y me harté. Pensé que cualquier extranjero-mochilero  en mi situación encontraría miles de planes baratos que hacer, igual que yo cada vez que me he largado a las antípodas. Así que decidí que esta vez no me rendiría y que no me quedaría en casa sin hacer nada. Me puse a buscar en Internet en lo que fue una especie de tormenta de ideas baratas y que no me parecieran aburridas, y así di con algo que me convenció: Orduña, o cómo hacer un mini viaje sin dejarse los cuartos.

Rumbo a unas mini vacaciones por 3,15 euros.

Orduña es un pueblito de Vizcaya que se encuentra a unos 50 minutos de Bilbao en Cercanías. Está en un enclave privilegiado, muy cerca del nacimiento del río Nervión y de la Sierra Salvada, con picos que llegan a los 1066 metros.  También tiene un hotel balneario de 4 estrellas con una oferta muy interesante que pillé en Atrápalo: una noche en habitación doble + desayuno bufet + un recorrido de hora y media por su circuito termal por… 33 euros por cabeza. Nada mal, ¿no?. Buscamos el pueblo en cuestión en Internet, vimos que no tenía mala pinta, hicimos el hatillo, y hacia allá que nos fuimos.

La vidriera policromada de Abando. Compuesta por 301 piezas de 15 metros de ancho por 10 de alto, fue realizada en 1948, en el taller de la Unión de Artistas Vidrieros de Irún. Representa escenas típicas de las sociedad vizcaína y lugares emblemáticos como la Basílica de Begoña.

Es muy fácil plantarse allí en transporte público desde Bilbao. La línea C-3 de Cercanías lleva al viajero desde la estación de Abando hasta Orduña por 3,15 euros el trayecto. El recorrido dura unos 45 minutos en los que primero atraviesas fábricas viejas, suburbios y edificios destartalados y grises (lo feo de Bilbao) para luego salir al verde, a la montaña… a lo mejor del Norte, vaya.  Una vez llegas, solo hay que caminar unos cientos de metros por una avenida arbolada y llena de mansiones señoriales hasta darte de bruces con el centro mismo del pueblo, la Plaza de los Fueros, donde está el balneario.

El Bilbao más industrializado.

Poco a poco nos adentramos en la Vizcaya más verde.

El lugar es inmejorable: el edificio donde ahora está el hotel es una casona neoclásica del siglo XVIII que ha sido restaurada para dar el servicio actual. Las habitaciones están decoradas en estilo minimalista, pero sin olvidar lo importante de verdad: una cama de dos metros, un balcón enorme por el que entra un chorro de luz interminable y en el aseo, una bañera con hidromasaje. Mejor imposible. Inconveniente: las paredes son de papel.

Nuestro suculento desayuno.

Acostumbradas a albergues cochambrosos, esto es un palacio. La cama es muy confortable, dormimos como reyes.

El balneario no es tan bueno como otros que he visitado. Algunos chorros no funcionan y algunas instalaciones se veían un poco viejas y un poco cutres. Aún así, pudimos hacer el circuito sin problemas, nos relajamos mucho y nos reímos otro tanto chapoteando en el agua. Ignoro cómo estará el hotel en temporada alta, pero cuando nosotros fuimos (sábado 26 de junio de 2012) no había apenas un alma.

Vistas desde el balcón de la habitación. A la derecha, ni un alma…

… A la izquierda, la soledad más absoluta.

El pueblo en sí no tiene mucho que ofrecer: solo tranquilidad. Es como un pueblito cualquiera de España en un sábado caluroso cualquiera pero con la particularidad de estar reconocido como bien cultural por poseer el mayor conjunto medieval de Vizcaya. Dimos un paseo y en menos de dos horas ya lo teníamos todo visto. No hay actividad turística, pero sí hay niños que juegan en la plaza, viejecitas asomadas al balcón a la espera de algo que cotillear, más viejecitas charlando a las puertas de las tiendas, jóvenes apalancados a la sombra de los edificios dedicándose a la vida contemplativa, un par de iglesias parroquiales desiertas…

Señoras que ven la vida pasar desde su balcón.

Calles desiertas de Orduña.

Niñas jugando en la Plaza de los Fueros.

Chavales pasando la tarde a las puertas de una iglesia.

Orduña, no obstante, sí tiene mucho que hacer en sus alrededores. Es una zona con una naturaleza impresionante y hay varias rutas muy interesantes para los amantes del senderismo: el santuario de la Antigua o el Pico del Nervión, entre otros. Desde la oficina de turismo, en la misma plaza donde está el balneario, nos informaron muy solícitamente de todas nuestras opciones. En nuestro caso, el problema fue el excesivo calor, que acabó por vencernos. No nos veíamos caminando a 35 grados por ahí sin una sola sombra.

El vendedor de bolsos, que no vendió nada

un vestigio de las fiestas de Otxomano, que se celebran desde 1600 en honor de la patrona de la ciudad y del valle, Nuestra Señora de Antigua.

La noche del sábado no es nada marchosa, todo lo contrario: Orduña es tranquila las 24 horas. Nosotros tomamos unas cervezas fresquitas en una terraza donde había unos cuantos vecinos con sus niños, pero eso y la visita de un chico moro que vendía bolsos fue todo el espectáculo que tuvimos. Conclusión: un lugar ideal para relajarse, dormir, bañarse, dar paseos y ya.

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