MEMORIAS DE ASIA, XIV: KOH KOOD EN CUATRO ACTOS

Primer acto: Rumbo a Koh Kood

Dejé de escribir en Mandalay, ciudad del norte de Myanmar, volviendo ya hacia Tailandia. Pasé por Bangkok una noche y desde ahí continúa el relato, una historia de cómo llegar y cómo sobrevivir cinco días en temporada baja en una isla poco conocida, un aparente paraíso donde no todo lo que ocurrió fue bonito. El viaje comienza en un autobús a las siete de la mañana en el que voy casi todo el rato durmiendo. El destino es Trat, el pueblo costero donde se toma el ferry a Koh Kood, la isla donde acabaré estas vacaciones. A la llegada al puerto cae la mundial, y creo que por eso se retrasa más de una hora la salida de la embarcación.

La travesía, movida por el viento y el mar un poco enfadado, es bonita, no obstante. Dura hora y media que me paso sentada en la cubierta, en compañía de algunos personajes bastante peculiares: un hombre con el chaleco sin abrochar que va dando tumbos, el pobre; un tailandés con un frasco de gotas para la nariz (creo) encajado en uno de los orificios nasales sin ninguna sujeción aparente; una familia holandesa o de por ahí que son muy pesados y que disfrutan invadiendo mi asiento con sus pezuñas… Fauna variada. Tras el barco, varias furgonetas trasladan a los pasajeros a sus respectivos hoteles. Yo he elegido el Wooden Hut, gestionado por un señor que se llama Talei, que es todo amor y se viste con camisetas con dibujos de hojas de marihuana, motivos psicodélicos y colores llamativos.

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Koh Kood, un día de mal tiempo. / © Lola Hierro

Durante la primera tarde en Koh Kood solo me da tiempo a ir a una playa cercana para ver el atardecer… Y es un poco desmoralizador, la verdad. Elegí esta isla porque no es la típica para ir de fiesta, sino que es menos turística y menos habitada… Más para familias y gente de tranquis. Y tiene unas playas de ensueño, aún no muy explotadas. Las fotos y comentarios en internet la describen como el último paraíso perdido de Tailandia.

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Bichines del paraíso. / © Lola Hierro

Pues bien, sí y no. Creo que está en peligro. La primera visita playera me lo demuestra por lo que encuentro al llegar: un montón de basura en la playa, y justo por detrás de los hoteles. Como en Zanzíbar, aunque se supone que esta es más virgen. Doy un paseo y se me cae el alma a los pies. Además, hace frío, así que no hay baño ni puesta de sol por culpa de las nubes. Regreso al hostal del mal humor, qué bajón…

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Playas a medio pelo. Hace malo. / © Lola Hierro

Segundo acto: Mi cumpleaños

Es mi cumpleaños, y lo que me viene a la cabeza es que está pasándome lo mismo que aquella primera vez en que visité Tailandia: tengo ganas de volver a casa, a mi vida cómoda, limpia; a mi entorno y a mi gente. Pero bueno, tampoco estoy mal. Aprovecho los ratos de buen tiempo para disfrutar de la playa porque el tiempo cambia de golpe: tan pronto hace un sol maravilloso como te cae el diluvio universal. Por eso hoy, en cuanto asoma el primer rayo de sol, voy corriendo a la playa, bueno, en moto. Neverland se llama y, al llegar, alucino con lo que tengo delante: una explanada inmensa de arena blanca y agua turquesa y limpia. ¡Mucho mejor que la del día anterior!

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La playa un día de buen tiempo. / © Lola Hierro
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Esto ya se parece más a lo que yo esperaba. / © Lola Hierro

Me baño y me hago fotos a tutiplén. Cuando me aburro, visito otra playa, en concreto a la que se supone que es más turística, pero hay cuatro gatos en estas fechas. Aquí ya no hay remojón porque el tiempo empeora por momentos. A la hora de comer elijo a un restaurante de marisco famoso, The Fishermen Hut, y sirven una lubina buenísima, una gambas a la plancha con ensalada y el mejor batido de coco que he probado en mi vida. Eso sí, un poco caro.

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Probando cosas ricas. / © Lola Hierro

Luego subo en la moto para ir en busca del Pink Kangarooo Cafe, un establecimiento que anuncia café de verdad. Por el camino cae otro chaparrón monzónico que me obliga a parar en un chamizo al pie de un lago. Cuando para de llover prosigo la ruta y por fin llego a este sitio que, OH-MY-GOD, tiene un café y una tarta de chocolate que te caes de espaldas.

Tras esta pausa pruebo a explorar algunas playas más y caminos fuera de la carretera principal. Las primeras, molonas, y los segundos, complicados y embarrados, y que no llevan a ninguna parte. Un problema de esta isla es que para llegar a muchas de las calas más guapas tienes que atravesar las instalaciones de hoteles de lujo privados en los que te pueden llamar la atención. La alternativa es ir por medio de la espesura, cosa que resulta difícil y peligrosa.

