Próxima estación: España. Fin de trayecto

Con gran tristeza he de decir que estas son las últimas palabras que escribiré desde el sureste asiático. Hoy es 25 de abril, estoy en mi «adorada» Bangkok y en unas horas cojo un avión que me llevará hasta Madrid.

Tengo sensaciones encontradas, malas y buenas. Por una parte tengo ganas de marcharme ya, de cerrar este capítulo y comenzar uno nuevo en España. Tengo ganas de ver a mi familia, a mis amigos, de caminar por aceras sin que me atropellen motos, de caminar sin una enorme mochila a la espalda, de poder ducharme con agua abundante en un baño limpio… ¡qué narices! De beber agua del grifo, simplemente. Y de comer tortilla de patatas, jamón serrano y un buen cocido montañés en mi tierruca.

Por otra parte, siento que me voy en mal momento, cuando volaba de verdad. Durante estos dos meses no me he explayado mucho con mis estados de ánimo, pero hoy voy a hacer una excepción: me ha costado mucho esfuerzo adaptarme a Asia. Las dos primeras semanas, incluso pensé en coger un avión de vuelta a casa. Me entró bajonazo. Me he sentido muy sola, y no es porque no haya ido acompañada, pero supongo que para un viaje de estas características necesitas elegir muy bien con quién te juntas y con quién no. También me ha ocurrido que el choque cultural ha sido muy fuerte. Nunca había viajado tan lejos, ni me había mezclado con gente de costumbres tan distintas a las mías. El calor y la suciedad  generalizada en casi todas partes me han puesto nerviosa muchas veces.

No obstante, no me he ido porque me recordaba continuamente que este viaje era una prueba de supervivencia y de fortaleza, y no un crucero de lujo. Ahora puedo decir que estoy muy orgullosa de mi misma, exactamente en la misma proporción en la que me avergüenzo de mis debilidades de la primera semana. Es decir, un huevo.

Ahora me da mucha pena irme porque estoy disfrutando muchísimo del viaje, ya soy una mochilera despreocupada más y creo que me he adaptado bien a esta vida de nómada y a estas gentes tan particulares. Por eso me da pena irme, me da la sensación de que me dejo este proceso a medias, pero no me queda más remedio que marchar.

Seguro que este monje se come el tarro tanto como yo.

Esta es la reflexión que me surge ahora mismo. Dentro de unos meses volveré a escribir, ya con más perspectiva, a ver qué tal me siento. De momento solo me resta añadir que he pasado mis dos últimos días con sus dos noches en un hotelazo de cuatro estrellas en Bangkok, (tampoco es para tanto, la habitación no pasa de 50$) disfrutando de una ducha decente y un colchón cómodo tras dos meses de estrecheces. Y sin remordimientos. No he salido para nada del hotel, me he limitado a tomar el sol, bañarme en la piscina, comer muy bien y leer sin descanso unos libros que conseguí en una vieja librería de intercambio en Chiang Mai.

No quiero terminar sin dar las gracias a todas las personas que me habéis seguido y animado a través de este blog, del Facebook y del correo electrónico. Espero poder seguir contando aventuras y que vosotros me sigáis leyendo y escribiéndome más. La verdad es que no esperaba tener visitas y he recibido un montón, es una pasada.

No me extiendo más. No es un adiós. Como suelo decir… ¡Seguiremos informando!

 

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