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El café del Kangaroo. / © Lola Hierro

Los hoteles de aquí son la leche, se ven muy cómodos y me arrepiento de no haber reservado en uno, porque nuestro hostal es un poco cutre y está a tomar por saco de la playa. Compensa que el dueño es encantador y que la comida es buenísima y abundante. Bueno, a lo que voy: que tras unas cuantas vueltas sin ton ni son, y yo ya un poco harta porque me dan miedo los caminos de barro con la moto, volvemos al hostal para darnos una buena ducha y descansar.

Ha sido gracioso: yo intuía que había una sorpresa cumpleañera por algún lado, sobre todo porque mi madre, para variar, se ha ido de la lengua antes de tiempo llamándome “hija ingenua” y diciéndome que le preguntara a Jose. Y él, que ni idea. Luego me ha extrañado la insistencia de él para salir a cenar cuando yo no tenía ganas… Claro, la sorpresa estaba en el restaurante del Wooden Hut.

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Sorpresa cumpleañera. / © J. C.

Al llegar, veo una mesa decorada con flores, caracolas de mar y velitas, súper bonita, y dos platos del pad thai de Talei (ya nos dijo el primer día que debíamos probarlo…).Es cosa del dueño del hostal, que le sugirió a Jose prepararme algo y él lo dejó en sus manos. Yo pensaba que esa era la sorpresa, pero no. Cuando hemos acabado el pad thai, han apagado las luces y me han traído una tarta (bizcocho más bien; de piña con fruta) y dos velas y… un sobre con un mensaje de mis padres que Jose había llevado escondido todo el viaje. Así de maravilloso es cumpir 35 años en una isla tailandesa.

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En plan influenser otra vez. / © J. C.

Tercer acto: En busca del hipsterismo

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Yo escribiendo estas tonterías que ahora lees. / © Lola Hierro

Escribo desde una cafetería llamada Sea Dog que acabo de descubrir. El café es de verdad y los empleados, súper amables. Parecen birmanos en vez de tailandeses. Hemos ido antes a la playa de Ao Noi, que cuenta con unos espigones guapísimos, pero ha empezado a llover y pintaba tormenta, así que aquí estamos, a cubierto y esperando a ver cómo evoluciona el día. Ahora me estoy quemando el cuello… Este tiempo es de locos. No sé yo si hoy vamos a tener la misma suerte que ayer, que hizo un día soleado. Nos dio para estar en la playa de Ao Phrao de diez a tres. Nos bañamos muchísimo, hicimos un poco de deporte (qué baja de forma estoy, por dios), descansamos…

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Se atormenta una vecina. / © Lola Hierro

Hemos tenido la suerte de pillar la playa de Ao Noi vacía. Hay un hotel muy pijo ahí mismo, pero está cerrado, y se han dejado unas tumbonas fuera, sin colchonetas, pero da igual. Nos apalancamos estupendamente y nuestra única compañía es la de una serpiente muy larga y delgada que descubrimos sobre un muelle que hay a la derecha. Pasamos el rato hablando, jugando con la arena… Mola mucho. Este es el mejor día para mí. Podría vivir tal que así.

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La aldea de pescadores. / © Lola Hierro
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Barquitos. / © Lola Hierro

Cuando nos entra hambre, nos acercamos a la aldea de pescadores famosa de esta isla, porque el marisco es bueno y barato, dicen. Y sí, comemos gambas del tamaño de ballenas y un calamar bien hermoso. Y cuesta 15 euros todo. Como aún hace un sol de justicia, nos damos un paseo por el pueblo, que es flotante. Es super auténtico; la mayoría de casas están hechas un cristo, medio reventadas, o a medio hacer.

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Faenando. / © Lola Hierro
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El restaurante. / © Lola Hierro

Huele a mar y hay aparejos de pesca por todas partes. Y barcos, barcos de madera pintados de colores vivos y con letras en thai. Para ver este pueblo hay que recorrer los muelles sobre el agua, hechos de tablones de madera separados entre sí más de la cuenta y sin barandilla. La gente va por ahí con total soltura, como Pedro por su casa, pero yo paso miedo e inseguridad porque tengo vértigo. Igual que cuando visité el puente U Bein de Mandalay hace unos días.

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Un pesquero amarrado. / © Lola Hierro

Y como el tiempo es así de caprichoso en estas latitudes, en seguida el sol abrasador y el cielo azul desaparecen y llega una tormenta. Antes, por suerte, nos ha dado tiempo a pasar un ratito en la principal playa de aquí, pero ya sin bañarnos porque a lo lejos se veía venir una buena tempestad con nubes negrísimas y densas.

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Otro día de mal tiempo. / © Lola Hierro

En lo que he escrito mis andaduras de estos días nos hemos puesto en la tarde del 1 de agosto. Ya no hace bueno, de hecho dejó de hacerlo hace mucho. Hemos podido aprovechar un poco de sol para darnos unos baños y hacer yoga y un poco el canelo, como los días anteriores, pero no nos ha durado tanto la suerte. A la una de la tarde decidimos ir a una cascada pensando que ya no va a caer más agua, pero qué equivocados estamos. Ha sido bajarnos de la moto y ponerse a diluviar hasta el punto de no poder ir; nos hemos tenido que refugiar en la única estructura cubierta que hay allí, unos baños públicos. Paramos a comer en un restaurante local de carretera y una señora muy maja nos prepara pad thai y curry rojo. Y luego nos hemos venido a esta cafetería con vistas en la que estamos ahora, View Point, y hace frío, viento , lluvia… Va a caer el cielo sobre nuestras cabezas. Yo no sé qué más podemos hacer aquí, nos vamos a tener que ir al hotel en cuanto amaine un poco. La virgen, qué coñazo de tiempo.

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Carreteras de Koh Kood. / © Lola Hierro

Cuarto acto: Piñazo en moto

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Estas se ponen fatal cuando llueve. / © Lola Hierro

Nos hemos hostiado con la moto. Estamos bien, solo un poco magullados. Sobre todo yo. Ha sido esta mañana, cuando íbamos en busca de una cascada en la que nos queríamos bañar. Como ha llovido tantísimo, estaba todo enfangado y las carreteras que va por dentro de la selva tienen hasta verdín. En una pendiente bastante empinada (creo que ya dije que en esta isla todo son cuestas) la moto ha resbalado y nos hemos ido al suelo. En seguida me he visto tirada en un lado de la carretera, y me dolía todo. Según me he incorporado, me he visto un poco de sangre en el pie, la pierna, la mano… Todo en el lado izquierdo, que es por el que he caído. En seguida me he notado un escozor enorme en las heridas, pero por suerte no es nada del otro mundo: solo arañazos, quemaduras por el asfalto, cortes, raspones… Nada profundas, menos mal. No obstante, he de confesar que en los primeros momentos me he asustado y he llorado un montón por eso y por lo que me escocía todo. Pero bueno, me he incorporado y he visto que puedo andar bien y moverme bien. Jose ha volado de la moto y se ha caído con el pecho, pero como llevaba camiseta no se ha hecho nada. Solo tiene un par de heridas en los pies pero dice que no le duelen. Menos mal que llevábamos casco.

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La moto accidentada. / © Lola Hierro

El plan de las cascadas se ha ido al carajo. No hemos ido a ninguna. Hemos vuelto a subir en la moto porque no había más remedio, estábamos en medio de la selva. Hemos ido a una playa y allí me he metido en el agua, cojeando, para lavarme las heridas, y QUÉ DOLOR POR DIOS. He intentado no gritar ni llorar, pero ha sido imposible. Me escocía muchísimo.

Cuándo hemos salido del agua hemos tomado café y un sándwich en el Sea Dog y nos hemos marchado a otra playa en la que hemos estado solos el resto del día. No hemos hecho nada más que bañarnos, charlar en la arena, charlar sobre un columpio, fotos aquí y allí… No nos hemos dedicado a nada más, ni comer. Hoy, curiosamente es el día que más sol hemos tenido. Es como si la vida hubiera querido consolarme después del susto. Nos hemos quedado sin ver las cascadas, pero me da igual. Por suerte estamos bien. Y mañana ya nos vamos de aquí.

Coste de vida en Bangkok y Koh Kood, cinco días

  • Tarjeta sim con 3 gb para 8 días: 300*2= 600 baht
  • Autobús S1 Suvarnabhumi-Khao San Rd: 60*2= 120 baht
  • Alojamiento La Rivetta: 700 baht
  • Transporte de Bangkok hasta Koh Kood: 850*2= 1.700 baht
  • Cena 2 padthai en la calle: 100 baht
  • Dos zumos: 140 baht
  • Helado coco: 50 baht
  • Pantalones niño: 300 baht
  • Camiseta adulto: 150 baht
  • Pantalones adulto: 220 baht
  • Mochilas Fjallraven: 2.200 baht (1.000 la pequeña y 1.200 la grande)
  • Camiseta bebé: 120 baht
  • Vestido y camisa mujer: 320 baht
  • Lavandería: 80 baht
  • Moto: 250*4 días = 1.000 baht
  • Gasolina, dos veces: 100 baht
  • Almuerzo The Fishermen Hood: 740 baht
  • Cafetería Pink Kangaroo: 220 baht
  • Comida gambas, calamar, saquitos, coco y zumo de piña en Noochi Seafood: 670 baht
  • Café en Sea Dog: 60*6= 360 baht
  • Sándwich en Sea Dog: 1.200 baht
  • Almuerzo I-Yai: 300 baht
  • Dos capuccinos y tarta View Point: 150 baht
  • Botella de agua grande: 30 baht
  • Desayuno Wooden Hut: 190*5 días, dos personas= 950 baht
  • Cena en Wooden Hut: 450*4 días, dos personas= 1.800 baht
  • Alojamiento Wooden Hut: 500*5 noches en habitación doble= 2.500 baht
  • Billetes ferry Koh Kood- Trat: 350*2= 700 baht
  • TOTAL: 17.520 BAHT O 513 EUROS

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